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Juan Segura Palomares
La Prensa, 19.XI.1961
Eran las postrimerías de
1938. Tenía yo siete años. Recuerdo que llovía. Un amiguito del pueblo
donde estaba refugiado con mi tíos, huyendo de los bombardeos, me la había
regalado. Era una fotografía, tamaño postal, de un hombre joven, de mirada
profunda y gesto preocupado. La guardé en un bolsillo.
Al cabo de unos días bajamos a Barcelona a ver a Mamá que estaba en la
clínica. Aquella mañana se habían dado cita varios familiares. A uno de
ellos, a mi primo que me llevaba diez años, le enseñé la foto. Hizo un
gesto de asombro, la cogió, la miró un rato en silencio y luego la rompió
en mil pedazos, quemando los restos, a la par que murmuraba:
- De dónde has sacado eso?
- ¿Qué es?
- Nada, ¿quién te la ha dado?
- Un amigo de Sant Vicens dels Horts, bueno de Horts del Llobregat. ¿Qué
tiene de malo?
- Si te ven con eso encima te matarán.
- Pero, ¿por qué?
- Por nada, olvídalo. Si quieres que no le pase nada a tu mamá, olvídalo.
Naturalmente, me impresionó el argumento. Mamá por encima de todo. Así que
no conté a nadie lo sucedido. Pero cuando regrese al pueblo fui en busca
de mi amigo y le pregunté quién era el de la fotografía. El chico, en tono
de misterio, me dijo:
-Me parece que es un fascista muy importante. Lo cogí del despacho de mi
hermano, el que se fue a la guerra.
Los fascistas eran los malos. Así me lo habían repetido infinidad de veces
en casa. Papá estaba escondido, condenado muerte, y claro, por si acaso,
me habían aleccionado. Quiero decir que sentí un odio inmenso hacia el del
retrato, pero en mi fuero interno me decía:
-Tiene cara de bueno. No entiendo como puede ser fascista.
Pasaron unos meses y llegó el 26 de enero de 1939. Los últimos soldados
rojos se replegaban por las calles tangentes a la nuestra. Papá estaba
detrás de las persianas observando. Me habían dicho que había vuelto del
frente por estar enfermo. Mamá quiso salir al balcón, pero él atajó:
¡No ves que llevo camisa azul!
Qué absurdos son los mayores, pensé entre mí: qué tendrá que ver el color
de la camisa? Estaba muy lejos de intuir siquiera que, efectivamente, por
el color de una camisa se habían estado matando por los campos y poblados
de España durante tres años.
Más tarde todo fue alegría. Barcelona parecía un ascua de luz. ¡Habían
entrado los nacionales! Todos los balcones se abrieron y los hogares
barceloneses encendieron todas las bombillas. ¡Había terminado la
pesadilla! Entonces me enseñaron un himno nuevo, alegre, que hablaba de
luceros y flechas de camisas azules y primavera ... y me hablaron de José
Antonio. Después hablaron de «checas» asesinatos en las carreteras, odio y
de una cosa absurda: derechas e izquierdas y decían que José Antonio era
de los de derecha, y yo lloraba cuando peleaba con mis amiguitos, porque
ellos hablaban de injusticias y decían que eran los de derechas los que
las cometieron ...
Por fin caí por Alicante, ya cumplidos los diecinueve años. En el silencio
del patio escuché los últimos momentos de José Antonio. Sin odio en sus
palabras, alegre. ¿Por qué? .. En la sala donde se celebró el juicio
escuché, repetido por el sacerdote que me hacía de guía, aquel párrafo del
testamento en el que el fundador
decía:
En sus rasgos (los de los que le juzgaban) me parecía leer esta frase:
“¡Si hubiésemos sabido que era esto, no estaríamos aquí!” Y ciertamente no
hubiéramos estado allí, ni yo ante un Tribunal, ni otros matándose por los
campos de España.
Decididamente, José Antonio no era ni un fascista, ni un derechista. Era
otra cosa. Era como aquella mirada que en la fotografía me hizo adivinar
que no era un hombre malo. Y a partir de entonces empecé a leer sus obras,
a tenerlas siempre a la cabecera de la cama, a estudiarle, porque José
Antonio no era como me lo habían presentado unos y otros. José Antonio era
como le presentí la primera vez, aquel día de las postrimerías de 1939,
cuando su mirada me conmovió.
Lo malo es que muchos, muchísimos todavía se empeñan en no conocerle, en
no saber descubrir su mirada, aquella mirada de mi primer José Antonio.
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