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Fray Justo
Pérez de Urbel
Del libro: José Antonio
Edit. Delegación Nacional de Organizaciones del Movimiento
noviembre de
1961
El que recorra las obras de José Antonio, sus discursos, sus cartas, sus
artículos, se encontrará con sorpresa que este gran defensor de una España
integral habla muy rara vez de las verdades religiosas, del cristianismo, de la
tradición católica. ¿Era olvido? ¿Era indiferencia? ¿Era táctica?
Indudablemente, ese silencio o esas expresiones vagas que se le escapan de los
puntos de la pluma no obedecen a una posición negativa como la de su maestro en
tantas cosas, José Ortega, sino más bien a su actitud de fundador y jefe de una
agrupación que debía comprender a todos los españoles que quisiesen trabajar por
una patria más próspera y más justa. Él, ciertamente, no pensaba, como Azaña,
que España había dejado de ser católica, pues todavía en el verano de 1935
afirmaba que la religión católica «es la de casi todos los nacidos en nuestras
tierras»; pero su llamamiento se dirigía también a los obreros envenenados por
las ideas socialistas, a los estudiantes minados por la incredulidad, que podían
aceptar su programa político, sin por eso abandonar sus dudas o sus extravíos de
orden religioso. Entre sus primeros compañeros estaba aquel Mateo, venido del
comunismo, que angustiado por no tener la fe que veía en la mayor parte de sus
camaradas, le decía a uno de ellos: «¿Por qué no le dices al Jefe que me hable
de Dios?» José Antonio podría haberle hablado maravillosamente, pero es bien
conocida su respuesta: «Yo soy solamente misionero de España».
Esta actitud era ciertamente hábil en un político, pero podía tener sus
inconvenientes. Y pronto se vio que los tuvo. El mismo José Antonio alardeaba de
no ser un reaccionario, y se ha podido decir que en su ideal falangista no había
nada de beato y gazmoño. Esto, unido a sus diatribas contra los latifundios y
los terratenientes, a sus campañas de nacionalización de muchos servicios
públicos, a sus desprecios contra las derechas y las izquierdas, a sus consignas
revolucionarias, a sus ataques contra los ociosos, los zánganos, los rentistas y
los convidados, debía poner a muchos en guardia contra él y contra su sistema
político. «O está loco o es un bolchevique», se decía de él en algunos centros
conservadores y ciegamente cerrados al movimiento social que él propugnaba. Y
era fácil ver la afinidad que existía entre la Falange y los sistemas políticos
que acababan de triunfar en Italia y Alemania, uno y otro de ortodoxia muy
dudosa. ¿No caería el sistema español en los mismos errores? Esta va a ser la
acusación venenosa de los enemigos. Inútilmente repetía el Fundador que la
Falange no es copia del fascismo; inútilmente protestaba que se negaba a asumir
una serie de accidentes intercambiables que existían en el fascismo. Si el
fascismo era laico y chocaba con las organizaciones italianas de Acción
Católica, ¿no podría temerse otro tanto de la Falange? ¿Y no era de esperar que
la Falange se contaminase con los excesos racistas, paganos y totalitarios del
nacional-socialismo alemán?
Los Puntos Iniciales de la Falange aparecidos a fines de 1933 cayeron como una
piedra en la charca de las ranas. No podía exigirse nada más claro y rotundo. Es
la condenación de toda interpretación materialista de la vida, la afirmación
católica frente a las eternas preguntas sobre la vida y la muerte; la aceptación
del sentido católico de la vida, en primer lugar porque es el verdadero y,
además, porque, históricamente, es el español; la incorporación, por tanto, de
este concepto religioso en toda la reconstrucción de España.
Todo esto con tres corolarios que no podían despertar recelos en nadie: que la
era de las persecuciones religiosas ha pasado; que el Estado no asumirá
funciones religiosas propias de la Iglesia; que la Iglesia, a su vez, evitará
toda clase de intromisiones contrarias a la dignidad del Estado. Era ésta una
advertencia necesaria para los feroces jabalíes de la izquierda.
Nada había en este programa que pudiese molestar al católico más exigente; y no
obstante, fue entonces cuando surgió un conflicto inesperado, fue entonces
cuando un camarada de la primera hora que, además, era miembro del Consejo
Nacional de la Falange, intimidado por la gritería que acusaba al fascismo de
incompatible con la religión católica, de panteísta y de acumulador de la
personalidad humana, se separó de José Antonio, publicando una nota en que
recogía lo más importante de las calumnias que contra la Falange recordaba el
movimiento de la Acción Francesa, justamente condenado, que adoptaba una actitud
laica frente al hecho religioso y que subordinaba los intereses de la Iglesia a
los del Estado.
El escándalo fue grande, pero no produjo el efecto que los adversarios
imaginaron desde el primer momento. José Antonio sintió la traición del amigo, y
a su nota contestó con otra muy serena y rebosante de buen humor. Estaba seguro
de la ortodoxia de su programa doctrinal «que coincidía -afirmaba- con la manera
de entender el problema que tuvieron nuestros más preclaros y católicos reyes
[...] Además -añadía humildemente-, la Iglesia tiene sus doctores para calificar
el acierto de cada cual en materia religiosa». En cuanto a sus propias
convicciones, no admitía dudas ni sospechas maliciosas. Jamás disimuló su fe ni
en sus palabras ni en su manera de obrar. «Yo soy católico convencido», había
dicho a Francisco Bravo en una carta particular unos meses antes del incidente.
Era católico, pero a la manera del siglo XX. «La tolerancia es ya una norma
inevitable impuesta por los tiempos», y aceptada siempre, podríamos decir, si no
por la sociedad católica, sí por la Iglesia católica. «A nadie puede ocurrírsele
hoy perseguir a los herejes como hace siglos, cuando era posiblemente
necesario». Conformes también, y conforme con estas palabras finales de aquella
efusión hecha en la intimidad de la amistad: «Nosotros haremos un concordato con
Roma en el que se reconozca toda la importancia del espíritu católico de la
mayoría de nuestro pueblo, delimitando facultades».
Es verdad que él admitía en la hermandad sagrada de la Falange a cuantos
quisiesen compartir sus ideas políticas sin preguntarles sus sentimientos
religiosos, pero estaba seguro de que a su lado el espíritu más descreído, el
tránsfuga del marxismo o del socialismo, el mismo ateo, encontrarían un clima
espiritual y tal vez un camino hacia la fe. En una carta bien conocida, había
escrito estas certeras palabras: «En España, ¿a qué puede conducir la exaltación
de lo genuino nacional sino a encontrar las constantes católicas de nuestra
misión en el mundo?» No era una orden religiosa lo que José Antonio fundaba,
sino una institución política, pero una institución política que suponía para
todos sus adeptos un acercamiento al sentido más profundo de la España
auténtica, al mundo del espíritu, a las más hermosas verdades del alma y a un
concepto de la vida que empezaba por reconocer que el hombre es portador de
valores eternos. Si José Antonio, tal vez por considerarse indigno del título de
misionero de Dios, aquella gran amplitud de espíritu, aquella maravillosa
tolerancia, que debían formar el clima de la Falange, eran ya de suyo ejemplares
y misioneras, y a ellas se unía, según el consejo del Fundador, «la propaganda
con la ejemplaridad de la conducta» -esto era verdad sobre todo en el Jefe-, sin
proponérselo, sin meterse a predicador, sin mezclar la política con la religión,
sin alharacas y sin exhibiciones, su sencillez en las prácticas religiosas
atrajo a muchos de los que le rodeaban a la aceptación de las verdades de la fe
y al cumplimiento consecuente con ellas. Los más antiguos camaradas, los que
vivieron en su intimidad durante aquellos años de lucha y de difamación, nos
cuentan hermosas anécdotas, que nos descubren su actitud de hijo sumiso de la
Iglesia, como aquella que oí una vez, si mal no recuerdo, al camarada Julián
Pemartín. Invitados ambos a cenar un viernes de Cuaresma en una casa, donde
importaban poco las prescripciones de la abstinencia eclesiástica, apenas se
extendió por el comedor el olorcillo de la carne asada, José Antonio se levantó,
y cogiendo del brazo a su amigo, le dijo: «Vámonos. ¡Sería tan tonto condenarse
por una chuleta...!».
Revelador también es lo que Ximénez de Sandovál nos cuenta como un recuerdo
personalísimo. Era ya en los comienzos del año 36. Una tarde, dice el biógrafo,
José Antonio nos pidió a Agustín de Foxá y a mí que le acompañásemos la próxima
Cuaresma a hacer ejercicios espirituales. Como el ilustre poeta y yo ensayásemos
alguna resistencia, él, seriamente, nos dijo: «Os harían un gran bien. Yo he
hecho dos veces este retiro, una de ellas con ocasión de una gran crisis
espiritual, y me sirvieron de gran alivio y vigorización». «Si nos lo ordenas,
iremos contigo como falangistas subordinados», contestó Foxá. Pero él replicó
vivamente: «Yo no puedo ni debo mandar eso como Jefe. Os lo aconsejo como amigo.
Ahora bien, si no os ponéis a bien con Dios y os toca caer un día, no aleguéis
allá arriba el acto de servicio para libraros del infierno».
Los acontecimientos se precipitaron. Vinieron las elecciones, el hundimiento de
las derechas, el desencadenamiento de la barbarie, la persecución, los procesos,
la Cárcel Modelo, Alicante. En el retiro de la cárcel, donde haría aquellos
últimos ejercicios proyectados. Y tras ellos vendría la liberación, la victoria
final, la inmortalidad a través de la muerte. Le mataron los rojos, porque
sabían muy bien que su doctrina era el más poderoso valladar frente a sus
organizaciones marxistas y españolas; pero pudieron haberle matado muchas gentes
de orden que le miraban como un apestado o como un aguafiestas, o como un
desertor de los círculos aristocráticos, que por pura vanidad se entregaba a
actividades indignas de su apellido y de su tradición familiar. Hoy todo aparece
claro y lógico: el fervor españolista del Fundador se armonizaba con una
conciencia perfectamente católica; las consignas revolucionarias, que tanto
asustaban a muchos espíritus timoratos, van poco a poco haciéndose realidad, y
desgraciados de nosotros si no logramos implantarlas íntegramente; los clamores
de justicia social tan similares a los postulados de la encíclica Mater et
Magistra, ya no pueden extrañar a nadie después que tantas voces tan altas y tan
prestigiosas han venido desde las cimas de la jerarquía eclesiástica o desde las
esferas de la Universidad a juntarse con aquella voz que parecía surgir
solitaria entre la polvareda de las pasiones políticas.
La incomprensión fue acaso uno de los más grandes dolores de José Antonio en su
última hora. «Me asombra -dirá poco antes de morir- que aún después de tres
años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin
haber empezado ni por asomo a entendernos, y hasta sin haber procurado ni
aceptado la más mínima información». Por un lado, sólo veía saña; por otro,
antipatía.
Como sucede con frecuencia, la comprensión empezó a abrirse camino con la
muerte, aquella muerte sublime que en una vida tan lógica corno aquélla no podía
ser de otra manera, aquella muerte en que el heroísmo adquiere toda su grandeza,
los valores humanos todo su esplendor y el sentimiento cristiano su más bella y
genuina manifestación. Se había cumplido una misión histórica trascendente, sólo
quedaba sellarla con la sangre. Conocemos los gestos, las palabras, los escritos
de las veinticuatro últimas horas, aquellas cartas bellísimas a los familiares y
a los amigos, aquel testamento admirable. Es la muerte del caballero cristiano,
que siente morir en plena juventud, pero que se entrega generosamente. Ni
jactancia, ni debilidad, ni apocamiento, ni fanfarronería. Una serenidad plena,
una calma espiritual admirable; una previsión y una clarividencia que llena de
asombro a cuantos le rodean. Su mirada se dirige con la emoción del recuerdo
hacia cuanto había amado en este mundo: hacia aquella España rota y desangrada,
hacia aquella Falange perseguida, cuyo porvenir incierto le preocupa, hacia
aquellos camaradas a quienes él había lanzado al combate. «Hasta el final os
acompañará mi afecto». No le tiembla el pulso, la fe le sostiene. Es entonces
cuando aparece con toda su fuerza. Ahora las consideraciones de la prudencia,
necesarias en la propaganda política, habían terminado. Era el momento de la
verdad, de la gran realidad: Dios; el momento en que para un hombre realista y
con profundas convicciones, el político debía eclipsarse ante el cristiano:
Pensemos en Carlos y en el mismo Napoleón: «Espero la muerte sin desesperación,
pero ya te figurarás que sin gusto». ¡Qué confesión tan noble! ¡Qué belleza en
esta sinceridad! De su carta a su tía la monja son estas palabras: «Dos letras
para confirmarte la buena noticia de que estoy preparado para morir bien, si
Dios quiere que muera y para vivir mejor que hasta ahora, si Dios quiere que
viva». ¿Qué hace entre tanto? Lee, reza, escribe, medita, pasea y hasta duerme.
Unas frases a un amigo, una conversación con el sacerdote, unas palabras
confortadoras de Cristo. «Tengo sobre la mesa, como última compañía -escribe a
Carmen Werner, una de las primeras camaradas de la Sección Femenina- la Biblia
que tuviste el acierto de enviarme a la cárcel de Madrid. De ella leo trozos de
los Evangelios en estas, quizá, últimas horas de mi vida». Y en posdata: «Ayer
hice una buena confesión». La alegría de la confesión hecha le rebosa en el alma
y en los ojos y salta hasta los puntos de la pluma una y otra vez. Por ejemplo,
en carta íntima a su tío Antón Sáenz de Heredia: «Ayer confesé con un sacerdote
viejecito y simpático que está preso aquí, y estoy lleno de paz». Con esta paz
escribe la primera cláusula de su testamento: «Deseo ser enterrado conforme al
rito de la religión católica, apostólica, romana, que profeso, en tierra bendita
y bajo el amparo de la Santa Cruz». Dios cumplió su deseo y le trajo a descansar
al amparo de una Cruz colosal, digna de su grandeza.
Así fue la doctrina y así fue el hombre. No puedo olvidar el estupor de unos y
la satisfacción de otros cuando un prelado insigne de la Iglesia española, el
arzobispo de Valladolid, con motivo del segundo aniversario del 20 de noviembre,
ante una asamblea en que estaba representada toda la España Nacional, proclamó
con palabras inolvidables la nobleza de aquel corazón, la honradez de aquella
vida y la sinceridad de aquella fe. «Él supo vivir -decía- y, sobre todo, supo
morir, como siervo bueno y como hijo bueno de la Patria y de la Iglesia. Y Dios
ordenó en su Providencia amorosísima que el mismo José Antonio nos dejase un
retrato sublime de su corazón en aquellas horas que precedieron a su muerte: su
Testamento, prueba palmaria de que fue un hijo preclarísimo dé España y un hijo
ferviente de la Iglesia católica. No era un estoico, era un cristiano; y el
cristiano es divino y es humano [...] El cristiano, por ser divino, por llevar
en su entendimiento la luz sobrenatural de la fe y las aspiraciones
sobrenaturales de la esperanza en el corazón, y los ardores de la caridad en la
voluntad, no por eso deja de ser humano; más aún: aquellas fuerzas
sobrenaturales aumentan, vigorizan y exaltan todas las fuerzas ordenadas de la
naturaleza humana. Ved, pues, a José Antonio valiente, activísimo, denodado
hasta el sacrificio, hasta la muerte, y a la vez de corazón sensible. No merece
le recriminación del Apóstol: sine afectione [...] Evidentemente, la España que
soñaba el Fundador de la Falange es una España en consonancia con el espíritu
español y católico, que informa, y anima, y vivifica, y engrandece, y sublima su
Testamento».
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