LOS VICEIDIOMAS



 

José Ataz Hernández

(Carta enviada al diario ABC y no publicada)

 





Acabo de leer dos noticias, una positiva y otra negativa, que, de nuevo, me han hecho recordar el artículo de Don Miguel de Unamuno, publicado el día 14 de mayo de 1931 en el diario "EL SOL", al mes justo de la proclamación de la II República española, de rabiosa vigencia actual dadas las peregrinas circunstancias políticas que padecemos.
 

La noticia negativa se refiere al anuncio del Sr. Bono, miembro muy destacado del "Partido Socialista Obrero del Niño Jesús", de que si llega a ser elegido Presidente de las Cortes, permitirá la utilización de los idiomas autonómicos en el Parlamento, previos -eso sí- los retoques reglamentarios que sean precisos. Es decir, que lo que el inolvidable Vizcaíno Casas describió en "Las Autonosuyas" como una auténtica astracanada: La presencia de intérpretes en reuniones en las que todos los concurrentes dominaban un idioma común: el español, para que cuando Don Manuel Fraga hablara en gallego, el correspondiente intérprete lo tradujera, si es que lograba hacer el milagro de entenderlo por la velocidad con la que habla, al ominoso idioma español.
 

La segunda información que me ha llenado de alegría, porque llevo pensando lo mismo desde que tengo uso de razón, es el último párrafo del artículo "PATERNALISMO" idiomático, escrito por el Profesor Emérito de la Universidad de Barcelona, Don Joaquín Fernández Fernández, publicado en "Cuadernos de Encuentro" que, literalmente dice:
 

"Se presenta con frecuencia como contrario al bien común el peligro de la desaparición de algunos idiomas. No censuro a quienes lamentan o temen tal peligro; el idioma nos acompaña desde la cuna, hemos compartido penas y alegrías con familiares y amigos y es elogiable el amor que por él se siente. Yo mismo leo preferentemente en castellano porque así lo hago desde mis primeros balbuceos, lo cual no me impide leer y escribir en catalán aunque con menos frecuencia y mucho menos en inglés porque necesito la proximidad del diccionario. Pero si algún día desapareciera el castellano, como desapareció el latín como vehículo de comunicación, sería por la libre aceptación de mis descendientes que no tengo por qué contradecir. Imposible no lo es: en el mismo número de GU (Se refiere a la revista del Gremio de Editores de Cataluña) he podido leer el siguiente anuncio: "Si krs sr 1 d ls nuetrs, ntra aoor n http:jobsite.pwc.es". Por algo se empieza."
 

A mí siempre me ha parecido increíble que el artículo "LA PROMESA DE ESPAÑA" se hubiera escrito hace más de 75 años porque convertía a Don Miguel, además de uno de los más grandes pensadores, filósofos, ensayistas, filólogos y escritores, de los dos últimos siglos españoles, en una especie de oráculo de Delfos, seguramente por su profundo conocimiento del mundo griego clásico. De todas formas, como tantas veces ocurre, sus imaginarios temores habían sido superados por la amarga realidad.

Don Miguel de Unamuno se definía a sí mismo diciendo "Yo soy contradicción y lucha", pero, además, era grandioso, auténtico y genial. Su forma de ver las cosas llegaba hasta sus últimas consecuencias, de una manera trágica, tozuda y rebelde. Su espiritualidad era absorbente y la fuerza de su religiosidad, obsesiva. Pero como resumen de su desbordante personalidad y de su agonismo, hay que concluir en que nadie como él ha conseguido universalizar lo español.
 

El artículo dice así:
 

LA PROMESA DE ESPAÑA

 

"Hay otro problema que acucia y hasta acongoja a mi patria española, y es el de su íntima constitución nacional, el de la unidad nacional, el de si la República ha de ser federal o unitaria. Unitaria no quiere decir, es claro, centralista, y en cuanto a federal, hay que saber que lo que en España se llama por lo común federalismo tiene muy poco del federalismo de Tite Fedendist o New Constitution, de Alejandro Hamilton, Jay y Madison.
 

La República española de 1873 se ahogó en el cantonalismo disociativo. Lo que aquí se llama federar es desfederar, no unir lo que está separado, sino separar lo que está unido.
 

Es de temer que en ciertas regiones, entre ellas mi nativo País Vasco, una federación desfederativa, a la antigua española, dividiera a los ciudadanos de ellas, de esas regiones, en dos clases: los indígenas o nativos y los forasteros o advenedizos, con distintos derechos políticos y hasta civiles. ¡Cuántas veces en estas luchas de regionalismos, o, como se les suele llamar, de nacionalismos, me he acordado del heroico Abraham Lincoln y de la tan instructiva guerra de secesión norteamericana! En que el problema de la esclavitud no fue, como es sabido, sino la ocasión para que se planteara el otro, el gran problema de la constitución nacional y de si una nación hecha por la Historia es una mera sociedad mercantil que se puede rescindir a petición de una parte, o es un organismo.
 

Aquí, en España, este problema se ha enfocado sentimentalmente y sin gran sentido político, por el lado de las lenguas regionales no oficiales, como son el catalán, el valenciano, el mallorquín, el vascuence y el gallego. Por lo que hace a mi nativo País Vasco, desde hace años vengo sosteniendo que si sería torpeza insigne y tiránica querer abolir y ahogar el vascuence, ya que agoniza, sería tan torpe pretender galvanizarlo.
 

Para nosotros, los vascos, el español es como un máuser o un arado de vertedera, y no hemos de servirnos de nuestra vieja y venerable espingarda o del arado romano o celta, heredado de los abuelos, aunque se los conserve, no para defenderse con aquélla ni para arar con éste.
 

La bilingüidad oficial sería un disparate; un disparate la obligatoriedad de la enseñanza del vascuence en el país vasco, en el que ya la mayoría habla español. Ni en Irlanda libre se les ha ocurrido cosa análoga. Y aunque el catalán sea una lengua de cultura, con una rica literatura y uso cancilleresco hasta el siglo XV, y que enmudeció en tal respecto en los siglos XVI, XVII Y XVIII, para renacer, algo artificialmente, en el XIX, sería mantener una especie de esclavitud mental el mantener al campesino pirenaico catalán en el desconocimiento del español -lengua internacional-, y sería una pretensión absurda la de pretender que todo español no catalán que vaya a ejercer cargo público en Cataluña tuviera que servirse del idioma catalán, mejor o peor unificado, pues el catalán, como el vascuence, es un conglomerado de dialectos. La bilingüidad oficial no va a ser posible en una nación como España, ya federada por siglos de convivencia histórica de sus distintos pueblos. Y en otros respectos que no los de la lengua, la desasimilación sería otro desastre.
 

Eso de que Cataluña, Vasconia, Galicia, hayan sido oprimidas por el Estado español no es más que un desatino… Y hay que repetir que unitarismo no es centralismo. Mas es de esperar que, una vez desaparecida de España la dinastía borbónico-habsburgiana y, con ella, los procedimientos de centralización burocrática, todos los españoles, los de todas las regiones, nosotros los vascos, como los demás, llegaremos a comprender que la llamada personalidad de las regiones -que es en gran parte, como el de la raza, no más que un mito sentimental- se cumple y perfecciona mejor en la unidad política de una gran nación, como la española, dotada de una lengua internacional. Y no más de esto."

Se observa, pues, que el grave problema del número de idiomas en el mundo, tiene dos versiones tan antagónicas, tan contradictorias, que parecen una paradoja unamuniana. Sin embargo, Don Miguel mantuvo en esta materia un criterio inmutable, fundado, más que en sus conocimientos históricos y filológicos, en el sentido común y en el bienestar de los pueblos. En todos sus escritos, en todas sus clases, en todas sus conferencias, repetía invariablemente que los idiomas internacionales debían fomentarse, mientras que a los viceidiomas (es expresión mía para designar las lenguas de escasa difusión, con menos de 50 millones de usuarios, remedando al fino escritor y periodista gallego Wenceslao Fernández Flórez que acuñó con notable éxito la palabra vicegoles para designar los disparos a la portería que no entraban, pero que rebotaban en los largueros, en los postes o en otro jugador, haciendo exclamar a todo el público el ¡uhíííí…! de alegría o consternación según los partidarios de cada equipo) había que dejarlos a su aire, sin galvanizarlos ni eliminarlos, para que las inexorables leyes de la naturaleza se cumplieran por sí mismas y con sus inevitables consecuencias: Lo que no crece, lo que ni siquiera se mantiene sino que por el contrario se reduce y disminuye, acaba por extinguirse, por morir. Y esa desaparición no es mala para la humanidad, sino deseable. Evidentemente, esta versión unamuniana del problema no era políticamente correcta en su época, y mucho menos todavía en la actual, por lo menos en lo que afecta a España.
 

La otra antitética versión es la de que hay que fomentar y extender el viceidioma propio, incluso en perjuicio del idioma común, en base a un supuesto afán identitario y a preservar su acervo cultural. Esta tesis, que aquí y ahora es la políticamente correcta, radicaliza al máximo el criterio de la UNESCO de mantener, en lo posible, los idiomas que de alguna forma contribuyan a la cultura universal. Por ejemplo, alguna de las lenguas esquimales tiene hasta cincuenta palabras para designar el estado de la nieve porque para ellos es cuestión de vida o muerte. Pero si dicho idioma no se comprende nada más que por sus hablantes, y no se incorpora racionalmente a otros idiomas que necesiten conocer esa distinción, de nada sirve a los demás. Es cierto que en alguna ocasión, un idioma cerrado y oscuro excepto para sus autóctonos, ha cumplido la importante misión de servir de comunicación indescifrable para los demás, como sucedió en la segunda guerra mundial, en la que el ejército de los EEUU se valió de indios navajos que utilizaron su idioma para los mensajes secretos, con gran desesperación de los servicios de contraespionaje alemán y japonés que creían era un lenguaje encriptado que no lograban desentrañar.
 

Pero fuera de estos supuestos de laboratorio, considero -en opinión muy personal, desde luego- que la humanidad ha progresado porque se han ido perdiendo idiomas. Según la UNESCO se conocen, aproximadamente, unos 6.800 idiomas, de los que se escriben unos 2.200 y el resto es exclusivamente hablado. De todos ellos, unos 4.500 son los que cuentan con más de 1.000 hablantes, que dividen en "Primarios", los que tienen más de un millón de hablantes, en total algo más de 300 idiomas y "Secundarios", todos los demás, unos 6.500 aproximadamente, de los que cada año desaparecen de 200 a 300. El mismo organismo internacional encabeza el listado con los que llama los "TOP 20", que de mayor a menor número de hablantes, empieza con el chino mandarín con 885 millones (el chino cantonés lo computa aparte), seguido del español con 332 millones y el inglés con 322 millones. En el resto de los 20 TOP figuran los otros cinco grandes idiomas europeos (Portugués, 170 millones; ruso otros 170 millones; alemán 98 millones; francés 72, e italiano, el último de los 20, 58 millones). También figuran, pero desagregados, el bengalí 189 millones y el hindi 182 millones.
 

Sin embargo, dentro de esta línea, pienso que no es sólo el número de hablantes el que determina la importancia mundial de un idioma. Para mí, debería calificarse de lengua internacional, al modo unamuniano, a la que, además de tener un número muy importante de hablantes dentro de sus fronteras propias, se utiliza de forma muy frecuente y generalizada en otros países, por lo que de acuerdo con estos parámetros, creo que el idioma más importante del mundo en estos momentos, es el inglés como lengua propia de varias grandes potencias, y universal como lenguaje técnico, en el comercio, en la navegación aérea y marítima, etc. Y por supuesto, el español es el segundo idioma mundial, porque lo hablan veinte naciones distintas como idioma propio y se está convirtiendo en segunda lengua en otros muchos países.
 

Lo que no se puede discutir es que la muerte y desaparición de los idiomas ha venido ocurriendo a lo largo de miles de años como un fenómeno natural de la sociedad humana, aunque a un ritmo lento. Pero ahora, por la fuerte presión de los idiomas preponderantes, inglés, español…se está acelerando la desaparición de los viceidiomas.
 

Por eso, resulta de una estupidez sin paliativos el proyecto de Evo Morales de introducir en el circuito educativo y en el administrativo, la difusión del quechua, que lo hablan unos 12 millones de indígenas de Bolivia, Ecuador, Perú, y parte de Brasil. ¿Qué es lo que quiere? ¿Aislar y segregar más de lo que están a los individuos de esta etnia?. He conocido tres o cuatro casos de quechuas que hablaban un español elemental, que habían estudiado en la escuela como una asignatura secundaria, lo que les ha originado un problema sobreañadido para integrarse en España. ¿No es de locos o de estúpidos, si es que no son malvados, cambiar una lengua universal por un viceidioma, el que sea?
 

Hace tiempo leí una carta de una señora catalana al director de un periódico, defendiendo la ley de "inmersión lingüista" catalana porque -afirmaba- que el idioma que no se habla, se pierde. Tenía razón esta señora, pero si desaparece un viceidioma ¿Qué pasa?. Pues que, aparte el respetable sentido emocional de sus hablantes, la gran nación de la que formen parte, España, Francia, Italia, etc. se verá engrandecida tanto como los propios afectados, siempre que el viceidioma se extinga por su propia decadencia y no por imposiciones fácticas o legales, porque si el pueblo no quiere, ni mueren, ni renacen, ni, menos todavía nacen.
 

La Historia nos muestra abundantes ejemplos de estas consecuencias que no es necesario repasar, después de las rotundas calificaciones de Don Miguel de Unamuno: La bilinguïdad oficial sería un disparate; un disparate la obligatoriedad del vascuence en el país vasco, en el que ya la mayoría habla español (más disparate todavía es la decretada para Cataluña en la que todo el mundo - indígenas o nativos y forasteros o charnegos- habla español, pero, en cambio, no todos ellos hablan y escriben catalán). Mejor dicho, ya en Cataluña no todo el mundo habla español porque los catalanes de pedigrí, envían a sus hijos a centros en donde solo les enseñan en catalán que es el viceidioma que también hablan en casa, lo que da lugar a situaciones humillantes para los propios catalano-parlantes, como ocurrió la Navidad pasada cuando una señora desesperada buscaba en los Alpes suizos un monitor de ski que supiera catalán porque sus dos hijas de 9 y 10 años, no conocían el español y los monitores que había en aquella estación "solo" conocían francés, alemán, italiano, inglés, español y hasta japonés. Esta anécdota demuestra tanta "torpeza insigne y tiránica" en los rectores de la Generalidad, como sería la de querer abolir el vascuence -u otra lengua regional cualquiera - o pretender resucitar el latín, haciéndolo renacer por imperativo testicular.
 

Pero Don Miguel se equivocó de lleno, al pronosticar que la bilinguïdad oficial no iba a ser posible en una nación como España, ya federada por siglos de convivencia histórica de sus distintos pueblos, y a pesar que la desasimilación sería otro desastre. Se equivocó no en el "prius", en la premisa, cosa impensable en un sabio como él, que conocía mejor que nadie nuestra historia y nuestra lengua -"que llevaba toda la vida queriéndola enseñar a sus alumnos…y no la sabían"-, sino porque en su insobornable rectitud, en su innegable sentido común, en su indiscutible racionalidad, no podía imaginarse ni en sus peores pesadillas, que a los setenta años de escribir su llamada a la razón, iban surgir unos miserables indigentes mentales que iban a ir muchísimo más allá de lo que él temía.
 

Quién le iba a decir que en el siglo XXI, iban a proliferar las nauseabundas consignas sembradas por individuos que sólo piensan en su medro personal -quieren ser cabezas de ratón mejor que colas de león- y no en la conveniencia de sus paisanos que, poco a poco, sin darse cuenta, están trocando una lengua universal con mucho futuro, el español, por unos viceidiomas que, en el mejor de los casos para los "padres del aborto" y a la pura fuerza, solo la entenderán y hablarán, los que tengan la desgracia, por aquello del primum vivere, de tener que residir en estas regiones.
 

Qué apocalípticas y tronantes frases habría entonado Don Miguel, si hubiera sabido que en Cataluña se iba a multar por poner rótulos en español; que se iba a perseguir hasta extremos criminales a los profesores que querían seguir utilizando el idioma oficial de todos los españoles y no se someten a los tiránicos, injustos y chatas órdenes de usar exclusivamente el catalán como vehículo de sus enseñanzas"; que ha habido padres que se han declarado en huelga de hambre para que escolaricen a sus hijos en español…Que en Galicia han despedido a los expertos en apagar fuegos, porque no sabían gallego en el grado suficiente para comunicarse con las llamas y preguntarles la dirección que iban a seguir o cuáles eran sus intenciones, y este verano, por falta de personal preparado, se ha quemado una parte muy importante de Galicia.
 

Personalmente no tengo nada en contra de los viceidiomas, y me parece muy bien que quien quiera lo hable, escriba, piense y sienta, como dijo Don Miguel en su obra "Lengua y Patria", publicada en 1911, "Por mi parte declaro que siento cada vez más fanatismo por la lengua en la que hablo, escribo, pienso y siento…". Obviamente, se refería al español y no al vasco.
 

Comprendo que los niños, aspiren a tener su idioma propio para ellos y sus amigos, y sobre todo, que no lo entienda nadie salvo los iniciados. De mi niñez recuerdo este gran anhelo, propio, y de todos mis compañeros de la escuela, que siempre acababa en el español, hablado, escrito y leído, al revés. Por ejemplo, vaso se decía osav, con lo que al final, el invento no servía para nada.
 

Reconozco también que el mito sentimental tiene mucha fuerza atractiva, pero en la historia de las lenguas, torres mucho más altas cayeron: arameo, griego clásico y nuestra madre común: el latín, maravilla y modelo de idiomas, por su precisión, riqueza conceptual y sus frases lapidarias.
 

No es cuestión de comparar las supuestas bondades y belleza de cada uno de los idiomas. Para eso ya está ese Consejero de la Generalidad de Cataluña, de cuyo nombre no me acuerdo ni quiero acordarme, que hace unos meses dijo, y se publicó en todos los periódicos españoles, "El castellano es un idioma de horteras y muertos de hambre". Sólo merece una palabra como contestación: "¡IMBÉCIL!"
 

Tampoco creo que haga falta insistir mucho en la conclusión de Don Miguel de Unamuno, de que lo ideal para el mundo y sus naciones es que cuanto más personas podamos comunicarnos en un mismo idioma es mucho mejor. Para mí es algo axiomático, porque lo más llamativo de la Torre de Babel, sea historia de la cultura judeo-cristiana, o leyenda de otras civilizaciones, no es que Jehová sancionara la soberbia de los hombres que con su torre querían llegar al cielo, sino la índole del castigo que, dada la magnificencia divina, pudo consistir en cualquier cataclismo proporcionado a la naturaleza de la ofensa dirigida contra el propio Dios. Porque admitiendo o no admitiendo la veracidad del origen de la maldición bíblica, lo evidente es que la multiplicación de las lenguas para entenderse los hombres, fue un escarmiento tan penoso, tan ilimitado en el tiempo y tan terrible para la vida de todos los pueblos, que no es comprensible que alguien en su sano juicio, quiera autocastigarse eviternamente involucionando hacia un pasado en el que los habitantes de un valle no se entendían con los del vecino, originando una incomunicación que muchas veces acababa en luchas fraticidas. Por eso, la corriente actual de la Humanidad, va reduciendo idiomas para que los hombres no tengamos la enorme dificultad de no poder dialogar y empezar a entendernos.
 

En conclusión, nada de dispendiosos gastos para promocionar viceidiomas que van hacia, o están, en su agonía. El que quiera hacerlo particularmente, es muy libre de tirar su dinero. Pero el dinero público -que si tiene dueño, el pueblo español- se debe destinar, en el plano idiomático, a promocionar nuestro idioma común, como está haciendo con notable éxito el Instituto Cervantes, y a fomentar el aprendizaje del inglés por todos los españoles.
 

Hoy podrá sonar como quimera más que como utopía, pero el mundo camina inexorablemente hacia la unificación lingüística y, es seguro que dentro de otros 75 años, muchos viceidiomas habrán desparecido, y es posible, muy posible, si los políticos olvidan sus aldeanismos, que dentro de unos años, o siglos, más, en nuestro planeta se utilicen sólo cuatro idiomas: inglés y español para Occidente y chino mandarín y bengalí para Oriente. Y llevando todavía el sueño más adelante, ojalá quedara un solo idioma que, para mí que también soy fanático de España y de lo español, fuese el nuestro. Pero, aunque el que subsistiera fuese otro, los españoles de entonces, nuestros descendientes, que habrían llegado a esa situación de forma paulatina, por el arrinconamiento inevitable de la moneda pobre por la moneda rica, acaso sufrirían en sus sentimientos, pero desde el punto de vista de la Humanidad se habría dado un paso de gigante para la armonía de los hombres y de los pueblos del Mundo, que es lo que realmente importa. ¿O no?.