Un imperdonable error político
Raimundo Fernández Cuesta
Diario ABC, 20-11-1986
Al amanecer del día 20 de
noviembre de 1936, en el patio de la cárcel de Alicante, abatido por los
disparos de un pelotón de ejecución en cumplimiento de la pena que le fue
impuesta por un Tribunal popular revolucionario, cayó José Antonio Primo de
Rivera, fundador de Falange Española y jefe nacional de Falange Española de las
JONS
José Antonio había sido juzgado por el Tribunal citado y un Jurado constituido
por los representantes de los diferentes partidos del Frente Popular y de los
Comités Sindicales. Presidente de dicho Tribunal fue el magistrado Eduardo
Iglesias Portal, juez instructor del sumario, el magistrado Federico Enjuto, y
la acusación la ejerció el igualmente magistrado Vidal Gil Tirado, siendo José
Antonio defensor de
sí mismo y de sus hermanos Miguel y la mujer de éste, Margot Larios, también
procesados y después condenados a prisión perpetua y seis años y un día de
prisión mayor, respectivamente.
Mucho se ha discutido si la ejecución de la sentencia contra José Antonio la
decidió el Consejo de Ministros, previo informe favorable del asesor jurídico
del Ministerio de la Guerra, Emilio Valdecabres, o si la orden de ejecución vino
directamente del gobernador civil de Alicante, al dar el visto bueno a un oficio
firmado por el presidente de la Comisión de Orden Público ordenando el
fusilamiento.
Por mi parte, puedo invocar como dato que el líder socialista, Indalecio Prieto,
al hablarme de la muerte de José Antonio me dijo que el culpable había sido
Largo Caballero.
A José Antonio le ví por última vez el día 6 de junio de 1936, al ser sacado de
la cárcel Modelo de Madrid, donde nos encontrábamos, para ser trasladado a la de
Alicante.
Ha pasado medio siglo y aún me parece un sueño, y no la triste realidad que es,
que a aquel hombre joven, lleno de vida, de fe, de Se condenó a muerte a un
hombre que ilusión por España y su Falange, nos lo haya arrebatado una muerte
prematura e inmerecida. Porque todos los cargos que contenía la acusación fiscal
quedaron anulados por José Antonio en su defensa, no sólo por la falta de
pruebas que confirmaran la acusación que le hicieron, sino también por las
explicaciones diera sobre sus actividades políticas anteriores al Alzamiento, y
por el contenido de los Puntos Programáticos de la doctrina de la Falange,
organización declarada legal por el Tribunal Supremo.
Se condenó a muerte a un hombre que defendía la unidad de España contra toda
tendencia disgregadora o separatista, y la defendía no negando los hechos
diferenciales -historia, lengua, cultura y demás características de las
distintas regiones españolas-, sino admitiéndolas como verdades innegables
enriquecedoras de esa unidad y catalizadoras de la realización de un destino
común.
Se condenó a muerte a un hombre que proclamaba el respeto a la libertad y a la
dignidad de la persona humana, su participación en las tareas del Estado a
través de las organizaciones naturales de convivencia -familia, municipios,
sindicatos- por considerarlas más reales y eficaces que el artificial
partidismo, y que al elector no se le puede cristalizar en una permanente
uniformidad ciudadana sino valorarlo con arreglo a su posición social concreta
de obrero, empresario, padre de familia, etcétera. Democracia orgánica que lejos
de ser creación totalitaria, como con ignorancia algunos dicen, lo fue de
pensadores y 'políticos de significado liberal y hasta masónico, como los
filósofos Krause y Arhens en el extranjero, y Salmerón, Madariaga, Fernando de
los Ríos, Besteiro y otros, en España .
Se condenó a muerte a un hombre como enemigo del pueblo, cuando justamente
negaba que el trabajo humano fuera una mercancía mejor o peor pagada que
dependía del paternalismo patronal o de la resignación proletaria, trabajo que
debe ser el protagonista de la producción, remunerado no sólo con un salario
justo sino con la participación en los beneficios y la plusvalía.
Se condenó a muerte a un hombre que defendía un patriotismo crítico, cerebral,
exigente, y no un patriotismo retórico de frases ampulosas y vacío de
realidades. José Antonio amaba a España, buscaba su perfección, corregir sus
defectos; se lanzó a conseguirlo y murió en el empeño.
Se condenó a muerte a un hombre que quería evitar que España cayera bajo las
garras del, comunismo que avanzaba' a pasos agigantados y del cual era enemigo
no sólo por su sistema económico, sino fundamentalmente por la concepción
materialista de la vida, totalmente opuesta a la cristiana.
Se condenó a muerte a un hombre que luchó por conseguir la armonía de los
españoles, rota por los partidos políticos, las luchas de clases y los
separatismos, ideal político fiel reflejo de la armonía de su personalidad, que
alcanzó la más alta expresión cuando dijo en su testamento: «Espero la muerte
sin jactancia, porque no es alegre morir a mi edad, pero la acepto sin
protesta.»
Si bien el tiempo, en su implacable transcurrir desvanece la memoria de ciertos
acontecimientos, existen otros de tal contenido que quedan grabados para siempre
en la Historia, y uno de éstos es la muerte de José Antonio Primo de Rivera.
El fusilamiento de José Antonio fue una tremenda injusticia y un imperdonable
error político. Por eso, los que no estén cegados por la ignorancia o el odio a
su persona deben, como yo lo hago, rendirle en el aniversario de su muerte el
homenaje de permanente recuerdo y admiración.