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Breve historia de una
generación
La semana pasada se
celebró en Madrid el XX aniversario de la Fundación de la Falange.
Hace veinte años, un tibio 29 de octubre de 1933, congregaba José Antonio a
estos mismos hombres de España, a estos mismos hombres de la tierra y de
la Universidad, que aunque hayan cambiado los rostros porque murieron
muchos, siguen siendo siempre los mismos, para decirles:
“No queremos más derechas ni izquierdas. No queremos una España partida en
dos… Queremos una generación que asienta en su entraña la responsabilidad
de ser españoles…”
Y aquella generación, ante el problema patrio en que nos hallábamos, se
alistó bajo sus palabras enteras y sin eufemismos.
Muchos de nosotros no habíamos salido aún de las aulas del Instituto, pero
teníamos ya plena conciencia de que el problema era inaplazable.
Llegó el 18 de Julio. Y entera y sin eufemismos, desde el surco y desde
las aulas, saltó aquella generación a las trincheras.
Continuación de nuestra guerra fue, dos años después, la gloriosa y casi
olvidada campaña española en Rusia.
Era la misma juventud española que marchaba a ella. Allí iban los que
lucharon ya en nuestra guerra. Los que eran todavía demasiado jóvenes
entonces para empuñar un fusil. Iban también los que sólo habían visto la
contienda tras la reja de una cárcel y aquellos que habían visto asesinar
a su padre, a sus hermanos. Iban también algunos aventureros ¡claro que
iban! ¿Es que habéis visto alguna empresa de esta magnitud que no los
arrastre. Os diré más: afortunadamente iban… Hacen falta muchas
experiencias para comprender ciertas cosas. Hace falta, por ejemplo,
convivir con un “aventurero” en la misma chabola, y compartir con él el
rancho y el frío, y los peligros, y las nostalgias de la Patria… para
saber que gran cantidad de Hombre, con mayúscula, de español y de camarada
puede llevar dentro, sin que él mismo haya llegado nunca a darse cuenta
siquiera.
EUROPA POR DELANTE
El día 14 de julio de 1941 pasaba el puente Internacional de Irán la
primera expedición de voluntarios, a la que habían de seguir otras muchas.
El recorrido y la experiencia eran iguales para todos. Yo, personalmente,
llevaba casi dos años viviendo en el trópico. El “Marqués de Comillas” y
¡gracias! A Dios una gran dosis de quijotismo de trajo de Cuba a España y
un transporte completó el recorrido a través de media Europa. En apenas
tres meses salté de un hemisferio a sus antípodas y de 30º sobre cero a
30º bajo 0. El efecto es semejante al de una ducha escocesa, sólo que más
prolongado y menos saludable.
San Sebastián… Irún…
Al cruzar el puente Internacional, os decía, se hizo una especie de nudo
en todas las gargantas y los ojos de aquellos muchachos y se llenaron de
lágrimas.
Detrás quedaba España, las improvisadas madrinitas de la Sección Femenina
de Logroño, con sus escapularios y meriendas de despedida… y un sol que
quizá no habíamos de volver a ver nunca. Delante, semi envuelta aún en la
bruma matutina, Hendaya. Europa entera por delante; y al final, la estepa
rusa, lo desconocido.
“MENOS EL PINO, QUE ES DE MANTEQUILLA...”
Al tercer día atravesamos la frontera alemana. Poco a poco, a medida que
nos aproximábamos al Norte, fue cambiando la decoración. El terrenos se
hizo más montañoso y se cubrió con pinos y abetos de hoja perenne, entre
los que sobresalían como dedos silenciosos apuntando al cielos las agudas
torres de los campanarios alsacianos. En los valles, en las hondonadas,
todavía podían verse restos de la nieve del invierno anterior. Luego, la
nieve acabó cubriendo el paisaje todo.
Desde las cantinas de tenderetes instaladas en las estaciones, muchachas
rubias y coloradotas, corpulentas unas, dentro de sus ajustados uniformes
blancos, y espigadas otras, con ojos azules y melancólicos como un verso
de Schiller, se afanaban sin descanso, a cada parada del tren, en
llenarnos las cantimploras de té recién hecho o de buen vino rojo,
caliente. Y las marmitas de aquella extraña sopa de avena con tocino
diluido.
Gran parte de los alimentos –incluso muchos embutidos- estaban hechos con
grasa vegetal sintética, aprovechando los grandes bosques que cubren
Centroeuropa. Los nuevos uniformes que nos repartieron en el campo de
instrucción, estaban tejidos también con fibra vegetal. Ello dio motivo a
una especia de “slogan” que se repetía de boca en boca por la División:
“En Alemania todo es de pino, menos el pino… que es de mantequilla”.
Sin embargo aquellos trajes eran muy resistentes y abrigaban. Hace poco,
antes de sentarme a escribir estos recuerdos, he abierto mi baúl para ver
de nuevo mi vieja guerrera, que –naturalmente, contra el Reglamento- me
traje conmigo a España. A pesar de los muchos meses de barro y nieve que
soportó, aún está casi intacta. Un poco más descolorida, un poco rozada
por las bocamangas y el cuello… algún que otro agujero de cigarrillo, pero
nada más. Con nuestras endebles guerreras españolas no hubiésemos podido
resistir aquel clima.
Ya fue bastante resistir la primera marcha con aquellas botas que calaban
la nieve y herían los pies con sus mal claveteados contrafuertes de
cartón. Pero “el soldado español va donde haya de ir, y si no se le ponen
transportes, recorre mil quinientos kilómetros a pie si es necesario…”.
Palabras de nuestro general.
Así fue en efecto.
En realidad hicimos una guerra casi nuestra, independiente, dentro del
gran conflicto. No luchábamos contra todos los componentes de la coalición
aliada frente a Alemania. Luchábamos “por” algo que era muy viejo y muy
ancestral para nosotros.
La vista de mi vieja guerrera me ha traído a la memoria tantas cosas…
Tantas cosas que llenarían un libro. Pero no voy a hablaros ahora de las
empresas de la guerra, de esas empresas que quedan anotadas en las
crónicas y que ya visteis en el “No-Do”. Os hablaré solamente de algo en
lo que casi nadie piensa: de la parte humana , que tiene toda lucha. Que
tuvieron sobre todo nuestros nuevos tercios del siglo XX, paseando su
estandarte por toda Europa y dejándolo bien en alto por donde quiera que
pasaban. Una vez que se está ya metido dentro de un uniforme, con el
cinturón bien ajustado y las cartucheras en sus sitio, lo que
verdaderamente tiene valor es esto: lo humano.
CON EL GORRO TORCIDO
¡Para que hablaros del soldado español como soldado!
Su mejor definición queda escrita en las palabras históricas de un hombre
que ya ha muerto, pero que supo hacer de la guerra de su pueblo, incluso
en la hecatombe final, una gloriosa ópera wagneriana:
“Cuando veáis pasar por
vuestro lado un combatiente de uniforme verde con el gorro torcido
(antirreglamentario) y la colilla de un cigarrillo pegada a los labios
(más antirreglamentario todavía), saludadle, porque pasa un héroe de la
División Azul”.
Una compañía alemana (o lo que quedase de ella) estaba siempre en perfecto
estado de revista a la media hora de volver de un combate: los fusiles
limpios, las botas lustrosas, los cascos ajustados…
Nosotros… nosotros francamente, había meses que pensábamos: “el que viene
tengo que lavar la marmita y afeitarme un poco”. Pero cuando se nos
confiaba un sector de terreno, ya podía estar seguro el Alto Mando de que
no nos sacarían de allí ni con picos. Y la frase es dramáticamente
histórica: sobre le hielo del Wolchow quedaron clavados por los del
enemigo los últimos supervivientes de una unidad entera, que ya sin balas,
sucumbió sobre su puesto antes que abandonar la posición.
Es este un recuerdo amargo. Uno de los muchos que nos hacía preferir la
muerte antes que caer prisioneros.
LOS MIEDOS BLANCOS
José Hernández Navarro, en su libro “Ida y vuelta” ha hablado de “los
miedos verdes” y “los miedos blancos”. Sin duda alguna es la frase más
poética y más feliz del libro entero. Los “miedos verdes” son los que se
conocen en cualquier batalla sobre una pradera florecida y bajo un sol
brillante, que nos hace gritar a cada ráfaga: “¡No quiero morir! ¡No
quiero morir!” aunque otra voz, interior también, nos obligue a seguir
adelante.
Los “miedos blancos” solo es posible sentirlos en aquel paisaje de
desolación, de noche boreal, que empieza a las cuatro de la tarde para no
acabar del todo ni a la mañana siguiente, cuando la aparición del día se
anuncia por una niebla más clara, que nunca llega a convertirse en luz
total. Así, seis meses de invierno. Metidos en el puesto de escucha, que
es un embudo de la nieve, sin ver absolutamente nada en torno nuestro, la
noche se puebla de fantasmas terroríficos. El frío, que primero empieza
por los pies, y acaba por dejarnos convertidos en rígidos peleles dentro
de nuestro capote y nuestro pasamontañas, nos sume en un sopor de
atontamiento, contra el que casi nada puede la voluntad. Se ven sombras
inexistentes por todos lados y a cada gemido del viento entre los pinos se
nos antoja que el enemigo, que se mueve por la nieve y la oscuridad como
en su casa, va a caer sobre nosotros con una manta para arrastrarnos hacia
sus líneas antes de que tengamos tiempo siquiera de mover una mano.
Como se llevaron a muchos.
Estos son los “miedos blancos”. Los miedos de noche siberiana. Y detrás de
ellos aparecía siempre la imagen sangrienta de unos cadáveres clavados
sobre el hielo.
DAME PAN Y… LLÁMAME PRISIONERO
Sin embargo, nosotros no
tratábamos así a los suyos. Y en cuanto se corrió la voz -¡de que manera
tan inverosímil cruzan las noticias la tierra de nadie!- muchos de ellos,
sobre todo cuando se trataba de batallones de campesinos, salían de sus
trincheras para pasarse en bloque, con los brazos en alto gritando entre
sus grandes barbas llenas de piojos:
- ¡Jiliepa! ¡Spanski jarasó…! (“Pan, dadnos pan! ¡Los españoles sois
buenos…!”).
En realidad al campesino ruso le tenía sin cuidado aquella guerra. Su
miseria no había mejorado mucho desde los antiguos tiempos de la
esclavitud: lo único que había hecho en veintitantos años era pasar de la
tiranía de un zar blanco a la de un zar rojo.
Y los españoles éramos realmente buenos con ellos. No por nada, sino por
costumbre racial. No sabemos llevar la muerte contra un hombre que ha
rendido las armas, ni comer viendo que junto a nosotros hay otro ser
humano, prisionero o no, que no come.
Y asía través de todos los lugares por donde pasamos, la población civil
vivió a nuestra costa: comió nuestro pan, tuvo nuestras medicinas y se
calentó a nuestro fuego. La recompensa, hay que decirlo, era una gratitud
casi perruna, que ningún otro soldado vistiendo uniforme verde disfrutó
jamás. La ropa, lavada voluntariamente por las mujeres, cuando estábamos
de descanso en algún pueblecito de segunda línea. Los “malenki” (los niños
rusos) mezclándose a nuestra gran familia de camaradas para aprender
español a una velocidad realmente prodigiosa, y enseñarnos en cambio a
nosotros unas cuantas palabras de su lengua…
Tan lejos llegaba esta gratitud, que nuestra escarapela tricolor era una
especie de patente de corso para meterse por todos lados sin peligro.
Ningún soldado alemán se hubiese aventurado a entrar sin armas en lo
barrios acotados de Polonia, de Lituania… porque, de pronto, en medio de
aquella oscuridad, detonaba desde la ventana de una casa aparentemente
desierta, el fogonazo de la venganza y un cuerpo quedaba tendido sobre el
barro. Los españoles –contraviniendo órdenes, como no- entraban y salían a
cuerpo limpio por todas partes.
Un viejo amigo mío tuvo relaciones, durante el tiempo que estuvo en el
hospital de Vilna, con una condesa polaca de la resistencia, que le
recibía en su casa con todos los honores.
Y yo mismo recuerdo un incidente revelador que me ocurrió en la misma
ciudad de Vilna con un partisano.
UNA TROIKA CON SORPRESA
La hora de paseo para los que estábamos convalencientes y ya podíamos
salir a dar una vuelta, terminaba a las nueve. Aquella noche, sin embargo,
a mí se me habían hecho casi las nueve cerca del monumento de las Tres
Cruces. Había estado oyendo música en una cervecería –aquella “Paloma” y
aquella “Comparsita” inolvidables que los teutones consideraban como el
súmum de lo español, y que atacaban con todo su entusiasmo en cuanto nos
veían aparecer en la puerta- y a sus compases me había olvidado por
completo del reloj.
Decidí tomar una troika que me subiese hasta lo alto de la colina donde
estaba el hospital. La noche estaba como boca de lobo, de modo que en
cuanto oí los cascabeles de un caballejo que se acercaba, encendí mi
linterna y me planté en medio de la calle.
Dio el cochero un gran tirón a las riendas y yo salté al interior del
carricoche. Entonces pude que ver que ya llevaba un ocupante. Auriga y
viajero se pusieron a protestar en polaco –posiblemente de mi manera un
tanto inesperada de tomar los vehículos. Pero yo tenía prisa y en el poco
alemán que se les respondí que el Ejército era antes… y que fustigase al
pobre penco. Podía llevarme a mi primero y luego seguir la ruta con el
otro ocupante.
El uniforme tenía una gran autoridad en toda aquella zona dantesca del
este. Nos pusimos en marcha, no sin que dejase de rezongar. Y entonces es
cuando recibí mi gran sorpresa. Mi compañero de asiento, que iba
completamente borracho, me alargó una botella de vodka, y cuando yo estaba
dándole el primer tiento sacó un enorme pistolón. Me quedé un tanto
desconcertado, y ya que puestos a sacar armas él me había tomado la
delantera, decidí que no me quedaba más alternativa que usar la
diplomacia. Decidí entablar conversación con él para distraerle, aunque
sin soltar el cuello de la botella, que era lo único que podía estamparle
en la cabeza en cuanto le viese hacer el menor movimiento peligroso. Pero
él no parecía tener malas intenciones: se limitaba a pasarme el revolver
por delante de las narices y a repetir con la lengua estropajosa:
-Tu “doich”, tu caput… ¡ah! Pero tu spanki jarasó…
Y apuntalaba su afirmación con una palmada de su gran manaza en mi
espalda. El cochero fingía mantenerse en un mundo lejano de lo que ocurría
en el interior del coche. Así fuimos hasta cerca del hospital. Y en vista
de las circunstancias no quise insistir para que me llevasen hasta la
puerta.
Bajé de la troika y mi compañero de viaje, el partisano, me alargó la mano
después de recogerme la botella. Todavía le oí decir por última vez en la
oscuridad, mezclada su voz al tintineo de los cascabeles que se alejaban:
-¡Tú spanki, jarasó, jarasó…!
TAMARA LA ESPÍA
Nunca estaban más contentos los prisioneros polacos y rusos que cuando les
tocaba ir con guardia española para los trabajos de reparación de vías y
de tala de madera. La mayor parte del tiempo transcurría charlando y
fumando al socaire de un terraplén o de un grupo de abetos. Sólo cuando se
veía aparecer en lontananza una patrulla alemana se les hacía levantarse y
trabajar un poco… que también era justo y para eso estaban allí, al fin y
al cabo.
Era un tono compadre de “ya que estás sin armas eres mi amigo”,
inverosímil e incomprensible para el que no lo vivió.
En el pueblo de Propuskaja vivía una rusa muy linda. Tamara se llamaba.
Era, entre todas las mujeres que habían quedado en la aldea, la de porte
más aristocrático. Yo recuerdo como una tarde que bajé al Cuartel General
a llevar un parte un amigo mío me dijo si quería conocerla, y estuvimos en
su casa tomando el té que nos sirvió la vieja “babuska” (la madre)
mientras ella tocaba la balalaika junto a la ventana, cantando dulces y
melancólicas canciones de la estepa, que a nosotros, no sé porque extraña
razón, nos transportaban a España, al hogar.
Todos estaban en Propuskaja vagamente enamorados de ella.
Pasó el tiempo y resultó que Tamara era espía. La fusilaron.
Era la guerra, pero aquel día, aunque nadie lo confesase fue un día de
luto mudo en el pueblo. En los ojos de muchos hombres se veían lágrimas
contenidas. Lágrimas de unos hombres que el enemigo llegó a respetar por
su valor, pero que todavía –aunque fuese necesario- sufrían de ver matar a
una mujer.
Pocas horas después de enterarme de todo esto, nos estábamos despidiendo
varios amigos, en la salida del bosque, de uno más que seguramente no
llegaría al puesto de vendas. Apenas tendría dieciocho años. Llevaba una
pierna cortada de cuajo por la metralla y gran parte de los intestinos al
aire. A pesar de los botes que pegaba la ambulancia sobre la carretera
llena de baches, no le vimos proferir un solo ¡ay!. De cuando en cuando
solamente mordía un pañuelo. La piel se le iba poniendo verde. Cuando
llegó el momento de separarnos de él, forzó una sonrisa y dijo
simplemente:
-Yo sé que no llegaré lejos… Enviadle a mi padre el icono que dejé en la
chabola y decidle que morí como un español.
No he querido daros con todos estos recuerdos, lejos de todo relato
guerrero y de toda fanfarria militar, más que un retrato humano, casi
desconocido por la mayor parte, de aquella juventud española, de aquellos
nuevos tercios, que, como aquel capitán de Flandes, iban de nuevo por el
mundo diciéndole a Europa: “España y yo… somos así, señora”.
LOS QUE NO VOLVIERON
Una última estampa solamente.
Noviembre de 1943. Había comenzado el fin. La Wermacht empezaba a
retirarse, paso a paso, todavía ordenadamente, del frente ruso.
La División española recibió la orden de repatriación. Los que se quedasen
sería bajo mando alemán y perdiendo la nacionalidad española. Comenzaron a
embarcar batallones en los transportes. Estábamos ya tan empapados de
estepa que no sabíamos siquiera si alegrarnos o no.
De nuevo las duchas, las barracas de desinfección… las “sweater” rubias
ofreciéndonos té caliente en las cantinas de las estaciones.
Volvíamos a España.
El descenso en Hof fue impresionante. En medio de las oscuridad surgían de
los portales siluetas femeninas llamando a los que habían sido sus
“novios-relámpago” durante el breve y ya lejano período de instrucción, un
año o dos atrás… sin embargo, aquellas muchachas nos estaban demostrando
una fidelidad al recuerdo, que nunca hubiésemos podido suponer en su
aparente desenfado.
Era una escena que se repetía con cada transporte. En medio del acompasado
–y cansado- marchar de las botas militares, calle arriba hacia el extremo
de la ciudad, donde estaban las barracas, repiqueteaban sus pasos ligeros
y se oían sus voces, pronunciando nombres españoles con un arrastras de
“erres” que en aquel momento no tenía nada de bufo:
-¡Ramón…!
-José María…!
-Pepe…!
Algunas encontraban al esperado y seguían con él ciudad arriba, casi
colgadas de su macuto, casi convirtiendo el orden de la formación en una
marcha de gitanos. Pero otros muchos nombres no respondían. Ni podrían ya
responder nunca. Habían quedado ya para siempre, debajo de una cruz y un
casco, en los cementerios de Novogorod, de Tsarkoje-selo, de Slutz… O ni
siquiera se sabía donde estaban.
LOS QUE AÚN ESTÁN ALLÍ
El ultimo transporte de voluntarios repatriados cruzó la frontera española
un día 15 de diciembre de 1943. Hasta muchos años más tarde no tuvimos
nosotros las primeras noticias de los que aún estaban allí, tras el telón
de acero. Noticias vagas, indirectas, a través de prisioneros alemanes
canjeados que habían convivido con los españoles en los campos de trabajo
de Kiev y Tcherepovich.
No son muchos los que quedan. Según datos de este último año se sabe
cierto de 350; quizá no pasen de un centenar más, en total. Y este total
lo componen: los cogidos en acción de guerra en el frente; muchos que
llegaron a Rusia como marineros de buques republicanos durante los últimos
días de nuestra guerra civil; aviadores rojos que fueron allí a
perfeccionar su instrucción; obreros exiliados sorprendidos en Alemania e
incluso militantes comunistas que escaparon a la Unión Soviética buscando
asilo y que fueron, como los precedentes, casi inmediatamente internados.
De nuestros combatientes, según informes, parece que la mayor parte fueron
cogidos el día 10 de febrero de 1943. De nuevo el nombre trágico de Krasni-Borg
salta a nuestra memoria.
Entre todos los prisioneros de diversas nacionalidades, los que pero
tratados están son los españoles, pues no ha recibido siquiera juicio.
Como los prisioneros alemanes. No saben en cuanto consiste su condena ni
dónde irán a parar luego. Lo que es peor, no reciben paquetes que les
ayuden a subsistir, como ocurre con sus compañeros de otras
nacionalidades; ni tampoco cartas de sus familias, ya que sufren
incomunicación total y no se les permite escribir a España.
Sólo en casos esporádicos, que quizá no pasen de la media docena en estos
diez años, se ha sabido de alguno de ellos, que ha logrado comunicar con
los suyos, de manera indirecta, a través de la Cruz Roja o de algún
repatriado alemán.
CONDICIONES DE VIDA
Parece ser que en un principio casi todos los prisioneros de nacionalidad
española estuvieron centrados en un área de campos cerca de Borovitchi,
donde después de haberse producido algunos plantes de trabajo, fueron
considerados como “peligrosos” y distribuidos por otros diversos campos en
grupos de 30 a 60 hombres.
Los trabajos a que se les destina son principalmente de minería y
canteras. Suelen ir a ellos en brigadas mixtas de españoles y alemanes, en
grupos de unos doce a quince hombres, dirigidos por uno de ellos.
Teóricamente reciben una paga, que depende de su rendimiento, pero que es
retenida en casi su totalidad por la administración del campo para
manutención, alojamiento, vestido y combustible. A la máxima paga, que es
de 650 rublos y que sólo obtiene el prisionero cuando cumple en un 100 por
100 el rendimiento de trabajo que se le asigna, llegan realmente muy
pocos, dado el estado de depauperación y agotamiento en que se encuentran.
Sin embargo la camaradería se mantiene: se ha hecho ya costumbre falsear
las declaraciones de trabajo por parte del jefe de grupo, con objeto de
que todos reciban un porcentaje equivalente, y que los que más resisten
puedan ayudar así a sus compañeros más débiles.
La comida de los campos es apenas suficiente para mantener a un hombre en
pie: por la mañana una especie de sopa de pescado deshecho, en la que es
imposible buscarle utilidad a la cuchara. Al medio día otro cazo de sopa y
una ración de “kasha” (que es una especie de potaje de patatas y
legumbres, con algunos hilillos, casi invisibles de carne). Pan,
seiscientos gramos de un pan negro y muy húmedo (para que pese más en
Intendencia) por día. A la noche, otro plato de sopa. Solamente los que
trabajan en el interior de las minas reciben de cuando en cuando una
pequeña ración de alcohol, vodka o coñac.
Entre la alimentación insuficiente, y que toda ella está guisada con poca
grasa y mucho agua, la mayor parte de los prisioneros padecen de
disentería y de unas dolorosas hinchazones hidrópicas en los miembros,
sobre todo en las piernas. En un principio, los alemanes morían a
centenares.
Los españoles en cambio, parecían hechos de acero. “Nunca he visto raza
más resistente a pesar de su poca apariencia física –me decía un alemán
repatriado amigo mío-, ni que soporte las calamidades con mejor humor”.
Además, siguiendo nuestra tradicional picaresca, algunos de ellos
consiguieron “enchufarse” en la cocina de los campos, y desde allí
ayudaban en lo posible a sus compañeros.
EL ALMA DE LA RAZA
Han conseguido hacerse respetar incluso de sus guardianes. Los españoles
que dejaron ya fama de buenos soldados, continúan siendo espléndidos
combatientes incluso dentro de los campos.
Los rusos mantienen dentro de cada campo, sin éxito alguno, un activo
sistema de propaganda comunista, a base de proyección de películas y
agentes de captación.
Se da el caso de que dentro de las barracas conviven prisioneros de la
división con antiguos izquierdistas emigrados, demasiado independientes o
demasiado españoles a pesar de todo para aceptar el orden soviético. Unos
y otros hacia el exterior, hacia sus carceleros, forman un frente único,
un bloque unido sin la menor resquebrajadura. Es el alma de la raza.
Voy a contarles una anécdota magnífica a propósito de esto: Era allá por
el año 47, en el campo de Kiev estaba pasando revista a los internados. Al
llegar frente al grupo de los españoles, se detuvo y dijo con cierta
insolencia: “Supongo que ahora ya no seguiréis siendo “fascistas”… el que
era entonces jefe de la brigada, un antiguo intelectual republicano, se le
quedó mirando fijamente y respondió como si hablase por todos: “Ahora…más
que nunca.
No hay duda que hay que tener muchas agallas para esto.
La población civil rusa hermana de aquella otra población civil que
alimentaron sus camaradas en días de guerra, se ha encariñado con ellos y
los ayuda en lo que puede, por bajo cuerda. Raro es el español internado
que no tiene en la aldea próxima una viejecita o una muchacha pendiente
del momento en que puede llevarle algo de comida o de ropa. Ellos
continúan celebrando las fiestas tradicionales dentro de las barracas. Han
formado orquestinas con instrumentos comprados o hechos por ellos mismos ,
y mantienen sus equipos de fútbol. Hace dos años el equipo español ganó el
campeonato del área de Shajty, donde 30 de los nuestros convivían con 300
alemanes.
El ingenio de la raza no se agota y el pabellón español se mantiene tan
alto dentro de las alambradas como lo estuvo frente a ellas.
Pero van pasando los días. Los años ya.
-Yo he vivido aquello –me dice mi amigo alemán- y aunque se que el
[ilegible] para su repatriación a través de terceros, le aseguro que la
espera es larga. Creo que por ahora la prensa española debería ocuparse
antes de estos hombres que del problema de [ilegible].
(Div. 250. Placa 12.646)
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