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LA CUESTIÓN ABISINIA, ASUNTO INGLÉS
Pocas naciones europeas habrán tenido en su
favor mayor número de justificaciones para sus empresas
coloniales que las que Italia alega ahora. La congestión demográfica
de la península, agravada por la escasez de primeras materias,
es insostenible. Ningún pueblo continental de Europa hubiera
sentido escándalo ante el intento italiano de penetración de
Etiopía. Ya se sabe que Mussolini contaba con la conformidad de
Laval. Todo hubiera ocurrido sin tropiezo a no haberse
interpuesto el interés británico.
Todo el imperio inglés forma como una
extensa y delicada red nerviosa mantenida por un prodigio de
tacto. Cual agitación emocional en un punto de esa vasta red se
transmitiría al sistema entero. Y los pueblos coloniales
ingleses no pueden dejar de sentirse solidarios, por razones de
raza y religión, de un pueblo no blanco situado en el paso de
importantes corrientes musulmanas como es Abisinia. Inglaterra
teme el contagio de una conmoción etíope a sus colonias, harto
difíciles de sostener. Por eso y no, naturalmente, por
fidelidad al Pacto, por nadie más que por ella infringido,
Inglaterra se obstina de una manera terminante en impedir la
empresa italiana.
La posición imperial británica es
perfectamente lógica. Nadie podría formular el menor reproche
contra ese admirable egoísmo patriótico de la Gran Bretaña.
Pero quede recogida, para el exacto enfoque de la situación
presente, esta afirmación: el impedir la penetración italiana
en Abisinia no es, para nada, un asunto europeo; es puramente un
asunto inglés.
Los auxiliares de Inglaterra.
Inglaterra, cauta, no iba a presentar al
mundo la cuestión con semejante crudeza. Le ha dado el trámite
ginebrino a que estamos asistiendo. Pero tampoco en Ginebra
hubiese encontrado calor de no haber venido en su ayuda dos
fuerzas considerables: el antifascismo y una serie de intereses
particulares que han aprovechado la coyuntura.
La presencia del antifascismo es clarísima.
Ya de por sí la atmósfera ginebrina está llena de fluidos masónicos,
liberales, internacionalistas, pacifistas... Pero en este caso
se han descubierto más claramente por las conminaciones de la
Segunda Internacional, por la actitud de los semisocialistas países
escandinavos y por la violencia con que la U.R.S.S. atiza la
tesis de las sanciones, como más adecuada para desencadenar esa
guerra mundial precursora, para Lenin, del triunfo comunista.
En cuanto a los intereses particulares hay
por lo menos los siguientes: el del propio Gobierno inglés en
desarmar con una posición antifascista al partido de izquierdas
con que va a tener que contender en las elecciones próximas; el
de Laval —pese a su simpatía por Italia— por sustraerse a
las acusaciones de fascista que ya lanzan contra él los del
frente único; el de la Petite Entente, que teme por el lado de
Yugoslavia una expansión italiana y prefiere una Italia débil;
el de Turquía, que ha planteado con toda claridad la cuestión
de los Estrechos, vital para ella; el de Grecia, movida por
Inglaterra, etc.
Inglaterra contra Europa.
Todas estas fuerzas acordes van a determinar,
al través de la imposición de sanciones, el desencadenamiento
probable de la guerra europea, con las consecuencias del
destrozo material de Europa por una parte y del hundimiento
probable del régimen fascista por la otra.
Ambos efectos pueden considerarse como
desastrosos. El primero por su propia naturaleza; el segundo
porque el fascismo con toda su hinchazón y todos sus excesos,
representa frente a las tendencias disolventes (masonería,
bolchevismo, etc.) la salvaguardia de las más profundas
esencias espirituales y tradicionales de que se ha nutrido
Europa.
Es decir, que estamos a punto de ver como
Europa se suicida o se entrega al comunismo asiático por
sostener un punto de vista exclusivamente inglés, local,
extraeuropeo. En el instante en que vivimos Inglaterra y Europa
representan intereses contrarios. Y he aquí que Europa va a
sacrificarse por servir el interés de Inglaterra.
La guerra parece inevitable.
Con todo, Ginebra no lleva camino de abrir
los ojos a la verdad afirmada en el párrafo anterior. La decisión
de Ginebra va a ser contraria a Italia. Y como Italia de ninguna
manera la puede acatar, porque a su inicial necesidad de expansión
se une ahora una cuestión de prestigio a vida o muerte,
estallará la guerra. Directamente, porque se intente imponer a
Italia sanciones militares, o mediante porque Italia cercada de
sanciones económicas, se lance a romper el bloqueo en un último
impulso desesperado.
La magnitud de esta guerra depende del
sentido en que se despeje la incógnita de Alemania. Si Alemania
se inhiben, el conflicto puede quedar reducido en lo militar a
una contienda italoinglesa; si Alemania interviene en favor de
Italia (acaso ganada por una concesión de libertad de manos en
Austria), los bandos contendientes estarán formados así:
Alemania —con Austria—, Italia y probablemente Polonia
contra Inglaterra, Francia, la Petite Entente y probablemente
U.R.S.S.
Situación de España.
España va a tener que decidirse en dos
momentos gravísimos: el de la votación de las sanciones y el
de la guerra.
En la votación de las sanciones España podría
romper la unanimidad. Probablemente la razón estaría de su
parte; primero porque, como se ha visto, el verdadero interés
de Europa está contra las sanciones; después porque el voto
negativo encontraría apoyo dialéctico no sólo en los
precedentes de violaciones no sancionadas del Pacto sino en el
informe italiano sobre el estado espantoso de Abisinia. Pero el
votar contra las sanciones representaría perder la amistad de
Inglaterra. Jugada arriesgadísima que solo se podría intentar
contando con grandes probabilidades de un triunfo italiano, o
del bando italiano en caso de guerra europea. Aun así, nuestra
posición durante las hostilidades sería tremenda, porque ante
la ocupación segura de puertos y aeródromos nuestros por
Inglaterra (que enseguida se examinará) o tendríamos que
permanecer en una pasividad denigrante o tendríamos que
lanzarnos a una guerra aniquiladora por nuestra inferioridad de
preparación.
Parece muy difícil, por lo tanto, asumir el
papel —que tan justo y tan brillante sería— de discrepantes
en la votación de sanciones.
Y entonces surgiría el problema de nuestra
actitud ante la guerra. Nada sería más apetecible que la
neutralidad, pero aspirar a sostenerla es casi un sueño.
Inglaterra necesita a toda costa bases aéreas suficientemente
próximas a Italia y bases navales menos vulnerables para la
aviación que las de Gibraltar y Malta. Nos exigiría esas bases
aéreas y navales, y tanto el concedérselas como el negárselas
implicaría la entrada en la guerra. Mejor es entrar libremente,
eligiendo y negociando, que entrar a la fuerza y sin compensación.
Así pues España tendrá que entrar en la
guerra. ¿De qué lado? Si el conflicto que estalla es el
europeo la respuesta se eriza de dificultades y sólo lleva a
respuestas sombrías por un lado y por otro: si nos oponemos
frente a Inglaterra, padeceremos una guerra durísima y si nos
ponemos frente a Alemania corremos grave riesgo de resultar
vencidos.
Pero si el conflicto es sólo italoinglés,
la conveniencia, la necesidad y las probabilidades de triunfo
están todas del mismo lado: Inglaterra. No hay opción posible;
y es bien triste tener que reconocerlo cuando la simpatía, la
justicia y, a la larga, el profundo interés de Europa se
encuentran en el otro bando.
El precio de la ayuda española.
En lo que desde luego no se puede pensar es
en ofrecer la ayuda gratis. Por poca que sea nuestra fuerza
militar, a Inglaterra le conviene mucho más tenernos a la
espalda como amigos que emplear preocupación y soldados en
someternos. Se debe negociar nuestra ayuda a Inglaterra, no sólo
valiosa sino indispensable: La Gran Bretaña no puede guerrear
en el Mediterráneo sin contar con nuestros puertos y nuestros
campos de aviación.
España se encuentra en vísperas de una de
esas ocasiones excepcionales en que seria posible poner sobre el
tapete no solo la cuestión de Tánger, sino la mas honda cuestión
de honor para España: Gibraltar.
El valor táctico de Gibraltar ha disminuido
en términos enormes con el adelanto de la aviación.
Inglaterra, que hace veinte años no hubiera admitido diálogo
acerca del Peñón, es posible que ahora lo admitiera, sobre la
base de una ayuda en la guerra próxima y del establecimiento de
una alianza de carácter permanente. No se olvide que sin esta
alianza Gibraltar ya no es nada; que el arma aérea ha
convertido en Sierra Carbonera a media Península.
España en Ginebra y en Madrid.
Si España hubiese contado en Ginebra con una
representación hábil e independiente, capaz de haber puesto la
autoridad moral que España goza en la S. de N. al servicio enérgico
de una alta empresa europea, hubiera podido desempeñar la misión
de salvadora de la paz. No se trataba de empresa fácil; exigía
destreza diplomática y actividad para negociar por separado con
los distintos miembros de la Sociedad; pero exigía, ante todo,
la conciencia firme de la independencia y de la misión de España.
¡Qué diferente sería nuestro papel si en vez de haber estado
actuando a la zaga de Inglaterra hubiéramos puesto nuestro empeño
en hacer ver a todos como el asunto abisinio no es un asunto
europeo!
Ya, casi de seguro, es demasiado tarde para
ir por esa vía, a menos de apareciese de pronto en Ginebra, en
nombre de España, un hombre dotado de condiciones diplomáticas
sorprendentes. Madariaga sabe el oficio pero no cree en España
ni tiene el alma caliente para plantear una cuestión de gran
estilo. Otros países han mandado allá a su ministro de
Relaciones Exteriores, pero aterra pensar en una misión diplomática
confiada al Sr. Rocha.
Perdida la primera ocasión, es apremiante
jugar con tacto y energía las cartas para valorar nuestra ayuda
en la guerra. Espanta pensar en que el jefe de la delegación
española es el único, en medio de la encarnizada lucha de
intereses que se mueve en Ginebra, capaz de creer candorosamente
en el Pacto, en la S. de N. y en todas esas zarandajas. Claro
está que el Gobierno no le dejará llegar a comprometernos por
pura efusión ginebrina, para que desempeñásemos en la guerra
el papel de palurdos deslumbrados, pero, sean cuales sean las
instrucciones concretas del Gobierno, el tono diplomático
cambia muchísimo según la calidad personal del negociador.
Así está España en Ginebra: representada
por Madariaga, «patriota de la S. de N.» según propia confesión,
e influida por la presencia de tres diputados —Cantos,
Estelrich y Sierra— de los que todo está dicho con decir que
son radicales.
Y mientras tanto en Madrid urdiéndose una
crisis en la que acaso se pierda el único puntal con que
sostener, frente a influencias masónicas y socialistas, una
posición española resuelta.
Mientras tanto en Madrid la intrigas en
juego, en esta hora en que desde el fondo de la Historia nos
llama el nombre de Gibraltar.
Para evitar que una solemne ocasión así se
malogre, con oprobio para quienes dejarán malograrla. Todo es
licito.
[Este artículo de José Antonio, que le
sirve de base para el discurso en el Congreso del 2 de
octubre de 1935, está fechado el 19 de septiembre del mismo
año, con destino al semanario Arriba, donde no pudo
publicarse por hallarse suspendido por las autoridades
gubernamentales. PPJA, p. 117-121]
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