Crónica de la presentación del libro
El Alcázar no se rinde. La historia gráfica del asedio
más simbólico de la Guerra Civil

En una sala abarrotada de público se presentó el pasado 28 de septiembre en el Casino Militar de Madrid el libro El Alcázar no se rinde, de Blas Piñar Gutiérrez y Jorge Fernández-Coppel, editado por la Esfera de los libros.

Además de los autores intervinieron en el acto  José Luis Moscardó Morales Vara de Rey (nieto del coronel Moscardó) y Emilia Alba González, hija del Capitán Luis Alba Navas fusilado en julio de 1936.

Al ser Emilia Alba esposa de nuestro Secretario General, Jaime Suárez, hemos podido rescatar su intervención, que reproducimos a continuación.

Intervención de Emilia Alba, hija del Capitán Alba Navas
Casino Militar
28 de septiembre, 2011

 

Causas adversas impiden que mi hermano Luis Alba se encuentre hoy aquí entre nosotros. Voy a leer lo que él había escrito, con algunas puntualizaciones de los sobrinos Alfonso y Enrique:

Si es difícil para un hijo hablar de su padre, lo es aún más cuando no se tiene del mismo ni el menor recuerdo físico, ni de ningún otro tipo: no saber como hablaba, cómo sonreía, cómo eran sus caricias, sus besos…

Todo lo que puedo decirles de él es sobre su trayectoria vital hasta el momento de su ejecución.

Hijo, nieto y biznieto de militares, nace en Málaga en 1903. Ingresa a los 15 años en la Academia toledana de donde sale como alférez en 1921, siendo inmediatamente destinado a la campaña de Marruecos. Regresa a la Península en 1925 y es destinado como ayudante de profesor en la Academia de Infantería.

En 1928 asciende a capitán y realiza el curso de profesor de Educación Física en la entonces Escuela de Gimnasia toledana. En 1930 es profesor de dicha Escuela hasta su muerte.
 

El día 17 de julio de 1936 tuvo que salir precipitadamente de su casa, muy de mañana, hacia la Escuela de Gimnasia pues había recibido orden de acuartelamiento. Ese mismo día su mujer daba a luz su quinto hijo.

Al día siguiente llamó por teléfono a la familia, para decirles que tenían órdenes de encerrarse en el Alcázar y, por eso, pasaría un momento a verles y conocer al niño; en efecto, estuvo sólo un momento, besó a su hijo, a su mujer, e infundió ánimos a la familia diciéndoles que la situación terminaría en cuestión de horas.

Producido, por tanto en Toledo el Alzamiento militar al mando del Coronel Moscardó, (el militar de mayor antigüedad en ese momento en plaza), los militares de la Escuela de Gimnasia acaban replegándose hacia el Alcázar, donde se habían refugiado numerosas familias de guardias civiles de diferentes pueblos de la provincia, personal civil y militantes de diversos partidos políticos.

El bando republicano contraataca en dos frentes: asediando, bombardeando y disparando sobre el Alcázar y, por otro lado, usando una técnica nunca vista hasta entonces, la utilización de propaganda engañosa y, de este modo, su prensa y emisoras de radio en Madrid hablaban de la rendición del mismo, trucando fotografías en las que supuestamente se veían salir vencidos a los defensores.

La desesperada situación hizo que a mi padre se le ocurriera la siguiente idea: salir del Alcázar, atravesar el campo enemigo hasta encontrar a las tropas de Mola, que operaba en la sierra de Madrid, y poner en su conocimiento la situación en el recinto alcazareño.

Este arriesgado proyecto lo comunica a sus amigos, los Capitanes Agulla y Fernández Trapiella, que lo consideraron muy difícil de llevar a cabo, pero lo aprueban con la condición de acompañarle en su empresa.

Lo consultan en despacho con Moscardó, el cual asiente a su marcha, pero mi padre solicita ir sólo, ya que así puede pasar más desapercibido que yendo tres, y, además, si fracasaba, sólo una víctima sería la consecuencia de su idea.

En la noche del día 25, festividad de Santiago Apóstol, patrono de España, reúne 125 pesetas entre varios amigos, sale vestido con un mono, un trapo encarnado en el cuello, un gorro, correaje y alpargatas, pertenecientes a un miliciano caído muy cerca de el Alcázar que llevaba el carnet del partido comunista nº 173, a nombre de Antonio Díaz, donde por suerte el epígrafe de profesión figuraba en blanco y en la que se escribió de profesión: “pescador”.

En el momento de salir no comunicó la misión ni dijo adiós a su hermano Ricardo Alba ni a su cuñado, el también capitán de la Guardia Civil José Rodríguez Valero, que estaban con él en el Alcázar. Se dirige a la explanada del Picadero y la Compañía de Tropa y desde allí hasta los últimos puestos de defensa que dan sobre el Tajo, se despide de los militares y civiles situados en el torreón llamado el Simplón, y da al capitán Agulla su alianza matrimonial para que, en caso de no tener éxito en su misión, se la entregara a mi madre como así lo hizo al liberarse el Alcázar, pidiendo, además, le encomendaran rezando un Padrenuestro.

Cruzó el río Tajo con el mayor sigilo, cerca del llamado Puente Nuevo, algunos metros más abajo del castillo de San Servando, y bordeando el mismo, lo tuvo que cruzar de nuevo a la altura de la finca de Portusa, a unos 17 Km. de Toledo, donde precisamente con una sociedad de otros diez cazadores, tenía arrendada la caza menor. Allí fue ayudado por un empleado de la finca a cruzar el río; y así, a la salida de la luz del día martes 26 de julio, estaba ya situado próximo a la carretera de Ávila. Con calzado inapropiado y un posible contacto con un tal Basilio, propietario de un vehículo, entra en Burujón, un pequeño pueblo de Toledo cercano a Torrijos.

Su llegada al Ayuntamiento debió producir una pequeña conmoción, pues daba noticias de la situación real en la capital y solicitó el vehiculo de Basilio para llevar hasta Arenas de San Pedro una orden del Comité de Toledo. Entre las personas que se acercan hay un joven natural del pueblo que durante el servicio militar había servido a sus órdenes, y al verle, instintivamente exclama: “¡Mi Capitán!”

Al escucharlo los demás debieron quedar atónitos y llenos de sospechas deciden trasladarle inmediatamente a Toledo en coche, pasando obligatoriamente por Torrijos, al no haber otra carretera y donde no fue llevado al Ayuntamiento como se ha dicho, y así lo atestigua un documento que conservamos en el archivo familiar, en el que Pedro Rodríguez Molino, vecino de Burujón, dice que fue obligado a llevarle en su coche hasta la capital. Continúan camino, y a unos 7 km. Antes de llegar a la ciudad, en la denominada Venta del Hoyo, pequeño balneario de aguas medicinales, hoy inexistente, es donde mi padre iba a encontrar la muerte, finca en la que tantas liebres había cobrado con su íntimo amigo Eugenio Benayas, quien calificaba a Alba “como uno de sus inseparables”.

En aquellos momentos la Venta estaba arrendada a unos vecinos del pueblo de Yunclillos, los hermanos Martín, amigos de Benayas, quienes manifestaron que al atardecer del 26 vieron aparecer un coche a gran velocidad, y que antes de llegar a un puente que había en la vaguada, se salió de la carretera por el lado derecho para no chocar con otro vehículo que en sentido contrario venía, cayendo el coche por un terraplén. Bajaron corriendo para prestar ayuda, encontrando el coche sin volcar y del cual iban saliendo un guardia de asalto y varios milicianos con fusiles en mano, gritos, maldiciones y blasfemias, sacaban a Alba del coche culpabilizándole del accidente, diciendo había que fusilarle allí mismo. Los hermanos Martín quedaron sorprendidos al ver a su amigo el capitán, limitándose a un cruce de miradas al reconocerse mutuamente.

El guardia de asalto se opuso rotundamente al fusilamiento pues su deber era entregarle a las autoridades de Toledo. En ese momento uno de los milicianos apodado el Checa, vecino de Burujón, dijo: “Este me pertenece, pues he sido yo el que lo detuvo y la discusión se acaba”. Sacó la pistola y le disparó a bocajarro. Una vez caído al suelo, el resto de los milicianos dispararon sobre su cuerpo.

Era el atardecer del 26 de julio… (2). El entonces presidente de la casa del pueblo del vecino lugar de Bargas, que estaba en el grupo, le pegó el tiro de gracia (3).  Mi padre moría en una áspera cuneta bajo el sol inclemente del verano de Toledo.

Marchados los milicianos, los hermanos Martín cubrieron el cuerpo con mantas para evitar el ataque de animales. Dichos hermanos fueron también testigos presenciales de cómo otro miliciano bargueño, de apellido Villas, al ver las esposas en los antebrazos y querérselas llevar como recuerdo, al no encontrar las llaves para quitárselas, decidió a tiros de pistola sacarlas, como así hizo.

Al día siguiente, 27, un coche de los llamados “estufa” en aquellos tiempos, recogió el cadáver para su traslado a Toledo, concretamente a la desaparecida Fábrica de Armas donde alguien debía saber que había un teniente coronel médico del mismo apellido naturalmente pariente, quien no se atrevió a reconocer el cuerpo y mandó a uno de los jefes de taller, que así lo hizo. A continuación el cadáver fue trasladado al cementerio. El día 28 llega una orden expresa de Madrid para que no se proceda a la inhumación y sí a su traslado al de Carabanchel, a petición de una hija de Indalecio Prieto, quien había escuchado por radio o leído en la prensa la muerte de un capitán Alba, amigo suyo. Era el capitán Alba Arambarri, médico oculista que había residido en Toledo. Al ver el cuerpo en el cementerio de Carabanchel observó que aquél cadáver no se correspondía con el del otro capitán Alba amigo suyo, y así, finalmente, es enterrado en dicho cementerio, por lo que su cuerpo, no fue arrastrado por las calles de Madrid como se dijo.

En 1940, debido al ingreso en el hospital militar Gómez-Ulla de mi hermano menor, mi madre visitó el cementerio solicitando ver el libro de registro de ingresos, y en ese día 28 de julio, figuraban en efecto un cadáver sin identificar de unos 45 años, 1,60 m. de estatura y alrededor de 60 kg., vestido de mono azul y con las iniciales: “L.A.”, en su ropa interior tal y como ella tenía la costumbre de bordar. En el libro de inhumaciones figura su enterramiento el día 29, en la 2ª fosa común; era el cadáver nº 13 y tenía 37 cuerpos encima de él.

Solicitó mi madre al entonces director General de Seguridad, Conde de Mayalde, la apertura de la fosa, viendo todos los restos y reconociendo a su marido por el buen estado de conservación que tenía al estar a mucha profundidad. Se procedió a trasladarlo al panteón familiar en Toledo el 24 de diciembre de 1940.

En fin, una serie de adversidades llevaron al Capitán Alba a su muerte: el encuentro fortuito con su antiguo asistente y el accidente de coche en la Venta del Hoyo, cuando si hubiera sido entregado en Toledo posiblemente se habría intentado el canje con todos o algunos de los llamados “rehenes” que había en el Alcázar.

Acabada la guerra, mi madre con sus cuatro hijos, sin saber nada de la “Memoria Histórica”, nos llevó al penal de Ocaña y entrevistada con el Checa le dijo que ella, como cristiana, le perdonaba de todo corazón, al margen de la justicia y, a continuación los cuatro hijos besábamos a ese hombre del que solo recuerdo pincharme en la cara con los pelos de su barba a medio afeitar. Poco después entregaba la primera paga que como viuda cobraba, a la familia del Checa y regalaba a la Parroquia devastada de Burujón un Sagrario nuevo.

Previo Juicio Contradictorio, a propuesta de Moscardó, le fue concedida a mi padre la máxima condecoración militar: la Laureada de San Fernando individual publicada en el B.O.E. el 24 de marzo de 1939.

Por último, ¿fue la misión de mi padre un fracaso?; en absoluto. La noticia en la radio de la detención y ejecución de un “rebelde” del Alcázar de Toledo fue escuchada por las tropas del General Varela, cayendo en la cuenta de la noticia trampa de la rendición y qué, por lo tanto, aún se mantenía firme en la defensa. Muriendo el Capitán Alba cumplió su misión.

No hay nada en el mundo más triste para un niño que la noticia seca y brutal, de que se ha quedado de pronto, sin padre. Pero más tarde, cuando he crecido, he podido saber que el dolor de ser huérfano es compatible con el orgullo de saber que tener un padre laureado es un glorioso privilegio.

Pienso que mi padre, en esos últimos momentos de su vida, escucharía desde lo Alto esa parte del himno que tantas veces había cantado a lo largo de su vida militar:

“Aun te queda tu fiel Infantería
que por saber morir
sabe vencer”.

Muchas gracias.

 

(2) El relato de la muerte está basado en el texto impreso "El sacrificio del Capitán Alba" que estuvo enmarcado y colgado en las paredes del despacho del Coronel Moscardó.

(3) Este testimonio lo recibió Alfonso Galdeano Alba de una vecina natural de Bargas.

 


 

 

Mañana miércoles 28 de septiembre se presenta en el Centro Cultural de los Ejércitos, en Madrid el libro: El Alcázar no se rinde, de Blas Piñar Gutiérrez y Jorge Fernández Coppel.

Además de los autores intervendrán José Luis Moscardó Morales Vara de Rey (nieto del coronel Moscardó) y Luis Alba González, hijo del Capitan Luis Alba Navas, fusilado en julio de 1936.

Miércoles 28 de septiembre a las 19'30 horas

Centro Cultural de los Ejércitos,
Gran Vía 13, Madrid.