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Como dice
el viejo proverbio chino, “cuando el sabio señala la luna los imbéciles
miran al dedo”. Algo muy grave está pasando si militares en activo y en la
reserva, desde suboficiales a tenientes generales, insisten una y otra vez
en sumarse al clamor que recorre eso que, con evidente pleonasmo, llaman
algunos sociedad civil.
Al parecer los militares, por el mero hecho de serlo, no pertenecen a la
sociedad civil. Constituyen lo que otros dan en llamar el poder militar,
pese a que Montesquieu no les otorga una categoría diferente a los tres
clásicos de ejecutivo, legislativo y judicial. Como no podría pasársele
por la cabeza al teórico de la diferenciación de poderes la existencia de
otro poder exógeno a la estructura del Estado, habrá que concluir que el
militar se encuadra en el ámbito del poder ejecutivo, aquel al que
corresponde cumplir y hacer cumplir la Ley. En especial la primera de
todas, la ley por excelencia, que es la Constitución.
Los miembros del gobierno así lo juran (o prometen) al tomar posesión de
sus cargos. Los militares hacen algo más: juran lealtad a la Constitución
y defender la unidad de España, la seguridad de sus fronteras y su
integridad territorial hasta derramar, si fuera necesario, la última gota
de su sangre. En ello comprometen su vida y honor, la preservación de sus
familias, y las garantías de supervivencia de esa sociedad civil a la que,
sutilezas aparte, pertenecen.
Como esto es así, ha sido necesario llegar a la convención, generalmente
admitida, de que el “poder militar” debe estar subordinado a la autoridad
civil. Pero esto ni es un dogma, ni siempre ha sido así. Y quienes
insisten en lo contrario lo saben muy bien. Tanto que les va el poder en
sostenerlo.
La realidad es muy otra. Los estados modernos, desde el norteamericano de
Washington, hasta la Alemania de Bismark, han nacido del poder militar.
Militares eran –de formación española, por cierto- los padres de la
América independiente: San Martín, Miranda y Bolívar. Un visionario este,
cuyo fracasado sueño de la Gran Colombia, quieren resucitar ahora Evo
Morales y Chávez, otro militar. Militares o civiles trasmutados en
militares fueron los fundadores del Estado de Israel. Y, si vamos más
atrás, militares eran Alejandro o César, los más brillantes forjadores de
imperios de la antigüedad. O Napoleón, sin el que sería impensable la
Europa moderna. Militar Cromwell, que sentara las bases para la definitiva
supremacía del Parlamento inglés sobre la Corona. O Sadat, liberador y
creador del actual Egipto.
Si observáramos la luna en lugar de contentarnos con mirar al dedo,
concluiríamos que la subordinación del poder militar al poder civil no es
algo evidente y que se deduzca de forma espontánea de la propia naturaleza
de la vida política. De hecho, la Constitución Española otorga al Rey la
jefatura suprema de las Fuerzas Armadas, y no al presidente del Gobierno.
Es decir, a alguien (Algo, como institución) que está por encima de las
legítimas diferencias políticas y que a todos representa y sirve.
Como muy bien aclara el historiador militar John Keegan (The face of
battle, The mask of comand...) esta diferenciación sólo comienza a
estudiarse en las academias militares hace no más de ciento cincuenta
años. Para entonces se había producido ya el enorme salto histórico que
transforma el estatus militar desde el “robber-principle”, a su actual
profesionalización. Como en tantas otras cosas que configuran nuestro
tiempo, hemos de acudir a la Revolución Francesa, y a su definición de la
Nación en armas –cada hombre un soldado- para buscar la crisis de la
implicación tradicional del Ejército en las raíces mismas de la estructura
social.
Como explica Keegan, los enormes ejércitos a que daba lugar la recluta
universal requerían a su vez de multitud de hombres cuya disposición
consistía en hacer la guerra. Pero la clase militar (Keegan) quedó
prácticamente exhausta tras las derrotas de Rusia en 1825 y Francia en
1830. En sentido metafórico, la espada, definidora del caballero en el
ancien régime, fue abolida por las nuevas jerarquías sociales que,
procedentes del mundo mercantil, jurídico o académico, no consentían la
exclusión de los privilegios sólo disfrutados hasta entonces por los
hombres de armas. Las nuevas clases ya no estaban dispuestas a ceder el
poder a quiénes por el mero hecho de la posesión de las armas, podían
reclamarlo. Esta idea la desarrolla Samuel Finer (The man on Horseback)
–oportunamente traído a escena por Keegan- al estudiar los diferentes
grados de intervención militar en la política para extraer, así, las
consecuencias de su exclusión. Según Finer, al servicio de esta nueva
mentalidad se dedican desde su creación las Academias militares, que se
extienden por el mundo occidental al tiempo de la Revolución. En su
opinión “no sólo educaron a sus alumnos en monástico aislamiento de la
vida pública, sino que intentaron desarrollar en ellos –con considerable
éxito, debo decir, subraya- la noción de que la política no es asunto
suyo” (is non of a soldiers’s busines).
La lógica conclusión es que la separación de ambos poderes es una cuestión
a la que se llega paulatinamente por mutua conveniencia y el tácito
acuerdo de que, mientras el uno asegura la carrera profesional del otro,
este último se mantiene apartado del ejercicio diario de la gestión
pública. Pero este apartamiento ha de entenderse –y así lo afirma nuestra
Constitución- mientras esta no rebase los límites fundamentales que dan
sentido y justifican la propia existencia de la patria común e indivisible
y el ordenamiento jurídico que la conforma. Entonces, como dicen que
dijoel general Mena, “ni un paso atrás”. La implicación ya no sería un
derecho, sino un deber.
La cuestión es –y el general no estaba en la luna, sino que se limitaba a
señalarla- si estos límites se han superado, es decir (y el general creía
que no era este el caso, por el momento), si la Constitución estaba en
peligro de ser violada, y si, juntamente con ello, ya de por sí muy grave,
se está poniendo en cuestión “la unidad de la Nación española, patria
común e indivisible de todos los españoles”. Si este fuera el caso, se
limitaba a recordar que las Fuerzas Armadas “tienen como misión garantizar
la soberanía e independencia de España (adiviértase el subrayado, que es
mío), defender su integridad territorial y el ordenamiento
constitucional”.
¿Quién o qué (Institución) debe decidir si este límite se ha rebasado?.
¿Están legitimadas la Fuerzas Armadas, que han jurado estar dispuestas a
derramar su sangre si fuera preciso en defensa de esos principios, para
llamar, siquiera, la atención sobre el peligro existente?. ¿No está entre
las primeras exigencias del mando, conocer las preocupaciones de sus
hombres y trasladarlas, en su caso, a sus superiores?. ¿No debe el
centinela de servicio en la trinchera dar la voz de alarma si el enemigo
se acerca?. Y, ya en este caso, ¿quién debe dar la orden de movilización?.
Todas estas cuestiones conforman la luna que, bien a su riesgo y ventura,
pero en la certidumbre moral de cumplir con su deber, señalaba el dedo del
general.
En momento memorable, el Rey, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, asumió
su deber con rotundidad, para que no hubiera la menor duda de dónde
estaban los límites de la Constitución y hasta qué punto era real el
peligro de desintegración de la patria. Los Ejércitos pagaron muy caras
sus inquietudes al respecto. Desde entonces han sufrido en disciplinado
silencio la muerte de civiles y compañeros uniformados; la postergación en
sus rangos de legítimas aspiraciones; el adelgazamiento hasta la anorexia
de las estructuras que dan razón de su propio ser y existir; la
invisibilidad social de sus uniformes y signos externos; el ilegal
destierro de la bandera bajo la que han comprometido sus más sagrados
juramentos; las humillaciones y vejaciones públicas a compañeros por
responsabilidades arbitrariamente atribuidas que deberían haber alcanzado
más allá y más arriba; las agresiones impunes a la estructura y unidad de
España; los prolongados silencios de aquellos en quienes confían su vida y
honor; el enmascaramiento de sus fines esenciales tras la coartada de
misiones nobles, pero secundarias; y las poco honorables retiradas de
otras, en que su honor estaba comprometido.
Cuestiones ¿políticas?, sobre las que el militar no debe pronunciarse, o
de hacerlo, sólo guardando la debida neutralidad ¿política?, o
equidistancia y en lugar y momento adecuados. Pero, ¿y cuándo está en
juego el ser o no ser de la patria?. He aquí el dedo. Quizá, sólo quizá,
puede decir en privado lo que todo el mundo dice en público y en voz alta:
periodistas y notarios, amas de casa y diputados, empresarios y
magistrados, paisanos y militares sin graduación, su propio Ministro y
hasta su propio Jefe de Estado Mayor de la Defensa, sin excluir, por
supuesto, al mismo Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Nadie puede
aceptar, que, incluso este Gobierno, no esté al cabo de la calle de lo que
se piensa y opina en los cuarteles.¿Cuál es el problema, entonces, el
dedo, o la luna?.
Se me ocurre que abrir un debate serio sobre el fondo de la cuestión,
dejándonos de anécdotas y entrando en el más comprometido espacio de las
categorías, es una urgente tarea nacional. El militar, vota, lee la
prensa, escucha la radio; tiene que acatar ser destinado a cualquier lugar
de España (¿o de la Nación); enviar sus niños al colegio, comprar o
alquilar su vivienda; pagar la cesta de la compra, viajar en metro o
autobús, y hasta se le permite ser del Betis, el Madrid o el Barcelona.
Eso sí. Como los franceses han dado en llamar a su Ejército “el gran
mudo”, ni puede ni debe hablar. Pero ¿dónde está escrito, que además de
mudo haya de ser sordo, ciego, manco, cojo, y tener el encefalograma
plano?. ¿El reglamento?. Déjeme de historias: mire a la luna y no se quede
en el dedo.
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