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José Ataz
Hernández
(Carta enviada al ABC
el mismo día 3 de marzo en respuesta al artículo de Juan Manuel de Prada y
no publicada)
Cuando esta mañana me
comentó mi mujer el artículo que publicaba ABC de hoy (lunes de 3 de marzo
de 2008) bajo el título “BERMEJO NO OLVIDA JAMÁS”, escrito por usted, no
me lo podía creer, hasta que lo he leído y he confirmado que, por
desgracia, era verdad.
Desde que conocí, hace unos años, “Las máscaras del héroe”, me convertí en
un ferviente admirador suyo, precisamente, porque cuando en dicha obra se
refiere a José Antonio Primo de Rivera lo hace de una forma respetuosa y
admirativa, sin incurrir en ninguna exageración apologética, sino
limitándose a los puros y duros hechos de entonces. He disfrutado con sus
libros y he aprendido de casi todos los artículos que vienen publicando
ABC y “xlsemanal”. Algunos los conservo, no sólo por su antológico valor
literario sino por el sentido común y la racionalidad que destilan: Como
muestra dos botones: “Las Ménades” sobre la “Ley de la Parida” y sus
repetidos escritos condenando el aborto, sólo superados, a mi juicio, por
Julián Marías cuando dijo que lo peor del siglo XX “ha sido la aceptación
social del aborto” y su insuperable artículo desarrollando esa idea.
Dicho lo cual, debo confesar que ya empezó a no gustarme su crónica
publicada en ABC del sábado 17 de marzo de 2007, “LAS FOTITOS EXTREMEÑAS”
y menos todavía la del sábado siguiente, 24 de marzo, llamada “MORAL E
IDEALES CRISTIANOS”, en la que se ratificaba y reafirmaba en sus
afirmaciones anteriores, porque era la primera vez que advertía que Vd.
faltaba a su siempre buscada objetividad, aunque ese abandono ocasional de
su inveterada línea de honradez intelectual, fuese absolutamente
inconsciente e involuntario. Basaba esta afirmación en su frase que decía:
“Me precio conocer en profundidad a Rodríguez Ibarra, a quien considero
una persona admirable y humanísima, y en menor medida a su consejero
Francisco Muñoz…”. Con esta creencia, es natural que pusiera todo su
ardoroso verbo en defensa de estas personas y trasladara la
responsabilidad de las fotitos extremeñas (que ni siquiera describo
porque me producen una repugnancia vomitiva) “a la utilización política
que se estaba haciendo de las jerarquías eclesiásticas”, incluso de la
Conferencia Episcopal española a la que Vd. criticaba a cuenta de la COPE.
Es decir, que la para mí, pérdida involuntaria de su habitual objetividad.
no estaba motivada –como en tantos otros casos- por motivos bastardos y
torticeros, sino por el muy hermoso sentimiento de la amistad.
Dado que yo no conocía - ni conozco- personalmente al Sr. Rodríguez
Ibarra, al que no era la primera vez que ensalzaba en sus escritos, lo que
demostraba que su aprecio venía de lejos, y menos todavía a D. Francisco
Muñoz, del que no había oído hablar en mi larga vida, no tenía elementos
de juicio para saber si cumplen, sobre todo el primero, las impresionantes
cualidades que les atribuye. Lo único que sé del Sr. Rodríguez Ibarra, a
través de los medios de comunicación, son sus manifestaciones y sus
actuaciones públicas, y dada la discordancia entre lo que dice y lo que
hace, me temo que es lo peor que se puede ser en esta vida: Traidor a sí
mismo. Traidor a sus repetidamente invocadas profundas convicciones
españolas, pero que a la hora de la verdad contradice frontalmente,
asumiendo las consignas de su partido. Me refiero, claro está, al
infumable Estatuto catalán, que combate verbalmente pero que luego por
disciplina de partido, o por lo que sea, asume, acepta y admite, sin la
menor objeción. Claro está, que esta incoherente conducta no la sigue él
sólo. Felipe González, Bono, Leguina, Vázquez, Escuredo, Alfonso Guerra, y
todos los que votaron tapándose la nariz y que, con tantísima razón,
denostaban el Estatuto "corregido" y "limpio como una patena", han cargado
con una responsabilidad humana, social, política e histórica, que no es
irreversible como desearían los independentistas, pero que, desde luego,
nos va a costar “sangre, sudor y lágrimas”, deshacer la canallada
cometida.
Y los cómplices, más que los autores que por su indigencia intelectual no
calibran lo que han hecho, se van a ver -como ha escrito un ilustre
periodista estos días-, en el centro del Infierno de Dante, el noveno y
último círculo de su descenso, en el que está todo. En ese anillo, el que
ocupa menos espacio y más dolor produce, están los peores de los peores,
los traidores a su patria, a sus parientes, a sus huéspedes, a sus
bienhechores, como Judas, Bruto, Casio. Y, finalmente, en el centro del
infierno, en el lugar más estrecho y angosto, reciben sus castigos la
summa de los felones: los traidores a sí mismos. Traidores a sus propias
palabras y actos, porque no existe mayor traición en la vida y, sobre
todo, en la política, que no encontrar nada en común entre lo que se dice
y lo que se hace. Quién así actúa no puede trasladar confianza a nadie, es
la muerte de toda política.
Afirmaba Vd. que se ratificaba en su afirmación de que el catálogo de las
fotos blasfemas e inicuas, fue publicado originariamente en 2003, por lo
que cuatro años después de su publicación, y en vísperas de unas
elecciones provocara el escándalo de la facción opositora le hace
sospechar que dicho escándalo no sea sincero. Es posible. No lo sé. Yo he
tenido noticia de las fotitos ahora. Y Vd. que maneja los conceptos
jurídicos con la precisión de un Magistrado del Tribunal Supremo (mucho
mejor que yo, que llevo casi sesenta años de toga), sabe muy bien que
algunos plazos empiezan a contarse no desde que sucedieron los hechos sino
desde que los afectados tienen conocimiento de los mismos, la “actio nata”
que llamamos.
¡Bueno, ahora después de la antijurídica y sorprendente sentencia del
Tribunal Constitucional, sobre el asunto de los Albertos, ya no se que
decir!. Pero en cualquier caso, en moral hay cosas imprescriptibles: Y
para mí, estas miserables e innobles fotos son la peor de las inmundicias.
Que se puedan publicar unas fotografías tan obscenas, rastreras, de tan
mal gusto y tan ofensivas para millones de personas, gratuitamente, con el
exclusivo ánimo de escarnecer al prójimo, no tiene ninguna explicación
racional: O es locura manicomiable o es maldad satánica. Nada de libertad
de expresión. Porque la frasecita de Voltaire “No estoy de acuerdo con Vd.
pero daría mi vida para que pueda decirlo”, para casos como los que se
contemplan, es una colosal majadería. Yo, y, creo, que muchos como yo, sí
que daríamos nuestra vida pero…para que no se publicaran tales
aberraciones.
No tengo espacio para terciar en el tema de la COPE. Pero yo, que no soy
de derechas ni de izquierdas, sino joseantoniano por los cuatro costados,
entiendo con toda la buena fe del mundo, que hay mucho que hablar de la
inmigración masiva y desmadrada, porque en mi opinión hay que poner
filtros para que, en lo posible, sólo acceda a España la buena gente que
viene a ganarse honradamente la vida, pero hay que intentar por todos los
medios posibles que no entren ni delincuentes ni terroristas porque ya
tenemos bastantes con nuestros paisanos. Yo también defiendo que por un
mínimo pudor de colaboración internacional tendríamos que seguir en Iraq,
porque es el país del mundo con más terroristas por metro cuadrado y el
sentido común más elemental aconseja eliminar a las alimañas en sus
madrigueras y no en la casa propia. Sobre el 11-M no tengo opiniones
rocambolescas ni de otro tipo. Sólo sé que a los cuatro años existen
muchos puntos oscuros y, como decía Maquiavelo: “Cuando sabemos poco,
sospechamos mucho”. Y, por terminar, de verdad que no creo que sea desde
los programas de la COPE desde donde se incita al odio y se vierten
expresiones brutales. Son otros foros de mucha más resonancia y con mucho
más poder los que lo hacen.
Y terminaba aquella carta que ABC no quiso publicar y que no se siquiera
si el Sr. de la Prada llegó a conocer, expresándole que mi entusiasta
admiración quedaba intacta, porque en el peor de los casos: “Aliquando
bonus dormitat Homerus”.
En cambio, hoy, sí que ha disminuido, y mucho, el aprecio que seguía
manteniéndole entonces. No me refiero a su aspecto literario porque sigue
siendo uno de los escritores que mejor maneja el español, sino a su falta
de rigor intelectual al aprovechar una crítica al ministro Bermejo, para
deslizar una serie de frivolidades sobre la Falange, los falangistas y
José Antonio, que son absolutamente imperdonables en un hombre que -al
parecer- ha leído las Obras completas del aquél Hombre (con mayúscula),
que ha sido limpia y honda referencia para cientos de miles de españoles,
y que todavía sigue, y seguirá, siéndolo para todos los hombres, presentes
y futuros, de buena voluntad, aunque no estén de acuerdo con su doctrina.
Uno de sus más famosos contemporáneos, D. Miguel de Unamuno, así se lo
dijo al propio José Antonio y a Rafael Sánchez Mazas, que Vd. cita, cuando
en viaje a Salamanca dónde iba pronunciar un discurso en el Teatro Bretón,
quiso hacer una visita de cortesía a uno de los pensadores más grandes de
su tiempo, a pesar de conocer la grave enemistad que había existido entre
su padre y el Rector de Salamanca. Unamuno que seguía muy de cerca todos
los movimientos intelectuales que surgían en su época, agradeció la visita
y le dijo que quería oír su discurso. Así se hizo y cuando terminó, se
acercó a José Antonio y le dijo “No estoy de acuerdo con casi nada de lo
que ha dicho…pero siga adelante”. Pocos meses más tarde, agosto de 1936,
Unamuno escribió al periodista argentino Lisardo de la Torre, refiriéndose
a José Antonio: “Apenas se sabe nada de su suerte. Imagínese mi zozobra.
Ahora, que nos da por arrasar la inteligencia, no es lícito que aguardemos
con demasiado optimismo lo que la contienda pueda depararle. Lo he seguido
con atención y puedo asegurar que se trata de un cerebro privilegiado. Tal
vez, el más prometedor de la Europa contemporánea.”
Podría citarle mil claves interesantes para conocer a este ejemplar
español, que teniéndolo todo para vivir como hubiera querido:
Inteligencia; una profesión en la que pesar de su juventud lo había
situado entre los primeros y mejores abogados de Madrid; títulos
aristocráticos; valor insuperable; juventud; gallardía, virilidad;
honradez; una gran cultura clásica y de la filosofía moderna; carisma de
líder innato; atractivo irresistible para las más bellas mujeres…vivió
para morir en plena juventud, asesinado por el odio de quienes no lo
conocían.
No hace falta seguir, plumas más ilustres que mi modesto deseo de que no
se frivolice con su recuerdo; lo han recopilado en el libro “MIL VECES
JOSE ANTONIO”, escrito por Don Enrique de Aguinaga -llamado por Alfonso
Ussía: maestro de periodistas y azote de desmemoriados- y por Don Emilio
González Navarro, editado por Plataforma 2003, para conmemorar el
centenario del nacimiento de José Antonio. Seguro que conoce el libro
porque se cita un párrafo suyo de “Las máscaras del héroe” en el que
reconoce que:
“[José Antonio]…cultivaba la mesura, la timidez, el rigor verbal, cierta
melancolía sin subrayados […] Su austeridad moral hacía sentir incómodos a
sus interlocutores, sobre todo a quienes habíamos entretenido la juventud
con diversiones bien despiadadas. Era abstemio, practicaba la continencia
y la mortificación, escribía con sobrio lirismo y, en general, profesaba
una mística del sacrificio y del aburrimiento”.
¿Qué tiene Vd. que oponer a esa sucesión de virtudes que Vd. mismo le
atribuye? ¿La del aburrimiento?. No lo creo, porque José Antonio
contagiaba entusiasmo y proclamaba la alegría, la esperanza, el amanecer,
como se percibe en el Cara al Sol, el único himno de lucha del mundo en el
que se habla de amor, del paso alegre de la paz y no de matar, ni de segar
cabezas, ni de famélica legión que va a acabar con la opresión y hacer
añicos el pasado…
No tiene Vd. derecho a ofendernos para criticar a un ministro que con sus
propias obras tiene suficiente para retratarse a sí mismo, sin necesidad
de incluir frases como:
“Los falangistas de pedigrí siempre fueron memoriosos y pertinaces, y el
ínclito Bermejo, que es hijo del que fuera jefe de la Falange en Arenas de
San Pedro, ha heredado estos rasgos de carácter.”. “Y el ínclito Bermejo,
antes que fiscal o ministro, es poeta hasta las cachas…y en esto también
se le nota la genealogía falangista, porque hubo un tiempo en que para ser
falangista había que ser antes poeta…. El ínclito Bermejo sabe bien, como
José Antonio que “a los pueblos no los han movido nunca más que los
poetas”…Al ínclito Bermejo no lo bendice la solidez retórica de Sánchez
Mazas, ni la audacia metafórica de Foxá, pero el hombre se defiende bien
en la poesía jocosa, género falangista por excelencia, pues fue el que más
acertadamente cultivó su fundador. Poeta jocoso como José Antonio, el
ínclito Bermejo es, sin embargo, menos austero…; pero ya lo dijo José
Antonio: “El Paraíso está contra el descanso. En el Paraíso no se puede
estar tendido; se está verticalmente, como los ángeles…”
¿De dónde ha sacado Vd. que la poesía de José Antonio fuera jocosa?. José
Antonio, hombre de su tiempo y en condiciones de hacerlo, había asistido a
cacerías, fiestas sociales y algún otro acontecimiento frívolo, pero
cuando entró en política para defender la memoria de su padre y luego,
decidió seguir en ella para salvar a España de la invasión de los
bárbaros, se entregó (con los ojos muy abiertos y sabiendo que se jugaba
la vida con su afán de servicio y sacrificio) sólo a luchar por España,
sintiendo siempre la responsabilidad de haber trazado un camino muy duro
para sus camaradas. Y su horas de mayor pesar en la cárcel de Alicante
eran el pensamiento de haber lanzado a los montes y campos de España a
luchar y morir a sus ardorosos camaradas, sin estar él al frente de ellos.
¿No ha leído Vd. su testamento?. Supongo que sí. ¿Y no le entran
escalofríos ante la grandeza de un hombre, ferviente y auténtico creyente
en Dios, que sabe que va a comparecer en unas pocas horas ante su Creador
y constantemente está recordando ya no sólo a sus camaradas sino a todos
lo españoles?.
Mire Vd., señor de Prada, se podrá estar de acuerdo o no con la doctrina
de José Antonio que no tuvo tiempo de desarrollar, porque segaron su
prometedora y limpia juventud a los 33 años, edad que Vd. sobrepasó casi
hace 8 años, pero todo hombre de bien tiene el deber de respetar esta
señera figura, de la que yo, que he leído mucho, he vivido mucho, he
conocido a mucha gente y he visto muchas cosas, no encuentro ninguna
persona semejante o parecida, que se pueda aproximar siquiera, a la
grandeza religiosa, intelectual, política, social y humana de José
Antonio, en toda la Historia de España. Por eso, una vez más, desde el
fondo de mi alma, lo saludo brazo en alto pregonando, como siempre,
nuestro invariable ¡Presente! como recuerdo al único Hombre que hizo nacer
en mí, la fe en la Humanidad y en el futuro de España.
José Ataz Hernández |
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«Bermejo no
olvida jamás»
Juan Manuel
de Prada
ABC,
3 de marzo de 2008
Hay en la
vida política española personajes que están pidiendo a gritos un escritor
satírico que los celebre, como el ínclito Bermejo, el más facundo e
iracundo de nuestros ministros. Pillaron el otro día a su mujer en un
mitin bailón, cuando se suponía que estaba de baja, convaleciendo de una
lumbalgia, y como es natural han menudeado los cachondeítos. Pero el
ínclito Bermejo, en lugar de aguantar estoicamente el chaparrón, se ha
puesto como un basilisco y ha amenazado a los cachondos: «Yo no olvido
jamás». Tan rencorosa advertencia nos ha recordado aquella frase que
Rafael Sánchez Mazas colocó en el frontispicio de su obra Fundación,
Hermandad y Destino: «Ni me arrepiento ni me olvido». Los falangistas de
pedigrí siempre fueron memoriosos y pertinaces; y el ínclito Bermejo, que
es hijo del que fuera jefe de la Falange en Arenas de San Pedro, ha
heredado estos rasgos de carácter.
Al ínclito Bermejo no le gusta que le anden remejiendo en los asuntos
familiares. Para evitar dar explicaciones sobre la extraña lumbalgia de su
mujer recurre al acceso de furia; pero ya antes, para encubrir la
adscripción ideológica de su padre, se sacó de la manga aquella frase
famosa: «Luchamos en su día contra los papás de los que nos gobiernan y no
tenemos ningún temor a los hijos». Habrá quien piense que hace falta una
jeta de feldespato para proferir semejante frasecita, teniendo un papá
falangista; pero quienes estamos versados en retórica poética sabemos que,
en realidad, el ínclito Bermejo estaba formulando una anfibología, figura
consistente en emplear adrede expresiones de doble sentido. Y es que el
ínclito Bermejo, antes que fiscal o ministro, es poeta hasta las cachas,
como ya ha demostrado en alguna ocasión desde la tribuna parlamentaria; y
en esto también se le nota la genealogía falangista, porque hubo un tiempo
en que para ser falangista había que ser antes poeta. El ínclito Bermejo
sabe bien, como José Antonio, que «a los pueblos no los han movido nunca
más que los poetas», de ahí que siempre que se tercia intercale un romance
o redondilla en sus mítines. Al ínclito Bermejo no lo bendice la solidez
retórica de Sánchez Mazas, ni la audacia metafórica de Foxá, pero el
hombre se defiende en la poesía jocosa, género falangista por excelencia,
pues fue el que más acertadamente cultivó su fundador. Poeta jocoso como
José Antonio, el ínclito Bermejo es, sin embargo, menos austero; y por eso
ha encargado una reforma del pisito que nos ha salido por un ojo de la
cara a todos los españoles. Pero, tuertos y todo, seguiremos celebrando
sus versos.
Se supone que las bajas laborales se conceden para que el trabajador
convalezca de sus dolencias. ¡Y anda que no se tiene que convalecer a
gusto en el pisito que Bermejo se ha hecho reformar! Pero, en lugar de
dejar a su mujer tendida en la cama y convaleciente, se la llevó a un
mitin, convencido de que escucharlo es como disfrutar del Paraíso. Cierto
que para una mujer aquejada de lumbalgia viajar a Murcia y marcarse un
bailongo no debe de ser nada descansado; pero ya lo dijo José Antonio: «El
Paraíso está contra el descanso. En el Paraíso no se puede estar tendido;
se está verticalmente, como los ángeles». Y como ángeles bailones hemos
visto a Bermejo y a su esposa; pues, no siendo horizontal, no hay teólogo
que se atreva a sostener que el baile esté prohibido en el Paraíso.
También hemos visto a Bermejo decir que el PP es «heredero de la España
negra»; pero contra esa España ya se alza la España que el ínclito Bermejo
ha mamado desde la cuna, la España donde vuelve a reír la primavera.
Bermejo no olvida jamás. Pertenece, como Ireneo Funes, a esa estirpe de
memoriosos ilustres que Borges enumera: Ciro, rey de los persas, que sabía
llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates
Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su
imperio; Simónides, inventor de la nemotecnia; Metrodoro, que profesaba el
arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Ahora me acomete
el temor de que cada una de las palabras cachondas de este artículo
perdure en su implacable memoria. Ireneo Funes murió, según leemos en el
célebre cuento borgiano, de congestión pulmonar; al ínclito Bermejo, como
no pruebe a olvidar un poquito y siga cabreándose tanto, le va a ocurrir
lo mismo. |