José Antonio Primo de Rivera
Diario ABC, 20 -11-1986
Los jóvenes españoles de
quince a veinte años no saben, en su inmensa mayoría, quién fue José Antonio
Primo de Rivera, asesinado en Alicante hace hoy cincuenta años, después de un
juicio carente de garantías jurídicas. Otros muchos españoles, en aquel mismo
lugar y con aquella misma apariencia de juicio, perdieron la vida entonces.
De todo esto conviene informar, sin tergiversaciones ni sectarismos, a las
nuevas generaciones; pues entre los componentes de éstas los hay, como decimos,
que nunca han oído hablar de José Antonio: figura en torno a la cual han
pivotado la coartada, la retórica y mucho del argumento del pasado régimen. Ya
ese propósito de información pretende contribuir el conjunto de colaboraciones
que insertamos en este número de hoy. Nuestro empeño no es de ahora, como
demuestran las páginas que hemos dedicado a Besterio, a García Lorca, a Ramiro
de Maeztu ... La magnitud del cataclismo en que se hundió el entendimiento de
los españoles con el repetido fracaso de la República obliga a un esfuerzo de
didáctica y de comprensión.
José Antonio Primo de Rivera comparece como referencia destacada de esa parte de
la Historia que más necesitada se encuentra de generosidad de espíritu.
Involucrado en la política de su tiempo por defender la memoria de su padre, le
ocurrió en ella, en la política traída por la II República, lo mismo que a otros
españoles cuya vocación más íntima era la de la privacidad y el gusto por el
trabajo callado, en una profesión u otra. Muchos de tales españoles murieron,
como el propio José Antonio, a manos de la cobardía que galleaba en las
retaguardias. El tiempo aquel fue, en media Europa, de profunda crisis:
correspondiéndole, por ello mismo, un ciclo de eclosión totalitaria que
acabaría, después de la cobardía de Munich, en las ruinas de la segunda guerra
mundial. Un sector de la derecha derivó hacia el fascismo, mientras de la
izquierda nacía el comunismo y el nacionalsocialismo. Esa crisis no fue ajena a
la evolución ideológica de José Antonio -que desoyó la convocatoria fascista del
congreso de Montreux -, truncada por su tempranísima muerte. Esa trayectoria
hubiera concluido quizás en una reafirmación explícita del concepto de libertad
parlamentaria.
Nos hemos esforzado en hablar de José Antonio Primo de Rivera sin pasión, con el
ánimo de que conozcan su significación real las nuevas generaciones. Quede
claro, en cualquier caso, nuestro rechazo de todas las dictaduras: de las
fascistas, cerca de las cuales estuvo el joven fundador de Falange, y de las
comunistas, a las que combatió el hombre cuyo cincuentenario conmemoramos hoy.