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Esquela publicada en el ABC de Sevilla, el 19 de noviembre de 2005 |
20 de Noviembre, crónica desde Sevilla, enviado a la prensa y no publicado.
Juan Alonso Beighau
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Impresionado aún por el acontecimiento que me ha
tocado vivir, en la nebulosa mañana del 20 de noviembre de 2005, me dispongo a
dar testimonio del mismo por considerado interesante y conveniente para general
conocimiento.
Fiel al recuerdo de José Antonio acostumbro
asistir, en el Valle de los Caídos, a las exequias que se celebran con motivo de
la efeméride. Este año, por razones en parte litúrgicas - los domingos no suelen
oficiarse funerales - y, por otra, a causa de cuestiones de carácter testimonial
- evitar la identificación con diversos grupos coincidentes en la conmemoración
o fútiles corpúsculos -ultraderechoides- decidí permanecer en Sevilla.
La tarde anterior consulté la prensa por si se
celebraría en la iglesia de la Santa Caridad la misa por el eterno descanso de
su alma, en hora cercana a su fusilamiento, según se viene haciendo,
ininterrumpidamente, desde el año 1937. En efecto, así aparecía en la esquela
mortuoria. No leí la letra chica de ésta y a las siete menos diez de la mañana
llegué a la calle Temprado, donde está ubicada la iglesia, vistiendo,
humildemente, mi entrañable camisa azul, que tan sólo uso en esta fecha, como
íntimo y personal homenaje al fundador de F.E.
Me extrañó ver cerradas las puertas del templo y,
en la acera de enfrente, pasada la calle, a un grupo de personas, en una pequeña
explanada, delante de las escaleras que dan acceso al Teatro Maestranza. Próxima
a la pared había una mesa alargada de madera, desnuda y, junto a ella, agachado,
un hombre menudo, en mangas de camisa blanca impoluta, tocado con un leve
sombrero marrón, extrayendo una serie de objetos de una deteriorada y amplia
maleta.
Al pronto, pensé que se trataba de uno de los
muchos artesanos que, en las mañanas de los días festivos, instalan sus mesas
portátiles en lugares concurridos, para la exhibición y venta de sus artículos.
Y quienes le rodeaban, contemplando la escena,
individuos que, como yo, aguardaban la apertura de la iglesia, también llamada
de San Jorge, anexa al Hospital de la Santa Caridad, fundado por Miguel de
Mañara, en proceso de -santificación, donde desde hace la friolera de sesenta y
ocho años se vienen celebrando, sin faltar ninguno, los sufragios por el eterno
descanso del alma de José Antonio en el aniversario de su muerte.
Me equivoqué de medio a medio. Las grandes puertas
del templo, cerradas a cal y canto, no se abrirían este año por vez primera. La
última fue el año pasado y eso ya debe haber pasado a la historia.
Con pulcritud y esmero, el cura convirtió
rápidamente la desnuda mesa de madera en un altar, donde no faltaba detalle
alguno: el ara, que databa de 1925 y encerraba las reliquias de un venerado
santo, los blancos paños, la pareja de candelabros, con sus velas de cera
encendidas que el viento se empeñaba en apagar, el misal, los purificadores, las
vinajeras, conteniendo el agua y el vino, etc. Sólo faltaba el pañíto o pequeña
toalla usado en el lavatorio de manos. Un limpio pañuelo blanco, ofrecido por
uno de los presentes, haría sus veces. El sacerdote se vistió con un alba de
primorosos encajes, ceñida por un dorado
De verdad estaba emocionado, asistiendo en plena
vía pública - frente a una iglesia hermética - a una misa, en súplica de que
"Dios acoja, con piedad en su seno, el alma de su siervo José Antonio y a
nosotros nos niegue el descanso hasta cumplir su testamento".
y esta sentida oración la elevábamos al Altísimo,
en la calle, dirigiendo nuestras miradas a un cielo tenebroso, preñado de nubes
oscuras, que hacía presagiar considerables chaparrones, vaticinados en los
partes meteorológicos.
La celebración transcurría sin novedad. Un coche -
patrulla de la Policía Nacional se detuvo un buen rato en la calle, a nuestra
altura, intrigado quizás por lo que hacíamos, de noche, amparados por la
oscuridad.
Ya se acercaban, temblorosas, las claras del día,
mas seguía siendo de noche. La modélica homilía rezumó caridad cristiana, sin
asomo de rencor para nadie. Se ofreció en ella un proyecto esperanzado de
futuro, magníficamente elaborada y mejor leída por su autor.
En el memento de difuntos, el celebrante hizo una
alusión sincera y emotiva no sólo de José Antonio sino de Ramíro, Onésimo,
Víctor Pradera, José Calvo Sotelo, Ramíro de Maeztu, sin olvidar a D. Miguel
Primo de Rivera y Orbaneja, quienes también ofrendaron su vida por nuestra
querida España, que tanto a ellos como a nosotros, sigue sin gustamos.
A la hora de la Comunión la mayoría se acercó al
altar para compartir el Cuerpo de Cristo. Éramos dieciocho fieles. Dos mujeres:
una, vieja que fue sola, la otra acompañaba a su marido, cuarentón, tres chicos
jóvenes, en tomo a los veinte años, con muy buena pinta y el resto, hombres de
diversas edades y procedencia social. Junto con la anciana aludida, yo debía ser
el de mayor edad. Nuestros blancos cabellos así lo atestiguaban.
Al término de la misa nos aproximamos al altar a
saludar al cura. Supimos que se llamaba Ricardo, tenía cuarenta y ocho años y
era capellán castrense del antiguo Ejército del Aire, con graduación de
teniente. A lo largo de su sagrado ministerio había celebrado muchas misas de
campaña y por eso tenía los, llamémosles, 'utensilios' necesarios para ello, en
una deteriorada y amplia maleta, donde, bien ordenados, nada faltaba.
Nos comentó el Canon 903, en virtud del cual la
doctrina de la Iglesia establece, de forma inequívoca, que a todo sacerdote, no
hallándose suspendido 'a divinis', le asiste el derecho de solicitar el
uso de cualquier templo para celebrar en él el santo sacrificio de la misa. En
nuestro caso, el citado Canon no se había tomado en consideración.
La anciana, de frágil apariencia y blanca
cabellera, supuso para mi una alegría muy especial. Se trataba de A.M.V.,
antigua, leal y entrañable amiga de toda mi familia, y elemento destacado, en su
tiempo, de la Sección Femenina. Quizás sea una de los pocos supervivientes de
los asistentes al mitin que F.E. de las J.O.N.S. celebró, el 22 de diciembre de
1935, en el Frontón Betis de la capital hispalense y en el que participó José
Antonio. Fue la única vez que éste habló en Sevilla.
A.M.V., de distinguida familia sevillana, asistió
al mismo, a sus once años, por la sencilla razón de que su padre era el
empresario de dicho Frontón y lo había cedido para el mitin, movido por la
simpatía que sentía por José Antonio y su naciente movimiento político. Por mera
curiosidad, estuvo oyendo lo que allí se decía, al coincidir con una visita que
hacía a su padre. Al cabo de muchos años, confiesa, ahora, que aquellas imágenes
siguen grabadas en su retina, como si las estuviera viendo aún.
A cada uno de los asistentes a tan insólita
conmemoración se nos entregó, como recuerdo, un pequeño emblema, con las cinco
flechas y el yugo, muy bien hecho, y que, a modo de 'pin', puede ponerse donde
guste a cada uno.
Reunidos en grupo informal ayudamos al cura a
recoger, para su introducción en la maleta, los diversos objetos utilizados,
mientras comentábamos la circunstancia de haber tenido que reunimos en tomo al
altar, a la intemperie y con nocturnidad, a riesgo de un chubasco tormentoso
predicho por el meteorólogo de turno, que Dios lo impidió.
No obstante, porque Él también lo había querido,
allí estábamos, como quizás le hubiese gustado a José Antonio cuando proclamó a
los cuatro vientos, en el acto fundacional de la Comedia: "Nuestro sitio está
fuera, aunque tal vez transitemos de paso por el otro. Nuestro sitio está al
aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las, estrellas. Que
sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera en vigilancia tensa, fervorosa
y segura ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas".
y surgió de las emocionadas y enfervorecidas
gargantas, un bien entonado "Cara al Sol", sotto voce, alineados frente a
la pared que sirvió de retablo pétreo al improvisado altar, brazo en alto, sin
estridencias, mientras, llegada ya las ocho de la mañana una claridad procedente
del cercano Guadalquivir alumbraba un nuevo día.
Mientras saboreábamos las entrañables estrofas de
nuestro himno de amor y de combate, nuestra memoria nos recordaba, amorosamente,
frases inolvidables que siguen gozando de rabiosa actualidad:
'No plantemos nuestros amores esenciales en el
césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámosles, como líneas sin
peso y sin volumen hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción
eterna".
Ha sido esta Eucaristía, del 20 de noviembre de
2005, una de las que han dejado una huella profunda en mi vida de creyente y
agradezco, de corazón, a Dios nuestro Señor que me haya deparado esta ocasión
propicia y singular. |