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Para un lector de novela
policíaca resulta familiar la frase “cherchez la femme”. No hay misterio
sin mujer, aunque no sea políticamente correcto. Pero tampoco hay política
sin rehén. ¿Cuáles, qué o quiénes son los rehenes que doblegan nuestra
voluntad?. ¿Cuánto y qué debemos pagar por su rescate?. ¿Podemos llegar a
una solución digna?. Preguntas clave para la política y la diplomacia
españolas.
Puedo equivocarme, pero no creo haber leído estos días, entre los
analistas de nuestras relaciones con Marruecos, esta teoría del rehén, que
explicaría tantas cosas. Y no solo en este caso que nos ocupa, por cierto.
También, en relación al anómalo ejercicio del poder por quienes nos
gobiernan ante otras situaciones que nos llevan, en el mejor de los casos,
a la confusión y el desconcierto. En el peor, al miedo.
. Así nos llenan de asombro las relaciones del gobierno con los
nacionalistas vascos y Batasuna; la tolerancia, cuando no complicidad
activa, con el estatuto catalán aprobado por el Parlament; el trágala de
la enseñanza religiosa que solicitan para sus hijos el 80 por ciento de
los padres; el matrimonio homosexual (¿de verdad un 10 por ciento de los
españoles?); el eje franco-alemán como alternativa a la alianza –pactada y
firmada- con los Estados Unidos; la constitución europea que rechazan sus
inventores y que nos han presentado como panacea de todos nuestros males;
el “choque de civilizaciones” con la tradición cristiana que constituye la
raíz europea... ¿A qué seguir?. Cualquiera podría añadir otros graves
asuntos que son la raíz del “malestar de nuestra cultura”. Los romanos
decían algo parecido con su qui prodest o su do ut des... Los más castizos
recordarán el viejo chiste del dentista: “¿No nos haremos daño, verdad?”.
Mas crudamente también podría llamarse chantaje.
Por los primeros sesenta, tuve la satisfacción de asistir, en
representación del Instituto Nacional de Industria, en el que prestaba mis
servicios como periodista, a un curso del Centro Superior de la Defensa
Nacional (CESEDEN). Dirigía el Centro el general Díez Alegría, y como
alumnos, asistíamos representantes civiles de distintos ministerios o
instituciones junto a oficiales superiores de las armas y cuerpos de los
Ejércitos. El que sería conocido como “el V del CESEDEN”, tuvo ciertas
peculiaridades: Salieron de él dos ministros de la transición –Aire
(Alfaro) y Marina (Peri)-; los jefes de las regiones aéreas de Sevilla y
Zaragoza, el posterior jefe de la Junta del Estado Mayor de la Defensa (el
propio teniente general Díaz Alegría), y el primer militar secuestrado
durante el gobierno de Suárez: teniente general Villaescusa.
Entre los asuntos más interesantes a que tuvimos que enfrentarnos en él,
figuraba la defensa de España en su litoral mediterráneo y suratlántico.
Muy particularmente las relaciones siempre conflictivas con nuestros
vecinos del norte de Africa: el Magreb, y sobre todo Marruecos.
Desde el punto de vista de las relaciones internacionales y de seguridad,
nuestro trabajo no se detenía en la política española, sino que, como
requieren la estrategia y el sentido común, contemplaba también las de
nuestro vecino. Se hizo famosa la afirmación referida a España del
entonces soberano alauita: “Estamos condenados a entendernos”. Habíamos
abandonado, no sin fricciones dolorosas, el antiguo protectorado, que
tanta sangre había costado defender. España ya no tenía ninguna
responsabilidad en Marruecos, pero manteníamos aun nuestra presencia en
Ifni, el Sahara, Ceuta, Melilla y los peñones adyacentes.
Nuestra política exterior se atenía al principio de la “tradicional
amistad hispano-árabe”, que ahora se toma tan a broma. Pero esta
expresión, resulta mucho más coherente, sin embargo, que la presunta
“alianza de civilizaciones”. Aunque esta fuera posible y se refiriera a
culturas, (civilización, como madre, solo hay una), nuestra “tradicional
amistad” se asentaba razonablemente sobre casi ocho siglos de
convivencia/conveniencia, en los que las relaciones de poder, fueron tan
fructíferas culturalmente, como conflictivas. La llamada Reconquista no
duró tanto, sin embargo, como la convicción de los habitantes de la
península de formar parte de una unidad histórica y geográfica (Marías).
¿No resulta sorprendente que se nos predique ahora una alianza de
civilizaciones fuera, mientras que tenazmente se trabaja por destruir
dentro de nuestra patria esa alianza de culturas que hemos forjado en
España sobre en proyecto común (Ortega)?. Los españoles hemos descubierto,
a lo largo de esa dilatada lucha por forjar nuestro destino, que no hay
alianza sin previo conocimiento, ni convivencia sin fecundo enfrentamiento
(Toynbee).
Pues bien: en términos estratégicos, lo más importante de esta relación
era y sigue siendo la “política del rehén” que Marruecos emplea
magistralmente desde hace ya muchos años. Aunque enunciada así resulta
novedosa, es una tradición heredada desde la más remota antigüedad para
manejar las siempre difíciles relaciones entre aliados/competidores. Este
principio, fundamental en el amor y la guerra, parece haber sido olvidado
por nuestro presidente y su gobierno.
Pero no siempre. Saben utilizarlo muy bien frente a la iglesia, o la
familia, o las Fuerzas Armadas, o los papeles de Salamanca, o la
financiación de las “otras” autonomías, o los que necesitan agua, o los
que quieren “una patria común e indivisible de todos los españoles”
(Constitución).
O sólo la practican como víctimas. Nosotros (es decir “nuestros”
Zapateros, Moratinos, Alonsos, Bonos, Fernadezdelasvegas, Calvos y Condes
(Cármen o Pumpido...) Peces-Barbas, etc.) no parecen tener ningún rehén
frente a Marruecos, el separatismo o los terroristas. Todo nos lleva a
temer que están dispuestos a pagar un costo inasumible para todos los
demás por todos los que tienen “ellos”: los marroquíes, los terroristas de
ETA, los lendakaris, los President, Los nacionalseparatistas, de derechas
o de izquierdas, ya sean vascos, catalanes o gallegos, o los “socios”
del/en el Parlamento; los “colectivos” homosexuales, los cineastas, los
“intelectuales” de guardia, los “medios” amigos... Para ¿comprar qué?. Al
parecer la permanencia en el poder.
Ante tan “sublime decisión” no importa el precio, ya sea la unidad de
España, ya sea el desprecio de las víctimas, ya sea la división interna
del único partido de oposición con la generosa ayuda de sus diferentes
“caballos de Troya”. Tampoco la de los bien intencionados (o no), que se
creen que el centro político es un paraíso en la tierra. ¿Paraíso?. Mas
bien limbo, en el que quepan todos los defensores del pensamiento único;
de lo políticamente correcto; los que callan cuando deben hablar; los que
anuncian dimisiones para comprar voluntades; los adoradores del
oportunismo y la “táctica” que acomoda el discurso político a la
auscultación de la “voluntad popular”. He aquí el ídolo voraz al que, , es
necesario sacrificar todos los valores. Tampoco es nuevo: ya antes se
proclamó la necesidad de “hacer legal lo que es normal”. Buscad al rehén,
ya digo. ¿Cuál es el precio?... Y, si no, sigamos durmiendo nuestra siesta
en paz hasta que (Brecht) “vengan por nosotros”.
Envío: A Santiago Arauz de Robles, con quien tantos afanes compartí.
Nota: Este artículo fue enviado a Ansón a La Razón a primeros de Octubre,
en plena crisis del asalto a las vallas de Melilla y Ceuta. Luis María me
contestó con una amable carta dándome las gracias y comunicándome que lo
pasaba al director, José Alejandro Vera. Este me escribía pasados unos
días, el 7 de octubre, indicándome que pese al interés de su artículo, y
debido exclusivamente a problemas de espacio dado el gran volumen de
artículos pendientes de salir a la luz, no nos es posible su publicación
con su extensión actual, pero si nos lo envía un poco más breves haríamos
lo posible. Naturalmente hice lo que me pedía, corrigiendo algún error que
se había deslizado, reduciendo algunas líneas y simplificando otras que,
después del momento de su escritura, habían perdido una relativa
actualidad. Entre las líneas suprimidas se encontraba el “envío” a
Santiago Arauz de Robles, que por aquellos mismos días, había publicado en
La Razón una sonada carta abierta dirigida a S.M. el Rey reprochándolo un
estruendoso silencio que duraba demasiado y que poco después este
rompió... relativamente.
Han pasado los días y, hasta los meses, sin que se cumpliera el haríamos
lo posible por publicarlo, pese a mi no demasiado insistente demanda
telefónica -siempre cortesmente atendida por amables secretarias- y aun
por carta hasta ahora no contestada. Seguramente mi ingenuidad no me
permitió leer entre líneas que no tenían la menor intención de publicarla.
En mi escrito de hace unos días le decía que en vista de su desinterés no
creía que se llevase ningún disgusto si la difundía por otro medio. No me
parece que su tema sea objeto de censura. Tampoco, se me excusará la
inmodestia, que esté peor escrito y sea menos interesante que otros, pero
el caso es que no se ha publicado. Una vez más se demuestra la dificultad,
por muy profesional que seas, de acceder a los medios. Incluso cuando
parecen afines.
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