|
Josep Pla
La Vanguardia española
10 de febrero de 1939
Un simpático matrimonio, en
misión de «Auxilio Social, ha tenido la amabilidad, de devolver, por unas horas,
a un catalán a su país, y así me ha sido posible llegar a mi Ampurdán nativo,
pocas horas después de ser liberado por las tropas del Generalísimo Franco.
Al salir de Barcelona, por la carretera del litoral, y atravesar, en una mañana
de sol mediterráneo, tibio y rutilante, los pueblos de la costa de levante, uno
queda sorprendido de la tranquilidad y de la paz que respiran. Estos pueblos no
parecen haber conocido la guerra para nada. Están intactos. Hay desde luego, una
diferencia fundamental entre los pueblos industriales —donde la gente lleva en
la cara las huellas del sufrimiento y el hambre—. y los pueblos agrícolas, donde
la desconfianza natural de los payeses frente a las utopías social-comunistas
les ha permitido con toda clase de arbitrismos perfectamente ilegales por lo que
se refiere al gobierno de Negrín, pero absolutamente justos y lícitos; comer más
o menos y ayudar indirectamente al triunfo de las armas nacionales. Negrín no ha
podido con el individualismo magnífico de nuestros payeses. Frente a ellos murió
la inflación y ellos destrozaron la moneda roja por negarse a aceptar los
montones de papel, que con tanta prodigalidad eran ofrecidos. La tradición del
Derecho romano, que se mantiene tan viva en el campo de Cataluña, con las
variantes que lo perfeccionan, del derecho privado-.catalán, han" sido un
valladar absoluto a las locuras anarco-comunistas. Estos payeses, que son la
tradición, eterna de este país, han realizado una labor magnífica.
Estos pueblos de La Maresma, pues, están magníficos, pero en este momento sufren
de incomunicación. Tiramos, desde el coche que pasa velozmente por las
poblaciones, unos ejemplares de La Vanguardia Española en Mongat, en Mataró, en
Arenys de Mar, en Canet, en Pineda, en Malgrat y observamos la lucha que se
produce, entre la gente de las calles para apoderarse de un número del
periódico. La pobre gente —que tuvo una radio escondida en el desván y ahora la
ha sacado con la petulancia natural de la persona que ha llegado finalmente a
una zona de seguridad— se encuentra hoy con la imposibilidad de tener
información, por falta de luz y de fuerza. Están pidiendo noticias. Ya las
tendrán. Es cuestión de días, quizá de horas. Todo va restableciéndose. En todo
caso hemos de decir que de todo lo que conocemos de la Cataluña liberada, esta
parte de La Maresma nos ha parecido la más feliz, la de vida más tranquila y
sosegada, la que ha recobrado con más rapidez el ritmo de la normalización.
El Tordera
Abandonamos la costa, y el coche, por la carretera general de Madrid a La
Junquera, penetra en el interior. Hemos de pasar el Tordera. El puente está
volado. Casi todos los puentes están volados. Este del Tordera es importante. El
regimiento de pontoneros de Zaragoza está acampado bajo los chopos, construyendo
un puente provisional. ¡Muchachos magníficos estos pontoneros, qué tantas veces
han trabajado bajo las balas con una eficacia extraordinaria! ¡Qué buenas caras,
qué salud, qué musculaturas tensas! Nos piden noticias. Todo el mundo pide
noticias. Ahora, en este momento, en Cataluña, la incomunicación es lo que más
impresiona a todo el mundo.
Pasamos el Tordera en el puente de barcas y nos encontramos, en la otra parte,
con un rebaño de dos o tres mil prisioneros que, conducidos por una pareja de la
Guardia Civil, marchan, a pie, hacia Barcelona. El contraste con nuestras tropas
es indescriptible. Primero, sorprende la mezcla de viejos y de jóvenes, de
hombres de pelo cano y de niños. Todos van arrastrando los pies y los harapos,
con una tremenda actitud de desaliento y de melancolía. ¿Por quién ha luchado
esta gente? ¿Dónde está la mirada altiva y soberbia del vencido auténtico? Todos
fueron vencidos de antemano e hicieron la guerra a la fuerza y de cualquier
manera. Pasamos las colinas dulces de la margen izquierda del Tordera y entramos
en La Selva. Vidreras. Hay un campamento de Legionarios en las afueras del
pueblo. El paisaje es de una calma y de una suavidad indescriptibles. Es
imposible imaginar aquí, sobre esta tierra antigua, la ferocidad del comunismo
ni los dolores desgarrados de la guerra. Sin embargo, las apariencias engañan.
Todo esto lo ha vivido este país verdemanzana salpicado del verde oscuro de los
pinares y de los alcornoques de hoja perenne. Pensando en esta tierra tan amada
y tan conocida de la persona que escribe estas líneas, construimos en otros
tiempos apologías entusiastas de la vida del cazador de liebres y elogios un
poco enfáticos de la buena cocina. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Volverán algún día?
Aquí soñamos, hace años, hacer la vida de pueblo y salir por la tarde con el
cura y el farmacéutico a dar largos paseos a] sol, hablando de las cosas de
siempre. Aquí vimos el crepúsculo de nuestra adolescencia y hemos soñado en la
aparición de la estrella de la noche y en el verso de Lamartine, tan elegante y
sugestivo
Pále étoile du soir, messagére loinlaine...
Palamós
Por el valle de Aro, tan bien situado entre las montañas de las Gabarras y el
mar, llegamos, atravesando un paisaje de huertos y de olivos plateados, a
Palamós. Sobre el pueblo se presenta la curva fabulosamente graciosa de su
bahía. El pueblo, blanco y dorado, tiene bajo el sol y la luz maravillosa de la
mañana una apacibilidad estática. Uno piensa en las islas griegas, en los viejos
paisajes de las Ciclades o de Creta. Hay un «cargo» monstruoso naufragado en la
bahía. El pueblo, al llegar, nos parece deshabitado y vacío. Hay muchas casas
destruidas. La gente, huyendo de los bombardeos y del terror, ha marchado al
interior, y la población ha quedado solitaria y triste. En la carretera
encontramos a la gente que vuelve al pueblo. Va arrastrando sus paquetes por el
camino. Pero la cara iluminada de hombres y mujeres lo dice todo. La gente tiene
la sensación de haber sido liberada y vuelve confiada a su fuego apagado y
maltrecho.
En La Bisbal encontramos el primer almacén de Auxilio Social, por decirlo así,
de primera línea. Gran cola en la puerta. Los ojos de mi buen amigo se iluminan.
¡Esto marcha!— dice mi viejo amigo. Hay pan en abundancia, sardinas, higos secos
y almendras. La gente sale con la gorra llena de vituallas. Los elementos de
Auxilio Social organizarán, mañana un comedor para dar comida caliente. El
entusiasmo es grande. Ya en La Bisbal, se ve, al lado de las ruinas humeantes
dejadas por la brigada Lister, nuestra propaganda mural.
A La Bisbal llegan, lejanos, pero reales, los ruidos sordos del frente. Se oyen
los zumbidos de los cañones, el ruido tremendo de los bombardeos aéreos. Se ha
conquistado Torroella de Montgrí, se está envolviendo la vieja fortaleza de la
época real catalana, Santa Catalina, y las tropas marchan hacia Figueras. A
quince kilómetros del frente la vida ha reanudado su ritmo. El payés sale con su
yunta a arar el campo. Un pequeño pastor monta la guardia de unas vacas
pacificas. Una vieja tartana se tambalea sobre la carretera. En la tarde fina
todo se dibuja, hombres, animales, plantas, con una precisión exquisita.
Sentimos una ternura activa por todo lo que nos rodea. Este es nuestro país.
Aquí nacimos, aquí fuimos bautizados, aquí hemos vivido los años de
adolescencia, aquí tenemos a nuestros antepasados soñando el sueño eterno. Aquí
vimos, desde un pequeño monte de los alrededores del pueblo, arder las iglesias
de otros siete pueblos. ¡Qué día! Fue el 19 de julio de 1936. Fue quizá el día
de más emoción de nuestra vida. ¿Por qué quemaron estas iglesias? ¿Por qué
incendiaron el altar mayor de Palafrugell, que está en todas las historias del
arte como uno de los especímenes del arte barroco, churrigueresco, más
brillantes y más típicos del mundo? El espectáculo de la destrucción inútil nos
anonada, nos aplasta. ¿Por qué estos hombres han hecho esto?
Siete pequeñas iglesias, pues,
ardían el 19 de julio de 1936 y yo presencié el espectáculo de esta destrucción,
impotente. Todas estas iglesias tenían a su lado unos minúsculos cementerios,
con viejos y agudos cipreses sobre sus paredes doradas y antiguas. En estos
cementerios están mis antepasados enterrados para siempre... si es que les
dejaron dormir el sueño eterno. No quiero saberlo.
Gerona
Seguimos a Gerona, pero en el hostal de La Pera —se ve el pueblo de La Pera,
patria del general Savalís, sobre un prado de una coloración acuosa, y suave— la
carretera está interrumpida. Hemos de volver atrás, porque los puentes, están
cortados y no han sido aun reconstruidos.
Vamos a Cassa de la Selva
desde La Bisbal, por Santa Pallayá. Carretera de montaña, alta, con muchas
curvas, Cuando llegamos al puerto se ve una gran extensión de tierra, cultivada,
limpia, ordenada, magnífica. A flor de tierra palpita la eternidad de un orden
jurídico. Al fondo se ve el mar, las Islas Medas —donde en nuestra adolescencia
comimos tantas y tan sabrosas sardinas— y el golfo de Rosas, que nos deslumbra
con su luz de sol encendido. El panorama es soberbio, pero romántico como todos
los panoramas, de un sintonismo desorbitado y envolvente. Contra el panorama
romántico, lo más sano es la buena cocina clásica, concreta y antigua que se va
ya — ¡ay!— perdiendo. En ¡este mundo de hoy todo es demasiado panorámico.
Bueno; llegamos a tierras de Gerona, después de pasar por Cassá de la Selva,
donde hay otro magnífico- campamento de legionarios y una oficina de Auxilio
Social que ya funciona admirablemente. Vamos siguiendo hacia Gerona la margen
derecha del río Onyar, que desarrolla unas curvas muy bellas y tiene unos
árboles de una caligrafía esbelta. De pronto aparecen las primeras casas bajas
de la ciudad y sobre ellas el campanario gótico de San Feliu y el de la
Catedral, con el ángel decapitado por una bombarda francesa. ¡Gerona! ¡Cuántos
recuerdos! Aquí estudiamos el bachillerato, estuvimos internos en un colegio,
discutimos con un ardor pueril a Santo Tomás y a Kant y a don Arturo
Schopenhauer, que nos pareció siempre demasiado divertido, intelectualmente,
para ser pesimista; a Rusiñol, al escultor Arístides Maillol, el gran escultor
francés, a toda una tropa de gentes magníficas.
Gerona es hoy un campamento.. La música de la cuarta de Navarra toca aires del
Baztan en la Plaza de las Coles, que luego fue Rambla de la Libertad y luego ha
tenido innumerables nombres, según la situación política. En el café Norat,
donde aprendimos a tomar café, no han dejado ni las cucharillas. En el hotel del
Centro no hay nada, no se encuentra nada. Los cronistas de guerra nos habían
dicho que una tercera parte de la población está destruida. Cuantitativamente es
exagerado. Cualitativamente, los rojos han destruido la Gerona moderna, es decir
las fuentes de vida. La fábrica de Portabella está hecha polvo. ¡Y tantas otras
cosas! Gerona produce una impresión tremenda. En la algarabía campamental de la
población, salpicada de boinas rojas, sentimos una sensación de soledad y de
abandono indescriptibles. La Gerona de nuestra juventud, la que conocimos y
amamos tanto, tendrá dentro de poco un perfil, un espíritu, un alma distinta.
Este arrasamiento actual, ¿qué formas de vida creará con el tiempo?
Al anochecer regresamos a Barcelona por la general de Madrid. Camiones a cada
paso. Puentes volados, más o menos restablecidos. En la carretera, los faros de
los coches hacen unos juegos estupendos. La carretera está llena de vida. A su
alrededor el campo entra en una paz y en un silencio indiferentes.
|