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Juan Bassegoda Nonell, Dr
Arquitecto Hon FAIA
La historia de la
arquitectura se ocupa en describir la época, el estilo y los arquitectos
de los monumentos más destacados. La historia de la restauración explica
cuándo y cómo fueron reparados los daños que el tiempo y los hombres
infligen a los edificios. Ambas constituyen partes de la ciencia
histórica, y en especial de la historia del arte, que con la exposición
razonada de los métodos constructivos y de los diversos tipos de
edificios, constituyen un motivo de goce de los estudiosos que aprenden a
saber más sobre las insignes edificaciones antañonas.
En el caso de la presente comunicación el plan es radicalmente distinto,
pues se trata de explicar cómo una ola de barbarie destruyó buena parte
del patrimonio artístico, especialmente en lo que se refiere a los
edificios religiosos en Cataluña, en el lapso 1936-1939.
La enorme riqueza artística de Cataluña, que cuenta con monumentos desde
la prehistoria hasta el momento actual, ha sufrido daños en muchas
ocasiones.
Las guerras, revoluciones, los fenómenos naturales, han ido mermando este
singular conjunto de arte. En los tiempos recientes es cuando más fuertes
y lamentables han sido los desperfectos y pérdidas.
En primer lugar la francesada de 1808 a 1814, cuando a las múltiples
destrucciones por causa de la lucha armada, se unió el expolio sistemático
de obras de arte, previamente planificado, que pasaron a manos de los
invasores.
Luego vino la funesta Ley de Desamortización de los Bienes Eclesiásticos
de Juan Álvarez Mendizábal, que sacó a la pública almoneda todos los
conventos y casas de religiosos de Cataluña. No fue una destrucción
inmediata, aunque en sus inicios se produjeron grandes incendios el día de
San Jaime de 1835 en Barcelona, Reus y otras ciudades catalanas, sino el
sucesivo uso inadecuado de los monasterios que, faltos de cuidados, se
fueron arruinando, y en otros casos, convertidos en corralizas o establos,
sufrieron daños continuos y persistentes.
Cuando las guerras carlistas hubo de nuevo sensibles pérdidas y
modificaciones de iglesias que en ocasiones se fortificaron,
desfigurándolas.
En el siglo XX se dio el caso lamentable de la Semana Trágica, en julio de
1909, cuando los conventos de Barcelona fueron en gran parte incendiados.
Pero nada fue comparable con lo que sucedió en el curso de la guerra civil
de 1936 a 1939, en la zona que unos llamaron republicana y otros roja.
Nunca en la dilatada historia de Cataluña se había producido un conjunto
de daños tan sistemáticamente organizado.
Diversos estudios sobre documentos redactados por miembros de uno y otro
bando, permiten, a más de tres cuartos siglo de los hechos, hacerse cargo
de lo que representó aquel terrible período.
Este texto podría reducirse a una simple enumeración, ciudad por ciudad,
pueblo por pueblo, de lo que se destruyó en aquellos años. Sería un frío
documento estadístico que no puede ser exhaustivo dada la extensión
prevista del texto. Deberá completarse en fichero de todo lo que pasó en
cada lugar, aunque esta es tarea de seminario de investigación que por
monótona que sea debe realizarse, so pena de torcer el auténtico sentido
de la historia.
Es necesario olvidar, perdonar y reconciliarse, pero esto no está reñido
con la verdad histórica que en forma de frío documento ha de conservarse
en los archivos históricos. Olvidar la pena, pero no la culpa. Un sentido
cristiano ha de presidir este tipo de estudios, por lo que enumerar los
destrozos no es con propósito de despertar instintos de venganza o de
rencor, sino por la razón de la historia que debe permanecer con lo bueno
y lo malo. Muchas cosas fueron olvidadas, y buena prueba de ello es que se
redacte esta ponencia, y olvidadas a conciencia. Las famosas checas de
Vallmajor y de San Elías fueron desmanteladas y no quedan de ellas más que
algunas fotografías en contraste con los campos de concentración nazis,
muchos de los cuales son cuidados y restaurados constantemente para
mantener vivo el recuerdo de lo que allí sucedió. Se da la curiosa
circunstancia que el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, ha
sido incluido en el Patrimonio Arquitectónico Mundial de la UNESCO, junto
a los más destacados monumentos de la historia.
Pero se hace necesario tratar de entender un poco la razón y la sinrazón
de tanta barbarie.
Aunque hubo daños también en casas particulares y edificios públicos, así
como en monumentos de carácter profano, fue en los edificios religiosos
donde se centró principalmente el odio destructor.
La persecución sistemática de lo religioso por parte de los triunfadores
de la revolución antifascista contrasta con los intentos, inútiles las más
de las veces, de salvar el patrimonio arquitectónico por razones
culturales y artísticas, dándose entonces la paradoja de un gobierno
autónomo, el de la Generalidad de Cataluña, que intentó un vasto plan
teórico de defensa como medida de urgencia para evitar la continuidad de
los incendios iniciados el 19 de julio de 1936.
Para explicar lo inexplicable se habla siempre de incontrolados que serían
los únicos responsables de los incendios sacrílegos, mientras las
autoridades, tanto del gobierno central como las del autónomo, solamente
intentaron evitar el estrapalucio.
Si así fuera, unos gobiernos que tenían que ir a la zaga de unos
incontrolados eran sencillamente unos gobiernos que no controlaban nada,
por lo que su calificación de gobierno resulta gratuita.
En 1971, en tiempos de la tan traída y llevada censura de prensa, se
publicó por "Editorial Pórtic" de Barcelona, dentro de la "Col•lecció
Llibre de butxaca" n° 36, el texto de Miquel Josep i Mayol titulado "El
salvament del patrimoni artístic de Catalunya durant la guerra civil". En
este volumen, de más de 150 páginas, se trata de justificar lo
injustificable y resulta paradójico que se hable de salvamento del
patrimonio precisamente en la época de toda la historia que más daños ha
sufrido.
Describe el autor, que con el asesoramiento del arquitecto José Gudiol
Ricart (1904-1985), que tuvo destacada actividad en aquellos momentos, lo
sucedido el jueves 23 de julio en Barcelona cuando una multitud
heterogénea de descamisados, armada hasta los dientes se apoderó de la
ciudad. De los suburbios se trasladó al centro la masa, donde ocupó los
locales pertenecientes a los partidos de derechas, los conventos
abandonados y los domicilios de quienes habían tenido que huir, o habían
sido detenidos o fusilados.
Se apoderaron también de todos los coches y camiones del ejército y de la
mayoría de las empresas privadas.
A ambos lados de los vehículos pusieron pancartas proclamando el triunfo
de la revolución. En medio de este maremagnum de locura, el gobierno
catalán, impotente para afrontar el caos producido a causa de la
situación, con el pueblo armado en la calle con todo lo que sustrajeron de
los cuarteles asaltados después de vencer la resistencia de los
defensores, trató de proteger bienes y personas con escasos resultados.
Esto sucedía el 23 de julio, pero el alzamiento se inició en Barcelona el
domingo 19 y acabó la tarde de la misma fecha. Para detener la sublevación
los gubernamentales contaron con la Guardia Civil, los Guardias de Asalto
y los Mozos de Escuadra. Pero lo que se hizo fue armar a los que a sí
mismos se llamaban revolucionarios y que llevaban mucho tiempo preparando
la revolución. La consecuencia fue la entrega del poder a los
anarco-sindicalistas, cuyo propósito no fue sofocar un alzamiento militar,
sino cambiar totalmente la organización del país en contra de los
principios constitucionales y estatutarios en vigor entonces.
Después del triunfo de la anarquía, el gobierno catalán se limitó a
publicar una serie de decretos para defensa de bienes y personas, que no
fueron respetados. El 23 de julio se publicó un Decreto por el que se
constituía en cada localidad de Cataluña un comité, presidido por el
alcalde, bajo la salvaguarda de las milicias ciudadanas, para velar y
asegurar la conservación de los edificios públicos que el gobierno de la
Generalidad destinaba a instituciones populares, así como también de los
objetos que eran patrimonio del pueblo.
Este decreto es sumamente significativo, pues todo lo dejaba en manos de
las milicias ciudadanas, que oficialmente no tenían legalidad alguna, y
legitimaba la requisa de edificios y bienes.
Se ha querido atribuir el desastre del verano de 1936 únicamente a los
anarco-sindicalistas y a los inmigrantes, cuando en realidad la
responsabilidad fue de todos y especialmente de quienes tenían en sus
manos el gobierno. Es evidente que hubo grandes tensiones entre el
gobierno autónomo y los revolucionarios y que las ideas de unos y otros
sobre los bienes eclesiásticos o privados eran muy distintas. El primero
reguló todo lo que pudo y los segundos quemaron cuanto estuvo a su
alcance. En Barcelona se intentó, con las incautaciones, evitar daños
mayores, aunque se actuó cuando el mal estaba ya en parte consumado. En
las comarcas ni esto se logró, lo cual demuestra la falta de autoridad del
gobierno.
Las fuerzas del orden al servicio de la Generalidad evitaron el saqueo e
incendio de la catedral, San Severo, y Santos Justo y Pastor, edificios
casi colindantes con el palacio de la Generalidad, pero San Jaime, Santa
María de la Mar y Santa Ana, bien cercanos a la sede del gobierno,
ardieron como teas. El autor de esta comunicación asevera que la
Generalidad tuvo que hacer frente a la guerra y a la revolución social
vigilando que los anarco-sindicalistas y marxistas no lo atacaran por la
espalda. Por tanto no fue posible trazar un plan para evitar la
catástrofe, puesto que previamente nada se había previsto, en una clara
demostración de miopía política. Hubo que dar la impresión que la
Generalidad asimilaba las ideas revolucionarias y que los gobernantes iban
más lejos aún en la transformación social propugnada por las masas. Fue
algo grotesco y ridículo.
En tanto la poderosa CNT, dominada por la FAI, alejada voluntariamente de
los partidos políticos, perseguida por la monarquía y por la propia
república, combatida por la prensa, tanto de derechas como de izquierdas,
especialmente en Barcelona por los influyentes periódicos catalanistas de
izquierdas, no quiso soltar el poder adquirido en aquellos primeros
momentos.
Los de la CNT-FAI engallados, no estaban dispuestos a ceder en ninguna de
sus exigencias, ni en la dirección de la guerra, ni respecto a la nueva
situación establecida por ellos en Cataluña que les confió plena categoría
y autoridad máxima, reconocida por todos. Incluso las embajadas y
consulados extranjeros se dirigieron directamente a los comités para
evitar registros y requisas a súbditos extranjeros, en vez de dirigirse al
gobierno central o al de la Generalidad.
Así quedó planteada la situación inmediatamente después del alzamiento,
que se consideró causa de la reacción anarquista.
Sobre esto hay mucho que hablar puesto que los anarco-sindicalistas no
fueron inventados el 18 de julio. Existían desde mucho antes, su fuerza
era enorme y venían riéndose de los gobiernos de Madrid y Barcelona, en
espera de la mejor ocasión para hacerse con el poder.
En 1934 la Editorial Orbis de Barcelona publicó la traducción catalana de
Enric Massaguer de la obra de H.J. Chaytor, profesor de la Universidad de
Cambridge, titulada "Historia de Catalunya i Aragó".
Al final, en el Epílogo, refiere el establecimiento del Estatuto de
autonomía de 1932 y lo comenta con las siguientes palabras: "Con esto
Cataluña tiene plena autonomía local, con gobierno propio y cuerpo
ejecutivo, elegido por el pueblo, con tribunales de justicia propios y una
completa libertad para usar su idioma. Las ataduras que la unen a la
República española son de naturaleza federal; no ha habido ni actitud bien
definida, ni ruptura y no es probable que la fracción moderada de los
autonomistas quiera nada de esto. Es dudoso que Cataluña pueda pasar sin
el comercio de España. Ahora tiene delante la tarea general de emprender
una nueva vida bajo un nuevo régimen, al tiempo que el no menos importante
y dificultoso problema de tener que enfrentarse con las distintas
facciones socialistas y comunistas que quieren controlar la manera y modo
de vida en el futuro" .
Este autor británico señalaba ya en los inicios del estatuto de la
República el peligro que se hizo evidente poco después. Este peligro lo
sabía todo el mundo pero nada se hizo para evitarlo.
Un hecho es muy significativo. En Barcelona se tenía que inaugurar la
llamada olimpiada popular, opuesta a la que el Comité Internacional
Olímpico organizó en Berlín. España tenía un equipo de deportistas
dispuestos a partir hacia Berlín, pero un gobierno en la sombra preparaba
una olimpiada paralela.
De los pretendidos deportistas que acudieron a la olimpiada popular surgió
el Batallón de la muerte que combatió en la guerra civil junto a los
republicanos. Cuando en otras olimpiadas más recientes se establecieron
boicots entre grandes potencias que arrastraban a otros países, resulta
que unos participaban en unos juegos y los demás en los de la potencia
rival, pero nunca se dio el caso de un país mandando equipos a ambas
justas deportivas.
Por lo que se refiere al patrimonio artístico el tira y afloja entre
Generalidad y anarquistas llegó a tener ribetes tragicómicos. En vista de
los registros y asaltos a las casas particulares, algunos coleccionistas
se ofrecieron a entregar sus tesoros a la Generalidad amparándose en los
decretos de incautación. En algunos casos los domicilios particulares
fueron ocupados por los milicianos de tal manera que los del servicio de
salvamento de la Generalidad se vieron y desearon para tratar de
convencerles de que se trataba de obras de arte propiedad del pueblo que
convenía proteger. Así se pusieron de momento a buen recaudo las
colecciones particulares Amatller, Massana, Cambó, Vilella y Patxot.
El servicio de salvamento montó su oficina en la casa de los canónigos,
junto a la catedral, donde el arquitecto José Gudiol Ricart se ocupó en
controlar los objetos que fueron depositados en museos, archivos y
bibliotecas. El consejero de cultura, Ventura Gassol, apoyó esta
iniciativa, así como la de salvar la vida de gentes perseguidas, pero hubo
de escapar al extranjero pues su conducta no gustó nada a los milicianos.
La Junta de Museos fue disuelta y se creó la Comisaría de Museos, que se
incautó del monasterio de Pedralbes, donde se reunió un buen número de
objetos requisados. También fueron incautados el Cau Ferrat de Sitges,
varias casas de la calle de Montcada y el convento de Santa Clara. Otro de
los pintorescos decretos de la Generalidad ordenó la incautación de todos
los Santuarios y ermitas de Cataluña "destinados hasta ahora al culto y
que es conveniente aprovechar para finalidades de cultura popular" .
Este tipo de penosos decretos se daba en todos los campos y no sólo en el
del patrimonio artístico. El decreto de colectivización daba a patronos y
obreros las mismas atribuciones en las fábricas y comercios, cuya
dirección re caía en un comité elegido por todos. Pues bien, al poco
tiempo, salió otro decreto diciendo que los antiguos patronos tenían
prohibido el acceso a los comités de dirección, pues se daba el caso que
una vez en ellos, se hacían cargo de la dirección de la empresa, que
seguía funcionando como antes de la colectivización. Tragedia, comedia y
sainete al mismo tiempo.
Setenta años después de estos hechos ha aparecido el llamado estudio de la
Memoria Histórica criticando la represión de los vencedores sobre los
vencidos en la Guerra Civil, con continuos elogios del gobierno de la
República, ignorando las barbaridades que organizó entre 1936 y 1939.
UNAS IMPRESIONES PERSONALES
El 19 de julio de 1936 el autor de esta comunicación tenía seis años y
medio, era por tanto un niño. Al hacer repaso de los primeros recuerdos
infantiles ha consigue ir más atrás de 1935 cuando, en el Colegio de las
Escuelas Pías de la calle Diputación, aprendió las primeras letras. El
primer recuerdo es el aula de párvulos y un gran cartel con las letras
preparadas para ser aprendidas.
Tiene en cambio muy vívidos los recuerdos del 19 de julio de 1936 y días
siguientes. En el domicilio paterno, en la calle del Consejo de Ciento,
314, entre paseo de Gracia y Clarís, retumbaron en la mañana de aquel
domingo los cañonazos de una batería de artillería emplazada muy cerca por
los militares sublevados. Toda la familia se refugió en el pasillo central
del piso que quedaba protegido por los muros de fachada y los de carga. En
aquellos trágicos momentos el niño iba con un tablero del juego de la oca
debajo del brazo tratando inútilmente que alguien de la familia quisiera
jugar con él.
Al día siguiente se subió al terrado de la casa y pudo ver a un miliciano
trepando a lo alto del campanario de la vecina iglesia de la Purísima
Concepción, de la calle de Aragón, para colocar en su cima una bandera
roja, en tanto que el humo negro empezaba a salir por las vidrieras de la
iglesia parroquial.
Desde la galería posterior de su casa podía ver el Colegio de los
Escolapios y cómo los milicianos subieron al último piso objetos de culto
que arrojaron al patio de juego. Con gran trabajo subieron la imagen de la
Virgen de la Escuela Pía, de tamaño natural, y la situaron en equilibrio
inestable sobre el antepecho. Entonces uno de aquellos energúmenos se echó
para atrás, tomó impulso, y de un puñetazo precipitó la imagen contra el
suelo del patio, donde se hizo añicos. Visión ésta absolutamente
imborrable en la mente de un niño.
En un paseo con su padre pudo ver las momias de las monjas Salesas
expuestas en la reja de este convento del paseo de San Juan.
Luego, refugiado en Tiana, un pueblo del Maresme, recuerda una misa
celebrada de noche y en el mayor secreto por un sacerdote camuflado. La
poca luz de aquel improvisado templo no le impidió ver el fervor de los
reunidos y percibir el peligro, valerosamente asumido, de cuantos allí,
como en las catacumbas romanas, se encontraron a pesar de todo. Otros
recuerdos imborrables constituyen el hambre y el temor que acaecieron en
la zona roja. Los registros en los domicilios particulares, las
detenciones y los asesinatos. Poco después del 19 de julio un grupo de
miliciano s, pistola al cinto y pañuelo rojo en torno del cuello fijó
carteles con las siglas UGT y CNT en cada una de las puertas del referido
edificio de la calle del Consejo de Ciento, 314.
Mi padre Buenaventura Bassegoda Musté (1896-1987) fue el arquitecto
auxiliar de las construcciones de la Exposición Internacional de Barcelona
en 1929 y trabó buena amistad con el delegado de Suecia que, 1936 era
cónsul de su país en Barcelona. Fue a visitarle y consiguió que le
entregara un documento oficial por el que nuestro domicilio, en el piso
2°, puerta 1 a, quedará bajo la protección del Rey de Suecia. Fue
arrancado el cartel de la UGT y en su lugar se colocó otro con los colores
azul y amarillo de la bandera sueca. A poco una alma caritativa denunció
el hecho al Comité del barrio y casi inmediatamente una patrulla de
milicianos armados, por cierto uno de ellos blandiendo un látigo de los
trapenses con una cuerda de nudos sujeta a un palo. Aquel día mi padre
estaba fuera de Barcelona y yo recuerdo la angustia de mi madre asediada a
desagradables preguntas por los airados e insolentes milicianos.
Afortunadamente mi padre regresó entonces y pudo mostrar el documento
consular que protegió a la familia durante la guerra .
Otros recuerdos persisten, como la entrada de las tropas nacionales en
Tiana, la primera misa en la reconciliada iglesia parroquial de San
Cipriano, usada como almacén durante la guerra y la normalización de la
vida.
En Tiana me matricularon en la escuela pública del pueblo donde un
furibundo maestro manco usaba el brazo que le quedaba para blandir un
grueso trozo de correa de cuero con el que castigaba a sus alumnos
azotando sus manos o, incluso golpeando sus cabezas. Quien esto escribe,
junto a Narciso Mainar, otro niño de Barcelona de familia de veraneantes,
estábamos en la escuela muertos de miedo ya que los pueblerinos nos
miraban con desconfianza y el maestro nos tenía atemorizados. Total que
nos portábamos como auténticos santos tratando de pasar desapercibidos y
así ahorrarse el castigo de los correazos. Con el tiempo corrió la voz que
el maestro no nos pegaba porque éramos niños fascistas. El maestro para
evitar represalias nos llamó un buen día ante su tarima y puestos de pie
con los brazos extendidos nos propinó varios zurriagazos en las palmas de
las manos. Pienso ahora que Narciso y yo fuimos mártires del fascismo, a
pesar de desconocer el significado de esta palabra.
Cuando se le propuso escribir sobre ello recordó todos estos momentos,
pensando que la relación de las pérdidas patrimoniales arquitectónicas de
Cataluña deben ser recordadas, pues aquello no fue una broma, sino un
drama espantoso.
ESTUDIOS SOBRE EL TRÁGICO TRIENIO
Al tratar de reunir el material necesario se ha encontrado el autor con
grandes lagunas de información importantes y ha llegado a la conclusión
que en el período 1939-1975 no hubo un marcado interés en catalogar y
hacer pública la infinidad de disparates realizados a raíz del alzamiento.
Algunos trabajos de eclesiásticos se han ocupado del tema sin pretensiones
exhaustivas, pero por parte de la autoridad civil jamás se pretendió
llevar un registro concienzudo de todo lo perdido. Es evidente que hubo
una intención de olvidar todo lo acaecido en aras de una reconciliación.
Ahora es tiempo de tratar de ello aunque quedará muchísimo por hacer.
Quienes ahora pretenden resucitar una memoria histórica del periodo
posterior a 1939 no han tenido, ni la elegancia, ni la sensibilidad de
olvidar tantos agravios como fueron dejados de lado durante la llamada
dictadura.
En 1940 el padre Manuel Trens, Conservador del Museo Diocesano de
Barcelona y gran historiador, se propuso realizar una publicación que
explicara claramente cuál fue el proceso de destrucción de los edificios
religiosos de España en el aciago período de 1936 a 1939. A tal efecto
escribió a las distintas diócesis españolas. Su propósito era editar una
serie de fascículos con el título de "Monumentos sacros de lo que fue la
España roja". Se encargó de la materialidad de la impresión y distribución
la denominada "Ediciones del Fomento de la Producción Española",
domiciliada en el 210 de la calle de Muntaner, de Barcelona. La dirección
artística fue confiada a Ramón Marinel•lo.
En la introducción se hacía historia de la quema de conventos de 1835 y de
la Semana Trágica de 1909 con amplia información gráfica. Acto seguido se
inició el tomo dedicado a Cataluña, del que aparecieron los cinco primeros
fascículos. En el que se reunió y publicó todo lo referente a las
distintas parroquias de la Archidiócesis de Tarragona. Después la
publicación se interrumpió, pues el método de financiación eran las
suscripciones, y, en determinado momento, el editor desapareció con el
dinero y no se pudo continuar la serie.
Afortunadamente toda la correspondencia dirigida a mosén Trens se conserva
en el Archivo Diocesano de Barcelona, por lo que ha sido de gran utilidad
para el aporte de datos para este estudio. También es muy rica la
documentación gráfica en gran parte inédita. De aquella ambiciosa idea de
mosén Trens solamente se pudo poner en práctica una mínima parte, pero es
interesante ahora retomar el hilo de la cuestión más de tres cuartos de
siglo después.
En 1939 el Nuncio de Su Santidad en España ordenó que cada párroco
rellenara una encuesta donde figuraran los daños sufridos entre 1936 y
1939. Es un tremendo inventario de desastres, pero lo escueto de los
preguntado hace que se limite a una breve relación de cada caso sin
explicación de los pormenores de lo que acaeció en aquellos aciagos
momentos.
ALGUNOS EJEMPLOS SIGNIFICATIVOS EN LA CIUDAD DE BARCELONA
Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia
La catedral, en su imponente aislamiento, siempre infundió un gran
respeto, que fue su más eficaz defensa, a través de su historia, ha visto
no pocos disturbios y algaradas, que han pasado por sus callejuelas sin el
menor intento de agresión. En los primeros días de la revolución, mientras
ardían todos los templos y conventos de la ciudad, la catedral quedó
convertida en un bloque de hielo y silencio, contra el cual nadie se
atrevió a levantar la mano. Pero la revolución triunfaba, agotaba ya el
combustible sagrado, las miradas de los sin pasado ni futuro se dirigían
ya hacia el gran monumento. La Generalidad puso entonces un letrero sobre
sus muros, que tuvo la virtud de detener a la horda. Se incautó del
monumento histórico, se salvó el edificio, pero se perdieron no pocas
obras de arte sagrado.
Pérdida muy sensible por su significación histórica y por su valor
material es la desaparición de gran parte de la riqueza que decoraba la
famosa custodia gótica sobre la cual había asistido en todo tiempo la
devoción eucarística de la ciudad condal. Nada se sabe de las alhajas de
toda época y valor (pectorales, anillos, pendientes, etc.) que en número
de 102 se apiñaban por todos los lados del magnífico ostensorio.
Considerándose también completamente perdidos los brillantes que adornaban
el viril y portezuela de la custodia, que juntos sumaban una cantidad
extraordinaria. De hecho la custodia fue enviada a París para una
exposición de arte catalán que organizó la Generalidad con intención de
tener guardadas las obras de arte mejor que en Barcelona. Cuando la
custodia regresó a Barcelona faltaban 200 joyas de los que nunca más se
supo.
A toda esta riqueza desaparecida hay que añadir siete candeleros de plata,
otro juego de candeleros barrocos, otro juego de veinte, tres sacras, seis
palmatorias con sus correspondientes punteros, cuatro incensarios, dos
custodias (una de ellas gótica), un relicario de Santa Lucía, dos cálices
esmaltados, Vera Cruz sencilla. Todo ello en plata.
Más sensible todavía desde el punto de vista artístico es la pérdida del
inapreciable tríptico que se guardaba en el tesoro de la catedral junto
con las joyas de mayor precio. Se trata de una tabla importada de Italia,
justamente atribuida a Simone Martini (siglo XVI), con dos hojas en muy
mal estado de conservación, probablemente dos tablas de pintura catalana
del siglo XV Según se desprende de una carta del rey Martín, fue regalada
por dicho monarca en 1403 a la catedral.
Además fueron sacados del interior del templo y quemados en un lugar
apartado los altares del Sagrado Corazón de Jesús (moderno con el titular
esculpido por José Llimona), San Clemente, San José Oriol, San Jorge,
Nuestra Señora de Montserrat, Nuestra Señora de la Alegría, la Purísima
Concepción, con la imagen de la titular procedente del altar antiguo que
en 1603 esculpió Antonio Juan Massat y que guardó las llaves de las
puertas de las murallas que los Consellers depositaron en sus manos el año
1651, como patrona que la habían declarado y para que cesara la peste que
asolaba a la ciudad. Estos retablos eran de estilo rococó, neoclásico y
moderno. La línea artística que partía del románico hasta llegar al
moderno, señalando el rumbo y vitalidad de la iglesia madre, quedó pues
interrumpida.
Otros objetos que hay que incluir todavía en el necrologio artístico de la
catedral. De la capilla de los SS. Inocentes desapareció un hermoso cuadro
representando a la Virgen, atribuido a la escuela de Tiziano. Ha
desaparecido también un niño Jesús, de Viladomat; una importante cantidad
de indumentarias litúrgica, de entre la cual merece citarse el fastuoso
terno blanco con su juego completo de capas corales.
No todo fueron pérdidas. Aprovechando el desamparo y paralización del
culto del templo, unos estudiosos llevaron a cabo algunos trabajos de
investigación, de los cuales merece señalarse algún buen resultado.
Se sacó del olvido la espada del Condestable Pedro de Portugal, magnífico
ejemplar de la armería medieval, adornada con puño dorado y presentando en
la hoja la siguiente inscripción: "Peine pour joie", divisa del
Condestable.
En la capilla del gremio de estereros, cuyo titular es San Bernardino, se
encontraron unos fragmentos de retablo gótico que en el siglo XVIII fueron
utilizados para la construcción de los bancos de dicha capilla. Estos
fragmentos formaron parte de un retablo dedicado a San Bernardino, obra
indudablemente del gran pintor catalán Jaime Huguet (Siglo XV) y una de
las mejores de su producción conocida. Se ha podido recomponer casi
íntegra la escena de la Crucifixión y detalles de pasos de la vida del
Santo. También fue objeto de investigación el sepulcro de Santa Eulalia:
en el interior del famoso sepulcro existe otro más pequeño de piedra
vulgar y casi sin estilo por carecer de toda decoración, corriendo
únicamente al borde de la cubierta una inscripción.
Huelga decir que dentro del mencionado sarcófago se encontraron los restos
de la Santa. Otro de los objetos desamortizados es una mitra gótica de
gran interés para el estudio de la indumentaria litúrgica por ser pocas
las que se conservan de esta época.
La fábrica de la catedral también sufrió los rigores de la guerra. Una
bomba de avión abrió un ancho boquete en la bóveda de la nave lateral
derecha y rompió los vidrios de los ventanales contiguos sin perdonar a
los que se cerraban las aberturas del cimborio.
Quien esto escribe ejerció de arquitecto titular de S.I.Catedral Basílica
entre 1969 y 2003, año en que se jubiló siendo nombrado arquitecto emérito
de la catedral, recibiendo de manos del Cardenal Arzobispo la medalla "pro
Ecclesia et Pontifice" que se dignó concederle S.S., Juan Pablo II.
Mediante una conversación oportunamente grabada con el sacristán de la
catedral, Luis Ramón Merino, el 9 de enero de 1981, se tiene puntual
noticia de lo sucedido en aquel lugar, y completa los datos facilitados
por el cabildo al término de la guerra.
Luis Ramón Merino y Juan Alegret actuaban como sacristanes de la catedral
y pernoctaban en la monjía, que es la dependencia que, ampliada
posteriormente por el arquitecto Adolfo Florensa, sirvió de convento de
las monjas que atienden el culto de la catedral. La noche del sábado 18 al
domingo 19 de julio de 1936 la pasaron en la monjía, pues a las 6.00 horas
tenían que abrir las puertas de la catedral.
Antes de esta hora oyeron ya los tiroteos y descargas en la ciudad. A las
seis Luis se situó en la puerta principal y Juan junto al teléfono por si
había alguna llamada.
Al abrir la puerta principal Luis se topó con el fabricante de paraguas
Sr. Carballo, que tenía una tienda en la desaparecida calle de la Corríbia,
frente a la catedral. Carballo le dijo que estaba horrorizado, que en la
plaza de Cataluña había caballos muertos. y el Ejército estaba frente a la
Telefónica. Se encontró al padre Dr. Mas de Xaxás que iba para el convento
de Santa Clara para decir misa, pero que en vista de la situación
regresaba a su casa. Estuvieron hablando hasta las ocho de la mañana y se
disponía Luis a cerrar de nuevo la puerta, pues nadie había acudido a la
catedral, cuando por la calle Corríbia llegó un destacamento de milicianos
que le gritaron: "¡Dentro o fuera! ". Luis entró, cerró la puerta y oyó
una descarga de fusiles con algunas balas que penetraron por las
vidrieras.
Media hora o tres cuartos más tarde un avión ametralló la catedral y
rompió la claraboya de la escuela de monaguillos junto al campanario del
sur.
Al rato llamó uno de los sacerdotes de la catedral, mosén Elías, que
acostumbraba a echar grano a las palomas de la plaza y le pedía a Luis que
lo hiciera en su lugar. El sacristán respondió que no estaba la cosa como
para alimentar pájaros.
Alegret y Luis subieron por la escalera del campanario para ir a desayunar
a la monjía, pero al abrir la puerta del terrado, los mozos de escuadra
que estaban en la azotea de la Generalidad les conminaron a que se
retiraran.
Alegret tenía un aparato de radio con el cual estuvieron escuchando las
noticias hasta las 10.45 h., cuando llamaron a la puerta de la Piedad.
Toda vez que no había mirilla, preguntó Luis quién estaba allí y le
respondieron que las fuerzas de orden público. Al abrir se topó de manos a
boca con el comandante Enrique Pérez Farrás (1885-1949), que fue jefe de
los mozos de escuadra en 1931, dirigió la lucha en la Generalidad cuando
los hechos de octubre de 1934, cayó prisionero y fue condenado a pena de
cárcel en Cartagena. En 1936 fue liberado y se reincorporó al mando de los
mozos de escuadra. Más tarde organizó con Durruti la columna contra
Zaragoza. Murió en México en 1949. Pérez Farrás mandaba un destacamento de
50 mozos de escuadra de paisano. Se dirigió a Luis y le conminó a que le
dijera si había alguien que disparara desde la catedral. Luis dijo que no,
pero no fue creído y los mozos de escuadra subieron a la azotea a
comprobado. Al llegar al final de las escaleras y abrir la puerta Pérez
Farrás, Alegret y Luis fueron de nuevo hostigados por disparos de fusil
desde la Generalidad y la Jefatura de Policía. Los mozos de escuadra
querían repeler la agresión pero Pérez Farrás les dijo que se matarían
entre ellos, pues los otros les habían tomado por sublevados.
Arrastrándose por el suelo escondidos detrás del antepecho de la girola
pasaron hacia el campanario del reloj, ya que en aquella zona el tiroteo
era más vivo. Subieron a lo alto de la torre del reloj ya medio camino
sonó la campana del primer cuarto para las doce y Pérez Farrás creyó que
alguien hacía sonar la campana. Luis le indicó que el reloj era
automático, que allí no había nadie más que ellos. Cuando asomaron en lo
alto del campanario, alguien desde el Centro de Dependientes de Comercio
de la calle de Mercaders se apercibió de su presencia y les disparó con el
fusil. La bala dio un palmo por debajo del antepecho del ventanal de la
torre .. Un poco más arriba y hubiese alcanzado al mozo de escuadra
asomado.
Volvieron para abajo y cuando estaban en la escalera del campanario uno de
los mozos disparó contra Luis. Por fortuna fue en el momento que iniciaba
la bajada de un escalón y la bala sólo le rozó el cuero cabelludo
dejándole un quemadura importante. Pérez Farrás reprendió al mozo de
escuadra que se excusó diciendo que se le había disparado fortuitamente el
arma. Esta fue la segunda vez que la vida de Luis Ramón Merino estuvo en
evidente peligro.
Terminado el registro, Pérez Farrás y su tropa se fueron, ordenando que no
abrieran a nadie.
El resto del domingo lo pasaron Luis y Alegret escuchando la radio. La
madre de Luis, que vivía en la calle de la Frenería, dio varias vueltas en
torno de la catedral tratando de ver a su hijo.
El lunes día 20 nadie se presentó en la catedral hasta las 11 horas en que
alguien llamó a la puerta de la Piedad. Acudió Luis y preguntó de quién se
trataba. Era el canónigo Magistral don José Portales. Cuando le abrieron
contó que venían de fuera de Barcelona y que, al subir por la Rambla, vio
la iglesia de Belén ardiendo.
Indicó el magistral a los sacristanes que abandonasen la catedral, pues
peligraba su vida. Salieron Alegret y Luis por la puerta de San Ivo, única
que tenía cerrojo practicable desde fuera, y dejaron la catedral cerrada.
Solamente diez minutos después de estar en su casa de la calle de la
Frenería, fue en su busca una pareja de guardias de asalto, con el
consiguiente susto de la madre de Luis. Los guardias tranquilizaron a la
madre diciéndole que solamente necesitaban a Luis para abrir las rejas de
las distintas capillas.
Fueron a la catedral y reconoció al sargento que mandaba los 24 guardias
de asalto que entonces ocupaban la catedral. Este sargento había estado
muchas veces de vigilancia en la catedral, pues una pareja la custodiaba
continuamente, de día por el claustro y de noche por los alrededores.
Pidió a Luis que le abriera las rejas de las capillas y en ello estaban
cuando se presentaron tres individuos armados de la FAI preguntando si
Luis era el sacristán. Entonces quisieron fusilarlo allí mismo, en las
escaleras del presbiterio frente a la puerta de la sacristía. El sargento
de asalto se opuso diciéndoles que si no dejaban tranquilo al sacristán
los fusilados serían ellos. Esta es la tercera vez en que Luis Ramón
Merino estuvo a punto de perder la vida en el curso de 48 horas y el
intento demuestra el estado de total anarquía existente en la ciudad.
Estuvieron tres cuartos de hora abriendo capilla tras capilla para
registrarlas, cuando se presentaron ante el guardia de asalto que estaba
de vigilancia en la puerta de San Ivo, unas patrullas de control con la
pretensión de llevarse al sacristán. Una vez más el sargento de asalto
salió en su defensa diciendo que no podía entregarles a Luis puesto que
necesitaba de sus servicios. Los de la patrulla insistieron alegando que
sólo querían interrogarle y que lo devolverían muy pronto. El sargento
manifestó que si querían interrogarle lo hicieran allí mismo, pues no
permitiría a Luis dejar la catedral. Hubo una pelea verbal en la que los
patrulleros amenazaron con traer refuerzos y llevarse a Luis pues querían
interrogarle para que facilitara direcciones e información varia. Luis
Ramón Merino manifestaba que, después de a Dios, a aquel sargento debe la
vida, aunque ignora su nombre. Después de la guerra lo vio en una ocasión.
Le contó que había huido a Francia cuando la guerra y que fue excluido del
cuerpo. Luis le dijo que si en alguna ocasión podía ayudarlo que
dispusiera de él, ya que tanto le debía. No volvió a verlo nunca más.
Dentro de la Catedral Luis se dio cuenta que habían roto la urna de
cristal que contenía el cuerpo de San Olegario, en la capilla del Cristo
de Lepanto, por lo que pidió a los guardias que le permitieran enterrar
aquella y otras reliquias conservadas en la catedral.
Le dieron permiso y Luis recogió el cuerpo del santo obispo, las reliquias
de los Santos Inocentes así como cuerpos del conde Ramón Berenguer y de la
condesa Almodis. Acto seguido las enterró en la cripta llamada de los
canónigos debajo del coro donde estuvieron hasta 1939.
El sargento mandó dos guardias a casa de Luis para que llevasen a la madre
a la catedral, donde llegó muy alterada temiendo por su hija. El sargento
le dijo que buscase un lugar para esconder a Luis, pues su vida corría
peligro. Le pidió que volviese de madrugada, si había encontrado un
escondite, y que Luis saldría de la catedral.
El escondrijo se halló en casa de la madrina de bautismo de Luis y a las 2
de la mañana del 21 de julio salió de la catedral pasando al domicilio de
su madrina donde permaneció 4 ó 5 meses hasta que fue denunciado por
algunos vecinos que lo tomaron por un seminarista. Entonces volvió a su
casa.
El problema era su falta de recursos, de la catedral obviamente no
percibía nada, su madre era viuda y tenía una hermana menor. Entonces
acudió a don Jerónimo Martorell Tarrats, arquitecto del Servicio de
Monumentos y le pidió trabajo. Martorell lo colocó en el recién creado
Servicio Guardamuebles, del que durante años conservó el carnet nº 1. Este
servicio estaba encargado de recoger obras de arte y enseres de valor para
llevados a lugar seguro. La mayoría procedían de casas religiosas o
particulares. Luis Ramón fue funcionario de este servicio hasta 1939.
Volvió Luis a la catedral y pudo ver cómo, desmontados por personal de la
Consejería de Cultura de la Generalidad, todos los retablos modernos de
las capillas, siendo acto seguido rotos y tirados para leña. Entre otros
se perdió el del Sagrado Corazón, el de la Virgen del Remedio, de la
Virgen del Pilar, etc.
Inmediatamente después de la guerra se reincorporó a su tarea de sacristán
encontrando diversos doseletes de la sillería del coro desmontados y la
bóveda perforada por una bomba de aviación.
El 2 de febrero de 1939, festividad de la Purificación, se pudo celebrar
ya la santa misa en la capilla del Cristo de Lepanto y por Santa Eulalia,
el12 de febrero, se dijo en el altar mayor restaurado. El ara magna estuvo
durante muchos años apoyada sobre dos capiteles paleocristianos montados
uno encima de otro con un antipendio de mármol con los símbolos de la
Pasión. En 1936 el altar fue desmontado, dejada el ara en el suelo y
retirados los capiteles que habían sido colocados ya en posición normal
por el canónigo don Eugenio Rodríguez, antes de la guerra.
Mientras no se recuperaron los capiteles sustraídos, el ara magna fue
sostenida por dos pilares de ladrillo escondidos detrás del antipendio o
frontal. De este modo se celebró la misa de Santa Eulalia en 1939.
Cuando se celebró la exposición de arte catalán en París, buen número de
objetos de la catedral fueron llevados a Francia. La exposición se celebró
a comienzos de 1937.
Luis Ramón Merino no estaba cuando se llevaron los objetos, pero sí a su
regreso. Siendo embajador de Francia en España el mariscal Philippe Pétain
en 1939 visitó la catedral de Barcelona y el canónigo obrero don Gaspar
Vilarrubias expuso al embajador que la custodia gótica de la catedral
seguía en París, donde había figurado en la exposición mencionada. Pétain
prometió como embajador y como católico que la custodia regresaría antes
de un mes. Así se cumplió y el objeto sagrado volvió a la catedral, aunque
faltaban 102 piezas de joyería que la adornaban, como más arriba queda
dicho.
La catedral permaneció tres años sin culto e incluso las ocas del estanque
del claustro fueron expulsadas y llevadas al zoológico.
Este documento, inédito durante decenios, revela el estado de cosas en
Barcelona en aquellas fechas. Los mozos de escuadra y los guardias de
asalto protegieron la catedral y San Severo, así como Santos Justo y
Pastor por su inmediata proximidad con el palacio de la Generalidad que
aparece como una fortaleza sitiada.
Como complemento de lo expuesto respecto a los primeros momentos de la
revolución en la Catedral hay que añadir una lista de objetos perdidos a
raíz de la desafectación de la Seo.
Los altares considerados de poco valor fueron sacados y quemados en lugar
escondido. Este fue un subterfugio para poder decir que solamente se
dejaban los de valor artístico, triste añazaga para tranquilizar a los
milicianos.
Parroquial Basílica de Santa María de la Mar
La tragedia artística más sensible y más sentida que ha sufrido la ciudad
de Barcelona es el incendio y saqueo de la famosa basílica de Santa María
de la Mar, que en todos los tiempos y algaradas había siempre infundido un
respeto catedralicio. Por sus corporaciones, por su historia, por la
simpatía barcelonesa que había patinado sus muros, este templo es la
segunda catedral, la catedral menestral de Barcelona. Desembarazada por
completo su nave media, ofrecía su interior un aspecto grandioso y
despejado que sobrecogía y borraba toda impresión y recuerdo profano; las
antiguas vidrieras de sus ventanales le daban una entonación suavísima, y
el brillante barroco del altar mayor regocijaba armoniosamente su
severidad rectilínea. En medio de un sacrílego Gaudeamus Santa María, la
As unta, emprendió definitivamente el vuelo junto con sus nubes y ángeles,
con su tesoro y reliquias históricas, acompañada del inmenso órgano, de
los retablos y de los santos que la ciudad no merecía tenerlos en su seno.
Entre otros objetos de valor cabe recordar un copón de plata muy
interesante, torneado, nudo en forma de jarrón, cruz de orden militar,
marca barcelonesa.
Una magnífica bandeja de plata en cuyo centro figuraba, en bajo relieve,
el escudo de Santa María de la Mar, bordes decorados con deliciosos
grutescos, marca: SANROMA.
Hierro con montura de plata en sus extremos, que se guardaba como
fragmento de la parrilla de San Lorenzo.
En el archivo de la Comunidad fueron destruidos los siguientes objetos;
una espléndida imagen de San Aquilino de Milán, con la espada al cuello;
cuatro tablas bastante interesantes con pasos de la vida de San Isidro,
siglo XVI; cáliz gótico de plata dorada, pie lobulado con cruz
barcelonesa; "De Ntra. Sra. de las Neus"; cáliz gótico de plata dorada,
pie poligonal muy decorado con esferas estriadas; cáliz gótico de plata
dorada, pie lobulado en el que figuraba incisa la Virgen del Rosario con
nimbo de granos de rosario, y además la cruz y otros temas decorativos; "Queralt
de Puig m'ha fet"; otros cuatro cálices de plata dorada estilo
renacimiento y otro estilo rocaille; dos telas pintadas muy interesantes;
Santo Tomás de Aquino ceñido por los ángeles y San Raimundo de Peñafort
navegando sobre su manto; candelabro (tenebrario) para los maitines de
Semana Santa, muy interesante desde el punto de vista artístico y
litúrgico; estilo barroco y grandes proporciones, madera pintada y dorada
con escudo de Santa María de la Mar; dos bustos (en forma de relicario)
muy hermosos, de madera plateada, representando a dos obispos, siglo XVII;
relicario de San Pancracio, de espléndida talla dorada y estilo imperio.
El fuego devoró todo el archivo de la Rvda. Comunidad y de la parroquia.
En particular el de la Comunidad era riquísimo en documentos, manuscritos,
música, incunables. Basta recordar solamente el tan conocido "Llevador del
plat dels pobres vergonyants" con una miniatura inicial del siglo XIV muy
hermosa. Una fuente importantísima de la vida barcelonesa secó para
siempre. Muchas son las miniaturas que desaparecieron, sin Contar los
sellos metálicos, algunos de ellos góticos.
La fábrica del templo fue duramente maltratada por el fuego que vomitaban
los altares, órgano, tribuna y coro incendiados. Los muros contiguos a
estas piras resultaron bárbaramente calcinados. Las magníficas claves de
bóveda fueron roídas por la lepra roja. Algunas de las antiguas vidrieras
quedaron destrozadas. El altar mayor quedó convertido en un montón de
ruinas. Era un magnífico altar barroco construido en madera y mármoles de
diferentes colores y a manera de colosal baldaquino para proteger la
imagen de la Asunción de la Virgen María. Empezó a construirse el 23 de
agosto de 1771 bajo el proyecto de Deodato Casanovas (1715-1793), y fue
inaugurado el 2 de junio de 1782. Las imágenes de la Virgen y de los
Patriarcas que en él figuraban eran debidas al escultor Salvador Gurri.
Junto con el altar ardió el magnífico coro que se hallaba detrás de él y
que antiguamente había ocupado el centro de la gran nave. Tallaron su
sillería los escultores Francisco Janer y Jaime Amargós.
Seguía en importancia el órgano, grandioso, instalado al lado del
Evangelio. El mueble era de puro estilo renacimiento, con aspecto de
retablo, pero con tuberías en lugar de plafones, propio de fines de siglo
XVI o principios del XVII. Fue reconstruido por los organeros franceses
Pedro y Domingo Cavaillé, fugitivos de la revolución francesa, los cuales
empezaron el órgano (aprovechando sin duda el mueble antiguo) en 1794,
terminándolo cuatro años más tarde. Debajo de la consola pendía la típica
cabeza de turco, o "carassa", tan popular en los grandes órganos del país.
Frente al órgano había la tribuna destinada a los Reyes y construida por
Rafael Gallart en 1672. Dos años después se extendió el privilegio a los
virreyes, construyéndose al efecto la galería, que atraviesa la calle de
Santa María y comunicaba entonces con el palacio que ocupaban los virreyes
de Cataluña y que fue destruido por un incendio en 1875. Esta tribuna de
aspecto muy artístico y complicada crestería ocupaba el espacio de tres
capillas.
Todos los altares sin excepción fueron pasto de las llamas. Ninguno de
ellos tenía mérito excepcional, pero guardaban obras de arte muy
preciadas. Además de la afectuosa imagen de la Asunción del altar mayor,
obra de Salvador Gurri, fueron destruidas por el fuego las siguientes
obras de arte:
La pintura mural del siglo XV que decoraba el fondo de la capilla del
Sagrado Corazón de Jesús, que había pertenecido al popular gremio de los "macips
o bastaixos" (faquines). Representaba la Crucifixión. Dos figurillas de
faquines en bronce figuraban hasta estos últimos tiempos en los batientes
del portal mayor; en la actualidad se guardan en el archivo de la
parroquia. También fueron víctimas del incendio: dos grandes tablas que
estaban colocadas en el trascoro (lado Epístola), y representaban una la
Resurrección del Señor y otra la Pentecostés. Eran dos obras imponentes
del maestro de San Jorge, B. Martorell, el más reputado de los pintores
catalanes. Se han podido recoger algunos fragmentos, que sólo servirían
para recordar más la gran pérdida sufrida. Con toda probabilidad
pertenecían al antiguo altar mayor.
La imagen de la Asunción, en talla dorada, ejecutada por Rafael Guarino en
1648, que estaba colocada sobre la tribuna adosada a la fachada anterior.
Había figurado en el altar mayor anterior al que había últimamente. Junto
con esta imagen perecieron otras dos, Santiago y San Juan Bautista,
probablemente del mismo autor, que últimamente se hallaban colocadas
detrás del presbiterio o trascoro y procedían también del mencionado altar
mayor.
La espléndida imagen yacente de San Alejo, émula de las mejores tallas
castellanas, obra del escultor vilafranqués Agustín Pujol (1585-1628). Era
una hermosísima talla policromada del santo figurando como dormido debajo
de la escalera. A su alrededor pendían gran número de ex-votos que
acreditaban la gran devoción que se había ganado esta tan piadosa imagen.
El Cristo de la Agonía (capilla de Ntra. Sra. del Rosario), ante el cual
antiguamente rezaban el rosario los pescadores del barrio de Ribera. Era
una tela atribuida a Viladomat; dos cuadros del mismo autor que figuraban
en la capilla de San Pedro; dos de Manuel Tramullas (1715-1791) existentes
en la de San Gabriel y Ntra. Sra. de la Esperanza.
Un relieve de alabastro policromado que se hallaba en el altar de la
Virgen del Pilar y que procedía del trascoro. Representaba la Piedad o
Jesús rodeado de los instrumentos de la Pasión, no el "Ecce Homo" como
erróneamente se había afirmado. Era una obra de escultura catalana del
siglo XIV.
Quedó también completamente destruida la capilla del Smo. Sacramento
construida en 1835, junto con algunas de sus imágenes. Era una capilla de
severo estilo neoclásico con los muros tapizados de damasco encarnado.
De la capilla del baptisterio fue sacado el sarcófago romano-cristiano que
la tradición afirma haber servido de sepultura a Santa Eulalia y que se
utilizaba como pila bautismal. Fue troceado y luego reconstruido en el
museo arqueológico. Del tímpano del portal mayor fueron removidas las
estatuas de Cristo de Majestad y de dos orantes.
Pasando al ajuar litúrgico, las pérdidas fueron también muchas y
dolorosas. He aquí las principales:
Vera Cruz de plata dorada, pie lobulado, nudo hexagonal de varios pisos,
brazos de la cruz platerescos. Ejemplar hermosísimo de orfebrería
barcelonesas; probablemente del platero Sarug (1495).
Vera Cruz de plata dorada, brazos de la cruz platerescos, pie de época
posterior. El conjunto de estilo Renacimiento, relicario de plata,
barroco, a manera de custodia con decoración floral repujada.
Un interesante copón en forma de pixis rematado con una crucecita,
decoración burilada, con elementos dorados, marca barcelonesa; espléndido
jarrón estilo imperio, de plata. Tres crismeras tamaño más grande que el
regular, en forma de graciosas anforitas, ostentando el escudo de Santa
María de la Mar y con leones en las tapas, marca barcelonesa.
Cáliz de plata dorada, estilo Renacimiento, año 1467, con decoración
repujada de ángeles y óvalos primitivamente esmaltados en el pie, nudo y
copa; en el pie además el escudo de Santa María.
Cáliz de plata dorada, estilo Renacimiento, con tres ángeles cincelados,
amén de otros santos, ángeles, racimos y espigas en la copa.
La parroquia basílica de Santa María de la Mar, construida entre 1329 y
1384 contaba además de con su extraordinaria fábrica gótica, con numerosas
obras de arte de épocas posteriores.
La funesta mañana del 19 de julio de 1936
El domingo 19 de julio de 1936 el párroco de Santa María, mosén Juan
Llombart celebró misa por la mañana en la capilla del Santísimo. La
concurrencia de fieles era escasa, pues en las calles sonaban los disparos
de la lucha revolucionaria.
Terminada la misa mosén Llombart salió de la iglesia y procedió a
esconderse ante el futuro que se presentaba tan amenazador.
Al día siguiente las turbas penetraron en la iglesia y procedieron a su
sistemática destrucción. El movimiento militar estaba dominado, por tanto
el gobierno tenía en teoría el poder y pudo haber protegido el templo
enviando allí unos cuantos mozos o guardias, pero no se hizo así.
Fueron abiertas las tumbas bajo las losas del pavimento y esparcidos los
restos humanos, el Sagrario de la capilla del Santísimo fue abierto y
arrojadas por doquier las Sagradas Formas.
Después de romper imágenes, cuadros y objetos litúrgicos amontonaron los
bancos de la nave central junto al presbiterio, los rociaron con gasolina
y prendieron fuego al informe montón.
El incendio destruyó toda la parte superior del altar mayor con la imagen
de la Asunta. Ardieron como teas, el coro situado detrás del altar, la
tribuna Real construida a fines del siglo XVII que estuvo unida por un
puente con el Palacio Real y el magnífico órgano. Las llamas de la madera
del órgano causaron profundo daño en la piedra arenisca del muro que hubo
de rehacerse en las restauraciones.
Todos los altares de las capillas laterales y de la girola fueron quemados
y los archivos, guardados en los altillos de las capillas absidales,
sufrieron daños de gran consideración destruyéndose en su mayor parte.
Algunos pergaminos, carbonizados, pudieron ser recuperados, y, años más
tarde, tratados con un producto que ha permitido desenrollados de nuevo y
leerlos.
Los daños afectaron sustancialmente a la parte mueble del edificio, pero
también hicieron profunda mella en los muros, pilares, bóvedas y claves de
piedra. La piedra arenisca procedente de las canteras del Rey en la
montaña de Montjuïc, cuando se somete a altas temperaturas, pierde la
llamada humedad de cantera y estalla con ruido seco desprendiéndose las
partes superficiales. En los pilares y en parte de los muros el fuego hizo
saltar las partes superficiales, quedando los paramentos como si fueran
almohadillados. Además, las partes altas de los muros y bóvedas quedaron
totalmente ennegrecidas.
Las claves de bóveda, partes más salientes y esculturadas de la cubierta
abovedada, sufrieron daños terribles. Con el calor cayeron fragmentos
enteros de las esculturas de las claves que son, desde el presbiterio
hasta la puerta, la Coronación de la Virgen en el Empíreo, el Nacimiento,
la Anunciación, el Rey a Caballo y el escudo de la ciudad.
La cuarta clave de bóveda, la del rey Alfonso el Benigno a caballo, había
sufrido los efectos de un incendio acaecido el día de Navidad de 1379,
cuando ardió el andamio debajo de la bóveda. Entonces se hizo una
separación a base de yeso que se desprendió en el incendio de 1936. Las
claves de la Coronación, el Nacimiento y la Anunciación quedaron
totalmente destrozadas y solamente la del escudo de la ciudad, por estar
alejada del fuego del altar mayor, resultó solamente chamuscada y
ennegrecida. Los daños obligaron a un largo proceso de restauración de las
claves que se inició en 1970 para terminar en 1985. Con anterioridad hubo
necesidad de ocuparse de la restauración de partes más vitales y
necesarias del templo.
Volviendo a los años de guerra, mosén Llombart, que permanecía en
Barcelona escondido, recibió a primeros de octubre de 1938 la visita de un
feligrés de Santa María que había tomado a su cargo la llave de la puerta
del Borne, única practicable del templo ya que, una vez incendiada la
iglesia los arquitectos Buenaventura Bassegoda Musté, Luis Bonet Garí y
Jerónimo Martorell Tarrats consiguieron que la Generalidad cerrara las
puertas con muros de ladrillo para evitar la continuidad de los saqueos.
La puerta del Borne conservó sus grandes hojas de madera recubiertas de
plancha de hierro, pero la bella imagen de la Inmaculada en el tímpano
pereció en el asalto.
El feligrés antes referido aconsejó al párroco que entrara en el templo
con el fin de recoger algunos objetos y libros que aparecían esparcidos
por el suelo. Esta entrada en Santa María coincide con un tardío intento
de restauración del que más adelante se hablará. Con anterioridad el
templo estuvo cerrado y abandonado y solamente se tiene noticia de la
entrada, en octubre de 1936, del fotógrafo Francisco Ribera Llopis que
obtuvo unas impresionantes placas de la martirizada iglesia.
Pocos días después de la conversación entre feligreses y párroco, éste se
acercó a las nueve de la mañana a la puerta del Borne esperando hallada
abierta, según lo convenido. Sin embargo, encontró la puerta cerrada y a
poco se enteró que su feligrés había sido detenido acusado de organizar
reuniones clandestinas de curas en el interior del templo. Pudo demostrar
fácilmente lo absurdo de la acusación y fue dejado en libertad. Entonces
pudo entrar mosén Llombart en Santa María. La descripción que hizo de la
iglesia en aquellos dolorosos momentos es sumamente valiosa y merece la
pena transcribirla fielmente:
"Di una mirada a lo largo de la nave lateral y se ofreció a mi vista un
cuadro de desolación, sepulturas abiertas, profanadas, huesos humanos
entre montones de escombros, muros y pilares carcomidos por las llamas,
rejas violentadas, ventanales con las vidrieras rotas o desaparecidas,
dando libre paso a la luz del sol que revelaba escandalosamente los
espacios antes sagrados ... Sentí un escalofrío y pensé retroceder, pero
me atraía la capilla del sacramento que había corrido la misma suerte que
el resto del templo, pero en la que seguía en píe, enhiesto, triunfante,
la gran imagen del crucificado, cual bandera de victoria sobre un montón
de ruinas y sacrilegios. Caí de hinojos y lloré". Después de la guerra,
mosén Llombart publicó un artículo en la revista parroquial en el que se
reiteren las circunstancias de su difícil visita a Santa María en 1938. Es
uno de los raros testimonios de aquellas terribles profanaciones, puesto
que pocos fueron los que pudieron ver el estado de las iglesias después de
los incendios y, cuando en 1939, volvieron al culto se intentó borrar las
huellas del desastre lo más pronto posible, por lo que el aspecto interno
de tantos monumentos religiosos en aquel trienio se ha olvidado casi
completamente.
Curiosamente, la revista francesa "Cahiers d'Art", que dirigía el crítico
griego Christian Zervos, había publicado un artículo sobre Santa María en
el que se afirmaba que desde uno de los campanarios un faccioso había
tiroteado a las milicias populares, lo que las obligó a penetrar en la
iglesia. Después de tal infundio, pues es sabido que en la mañana del 19
de julio no había en el templo otras personas que el párroco diciendo misa
y un puñado de fieles, asevera con toda desfachatez el crítico, que la
iglesia sólo sufrió la pérdida de algunos muebles y que, una vez reparada,
servía de sala de conciertos. Tan cínica afirmación causó problemas al
gobierno de la Generalidad, pues cuando en 1938 un grupo de parlamentarios
ingleses y franceses visitó Cataluña a invitación del Gobierno, sucedió
que una de las señorías había leído el artículo de Zervos y quiso asistir
a un concierto en Santa María de la Mar. La petición causó sumo embarazo a
las autoridades de entonces, que tuvieron que improvisar excusas para
impedir la visita a Santa María, que no estaba realmente para ser vista.
Tanto fue así que el presidente de la Generalidad, Luis Companys, llamó al
arquitecto jefe del servicio de conservación y catalogación de monumentos,
Jerónimo Martorell Tarrats, al escultor Federico Marés Deulovol y al
contratista Alberto Amargós Pellicer ordenándoles que estudiaran la
posibilidad de adecentar el interior del edificio y evitar así situaciones
embarazosas con los forasteros.
Marés describe este sucedido en su libro de memorias. El 18 de septiembre
de 1938 recibió la visita del delegado de la sección de recuperación del
patrimonio artístico de la Generalidad, el pintor Gerardo Carbonell Piñol,
quien le instó a colaborar en la restauración de Santa María. Marés lo
expone así: "Había llegado el momento en que el gobierno de Cataluña
empezó a sentir la culpabilidad acusadora de la obra de destrucción
cometida por grupos sin control. Remordimientos de conciencia a destiempo,
de desagravio a tanta vileza cometida por la barbarie iconoclasta,
incendiando y destrozando monumentos seculares, en la mayor impunidad.
Es un dolor tener que decir todo esto, pero ante la indiferencia de unos,
la impotencia de otros y la cobardía de los más, se cometieron
barbaridades. Todo ello ante la incapacidad de quienes ocupaban en el
gobierno de Cataluña cargos por los que venían obligados a defender los
monumentos con más valor y menos cobardía.
Había llegado el momento de las restauraciones, de restañar heridas, la
visita de representantes correligionarios de los países de Europa
menudeaban y ello obligó al Gobierno a tomar determinaciones enérgicas e
inmediatas".
Una vez más el papanatismo hizo mella en los gobernantes de entonces.
Desde el 20 de julio de 1936 Santa María y tantas otras iglesias de
Barcelona eran un dantesco espectáculo de desolación, pero solamente el
"qué dirá la prensa extranjera" decidió, dos años después de los hechos,
el inicio de una tímida operación restauradora.
El 14 de septiembre de 1938 Marés fue conducido a la Generalidad y el
propio Companys le pidió que se encargara de Santa María que acababa de
visitar y que le había producido auténtico sonrojo.
Luego entró en el despacho el alcalde de Barcelona, Carlos Pi Suñer,
aclarando que había sido el arquitecto Jerónimo Martorell quien había
propuesto a Marés para tal cometido.
Marés aceptó poniendo condiciones. No aceptaría remuneración alguna por el
cargo y quería libertad absoluta para actuar. Previamente había contactado
con algunos miembros de la Junta de Obras, entonces disuelta de Santa
María, para recabar su ayuda.
El 19 de septiembre de 1938 visitó Marés el templo destrozado. No encontró
ningún resto de los 34 altares laterales y absidales, había más de cien
tumbas abiertas y profanadas y los sarcófagos murales de las capillas
estaban rotos y abiertos.
Gran parte de la nave central se hallaba llena de escombros, restos de
maderas chamuscadas y bancos a medio quemar, desperdicios, latas de
conserva vacías, botellas, cacerolas, platos rotos, papeles, estropajos y
gran abundancia de esqueletos humanos.
Dio orden al contratista Amargós de iniciar el desescombro y en caso de
que no consiguiera camiones para el transporte que metiera el cascajo en
las abiertas tumbas y colocara de nuevo las losas en su sitio. Cuando las
losas se hubiesen perdido o triturado debían cerrarse las tumbas con una
solera de ladrillo.
Cuando llevaban unos días trabajando notaron un nauseabundo olor
procedente de una tumba en una capilla cercana a la puerta del Borne. Los
de los sindicatos, que vigilaban con recelo aquellas obras, creyeron que
se trataba de un lugar utilizado por los curas para enterrar a las
víctimas de sus asesinatos. Marés, ante el cariz que tomaban las cosas,
pidió al sindicato que mandara un médico forense y a un notario para que
estuvieran presentes al abrir la comprometedora tumba. Encontraron en el
interior un cuerpo humano que se había mantenido incorrupto largos años y
que había iniciado el proceso de descomposición al romperse la losa que
cerraba el sepulcro.
La parte más destacada de la actuación de Marés en Santa María en 1938 fue
la demolición de diversas bóvedas del deambulatorio que, en el siglo XVI,
fueron construidas a media altura para habilitar unos altos donde colocar
los archivos.
No se pudo hacer gran cosa más, las tropas nacionales entraron
en Barcelona el 26 de enero de 1939 y al mes siguiente se celebró la
reconciliación del templo, comenzando la restauración de sus graves daños.
Basílica de la Virgen de la Merced y San Miguel
Desde 1846 la Capitanía general de Cataluña se halla radicada en el
antiguo convento de la Merced cuya historia y evolución será bueno
comentar desde sus orígenes.
Según la tradición el 2 de agosto de 1218 la Virgen María se apareció
milagrosamente a san Pedro Nolasco y el día 10 del mismo mes y año se
fundó en la catedral de Barcelona la orden de la Merced para la redención
de cautivos. En el acto fundacional, con la vestición del hábito por san
Pedro Nolasco, estuvieron presentes el obispo de Barcelona Berenguer de
Palou y el rey Jaime I de Aragón.
Un magnífico retablo barroco de 1688, recientemente restaurado, en la
segunda capilla absidal del lado del evangelio de la Catedral, muestra la
escena con la Virgen en lo alto y los personajes fundadores de la orden de
la Merced.
En el primer cuarto del siglo XIII la Orden quedó plenamente establecida
adoptando el escudo cortado, de gules con la cruz patada de plata de la
catedral de Barcelona en lo alto y los cuatro palos de gules sobre oro, de
Aragón abajo. Inicialmente la Orden tuvo su sede en la casa de la Pía
Almoina junto a la catedral hasta 1232 en que se hizo un nuevo
hospital-convento en el arenal dels Códols, situación que se ha mantenido
hasta hoy.
En 1252 se construyó el puente que, salvando la calle de la Merced, unía
la iglesia con el convento situado cara al mar. El primer templo, de
estilo gótico, se terminó en 1267, aunque su fachada no quedó lista hasta
1419. La iglesia subsistió hasta 1765 cuando el capitán general don
Santiago-Miguel de Guzmán y Spínola, marqués de la Mina, en nombre y
representación del rey don Carlos III, puso el 25 de abril de aquel año,
la primera piedra de la nueva iglesia proyectada por el arquitecto José
Mas Dordal.
La nueva fábrica terminada se inauguró el 9 de septiembre de 1775. El
altar mayor se inauguró el 2 de agosto de 1794, por encima del cual se
alza el camarín con la hermosa imagen gótica de la Virgen, probable obra
de Pedro Moragues, de la segunda mitad del siglo XIV
En 1605 el primitivo edificio se hallaba en estado ruinoso por lo que el
prior fray Antonio Simón decretó la construcción de un convento de nueva
planta encargando el proyecto al maestro de obras Jerónimo Santacana. Las
obras continuaron en 1613 y esta vez fue el capitán general don Francisco
Hurtado de Mendoza Cárdenas, marqués de Almazán y conde de Monteagudo,
quien puso la primera piedra de la nueva fase constructiva que se prolongó
hasta 1636.
En 1637 y hasta 1641 el maestro Jaume Granger levantó el nuevo puente
entre iglesia y convento y se inició el grandioso claustro de 26,40 metros
en cuadro con cuatro columnas dóricas en cada panda y bóvedas baídas sobre
arcos de medio punto. Las columnas son de mármol oscuro de Santa Creu
d'Olorde, en tanto los muros son de piedra arenisca de Montjuïc con otros
elementos de mármol blanco del país y de brocatel rojizo de Tortosa.
El piso superior presenta ocho vanos con arcos de medio punto sobre
columnas jónicas y balaustrada. Por encima hay una tercera planta con tres
balcones en cada lado con los muros rematados por una cornisa y una
balaustrada.
El arrimadero cerámico que decoraba las cuatro alas del patio fue
contratado por el Prior con el ceramista Lorenzo Passolas el 21 de abril
de 1673, concluyéndose la obra tres años más tarde. Se figuraban temas
mercedarios y de la conquista de Mallorca por Jaime 1, de los que
solamente uno ha sobrevivido en el museo Vicente Ros, de Martorell, donde
fue a parar en 1950 procedente del comercio de antigüedades, después que
se desmontaran los arrimaderos antes de 1880, año en que se hicieron unas
catas por si hubiesen quedado debajo de los revocos de 1846.
Durante el siglo XIX tuvo el convento que sufrir diferentes agresiones..
Cuando la francesada fue ocupado en 1808 por las tropas napoleónicas,
convertido en cuartel y año siguiente en cárcel de prisioneros españoles.
Una vez concluida la guerra de la Independencia las leyes desamortizado
ras propugnadas por los liberales terminaron con la de Mendizábal de 1835.
Previamente, durante el trienio liberal de 1820 a 1823, se procedió al
derribo de los puentes de la calle de la Merced reconstruidos en 1825. En
1835 el convento se convirtió en oficina de arbitrios de Amortización, en
1840 fue cuartel de un batallón de la Milicia nacional y en 1845 se ocupó
el convento por el ramo militar y sede de un regimiento de infantería.
Se pensó en construir un nuevo edificio destinado a Capitanía en el solar
del Parque de Ingenieros, donde estuvo el convento de Fra Menors y se
encargó el proyecto al arquitecto Elías Rogent Amat, proyecto publicado
por primera vez en 1929 en la biografía del arquitecto por Buenaventura
Bassegoda Amigó. En cambio se redactó un proyecto por parte de ingeniero
militar sevillano don José de Aizpurúa (1811-1886), más tarde general y
mariscal.
En junio de 1845 se autorizó al capitán general, Marqués del Duero, a
establecer allí un casino militar, cuyas obras se iniciaron enseguida.
El 29 de agosto de 1845 el nuevo capitán general don Manuel Bretón inició
los trámites para adaptar el edificio a Capitanía general de Cataluña. Se
encargó el proyecto también a José de Aizpurúa que en, poco tiempo,
redactó los tres proyectos sucesivos, de cuartel, de casino
militar y de Capitanía general.
El palacio restaurado fue inaugurado el 10 de octubre de 1846 para la
recepción de corte del capitán general don Manuel Pavía y de Lacy, en
ocasión de los días de la reina doña Isabel lI.
La reforma, que se conmemoró con diversos actos en 1996 en ocasión del CL
Aniversario, se prolongó hasta 1861, incluyendo obras de decoración
interior a cargo del pintor y dibujante Luis Rigalt Farriols con una
interesante colección de grisallas de temas mitológicos. Se hizo entonces
el salón del Trono que toma la altura de dos pisos. En lo alto de la
fachada se colocaron seis bustos de piedra arenisca de virreyes y
capitanes generales, concretamente del Duque de Gandía, del Marqués de la
Mina, del Conde de Santa Clara, del Duque de Bailén, del Marqués de Campo
Sagrado y del Barón de Meer. Años después, en 1879, habiéndose convertido
la antigua Muralla de Mar en un elegante paseo ciudadano, se decidió
mejorar la fachada de Capitanía sobre dicho
paseo.
Cuando fue derribada la muralla en 1880 se decoró el salón del Trono que
en aquel momento presentaba los muros pintados a la cola con motivos
nazaritas. Se hizo un arrimadero de madera de nogal, se empapelaron las
paredes con imitación de damascos y se compuso un cielo raso con molduras
en relieve de yeso y pinturas de motivos
militares.
Finalmente entre 1888 y 1891 colocaron adornos de terracota con motivos
militares obra del escultor José Bover Mas.
En noviembre de 1881 se hicieron nuevas reformas en la escalera y la
instalación del archivo del real Patrimonio. En 1882 y 1883, con proyecto
de un ingeniero militar se hicieron otras obras de reforma y mejora
interior del edificio.
La gran reforma de 1929
Con motivo de la Exposición internacional se decidió una transformación
profunda del edificio conservando sus valores arquitectónicos y mejorando
la distribución y condiciones de uso y habitabilidad. Para ello se encargó
el proyecto al coronel de ingenieros don Pompeyo Martí y al arquitecto
municipal don Adolfo Florensa Ferrer. La reforma consistió en repicar las
fachadas, aprovechar la parte auténtica de la plaza de la Merced y
recubrir las otras con piedra de Montjuïc. La del paseo de Colón se
compone de bajos y entresuelo en un cuerpo de basamento o zócalo y el
principal y primero con un recio orden gigante dórico.
Encima se añadió un piso en forma de ático que no se acusa en el patio y
mejora la proporción demasiado horizontal del edificio antiguo, además de
permitir la instalación de nuevas dependencias. Para dar relieve a la
fachada de setenta metros, se dispusieron cuerpos salientes en el centro y
extremos. Éstos, con sendos torreones que sobresalen en altura y el
central con la puerta principal y el balcón de honor. En la parte superior
el escudo real, substituido en 1937 por el de la Generalidad de Cataluña y
en 1946 por el de España, guardado por dos figuras, un gigante y un
guerrero.
La fachada a la plaza de la Merced conservando la portada de mármol
completándola con pilastras, balaustrada y un balcón central. El puente
sobre la calle de la Merced se redujo a un solo piso en lugar de los dos
de antes. El escudo real de piedra que coronaba la fachada al paseo de
Colón se instaló en lo alto de la que mira a la plaza de la Merced.
Por lo que se refiere al patio de honor, el antiguo claustro, fue
cuidadosamente restaurado en todas sus partes con piedras y mármoles de
las canteras originales y se completó el piso alto con una cornisa y una
balaustrada de mármol.
Los arrimaderos de azulejos antiguos, totalmente desaparecidos, fueron
substituidos por otros con escudos de Priores de la Merced, Virreyes y
Capitanes Generales, en el siguiente orden: Fray Bernardo de Corbera, fray
Raimundo Albert, fray Antonio Caixal y fray Miguel Puig. Enrique de
Aragón, duque de Segorbe; Pedro de Cardona, arzobispo de Tarragona; Juan
de Acevedo, conde de Monterrey; Antonio de Zúñiga y Francisco de Borja.
Marqués de la Mina, Conde de Santa Clara, Marqués de Campo Sagrado, Duque
de Bailén, Barón de Meer, Marqués del Duero, Marqués de Castellflorite y
Conde de Cheste.
Los bustos de los seis capitanes generales que culminaban la fachada al
paseo fueron colocados en los muros del patio, aunque luego fueron
retirados ignorándose su actual paradero.
Para el centro del mismo Adolfo Florensa diseñó una elegantísima fuente de
cuatro caños con inscripciones que recuerdan las fechas de 1636 de la
construcción del convento, de la adaptación a Capitanía en 1846, del golpe
de estado del general Primo de Rivera de 1923 y de la exposición
internacional de Barcelona de 1929. En el centro se levanta un obelisco
con cuatro farolas. Se utilizaron los mismos mármoles y piedra de Montjuïc
que en claustro mercedario.
La escalera de honor se decoró con los relieves de terracota, obra de José
Bover, procedentes de la fachada antigua al paseo de Colón.
En el piso principal se hizo una nueva distribución, se decoraron el
comedor de gala, los salones, en especial el del Trono con un techo
abovedado profusamente cubierto de relieves policromos de yeso,
manteniendo en los muros los retratos de los Reyes y se arregló un antiguo
patio de cuadras convirtiéndolo en un alegre patio andaluz anexo al
comedor de gala, con refería clásica, azulejos y una pileta central de
mármol.
En el segundo piso se reordenaron los espacios de oficinas de Estado Mayor
decorándolas sobriamente. En el tercer piso, de nueva planta, se instaló
un cuartel modelo para ochenta soldados, comunicado directamente con la
calle.
Desde el punto de vista constructivo se hicieron nuevos todos los forjados
substituyendo las vigas de madera por otras de hierro laminado.
Las obras se iniciaron el 1 de octubre de 1928 y se terminaron justo un
año después. Colaboraron Ramón Rigol Font en la decoración de interiores,
Pablo Gallés Alegre en los mármoles, Pedro Corberó Casals en los metales,
Jacinto Ávila en los artesonados y yesería, Vilaró y Valls en la pintura y
Vda. José Ribas en los muebles.
La Asociación de arquitectos visitó las obras recién terminadas y publicó
una reseña en su anuario para 1930 con excelentes fotografías de J. Ribera
Llopis, las mismas que ilustraron la monografía del general Mariano Rubió.
Francisco Ribera Colomer hizo entrega de copias 13 x 18 cm. de las mismas
que fueron depositadas en el museo Militar del castillo de Montjuïc.
En 1936 se produjeron daños en la fachada como consecuencia del asalto
después del intento de alzamiento del general Goded. Fueron reparados en
1940 junto con el salón del Trono, el patio de honor y otras dependencias.
En 1947 se reformaron la escalera de honor y el vestíbulo y se colocó una
réplica de mármol de José Llimona Bruguera "El desconsol".
En 1958 se trabajó en el salón del Trono limpiándose los dorados, puliendo
pavimentos y cambiando las telas de los muros y del dosel del trono. En
1965 se reformó y decoró substancialmente la zona del Estado Mayor. En
1977 se hizo la iluminación de la fachada mayor y en años sucesivos hasta
el presente se ha venido actuando en el mantenimiento del edificio, lo que
ha permitido sostener la dignidad y enjundia que merece por su historia y
por su noble cometido.
Un hecho singular
Para terminar esta descripción del palacio de Capitanía General de
Barcelona merece destacarse un hecho acaecido en el verano de 1936.
Los días 19 y 20 de julio de aquel año las turbas incendiaron la basílica
de Merced, hecho que repitieron en días sucesivos. La imagen de la Virgen
fue arrojada de su trono del camarín y quedó en el suelo del presbiterio.
El reverendo Luis Pelegrí Nicolau, presbítero beneficiado de la parroquia
de San Miguel y de la Virgen de la Merced, enterado de la situación de la
imagen, se puso en contacto con la familia Coll Muñarch, feligreses de la
Merced, que vivían en la calle Ancha número 29 y tenían relación de
amistad con el consejero de gobernación de la Generalidad de Cataluña don
José María España Sirat, cuya biografía ha escrito en 1997 Albert Manent.
Los Coll Muñarch se encontraban ya sin cabeza de familia, pues el padre,
notorio por su ideas religiosas y tradicionalistas, tratando de escapar a
la persecución religiosa, había huido a Ciutadilla; pero allí fue detenido
por el comité local; conducido a Barcelona, encarcelado en la sede del
PSUC del hotel Colón de la plaza Cataluña, finalmente fusilado en la
avenida de Montserrat por una patrulla de milicianos y rematado con el
tiro de gracia que le disparó un muchacho de diecisiete años.
Teresa Coll Muñarch, que contaba veintidós años de edad en 1936, fue
informada por mosén Luis Pelegrí del estado del interior de la destrozada
basílica, así como de la existencia de las joyas de la Virgen. Teresa Coll
se entrevistó con el consejero España y le comunicó que detrás del camarín
de la Merced había una caja fuerte con las joyas del tesoro de la Virgen,
que los revolucionarios anarcosindicalistas de la FAI no habían querido
forzar, creyendo que el párroco había colocado dentro una bomba. Teresa
sugirió al consejero España que, a cambio de las joyas, se pudiera salvar
la sagrada imagen. Aceptó la proposición el Consejero y, como consecuencia
de ello, más o menos a las cuatro de la tarde de martes 27 de agosto de
1936, un grupo compuesto por dos carabineros, dos guardias civiles, dos
guardias de asalto, tres agentes escoltas de la confianza del Consejero,
un cerrajero y la señorita Teresa Coll Muñarch salió de la consejería de
Gobernación, o sea de la actual delegación del Gobierno, antes Gobierno
civil en la avenida del Marqués de la Argentera, y se dirigió en una
camioneta descubierta a la basílica de la Merced. El grupo fue observado
continuamente por elementos armados de la FAI que, al ver a los agentes de
orden público, permanecieron prudentemente alejados.
Penetró el grupo en la iglesia y, habiendo subido al camarín, el cerrajero
procedió a perforar la caja fuerte con un soplete. Hallaron las joyas que
Teresa Coll retiró con sus manos a través del orificio practicado por el
cerrajero. Acto seguido iniciaron el descenso, pero al pasar frente a la
imagen de la Virgen, tirada en el suelo del presbiterio al lado del
Evangelio, la señorita Coll sugirió que aquella imagen del siglo XIV tenía
un gran valor artístico y que debían llevarla igualmente. El cerrajero y
uno de los guardaespaldas del Consejero la llevaron a la camioneta
descubierta, donde Teresa Coll la tapó con una sábana y una manta que
había cogido en su casa con este propósito.
La camioneta desde la basílica incendiada se dirigió a la puerta principal
de Capitanía, con los guardias civiles subidos a los estribos para
atemorizar a los de la FAI, y fue desde la plaza de la Merced a Capitanía
y, en el patio de honor, entonces abandonado y vacío, descargaron la
imagen y la situaron en el cuarto de los trastos de limpieza, debajo de la
escalera principal, donde estaba también el sarcófago de santa María de
Cervelló, extraído previamente, bajo la custodia del conserje de
Capitanía. Inmediatamente el grupo fue a la consejería de Gobernación a
depositar las joyas del tesoro de la Virgen hasta la mañana siguiente, en
que las llevaron al palacio de la Generalidad donde fueron entregadas.
Terminada la contienda las joyas, que fueron convenientemente
inventariadas, fueron devueltas a la iglesia.
La imagen de la Virgen permaneció en Capitanía hasta el 28 de septiembre
de 1936 en que fue llevada al museo de arte del palacio nacional de
Montjuïc hasta 1939, cuando fue restituida a la basílica y reanudado su
culto hasta hoy después de ser restaurada por Feliciano Veciana de
Barcelona.
El padre Luis Pelegrí fue detenido y asesinado el 30 de marzo de 1937. Se
trata de un caso de martirio casi provocado, pues se dedicaba a confesar a
sus feligreses sentado en un banco de la plaza de Urquinaona.
La señorita Teresa Coll, gracias al consejero España, empezó a trabajar en
el servicio de pasaportes de la Generalidad y consiguió salvar a muchos de
los perseguidos. Su madre y ella fueron detenidas el 15 de agosto de 1937
y procesadas, pues, por una aviesa denuncia, los revolucionarios
practicaron un registro en el domicilio de los Coll-Muñarch y encontraron
una caja con algunos cartuchos y una bandera nacional, pertenecientes al
padre de Teresa, que había sido miembro del Somatén. Fueron conducidas,
madre e hija, a la checa de la casa Carreras frente a los almacenes Jorba
en la Puerta del Ángel.
Quince días más tarde Teresa Coll fue llevada a la cárcel ubicada en un
antiguo convento de San Juan de Dios, en Les Corts de Sarriá, donde
permaneció gran parte de la guerra encarcelada y condenada a muerte, pena
luego conmutada por la de 30 años de reclusión. Durante el cautiverio
sufrió hambre pues solo podían comer unas lentejas secas que se conocían
como píldoras del doctor Negrín. Con todo una familia amiga de LHospitalet
le hacía llegar semanalmente un paquete con verduras y pan. El consejero
España hubo de exiliarse en septiembre de 1936, acusado de actividades
contra el Gobierno de la República, lo mismo que el consejero de cultura
Ventura Gasol. El 26 de enero de 1939 las tropas nacionales entraron sin
resistencia en la ciudad de Barcelona y personal de la Cruz roja se
presentó en la cárcel de Les Corts liberando a las detenidas por razones
políticas y dejando internadas a las presas comunes.
Acabada la guerra, la familia solicitó el certificado de defunción del
señor Coll y en el Registro preguntaron a la viuda si el difunto llevaba
un anillo con una piedra preciosa, ya que el cadáver apareció con dos
dedos cortados. El certificado informaba que la causa de la muerte era"
hemorragia intensa traumática". Mossén Pelegrí dejó escrito el relato de
lo sucedido en la basílica de la Merced en verano de 1936 y el manuscrito
para seguridad lo enterró, pero reveló antes de su muerte la localización
a su hermano quien, con ayuda de mosén José Sanabre y de Teresa Coll
Muñarch realizaron la trascripción de las deterioradas cuartillas
manuscritas dando paso al artículo de mosén Sanabre en Diario de Barcelona
el 24 de septiembre de 1945. La documentación pasó al archivo de la
parroquia pero no tuvo otra divulgación que el referido artículo
periodístico.
En 1992, en ocasión de los Juegos olímpicos de Barcelona, el párroco de la
Merced don Jorge García-Die y Miralles del Imperial, me encargó la
redacción de una historia sucinta del convento y la iglesia de la Merced
para publicarlo en tres idiomas y distribuirlo entre los turistas y
visitantes de aquel año especial. Una vez escrito el original lo entregué
a mosén Jorge García-Die para su revisión y corrección y entonces el
párroco me mandó una copia del artículo de mosén Sanabre del que incluí un
breve resumen.
Esto sucedía en 1992, pero cinco años después, a fines de marzo de 1997,
recibí una llamada telefónica de una señora que me preguntaba si yo era el
autor del librito que había llegado a sus manos por entonces y en el que
había leído el salvamento de la sagrada imagen, al decide que así era me
dijo sencillamente: Yo soy Teresa Coll Muñarch. Aun no repuesto de la
sorpresa le pedí si podía recibirme en su casa para escuchar de sus labios
el relato verdadero de los hechos. Muy amablemente accedió a ello y la
tarde del día 21 de marzo de 1997 me personé en el piso 3°, la del número
48 de la calle Rosellón. Provisto de una grabadora escuché la relación
fidedigna de lo acaecido en 1936 y conservo el cassette de inestimable
valor histórico en la voz de Teresa Coll. Contaba entonces 82 años pero su
memoria era excelente y demostraba una energía vital excelente reconocible
en el tono vibrante de su voz y en la claridad de sus ideas.
No podía ocultar yo mi sorpresa ante la circunstancia de un acto heroico
cuya protagonista mantenía en secreto y que nunca intentó divulgar, ni
mucho menos sacar provecho del mismo.
Le comuniqué que yo, como miembro que entonces era, de la Junta Directiva
de la Hermandad de la Virgen de la Merced, iba a pedir su admisión en
calidad de Hermana de la Merced, pues nadie como ella merecía esta
distinción. Aceptó con gratitud, pero modestamente me comunicó que su
único deseo era pertenecer a la Hermandad sin ningún tipo de
reconocimiento especial.
Informé de ello al párroco don Jorge García-Die y al presidente de la
Hermandad, don Ignacio Riera y en la siguiente reunión de la directiva fue
admitida Teresa Coll, a la que se impuso la correspondiente medalla y se
le entregó el diploma en la asamblea general de 1997.
Teresa Coll Muñarch falleció en Barcelona el 31 de mayo de 2001, a la edad
de ochenta y siete años. Descanse en paz, en tanto su recuerdo permanece
entre los miembros de la hermandad de la Merced, que de su conducta y
entereza deben tomar perpetuo ejemplo.
La destrucción de edificios religiosos fue práctica continuada de las
milicias llamadas antifascistas y la descripción de tales barbaridades ha
sido compilada en diversos estudios publicados a lo largo de los años
subsiguientes a la Guerra Civil.
En esta comunicación, además de una introducción general y los recuerdos
personales se han comentado tres ejemplos notables en los una razón u
otra, tuve personal intervención.
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