José Antonio 1971: arrebatar banderas (I)
Ricardo de la Cierva
El Alcázar, 23 de noviembre de 1971
No hemos hecho a José Antonio, todos estos
años, unas relaciones públicas excesivamente buenas. Nos hemos
recreado en el recuerdo y en la nostalgia, a la hora de transmitir su mensaje;
nos hemos recluido en la
defensiva, cuando no en el exclusivismo taifeño, contradictorio con su talante y
con su herencia. Hemos volcado
lo mejor de su espíritu y de su letra en nuestras Leyes Fundamentales y en
nuestra doctrina; pero al hacerlo así
hemos congelado parcialmente su energía creadora y hemos convertido en término
estático lo que para él no fuera
sino incierto y contingente punto de partida. En medio de la adaptación, hemos
enturbiado un poco, cuando no
marginado del todo, alguna de las tendencias más originales y más sustantivas de
su obra incompleta. No
hemos subrayado todo lo que se merece ese carácter incompleto de su arranque, de
su mística y de su dialéctica;
hemos preferido cómodamente, y un tanto cobardemente, considerar a su figura y a
su doctrina como bases para una mitología perfeccionista, tras olvidamos absurda
y burocráticamente de la otra parte del león miltoniano, la que
se hunde en la tierra virgen sin dejar todavía de ser barro.
Y, sin embargo, hay que replantear ante la juventud española la vida y la obra
de José Antonio, no ya para la
comprensión de nuestro pasado, sino para la configuración elemental de nuestro
futuro. Quizá el mejor acceso de
esa juventud hacia la comprensión de su figura solitaria. y gigantesca sea una
primera consideración sobre José
Antonio como analista político. En el artículo de fines de octubre de 1935 en
"Arriba", en el párrafo Azaña
volverá a gobernar -redactado bajo la tremenda impresión del discurso
creador del Frente Popular en el campo
madrileño de Comillas-. se contienen las más certeras y profundas aproximaciones
de futuro que se habían
formulado sobre España desde los artículos que Carlos Marx enviara el pasado
siglo al "New York Times" en torno a
la vicalvarada. Nuestros universitarios de hoy pueden acceder a la comprensión
de José Antonio por esta vía de
análisis histórico; mediante la comparación de' los comentarios joseantonianos a
lo largo de 1935, en las Cortes
y en la Prensa, y las apasionadas valoraciones de otros personajes de la derecha
y de la izquierda, empeñados en
instrumentalizar la Historia para un futuro partidista y contrahecho, no
simplemente en interpretarla de forma
cristalina.
La paradoja -aparente, profunda a la vez- de José Antonio como inspirador y
primer teórico de la no violencia en
la España convulsa de sus días es la segunda gran lección inédita que hoy nos
ofrece su recuerdo. Hay en la
historia contemporánea de España dos frases invariablemente tergiversadas desde
terreno enemigo, dos frases
invariablemente mal interpretadas desde las filas propias. Una es la de don
Manuel Azaña: "España ha dejado de
ser católica." Otra es la de José Antonio sobre la dialéctica de los puños y de
las pistolas. Toda tergiversación
desaparece ante la simple inserción en el contexto. Así, la sentencia de Azaña -inoportunísima
por el tono, por
el momento y por la turbia explotación partidista y sectaria- se convierte, ante
la perspectiva histórica, en
una formulación del principio secularizador occidental mucho
más inteligente y profunda que la "descubierta" en nuestros días por un sector
impaciente de la Iglesia
española; y la alternativa joseantoniana sobre la violencia política no es más
que un último recurso en la
teoría y en la práctica. Recuérdese el eterno semestre de contención y de
doctrina de no violencia que corre
desde la primera agresión a los vendedores de "Fe" hasta la dramática respuesta
de los comandos falangistas en la
calle de Eloy Gonzalo; repásense las páginas que ya están en los libros de
,historia, no en las apologías
circunstanciales.
Las gestiones entre
Falange y los grupos sindicalistas moderados -Ángel Pestaña al frente de ellos-,
así como
el abrazo primaveral -junio de 1934- entre José Antonio e Indalecio Prieto en
medio de las Cortes
prerrevoluclonarias, marcan la clara tendencia de José Antonio hacia la
inspiración de una izquierda nacional, no
mediante la creación de una entelequia más o menos amarilla, sino a través de
una misión tan necesaria como
imposible: la auténtica nacionalización de la izquierda. Nuestro actual ministro
de Justicia, Antonio María de
Oriol, recuerda vívidamente que la respuesta callejera a los "Viva España" y los
"Arriba España" en los años de
la República era invariablemente un repulsivo "Viva Rusia", Del mismo testigo
ilustre es la observación de que
los retratos más altisonantes que desfiguraban las calles y los monumentos de la
España republicana en guerra
reproducían la efigie alienante de líderes políticos extranjeros y extraños a
nuestra vida y a nuestro pueblo;
gentes que jamás habían estado en España, que no tenían el menor conocimiento,
la menor idea de lo que eran
España y el pueblo español. Ya a fines de nuestra guerra intentaba don Juan
Negrin, secundado por Azaña y por
Prieto, una conversión nacional de este frente absurdamente prostituido por la
República; y ante una atónita
zona republicana en agonía sonaron, cuando ya era tarde, los primeros vivas a
España en ocho años de historia
degenerada. Cuando José Antonio propuso formalmente esos vivas a sus enemigos de
la izquierda española era todavía tiempo; don Félix Gordón Ordás, para mi
testigo irrebatible y directo, recuerda con viveza una conversación, en la que
José Antonio prometía a Prieto que se haría inmediatamente socialista si el
socialismo español se declaraba previamente nacional.
Ha llegado ya la hora de proclamar de una vez algo que late vivamente en
nuestros archivos y en nuestros
testimonio: el Ejército de África, palanca del Alzamiento Nacional, era en julio
de 1936 un ejército falangista.
Nadie mejor puede comprobarlo que su jefe proclamado, el general Franco; y por
eso nadie se extrañó que una de
las primeras disposiciones de Franco como formal sucesor de José Antonio al
frente de la Falange unificada fuese
decretar que todos los oficiales del Ejército nacional se considerasen
automáticamente como militantes de la
F.E.T. Esto era, a distancia de año y medio, el reconocimiento de la prioridad
de José Antonio como inspirador y
cauce del Alzamiento. Desde la reunión en el parador y los riscos de Gredos, en
el verano de 1935, la Falange
no tuvo otro objetivo que la insurrección armada contra el Frente Popular,
nonnato pero actuante ya en embrión;
no cabe ya ignorar, con nuestra perspectiva, la coincidencia cronológica
aproximada de la reunión falangista en
las crestas castellanas y el séptimo congreso de la Comintern. Quizá la
aportación más sorprendente que la nueva
generación de historiadores contemporáneos ha entregado a la consideración del
mundo académico y al gran
público es la inmensa integración del voluntariado de la zona nacional en un
ejército popular auténtico, tal vez
un cuarenta por ciento más popular que el designado en la zona enemiga con este
nombre pretendidamente
específico. Pues bien, esas centenas de miles de españoles se integraron en el
Ejército popular de Franco
precisamente a través de las dos grandes organizaciones de milicias que
concluyeron en la Falange unificada de
1937; Y si a los hombres de toda España encuadrados en tercios y banderas
sumamos la recluta voluntaria que
nutrió, triplicándolos a veces, los efectivos de los regimientos regulares, la
cifra superará, sin duda, el
medio millón. Cuando a raíz de la unificación de abril el segundo sucesor de
José Antonio al frente de la
Falange, Francisco Franco, decidió que todos los oficiales de su Ejército
poseían la condición de militantes, no
hizo más que dar estado oficial a un hecho mayoritariamente reconocido.
Se han comentado de una forma u otra estas auténticas lecciones inéditas de José
Antonio, aunque no con la
necesaria amplitud y profundidad; pero todavía quedan en la penumbra o en el
secreto de la Historia otras lecciones admirables, que deben incorporarse ya
cuanto antes al patrimonio común de todos los españoles. Una de esas lecciones
es que José Antonio, apóstol de la no violencia en su año fundacional, se
convirtió, tras el 18 de julio, en uno de los rarísimos fautores de la concordia
a todo trance entre los españoles divididos irreconciliablemente por la guerra.
Hay que afinar mucho el análisis sobre los trascendentes documentos
testamentarios, transmitidos por Indalecio Prieto con finalidades no solamente
humanitarias, sino claramente políticas y oportunistas; pero no cabe olvidar esa
posibilidad utópica, y por tanto frustrada, con la que José Antonio quiso
emborronar sus últimas cuartillas. Era un puente destinado al hundimiento y un
abrazo que se rompió al esbozarse; pero cara. al futuro de España es la más
asombrosa y fecunda lección del fundador de la Falange, su más genuino timbre de
garantía para el porvenir. Esta es la prueba suprema que sólo un hombre de su
temple pudo superar; actuar de ese modo hasta el fin, cuando sus fuentes de
información estaban cegadas, cuando un espía comunista internacional tan
repugnante como Jay Allen es su único canal con el mundo exterior, cuando el
portavoz del Gobierno republicano se harta, entonces y después, de repetir que
el canje de José Antonio es impensable. Este es, a mi juicio, el sagrado deber
de sus amigos y sus herederos políticos: investigar hasta el fondo y comunicar
hasta el fondo, hora por hora, línea por línea, las últimas semanas de José
Antonio. Aunque parezca paradoja, hay muchas cosas en esas semanas que todavía
desconoce España; en parte por olvido, en parte por desidia y en parte por
alicorta ocultación; Las cosas que como historiador indiscreto yo he podido
entrever en esas semanas finales me hacen adivinar la colosal dimensión humana
de José Antonio. y tengo conmigo mismo un compromiso de honor: llegar hasta el
fondo de la información y entregarla viva, palpitante, a la admiración de mis
compatriotas. Por allí pasa España entera, España pura.
En un segundo trabajo completaré este
apresurado borrador de lecciones inéditas de José Antonio; hace unos días
tuve el honor y la responsabilidad de desflorarlas ante la presencia de su
hermana Pilar, fiel depositaria. A
ella transmito ahora un ruego y una preocupación: activar de una vez el proyecto
de la Secretaría General del
Movimiento para salvar de una posible ruina la Casa-Prisión de José Antonio en
Alicante para convertirla, como
clarividentemente señala ese proyecto, en una memoria viva, en un rincón
eficiente de la historia de España
donde se preserve todo lo esencial del edificio y donde el más bello jardín de
Levante permita que los niños
lleguen jugando hasta el corazón de nuestra historia contemporánea, hasta la
roca hundida en que se asienta
nuestro futuro, si es que el futuro ha de ser nuestro. Y sobre el jardín y el
recuerdo y la roca, un centro de
estudios universitarios para proyectar el futuro de España con las raíces
ancladas en el auténtico pasado. Estoy
muy al margen de la planificación expansiva de la Universidad española, pero
creo adivinar que esa Universidad
con que justamente sueña la ciudad de Alicante recibiría en esa casa, en esos
jardines y en esa roca su impulso
decisivo.