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¿Que hicieron con vosotros, después de terminado el
juicio?
A
nuestra pregunta, Miguel Primo de Rivera, con
emoción en la palabra, responde:
A las tres de la madrugada, una vez efectuada la
votación que negaba la revisión del proceso, se
retiraba el Tribunal que nos había condenado. Margot
fue llevada al lugar que ocupaba en la cárcel. José
Antonio y creíamos que nos llevarían a la celda nº
10, donde habíamos permanecido hasta entonces. Pero
no fue así.
Yo sólo fui conducido hasta ella. José Antonio fue
llevado a otra. Esta separación me llenó de
pesimismo. ¿Sería posible que ejecutaran
inmediatamente la sentencia? Con esa pesadilla
permanecí toda la madrugada. Ya el día 19, a la hora
del asueto, me abrieron la celda diciendo que podía
salir al paseo del patio. No tenía, naturalmente
gana ni humor para salir al patio embargado en los
negros presentimientos de la suerte de mi hermano.
Iba a renunciar a salir, para quedar entregado a mi
dolor y a mis pensamientos, cuando se me ocurrió que
tal vez en el patio, por referencia de los demás
presos, pudiera saber algo de mi hermano.
Marche al patio y allí tuve la enorme alegría y
sorpresa de encontrarme a José Antonio Nos abrazamos
y charlamos largamente durante el espacio de la hora
de nuestro paseo. Me dijo que había hecho testamento
y me dio minuciosas y prolijas instrucciones. En su
memoria estaban, no solo los afectos familiares,
sino todas las personas de su intimidad y de modo
singular la Falange.
Era su preocupación. Tenía la fe absoluta en el
triunfo de nuestro ideal, y la única tristeza de
aquellos momentos era para él no poder ayudar a los
camaradas en el impulso final...
Intenté infundirle esperanzas y me atajó diciendo:
"Miguel tu sabes que no, Además, lo que yo necesito
es morir con dignidad. Ayúdame a ello".
Cuándo terminó la hora de paseo y tuvimos que volver
a nuestras celdas, una angustia infinita se anudaba
en mi garganta; pero tuve que dominarla para no dar
sensación de flaqueza ante aquel hermano que
aspiraba sólo ya a morir con dignidad.
Transcurrió el día 18 y amaneció el siguiente. A las
seis de la mañana un miliciano que estaba de
centinela, en la puerta de mi celda me dijo: "Tu
hermano desea verte antes de morir". Puedes r a su
celda.
Me abrieron la puerta, y vigilado por dos hombres,
fui hasta José Antonio. Se hallaba en una celda
baja, oscura, húmeda y fría. Era una verdadera
mazmorra, en la que permanecía de pie. No había en
la estancia ni sillas, ni mesas ni cama. Toda la
noche la había pasado allí.
José Antonio se paseaba tranquilamente, con aire
sereno, las manos cruzadas a la espalda. Obedeciendo
una orden del Jefe de la Prisión, solamente tenía
puestos el pantalón y la camiseta. Sobre ellos, un
abrigo. Al trasponer yo la puerta eran las siete en
punto. Uno de los carceleros me dijo bestialmente:
"Aligerar; tenéis quince minutos para la
entrevista".
José Antonio, al verme entrar, me dijo rápidamente
en inglés para que no le entendieran: "Miguel
ayúdame a bien morir, a morir con dignidad, a morir
como dispone la Iglesia..."
Mi hermano quería que no nos ganara la emoción y que
no ofreciéramos a aquellos hombres que tantos nos
odiaban, el espectáculo de una debilidad. Empleamos
los quince minutos en cumplir el último deseo de mi
hermano que quiso morir cristianamente. Jamás
olvidaré aquellos instantes, ni olvidaré tampoco el
ejemplo de resignación y de entereza con que mi
hermano ennoblecía nuestro apellido.
Tuvimos que separarnos. En la puerta de la celda,
pasos siniestros y ruido de fusiles recordaban los
terribles preparativos. Nos dimos un abrazo que
hubiéramos querido hacer eterno. ¡El último abrazo!
Y me dijo serenamente:
-Miguel, ¡Arriba España!
Fui llevado a mi celda, Desde la escalera oí la voz
de mi hermano, a quién sacaban de la suya para,
llevarle al patio de la Prisión. Iba gritando el
¡Arriba España! Luego supe por qué.
-Por qué?
-Con mi hermano se condujo al patio para fusilarlos
también, a otros cuatro camaradas: dos requetés y
dos falangistas. Mi hermano quiso infundirles
aliento.
Supe luego que hubo dos pelotones. Uno encargado de
la ejecución de estos cuatro camaradas, y otro de la
de mi hermano. Uno de los milicianos que formaba el
cuadro de asesinos de José Antonio, cuando este se
hallaba ya junto al muro del patio, dispuesto a
recibir la descarga, se fijó en el abrigo de mi
hermano. "¡Que buen abrigo llevas!" -le dijo- José
Antonio, con naturalidad, le respondió "Te lo doy
ahora mismo" "No, no, cuando caigas". Sonrió José
Antonio, se quitó el abrigo y se lo entregó en el
acto.
En el patio estaban los que habían de morir con él.
Apuntaron los fusileros y se confundieron los ecos
de los disparos y la voz recia del Jefe de la
Falange que lanzaba su ultimo ¡Arriba...! No habían
transcurrido cinco minutos desde que yo dejé a mi
hermano, y apenas acababa de trasponer la puerta de
mi celda, escuché la descarga que cortaba su vida...
Así selló la sangre de José Antonio la unidad
perfecta de unos ideales. Sangre de requetés y de
falangistas que se juntaba en la hora de los
sacrificios y que reclama la siempre la identidad
más absoluta.
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