|
La Iglesia ha emprendido la
mayor y más compleja operación de búsqueda de víctimas de la represión
republicana. Durante dos años, miles de cuerpos fueron arrojados a una mina
toledana. Ésta es su historia
Setenta y tres años después, Jesús, «el cangrena», lo cuenta como si hubiera
ocurrido ayer mismo. Como si, en lugar de estar sentado en el salón de su casa,
al abrigo de sus 84 delicados años, de sus problemas de huesos y de este ventoso
viernes de enero, siguiera aún atrapado en aquel sofocante día de agosto del 36,
en la carretera que lleva a Manzanares, ayudando a los hombres del pueblo a
bachear el camino. Justo aquella jornada en la que apareció el camión. -¿Esta
vereda va a la carretera general que lleva a Madrid?, preguntó uno de los
milicianos cuando bajó del vehículo. «Y yo, mire "usté", era un "vacín" de 11
años, y tenía mi curiosidad. Mientras los hombres le indicaban el camino me
engarabité a la rueda del camión. Alcé la lona y ví a mucha gente "matá". Lleno,
lleno. Habría 40 o 50 cadáveres, qué se yo. Bajé al suelo y en cuanto se fue el
camión me puse a llorar». Lo vuelve a hacer ahora, como un niño. 72 años
después. «¿"Usté" cree que hay derecho a que un chico de 11 años vea eso?
-pregunta al periodista-. Y así no lo hubiera visto. No "me se" olvida. Lo tengo
metido aquí». El dedo índice apunta su sien.
Arrojados al pozo
Por desgracia, es muy probable que el miliciano que conducía la camioneta y sus
dos acompañantes encontraran la vereda. Y el camino a Madrid. Y llegaran poco
después a su destino, la mina romana de Las Cabezuelas, en el pueblo toledano de
Camuñas. Lo que allí ocurrió lo saben todos en la comarca. Uno a uno, los
cuerpos que llevaba la camioneta fueron arrojados al pozo. Después de veinte
metros de caída libre, clack, el ruido de los huesos al chocar. Y vuelta a
empezar. La historia que cuenta Jesús es de sobra conocida en Herencia, su
pueblo, como lo es en el vecino Camuñas y en toda esta comarca manchega a medio
camino entre Toledo y Ciudad Real. Durante dos años y medio, entre julio del 36
y principios del 39, la mina de Las Cabezuelas se convirtió en un gigantesco
cementerio para el bando nacional. ¿Cuántos fueron arrojados allí? Los más
conservadores dicen que hay evidencias de varios centenares. Otros aventuran que
podrían ser más de 10.000. Pero la versión más extendida habla de entre 5.000 y
6.000 desaparecidos, procedentes de los pueblos de alrededor y de, al menos, dos
checas de Madrid, la del socialista Agapito García Atadell y la de Fomento o de
Bellas Artes, la más aterradora de todas. «Esto es como Paracuellos, pero bajo
tierra», susurran a media voz. Empujados vivos Todas las víctimas, menos una,
eran del bando nacional. La mayoría habían sido fusiladas antes, pero otras eran
empujadas con vida. Había pocos políticos, algunos religiosos y muchos seglares,
gente de campo y pequeños comerciantes, que sólo tenían en común ser creyentes.
«Todas las víctimas, menos una». La una es un miliciano. Según la leyenda, su
acto de valentía en la boca del pozo era empujar al sacerdote Don Antonio Cobos.
En el último momento, el religioso se zafó y se agarró a él. Los dos, víctima y
verdugo, cayeron juntos.
Ahora, el secreto a voces está a punto de desvelarse. El Arzobispado de Toledo
ha emprendido la mayor operación de memoria histórica del bando nacional, no
sólo por la dimensión de lo que allí se puede encontrar, sino por la complejidad
que entraña. Nunca antes un equipo de espeleólogos había bajado hasta un pozo de
estas características en busca de cadáveres de la Guerra Civil. Nunca antes se
había utilizado un georadar de gran alcance para inspeccionar un terreno así. Y
nunca antes había tantos hijos, nietos y sobrinos del bando ganador de la guerra
pendientes de lo que allí se encuentre. De momento, ya ha habido una primera
incursión en la mina. El pasado 25 de noviembre, los espeleólogos de la Sociedad
de Ciencias Aranzadi, puntera en España en esto de desenterrar memorias
históricas (de uno y otro bando), bajaron al pozo por la boca auxiliar. Después
de cinco horas de trabajo, se toparon con un cono de derrubios al fondo del
túnel. No les dio tiempo más que a retirar parte de la arena. Sospechan que se
quedaron a apenas unas paladas de los primeros huesos. Aranzadi ha bajado sólo
en seis ocasiones a pozos y cuevas en busca de víctimas de la Guerra Civil: en
Badajoz se topó con 15 cuerpos, 13 en León, 10 en Gran Canaria. Y poco más. En
apenas unos días volverán a la mina, esta vez para retirar la lápida que cubre
la entrada principal y adentrarse por un túnel de 20 metros en busca de los
cuerpos.
Las balas de la evidencia
La primera tentativa en Camuñas ha servido para confirmar dos de las sospechas.
Primera: que, como decían los vecinos, en el fondo del pozo hay un enorme montón
de áridos y cal, que los republicanos llevaron al lugar en tres camiones y
arrojaron por la abertura poco antes de que terminara la Guerra, cuando ya la
daban por perdida, con el objetivo de destruir pruebas. Y segunda: que allí se
fusiló a gente. La empresa Cóndor Georadar, encargada del primer rastreo,
necesitó sólo una hora para hallar las pruebas del delito. «En tan poco tiempo
-explica su responsable, Luis Avial- encontramos junto a las bocas de la mina
multitud de balas y casquillos de fabricación soviética y mexicana, que hemos
confirmado que fueron los que se utilizaron en la Guerra». Entre ellos, hay
proyectiles con las fechas 1935 y 1936 en el culote. También monedas de la
época, pendientes, crucifijos y un trozo de tela con un botón. El informe de la
empresa es concluyente: «Dado que no hay constancia de enfrentamientos armados
en este sitio, cabe relacionar indudablemente estas evidencias localizadas con
los asesinatos de vecinos de la zona por parte de las autoridades republicanas o
las milicias». El padre de Miguel Martín-Benito, de Camuñas, es uno de los
asesinados. El 1 de agosto de 1936, cuando volvía a casa de arar en el campo,
estaban esperándole unos milicianos. «Cámbiate al menos de ropa», le rogó su
esposa. Hasta para encontrarse con su destino había que ir bien vestido. «Qué
va, mujer, si en un momento estoy de vuelta», respondió. No regresó. Los
primeros días los pasó en el calabozo del pueblo, convertido en improvisada
checa. Su esposa le pasaba leche por las rendijas de la ventana. Pero un día no
volvieron a verle. «De noche le montaron en un coche y se lo llevaron a la mina,
junto a otros de los presos -relata su hijo-. A mi padre le fusilaron, y con él
al cura-párroco. Pero otro que iba con ellos, Siméon, se salvó. Consiguió
desatarse de las cuerdas y en un momento en el que el coche se paró consiguió
escapar. Fue huyendo, de olivo en olivo, y no lograron prenderle». Miguel tenía
entonces 11 años. Y como Jesús, «el cangrena», llora cuando lo recuerda. El
alcalde de Herencia También llora Amador Rodríguez de Tembleque, vecino de
Herencia. Su tío Victoriano, dueño de la finca donde se encuentra el pozo, es
otro a los que arrojaron. Además, otros tres tíos suyos murieron. Pero su padre,
Amador como él, se salvó. Era el alcalde de Herencia, y desde el principio supo
que estaba en las listas. «Intentó pasarse al frente nacional para combatir
-relata su hijo junto a la lápida que cubre la mina-. Debía pasar a buscarle una
camioneta con otros compañeros, pero no llegó nunca. Un chivatazo los había
delatado. Todos menos él fueron asesinados». Pronto comprendió que su única
escapatoria era huir con toda la familia a Madrid y esperar, agazapados, a que
nadie les delatara.
|