José Antonio
Ramón Serrano Suñer
Diario ABC, 20-11-1986
Todavía hoy resulta difícil escribir una evocación de la personalidad de José
Antonio; entre tantas deformaciones encaminadas unas veces a la disminución o
negación de sus valores y, otras, a su deshumanización a través de una
magnificación hiperbólica. Tras de su muerte física, políticamente José Antonio
fue sepultado por el mito retórico, y en medio de tanta confusión, o tal vez por
ella, cabe preguntarse si ha existido verdadera identidad entre la Falange y su
fundador; cuáles han podido ser sus continuadores entre los distintos grupos que
lo han pretendido; o si su destino fue vivir en una profunda soledad. Sin que
nadie recogiera tampoco, para después de su muerte, la proyección de su
verdadera personalidad y la continuación de su obra, pues los estereotipos, los
tópicos, las frases hechas, son lo más contrario a la mentalidad y a la actitud
política de aquel hombre que pensaba en la necesidad de vivir en un proceso
constante de revisión autocrítica; la misma que para el fascismo italiano, en su
origen, postulara desde el Gobierno el ministro Gentile, filósofo y director con
Croce del movimiento neohegeliano.
Hace cerca de treinta años pronuncié una conferencia en el salón grande del
Consejo de Investigaciones Científicas con el intento de proceder a la
desmitificación de José Antonio y dibujar su verdadera personalidad, su
vocación, su carácter y su estilo verdaderos, y la causa que le lanzara al
vértigo punzante de la política.
Su verdadera vocación, su pasión, era la abogacía. A su espíritu sistemático,
ordenado, riguroso, le causaba placer intelectual la poderosa armazón lógica de
instituciones del Derecho privado creado por el genio jurídico de Roma;
hermanadas la perfección formal con la solidez lógica en la aspiración de la
Justicia. Por eso apenas terminar la carrera se orientó hacia el ejercicio libre
de esta profesión, pues no le interesaban las oposiciones que -decía- nada
seleccionaban de verdad, pero que aniquilaban, disminuían o limitaban tantas
capacidades.
Liberal por temperamento y sensibilidad -que es por donde el liberalismo
significa un noble valor humano-, se enfrentó a cuerpo limpio con la vida; sus
luchas y sus problemas, sin protecciones ni seguros, porque tenía confianza en
sí mismo y aspiraba a ganarse la vida honradamente, sin ventajas, con sólo su
trabajo profesional, al aire libre de la calle. Mas como ya su padre había
accedido a la dictadura, tuvo la obsesión de liberarse -profesionalmente- de su
honroso apellido, para evitar todo provecho que su condición de hijo del
dictador pudiera depararle. Por otra parte, la política no le interesaba más que
de una manera impersonal y tenía ante el Gobierno de su padre una actitud
afectuosamente crítica.
Su moralidad profesional era implacable, y no pisó ni un solo Ministerio ni
ningún centro oficial en el tiempo que duró la dictadura del general Primo de
Rivera, y en más de una ocasión echó de su despacho a quiénes no iban allí en
busca del abogado, sino del hijo del dictador, como mediador influyente. Pero
incluso actuando en un ambiente rigurosamente profesional -liberado de aquella
influencia- en el plano del Derecho positivo, por su sensibilidad moral
se negó en un pleito a oponer una "excepción de prescripción» que liberaría su
cliente del cumplimiento de determinadas obligaciones y procedió así no sólo por
el perjuicio que causaría con ello a la otra parte (modestos labradores que
reclamaban lo que era el fruto de su trabajo de todo un año), sino también
porque con la finura de su temperamento de Jurista sabía que las «obligaciones
prescritas» no se extinguen del todo, pues siguen conservando el carácter de
«obligaciones naturales» que vinculan en conciencia.
Dialéctico agudo, pronto se hizo notar en el foro español por su capacidad,
preparación y brillantez como reconocieron en distintas ocasiones las dos
máximas autoridades en aquella época, Sánchez Román, el más técnico de los
abogados de entonces, y don Francisco Bergamín, el más lúcido. (En el orden
profesional siempre he recordado con cariño y simpatía un dictamen colectivo que
elaboramos Bergamín, José Antonio y yo, y la confrontación de nuestra juventud
con la experiencia del gran abogado.)
Alejado totalmente de la política de su padre por una concepción distinta del
Estado y de su sistema político, al que le faltaba, a su juicio, una gran idea
central, una doctrina elegante y fuerte, tuvo siempre gran respeto y cariño por
él porque sabía muy bien de su patriotismo, de su rectitud y de su buen sentido
y porque en conjunto consideraba su actuación como obra de buen gobierno por los
servicios que había prestado al país. Fueron las calumnias, torpes e injustas
apreciaciones, que siguieron a la muerte del padre poco después de caer la
dictadura, lo que le lanzó a entrar en la vida política para defender su memoria
porque consideró que sería cobarde si pudiera dormir tranquilo mientras en las
Cortes y ante el pueblo se lanzaban aquellas acusaciones. Quería ir a las Cortes
a defenderlo, aunque cayera en el cumplimiento de su deber, hasta que hiciera
llegar al pueblo la idea de que el general Primo de Rivera era merecedor de su
gratitud.
Exaltó con admiración las cualidades personales del general diciendo que «tenía
la misma exuberancia de espíritu, la misma alegría generosa, la misma salud, el
mismo valor y la misma sugestión sobre las multitudes que un gran capitán del
Renacimiento ... » «El general Primo de Rivera, pacificador de Marruecos,
servidor de su país en seis años de Gobierno que lo vio subir al poder con todo
el empuje de su madurez vigorosa y salir del poder a los seis años, rendido
viejo y herido de muerte. Hombre bueno que se fue de la vida sin el
remordimiento de una crueldad y al gue mato más que el cansancio de seis años la
de seis semanas de injusticia.» (Y repetía con orgullo estas palabras de Ortega
y Gasset: «Que la dictadura estaba encarnada en un hombre que tenía cálida el
alma, templado el espíritu y clara la cabeza.»)
Este deber le llevó a la política; y la política le llevó a la Falange y al
Parlamento. Desde allí, abogado, como en el foro o en el ágora hispana, quiso
ejercer una acción reivindicatoria para la recuperación de un gran patrimonio
moral. No repudiaba la democracia, sino sus realizaciones y formas de aquellos
días, considerándola fracasada porque no había sabido proporcionar una vida de
contenido y realidad verdaderamente democrática. Para él «la aspiración a una
"vida democrática, libre y apacible sería siempre el punto de mira de la ciencia
política por encima de toda moda».
José Antonio era contrario a la práctica de cualquier terrorismo, incluso del
atentado vindicativo. Condenado a muerte el asesino de uno de los suyos, pidió su
indulto en un discurso en Sevilla con estas palabras: «A nosotros, que no hemos
rechazado nunca una lucha de frente, no nos importa ser los primeros en pedir su
indulto.»
En sus propias filas, algunos le reprochaban no ser bastante duro, y hubo
personas de extrema derecha que abandonaron por lo mismo la Falange.
La de su padre fue una de sus dos grandes defensas como abogado; la otra, la
última, sería la de su propia vida en la causa que contra él se siguió en
Alicante por auxilio a la rebelión. Como no estaba dado de alta en el Colegio de
Abogados de Alicante pidió su «habilitación» para actuar como abogado en su
propia defensa, mediante escrito autógrafo que conservamos, con su letra clara,
segura, en renglones de un paralelismo impecable, dirigido al decano de aquel
Colegio. Luego, con serenidad, preparó un guión para el notable informe que
pronunciaría días después, el 18 de noviembre (1936), ante el Tribunal Especial
Popular que, según es sabido, reconocido por alguno de sus miembros, causó
profunda impresión, y parte del Jurado estuvo hundido en la duda ante la fuerza
argumental del defensor de sí mismo.
Concluidos los informes, escuchó con serenidad el veredicto: condenado a muerte.
Se dedicó en seguida a examinar cuidadosamente los términos de aquél y,
advirtiendo que se había cometido un gravísimo error de hecho en la contestación
duodécima, puso un telegrama urgente al presidente del Consejo de Ministros
rogándole que comprobara el error, y para facilitar su examen le señalaba el
folio correspondiente del sumario. Transcurrieron la tarde del 18 y el día 19
sin que llegara respuesta al telegrama, y en la raya del día 20, con paso firme,
sin exaltaciones teatrales ni depresiones, llegó al patio de la prisión
provincial donde se produjo lo irremediable, el sacrificio de su vida.