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El inmenso genocidio de Paracuellos del Jarama
Al hablar de Paracuellos del Jarama Fr.
Octavio Marcos, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, se expresa
de este modo:
He aquí un nombre que ha sido grabado a punta de cuchillo en el alma de
España y cuyos caracteres están teñidos en la púrpura de su sangre. Lugar
sagrado, campo de expiación, tierra sembrada de cuerpos santos y
fertilizada con sangre de mártires.
Aún perciben nuestros oídos el rasgado silbar de la metralla que troncha
vidas beneméritas en la virtud y en las ciencias, en íntima fusión con las
plegarias: «¡Viva Cristo Rey!, ¡Dios!, ¡España!, ¡perdónalos Señor!», que
brotan de labios moribundos y se elevan al cielo como perfumado sahumerio
de sangre palpitante que empapa la tierra y la cubre de regio manto de
púrpura, glorioso atributo de la victoria y de la Realeza de Cristo.
Y Monseñor Antonio Montero, en su citada obra dice: Las ejecuciones
producidas en Paracuellos del Jarama constituyen capítulo aparte, lo mismo
en la historia del Madrid rojo, que en la del resto de las provincias
afectadas por la persecución ... impresionante holocausto.
Ciertamente el número de mártires allí sepultados resulta incalculable en
términos precisos, porque al número de presos «sacados» de las cárceles
madrileñas mediante listas nominativas, hemos de sumar los innumerables
allí ejecutados en pequeños grupos o individualmente, de los que no se
conserva referencia escrita, entre agosto de 1936 y comienzos de 1937,
inhumados por cualquier sitio de aquellos lugares, de los cuales algunos
fueron exhumados después de la guerra, e identificados o no, se
trasladaron a nuevas zanjas contiguas a las de Paracuellos del Jarama, del
mismo modo que se hizo con los innumerables fusilados en Torrejón de Ardoz,
Boadilla del Monte, El Pardo y otras procedencias entre las cuales se
cuentan algunas mujeres.
Matanzas masivas en la zona roja. Origen y
causas
Tan grande matanza de hombres indefensos, no constituye hecho aislado en
lo que fue zona roja de nuestra guerra, en toda la cual, cualquier
circunstancia adversa para ellos, como sus continuos descalabros bélicos,
servía de pretexto para cebarse en los inermes presos de las cárceles o de
los barcos-prisión, y así sucedió con millares y millares de víctimas
desde los comienzos de la contienda hasta sus últimos coletazos, cuando en
7 de febrero de 1939, en el lugar de Can Tretze, provincia de Gerona,
cerca de la frontera francesa, se fusiló al Obispo de Teruel, Anselmo
Palanca con 42 compañeros de cautiverio.
La relación, no exhaustiva, de las matanzas colectivas en España comienza
en El Arahal (Sevilla), donde anticipándose a la llegada de las fuerzas
nacionales liberadoras, los milicianos inundaron de gasolina la prisión y
la incendiaron. Todos menos uno perecieron abrasados vivos. y continúa con
los marinos de Cartagena arrojados al mar, los fusilamientos masivos de
las prisiones de Ubeda, Ciudad Real, Toledo, Almería, Lérida, Málaga, San
Sebastián y el fuerte de Guadalupe, Castellón, Ibiza, Fuenteovejuna,
Albacete, Consuegra, Cebreros, Ocaña, Monasterio de Cóbreces, Guadalajara,
Bilbao (prisiones de «Ángeles Custodios», «Larrinaga», «La Galera» y
«Carmelo») y Martos.
Y en los barcos-prisión «Río Segre», de Tarragona; «Isia de Menorca», de
Castellón; «Astoy Mendi», de Almería; «Cabo Quilates» y «Altuna Mendi», de
Bilbao; «Atlante», de Mahón, y «Alfonso Pérez», de Santander, así como en
los terroríficos pozos de Tahal y de La Lagarta en Almería, y los de
Carrión de Calatrava y Herencia.
Por lo que a Madrid concierne, el genocidio de Paracuellos, con su
torrentera de sangre, vino a constituir la culminación de masacres
anteriores, amén de los miles y miles de madrileños y de madrileñas
asesinados en cualquier lugar por las innumerables checas que gozaban de
facultad para registrar, detener, torturar, juzgar sumarísimamente y
ejecutar a sus víctimas.
La primera de estas masacres, con más de doscientas ejecuciones se produjo
en nuestra capital el 20 de julio sobre los defensores del Cuartel de la
Montaña, una vez cesada la lucha. Me permito detenerme un momento en la
consideración de esta inicua y primera carnicería en Madrid, porque
cabalmente hallamos en ella la consigna que sirvió para realizarla, la
misma que se siguió en las sucesillas masacres. La consigna nos la ofrece
nada menos que el ejecutor material del genocidio del Cuartel de la
Montaña, Enrique Castro Delgado, creador del 5.° Regimiento de Milicias,
con expresión increíblemente cínica, en su libro Hombres made in Moscú:
-Ya dentro del Cuartel (escribe Castro Delgado), alguien dice: «Allí»
están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos ... Castro sonríe
al recordar la ,<fórmula». «Matar ... matar, seguir matando hasta que el
cansancio impida matar más ... Después ... Después construir el
socialismo». «Que salgan en filas y se vayan colocando junto a aquella
pared de enfrente, y que se queden allí de cara a la pared ... ¡Daros
prisa! La fórmula se convirtió en síntesis de aquella hora ... luego un
disparo ... luego muchos disparos ... La fórmula se había aplicado con una
exactitud casi maravillosa».
Tal es su relato, y por si aún fuera posible ensombrecer la tragedia,
cuenta la impresión que ella causó al Comité Central del Partido, ante el
que se presenta Castro inmediatamente:
-En el Comité Central, la Pasionaria le dice: «Camarada Castro, el Partido
se siente orgulloso de ti... toma esta pistola que te regala el Partido.
¿Qué sentiste en los primeros momentos? ¿No dudaste? "No había razón para
ello, Dolores". Ella se rió, todos reían. El se sentó, recordaba a los
muertos y sonrió. Estaba satisfecho. Estaba contento».
No son precisos comentarios. La segunda masacre en Madrid tuvo lugar en
Villaverde los días 11 y 12 de agosto con los «trenes de la muerte» de
Jaén. Doscientos presos de sus cárceles, con el Sr. Obispo, Dr. Basulto,
su hermana y su Vicario, ametrallados en el Pozo del Tío Raimundo.
Diez días después, primera matanza colectiva en la cárcel Modelo, con un
centenar de víctimas muy seleccionadas.
Así alcanzamos a los días finales de octubre en que las tropas nacionales
se acercan invictas a Madrid. Las autoridades rojas aumentan cada día el
número de detenciones y acrecientan su preocupación por los millares de
presos encerrados en sus cárceles, con la idea de que no pudieran ser
liberados por los nacionales en su posible, o mas bien probable, entrada
en la capital.
Prisiones rojas madrileñas. Espíritu de los
cautivos
Bueno será recordar lo que eran aquellas prisiones en las que
inmediatamente van a producirse las terribles «sacas» de detenidos, con
destino a las zanjas preparadas en Aravaca, en Vicálvaro, en
RibasVaciamadrid, en Torrejon de Ardoz y en Paracuellos del Jarama.
Cinco eran las del Madrid rojo: la Modelo, en la plaza de la Moncloa, en
el mismo emplazamiento del actual Ministerio del Aire, en la que se
hacinaban unos 8.000 presos. La de Ventas, hoy también desaparecida, en la
calle del marqués de Mondéjar, construida para prisión de mujeres, pero
desde el 24 de julio habilitada para varones, con unos 1.500 presos. Las
de los Colegios escolapios de San Antón, en la calle de Hortaleza y de
General Porlier, habilitados para prisiones, en cada una de las cuales se
amontonaban en aulas, galerías y pasillos más de 2.500 detenidos. Y
finalmente la del Convento de la calle del duque de Sesto, más reducida,
de la que no hacemos historia en razón a ser la única que gozó del
privilegio de no sufrir las famosas «sacas». En total unos quince mil
presos en Madrid a fines de octubre, aumentados cada día por sucesivas
detenciones.
El hacinamiento de los detenidos en aquellas cárceles, en las que por
entonces faltaba hasta el espacio necesario para reposar en el suelo, sin
comunicación alguna con el exterior o con las familias; las privaciones,
el hambre, el frío, la carencia absoluta de higiene, miseria, vejaciones y
padecimientos, la permanente amenaza de muerte, constituían el ambiente en
que malvivían millares de patriotas, destinados en gran parte a morir en
breve en las fosas de Paracuellos. Mas en aquel ambiente resplandecían
exaltados, por contraste, los más altos valores del espíritu: fe,
patriotismo, confianza en Dios y en la victoria, abnegación,
desprendimiento, hermandad y camaradería.
Cuanto se diga del fervor religioso respirado en aquellas prisiones es
pálido reflejo de la realidad. Desde el momento de ingresar en la cárcel,
la primera preocupación de todos era la de dirigirse a un sacerdote -que
en vano se encontraría en la calle- a quien consultar y pedir absolución.
La regla que los confesores impartían invariablemente era ésta: «Si te
preguntan si eres católico, no puedes negarlo de ningún modo, pero sobre
materias políticas o de otra naturaleza es lícito faltar o desfigurar a la
verdad para salvar la vida», y efectivamente de nadie se sabe, entre la
infinidad de presos sacrificados o interrogados, que apostatara o renegara
ante el riesgo de morir.
De continuo se administraba el sacramento de la penitencia, disimulada
mente, sentados en el suelo, tumbados en los petates
-cuando los había- o dando vueltas por el patio, e igualmente se rezaba,
principalmente el rosario, pese al riesgo de hacerlo. En este aspecto el
anecdotario carcelario es inacabable y espléndido.
-Tiene la cárcel resplandor de catacumba, escribió el luego Académico de
la Historia y Almirante Julio Guillén Tato en su libro Los últimos días de
la cárcel Modelo e igualmente otro superviviente de la prisión, al
referirse a la matanza del 22 de agosto en la Modelo, se expresaba en los
siguientes términos: Después de confesarme, a bien con Dios y con los
hombres, siento en mi alma una inmensa ternura ... y como para morir en
gracia de Dios es preciso perdonar, yo perdono a mis verdugos, como Cristo
perdonó en la Cruz. Y el Archivero-Historiador Arsenio de Izaga, en su
importantísima obra Los presos de Madrid, escribió:
La cárcel fue el yunque moral en que se forjaron las almas de aquellos
héroes y de aquellos mártires.
Tan contagioso resultaba este fervor que alcanzó a muchos que tenían
olvidadas sus prácticas religiosas, como a los políticos Melquiades
Álvarez y Rafael Salazar Alonso, ambos con antecedentes masónicos, que
murieron absueltos y en el seno de la Iglesia y el último con una hermosa
carta de retractación de sus errores, ofreciendo a Dios el sacrificio de
su vida por la salvación de España. Igualmente contagioso y ejemplar fue
el espíritu de patriotismo, del que fueron figuras destacadas multitud de
militares y paisanos, singularmente el heroico Teniente Coronel Carlos
Noreña, cuyo ejemplo imitaron muchos de sus compañeros.
28 de octubre, comienzan las «sacas» masivas:
Maeztu y Ramiro Ledesma.
De estas prisiones y en el ambiente expresado, comenzaron a producirse las
«sacas» masivas, bajo pretexto de traslados o de libertad. En la cárcel de
Ventas el 27 de octubre, se mandó formar a los militares pidiéndoles un
paso al frente a los que estuvieran dispuestos a servir a la República,
bajo terribles amenazas, y nadie lo dio. Su gallardía fue comentada con
entusiasmo por los compañeros de cautiverio, todos se dieron a la oración
y a renovar absoluciones. Y en efecto a la noche, por orden de la
Dirección General de Seguridad, 32 presos de esta cárcel fueron llamados
para salir, entre ellos Ramiro de Maeztu y Ramiro Ledesma Ramos.
La orden estaba firmada por el Director General, Manuel Muñoz: Siendo
necesario el traslado al penal de Chinchilla de los presos que al dorso se
relacionan ... sírvase entregarlos a los portadores del presente oficio,
miembros del Comité de Investigación, encargados de cumplimentar la
expresada resolución, y estaba fechada a 31 de octubre, es decir, tres
días después de su ejecución y comprendía los siguientes nombres:
Indalecio Gutiérrez Díaz, Albino Hernández Lázaro, José L. Gómez Bengoa,
Andrés Vilares Sánchez, Pedro Benito Chico, Juan Trillo Durano, Germán
Trillo Ruiz, José Rivera Arrillaga, José Lemus Calderón de la Barca,
Ramiro Maeztu Whitney, Alfonso Borbón de León (marqués de Squilache),
Enrique Borbón de León (marqués de Balboa), Joaquín Trillo Ruiz, Ramiro
Ledesma Ramos, José Romero Moreno, Francisco Gallego Díaz de Burgos,
Carlos Roa Miranda, Dionisio Martínez Moro, Domingo Miranda Abad, Matías
Luengo Castejón, José Jiménez Navarro, Antonio López de Ceballos,
Telesforo Mondéjar Montero, Doroteo Igueda González, Juan Toribio
Domínguez, Luis Arjona Sacedón, Antonio Sánchez Zamora, Ramón de Diego
Hidalgo, Francisco Montero Rodríguez San Pedro, Tomás Lázaro Aquiles, José
Díez Sánchez y Enrique Chaves Rodríguez.
Uno de ellos -se dijo que fue Ramiro Ledesma, pero información posterior
acreditó que no lo era, parece que lo fue un linotipista de ABC -se
resistió a salir de la cárcel y le dispararon un tiro de pistola al
vientre, rematándolo allí mismo. Los demás, conducidos en un camión al
Cementerio de Aravaca en la misma madrugada, fueron también muertos a
tiros de pistola, luego de despojados enteramente de sus ropas, como en el
Calvario hicieron con la túnica de Cristo, y allí enterrados.
De la prisión y muerte de Ramiro de Maeztu hay testimonios auténticos que
nos permiten dedicarle unos breves párrafos. En la primera hora de la
madrugada del 28 (no del 29 como erróneamente se dice a veces) un
miliciano llamado «el Chato», linterna en mano, entra en el departamento
en cuyo suelo descansaba el ilustre cautivo, gritando: -¡Ramiro Maeztu!:
el llamado reacciona con aire de defensa: - ¿A mí a estas horas? Pronto
cambia de actitud, se viste, pide discretamente la absolución al párroco
de Getafe, D. José Mª Fernández, próximo a su petate, recoge sus pobres
cosas y abraza a los compañeros: Hasta la Eternidad, y sale erguido, a
grandes zancadas, llevando en el bolsillo las cuartillas del libro que
estaba escribiendo, «Defensa del espíritu», de las que nunca más se supo.
Indalecio Prieto escribió más tarde: «El fusilamiento de Ramiro de Maeztu
fue uno de tantos crímenes injustificables y estúpidos». (Lo que hace
suponer, que para el dirigente socialista había otros crímenes
justificados y razonables.)
En el día precedente -el de la entrada de nuevos milicianos y la amenaza a
los militares- D. Ramiro paseó impaciente por el patio, hasta que ya
anochecido y cansado, se sentó en el petate rodeado del Padre Romañá, del
párroco y del coadjutor de Getafe, Huelin, el profesor Magariñas y otros
más. Alabó la actitud de los militares (Siempre son y serán caballeros los
verdaderos militares españoles) y en tono bajo cantaron la salve y rezaron
el rosario.
Maeztu, filósofo, humanista, político, ex Embajador en la Argentina y a la
sazón diputado por Guipúzcoa, había sido detenido el 28 de julio en el
domicilio de su amigo Váquez Dodero. Entraron unos milicianos por denuncia
de que en el piso había un oratorio, golpearon la puerta con los fusiles y
registraron. Se les presentó espontáneamente: -Aquí me tenéis, soy Maeztu;
los milicianos nada sabían de Maeztu, le creían el cura del oratorio,
telefonearon a la Dirección General de Seguridad y le detuvieron. El
Comisario de Buenavista lo puso en libertad, pero eran las 11 de la noche,
a la puerta estaba el coche con los milicianos y don Ramiro optó por
quedar detenido. Se le llevó a la cárcel de Ventas y al siguiente día en
ABC rojo se leía: -el escritor Ramiro de Maeztu, detenido. ¿Escritor
Ramirete? ¡A cualquier cosa llaman chocolate las patronas!
En prisión ingresó como señor natural de aquellos caballeros encarcelados.
Les hablada del «dominico inquisidor y banquero» que se precisaba en
España, escribía las cuartillas de su nuevo libro, rezaban en comunidad.
Alentaba a los detenidos, les contagiaba su esperanza en el resurgir de
España. Ocupaba una celda del piso 3.° izquierda, acompañado entre otros
de Federico Santander, Santiago Magariños, Vázquez Dodero y el doctor
Lemus. Su celda parecía una cátedra en la que se olvidaban de la condición
carcelaria.
A primeros de octubre le trasladan al departamento llamado «de madres» con
otros 40 presos, entre los cuales Bonifacio Sedeño de Oro, párroco de S.
Ginés y cuñado del general Fanjul; Magariños, catedrático de Instituciones
Americanas; el librero Alberto San Martín; el párroco de Getafe y su
coadjutor; Vázquez Dodero y el padre Romañá.
En un momento de humor carcelario (antes de comenzadas las «sacas»)
parodiaron allí la ceremonia de apertura de curso universitario, envueltos
solemnemente en la mantas a modo de túnicas. Magariños hacía de Rector
Magnífico; don Ramiro, de Ministro de Instrucción Pública; el párroco de
Getafe, de Cardenal-Arzobispo, y de Presidente un Teniente Coronel
sevillano que se llamaba precisamente Francisco Franco. Maeztu fue el
protagonista. Cantó la figura de Fernando VII, cuyo retrato debía presidir
todas las Universidades por ser el creador de las Escuelas de Tauromaquia,
en las que se enseñaba a vencer y a dominar a la fuerza bruta con la
virtud de la gracia y el arte del requiebro. Dijo: -El saber, como la
capa, con vueltas y revoleos viriles, logra llevar por donde a uno le
plazca, a la fiera ignorante. Si necesita castigo más duro, prended a la
ignorancia el rehilete certero de las banderillas, palos secos, punzantes
... y usad la espada para el necesario final ...
Las mayores «sacas» de noviembre. Paracuellos
del Jarama
En el mismo día de la saca de Ventas acabada de referir, se llevaron de la
cárcel Modelo otros 29 presos, igualmente fusilados e inhumados en Aravaca
y al siguiente día, otros 50 de la checa de Fomento fueron ejecutados en
el camino de Boadilla, cuyos restos, una vez acabada la contienda, fueron
exhumados y traslados al Camposanto de Paracuellos.
Quienes no lo vivieron no sabrán nunca la zozobra y angustia de la lectura
de las trágicas listas para las sacas, ni de los sublimes ejemplos de
entereza, de serenidad, de entrega a la voluntad de Dios. En altas horas
de la noche o en la madrugada, la prisión en penumbra por temor a la
aviación nacional, en el silencio de las galerías donde los presos
procuraban descansar tumbados en el suelo, un miliciano acompañado de
otros aparatosamente armados leía a gritos, linterna en mano, la larga
lista que portaba. Entre los presos podía oírse hasta el latido de los
corazones. Se manda a los llamados recoger sus cosas y formar en el
rastrillo de salida. Se despiden aprisa de amigos y compañeros, les hacen
algún encargo de última hora, se santiguan algunos y salen silenciosos,
resignados, con el pobre hatillo. Ya en filas, se les ordena dejar en el
suelo sus envoltorios, los cachean por si aún llevan algo consigo, los
atan fuertemente las manos con bramante, o alambre o cable eléctrico, y
amarrados de dos en dos por los codos los sacan al aire helado de la noche
o del amanecer, los suben a camiones o autobuses y parten para su destino,
siempre vigilados y amenazados hacia el último instante.
El primer día de noviembre, con las tropas nacionales próximas a Madrid,
el agente soviético Koltsov, «asesor» de las autoridades rojas y luego de
la Junta de Defensa, presente en España desde agosto, se ocupa con los
Comisarios políticos de la suerte de los presos. Ya tenían éstos
suspendidas las comunicaciones con las familias, cuando por orden del
Director General de Seguridad se sacan otros 79 presos de la cárcel de
Ventas, para fusilar en Aravaca, en su mayoría estudiantes, obreros y
labradores de los pueblos cercanos. Y el día 3, en Carabanchel Alto, se
fusila a 56 presos allí detenidos.
Un día después, en la cárcel Modelo, se llama a los militares con el
consabido requerimiento de servir a la República y todos guardan silencio.
La Dirección de Seguridad reitera la orden de sacar más presos,
especialmente militares, y en la madrugada del 5 salen de la cárcel de S.
Antón dos camiones cargados, y de la Modelo otra larga expedición en la
que forman parte el gran periodista Manuel Delgado Barreta, Director de La
Nación' el futbolista del Real Madrid Monchín Triana, y el Jefe
Territorial de F. E. de Galicia, Juan Canalejo. Y de la de Porlier otro
más en la que iban el Magistrado Pablo Calleja y un Auditor de Guerra.
Mas para esta fecha -las tropas nacionales combatiendo en la Casa de
Campo, la cárcel Modelo recibiendo proyectiles de artillería, y alojada en
su 1ª galería la 1ª brigada Internacional- el emplazamiento de Aravaca
resultaba peligroso para los rojos, por lo que sus responsables eligieron
otro para las ejecuciones masivas, a semejante distancia de Madrid pero al
otro lado de la capital, el cementerio de Ribas-Vaciamadrid, sobre la
carretera de Valencia. Previamente el Gobernador Civil de Madrid, el
socialista Rubiera, había urgido al Alcalde de Ribas la apertura en su
cementerio de tres zanjas de 5 x 2 x 2 m. y cuando pocos días después
preguntó si ya estaban abiertas, respondió sencillamente el Alcalde:
-Hechas y ocupadas. Exhumados los restos después de la guerra fueron
llevados en su mayor parte a Paracuellos del Jarama.
El mismo día 6 toman los nacionales Campamento, Carabanchel, Cerro de los
Ángeles y Villaverde. Huye a Valencia el Gobierno recién recompuesto por
Largo Caballero. El Ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, a su paso
por Tarancón, ordena por teléfono activar la evacuación de los presos de
Madrid y parece que añadió: «pero evacuaciones definitivas», lo que no
debe sorprendernos en Galarza, que el 5 de agosto, en un mitín en Mahón
había dicho con toda su «responsabilidad» de Ministro: -Tengo un gran
sentimiento por la muerte del Sr. Calvo Sotelo. El sentimiento de no haber
participado en ella.
La idea de Koltsov era sencillamente la de fusilar, y Castro Delgado, de
cuya «fórmula» hemos hablado anteriormente, dijo ahora que más valía
fusilar de más que de menos. En Madrid se encarga de ello enteramente
desde esta noche el nuevo Delegado de Orden Público y sus acólitos,
dependiente de la Junta de Defensa, que por encargo del Gobierno asume el
poder en Madrid.
En la tarde de este mismo día 6 -poco antes o poco después de la toma de
posesión del nuevo Delegado de Orden Público- hay nuevas y grandes sacas
de las cárceles Modelo y de Porlier. Los organizadores ya habían
abandonado también el campo de ejecuciones de Ribas-Vaciamadrid,
sustituyéndolo por el de Paracuellos del Jarama, más adecuado para sus
sangrientos propósitos, el cual acrecienta así, definitivamente, su ya por
entonces trágico destino. Entre los sacados ahora de la Modelo se cuentan
el General de Brigada Juan de Micheo y Asúa y el conocido Abogado Antonio
Comyn.
El lugar elegido era entonces un paraje solitario al pie del Cerro de San
Miguel en cuya cima se asienta el pueblo de Paracuellos, cercano al río
Jarama, cerrado en el horizonte por una seria de cerros pelados, a 16-18
Km. de distancia de Madrid, con caminos poco transitados y suelo arenoso y
suelto, fácil de excavar. Existía allí el grupo de pinos que contemplamos
dentro de su actual recinto, lugar sacratísimo, pues precisamente bajo
esos pinos se detenían los camiones que transportaban a los presos, los
hacían descender y allí aguardaban su turno, presenciando el fusilamiento
de sus compañeros, rezando, llorando, confortándose recíprocamente,
recibiendo bendiciones y absoluciones de los sacerdotes y religiosos que
con ellos iban a morir.
Atravesaban el lugar, entrecruzándose, la carretera local de Madrid a
Belvis y Cobeña y el arroyo seco de San José, junto a cuyo cauce se sitúa
la capilla que hoy ampara con sus cultos la paz de los mártires. Acabada
la guerra se desviaron las carreteras a su trazado actual, y el cauce del
arroyo, se trazaron caminos y se valló el recinto, aislando y dignificando
el Camposanto.
El 6 de noviembre se acercó a la cárcel Modelo el Fiscal del Tribunal
Supremo Romualdo Montojo, hermano del Capitán de Fragata don Ubaldo, allí
detenido, y la halló acordonada de milicianos y a filas de presos,
embarcando en camiones para Levante según le dijeron. Al siguiente día
consiguió llegar hasta la dirección de la cárcel, donde le informaron
simplemente que los presos se sacaban para matarlos y le exhibieron un
oficio de la Dirección General de Seguridad que decía: Sírvase V.S.
entregar a las milicias ... (ferroviarias o las que fueran) a los
detenidos comprendidos en la adjunta relación para su traslado al Penal de
San Miguel de los Reyes. Madrid, 6 de noviembre de 1936, el subdirector,
Vicente Girauta Linares, pero al oficina no se acompañaba relación alguna,
la estaban haciendo los milicianos, ficheros en mano, en el centro del
abanico de la prisión.
En la madrugada del 7 hallamos, por el enorme número de inmolados, las
mayores sacas del tremendo genocidio. Los presos fueron alistados y
amarrados durante la noche, y fueron tan graves los hechos que sus ecos
alcanzaron al Cuerpo Diplomático de Madrid, que además de reclamar al
Gobierno -que contestó con una nota negando todo- hicieron venir de
Ginebra un representante del Comité Internacional de la Cruz Roja, el
doctor Henny, quien logró obtener de la Junta de Defensa la lista de los
1.600 sacados en esta ocasión de la cárcel Modelo, de los que solamente
unos 300 llegaron a la de Alcalá de Henares; los 1.300 restantes fueron
sacrificados en masa en Paracuellos. ¿Podemos imaginar lo horrendo del
espectáculo?
El balance de este terrible episodio martirial, producido en breves horas
de la mañana del día 7, referido exclusivamente a una «saca» de la cárcel
Modelo, es el siguiente: España perdía de golpe mil trescientos hombres
activos y útiles. Las Fuerzas Armadas de los tres Ejércitos, más
Generales, Jefes y Oficiales que en ninguna de las sangrientas batallas de
la guerra. La Iglesia, más de cuarenta religiosos y sacerdotes. Numerosas
familias, a todos sus miembros varones. Quedaban viudas unas ochocientas
mujeres, y huérfanos de padre, unos dos mil hijos de distintas edades.
Entre los ahora sacados encontramos muchos casos de padres e hijos y de
hermanos, sacrificados juntos. El farmacéutico Luis Madariaga Moras y sus
hijos Ángel y Luis Madariaga Cenedese, Abogados; los cuatro hermanos
Antonio, Carlos, Emilio y José Mª Paramés de Casa Buylla, de ellos dos
Abogados, un Arquitecto y un Ingeniero; Gregario Sáenz de Heredia y sus
hijos José y Joaquín, estudiantes, de 21 y 20 años; el militar Francisco
Serrano Alguacil y sus hijos Manuel y Alfonso Serrano y García-Ibañez,
también militares; el militar Enrique Sicluna Burgos y sus hijos Luis y
Enrique, estudiantes de 23 y 16 años; el Abogado Mariano Soria Monje y sus
tres hijos, Rufino, Mariano y Luis, de 24, 22 Y 19 años; los hermanos
Enrique e Ignacio Triana Arroyo, hermanos del antes nombrado Monchín,
jugador del Real Madrid; y los hermanos Florencio y José Luis Vadillo
Alcalde, estudiantes de 21 y 17 años.
En la misma expedición salieron también los Abogados Jesús Cánovas del
Castillo, Agustín Minguijón (hijo del Catedrático aragonés de Historia del
Derecho), Manuel Sarrión (del bufete de José Antonio), el ex Ministro de
Trabajo de la República Federico Salmón, el estudiante de 16 años Manuel
Ruiz Gómez y Ricardo de la Cierva Codorniú, padre del actual historiador.
Y los Tenientes Generales, José Rodríguez Casademunt y Jorge
Fernández-Heredia Adalid (éste al parecer amarrado al Coronel de E. M.
Francisco Zamarra Agustina); el Almirante Juan Magaz Fernández de
Henestrosa, el General de Marina Esteban Martínez Cabañas, el Intendente
Pedro Pombo y Romero Robledo; los Coroneles, de Artillería, Alfonso Cano
Orozco; de Caballería, Victoriano Moreno Pérez-Brito; de Infantería, José
Salcedo Cárdenas, y de E. M. Nicolás Prat Court, e infinidad de Jefes,
Oficiales, clases e individuos de los cuerpos armados, como el Capitán
aviador Juan Ponde de León, más seis padres Dominicos, cinco Agustinos,
tres Escolapios, tres sacerdotes seculares, dos franciscanos, dos Paúles,
un Canónigo de Alcalá de Henares y un miembro por cada uno de las Ordenes
de Redentoristas, Oblatos, Jerónimos, Pasionistas, Corazón de María y
Hermanos Maristas.
En el mismo día 7 salió de la cárcel de San Antón otra enorme expedición,
en la que figuraban numerosos militares, marinos y estudiantes: el Capitán
de Navío Gabriel Ferrer Otero; Coroneles de Infantería Sinforiano Gómez
Hernández y de Caballería José Góngora Rodríguez, el Capellán castrense
Rogelio López Arribas y los Capitanes aviadores José Lorente Cancio y
Guillermo Romero Hume, y otro militar, Carlos Hernández Herrera, con dos
hijos estudiantes.
Inmarcesible gallardía militar en la prisión
de Porlier
En la galería 2ª de Porlier entraron a las 6,30 de la tarde del 3 de
noviembre 14 ó 15 milicianos armados hasta con bombas de mano, con el jefe
de la checa de Bellas Artes (ahora de Fomento). Formaron en filas a los
militares -así lo declara el también militar Jesús Sánchez Posada acabada
la guerra- que tenía a su derecha al Coronel Pareja y a su izquierda al
Coronel Valcázar. En medio de profundo silencio, firmes los detenidos, les
pasan revista sus carceleros tomando nombres y graduación. Los recuentan:
eran 162. Les arenga el jefe chequista: la Patria invadida por el fascismo
está en peligro, todos deben defenderla y pide un paso al frente a los que
quieran hacerlo. Sólo lo dan 4, un Coronel, un Capitán de la Guardia
Civil, otro de Oficinas y un Cadete. Indignado el jefe grita: -¿No hay
más? ¿Os negáis a luchar en defensa de la Patria? Interjecciones y
blasfemias. -Por última vez lo digo ... Nadie se mueve.
Se dirige a cabos y soldados, algunos dan el paso. Al soldado Arsenio
Yelves Muñoz, le dice: -Eh, tú soldado!, ¡hijo del pueblo!, ¿por qué te
quedas con esos canallas? ¿Te han coaccionado? El muchacho da un paso al
frente, se cuadra y a su vez le pregunta: -¿en cuántos combates has
participado tú, hijo del pueblo? ¿Por qué me mandas a luchar contra los
míos? Ve tú, yo no voy. El mandamás queda desconcertado. Entonces el
Capitán de la Guardia Civil yel Cadete que dieron el paso al frente,
vuelven con sus compañeros. A ambos y al soldado los apalearon luego
brutalmente.
Y el día 5, a la una de la madrugada, despojados de todo y atadas las
manos a la espalda, la mayor parte de ellos salieran en camiones para
Chinchilla, es decir, para el fusilamiento, probablemente en Ribas.
Los Coroneles Pareja y Valcázar levantaban la moral de los detenidos en
forma sublime. Al primero le ofrecieron un mando el 21 de julio y se negó;
a Pareja le había llamado en septiembre el Director de Seguridad, conocido
suyo, le pidió que tomara un mando, ofreciéndole traer su familia de
Aguilas a Madrid, pero no aceptó; entoces le dijo: -Por dinero no lo
dejes. Pareja dio un puñetazo sobre la mesa, se cuadró y repuso: -El honor
militar no se compra con todo el oro del mundo. Ambos fueron sacados en la
citada expedición y con ellos los Generales de Infantería, Francisco
Zubillaga Reillo, y de E. M. Manuel Lon Luga; el Coronel de Intendencia,
Francisco Monguió Vives; los Tenientes Coroneles de Intendencia, Jacinto
Pérez Carrera; de Carabineros, Angel Verde Rodríguez, y de Infantería,
Adriano del Pino Sanz; los Comandantes de Infantería, Leandro Haro Ladrón
de Guevara, Manuel Martín Díaz, Guillermo García Ruiz, Pablo Muñoz León y
Eduardo Araújo; de Carabineros, Miguel García Jiménez, y de Artillería,
Víctor Menéndez Cacho; los Capitanes, de Infantería, Gregorio Fernández
Ruiz, de la Guardia Civil, Antonio Rodríguez; de Intendencia, Santiago
Parra Mateo; de Aviación, Luis Angulo Jiménez; de Oficinas, Juan Pérez
Camargo; de Inválidos, José Sevilla Burriel, Luis Fajardo y Julián y Pedro
Mendoza, el Cadete Pedro del Real Arribas, más dos hijos del
Generallsidoro de la Torre, el soldado Arsenio Yelves Muñoz, el Prior de
los Carmelitas de Ayala Padre Francisco Marco Alemán y los paisanos
Ricardo Suárez, Luis Crespo y Víctor Moya.
De esta misma cárcel de Porlier salió el día 7 otra expedición más
reducida, con la variante de que sus víctimas se fusilaron en las tapias
del Cementerio de la Almudena, entre ellas el Comandante de E.M. Emilio
Pérez del Hierro. Exhumadas después de la guerra, sus restos se llevaron
al Camposanto de Paracuellos.
Paracuellos del Jarama y Torrejon de Ardoz
En el campo de Paracuellos, llegados los camiones de presos al cruce de la
carretera con la vereda de ganados paralela al arroyo de San José, se
detenían junto al grupo de pinos, bajaban a los detenidos en grupos de 10
a 25 y siempre atados se les conducía a pie a unos 200 m. en dirección al
cerro, junto al borde de las fosas, fusilándolos por piquetes de 30 ó 40
milicianos; luego se los arrojaba a ellas, algunos con vida, y los
enterradores reclutados forzosos en el pueblo, los cubrían de tierra.
En la tarde del día 7 se prepararon nuevas listas para la muerte en las
cárceles Modelo y de Porlier, sacando a los presos en la noche y en la
madrugada del día 8.
De la Modelo, como siempre, mayoría de militares y de estudiantes, amén de
otros de distintas profesiones y oficios. El Almirante Francisco Javier
Salas González, el Contralmirante Joaquín Cervera Valderrama y el
Vicealmirante Francisco Javier Enrile García; el Capitán de Fragata Ubaldo
Montojo; el General de Brigada José Alvárez de Sotomayor; IIdefonso
AIvárez de Toledo, marqués de Valdueza, militar, y su hijo Mariano,
Vizconde de la Armería, Abogado; el Coronel del 2.º regimiento de FF.CC.
Manuel Azpiazu Paúl, el Coronel de Ingenieros Navales Nicolás de Ochoa
Lorenzo y el Coronel Médico de la Armada Joaquín Sánchez Gómez; el Capitán
aviador Federico Bellod, el Capellán castrense Francisco Borrego Esteban,
los hermanos Mariano y Rafael Arrizabalaga Español y los hermanos
Fernando, Jesús y Luis Sánchez-Arjona, estudiantes de Fregenal de la
Sierra.
Y de la de Porlier otros muchos, entre los cuales José de las Bárcenas,
marqués de Villarrubia, y los hermanos estudiantes Gonzalo y Luis
Levenfeld.
Las expediciones de la noche del 7 al 8 de noviembre iban también
destinadas a Paracuellos, más la magnitud de las precedentes había
desbordado las previsiones de los responsables, hasta el punto de no tener
fosas bastantes dispuestas en Paracuellos, donde permanecían sangrantes e
insepultos los fusilados del día 7, hasta que en días sucesivos fueron
obligados los vecinos del pueblo de Paracuellos, pistola en mano, a cavar
nuevas y grandes zanjas, a las que arrastraron los cuerpos de los mártires
mediante garfios y cuerdas, tirados por caballerías.
En consecuencia, los dirigentes encaminaron las expresadas expediciones a
otro lugar próximo, el del castillo o soto de Aldovea, término de Torrejón
de Ardoz, donde una antigua y grande acequia en desuso, con más de 150 m.
de longitud, les sirvió para sepultar a estas víctimas, fusiladas al borde
de la acequia. Acabada la guerra se construyó un monumento en el lugar, se
exhumaron con toda formalidad los 414 cadáveres, de los que sólo algunos
pudieron ser identificados, y se trasladaron en féretros individuales al
Camposanto de Paracuellos.
Protesta diplomática. Breve interrupción de las «sacas»
La extrema gravedad del crimen continuado en los días 6 a 8 de noviembre
tampoco pasó desapercibida para los diplomáticos extranjeros en Madrid,
que puestos en movimiento, investigaron los hechos y protestaron con
energía ante la Junta de Defensa. Entre los diplomáticos, siempre
respaldados por su Decano el Embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado,
hemos de destacar por su eficacia, tenacidad y energía al Encargado de
Negocios de Noruega, Félix Schlaver, alemán de nacionalidad; además de
obtener la presencia de la Cruz Roja Internacional de que antes hablamos,
Schlayer con el Doctor Henny se trasladaron a los campos de muerte,
excavaron, obtuvieron fotografías y testimonios, visitaron las prisiones y
a la Junta de Defensa.
A causa de la intervención diplomática, temiendo un escándalo mundial, se
interrumpieron por entonces las sacas y matanzas y los presos que quedaban
en la Modelo, unos 5.000, fueron evacuados entre los días 14 a 16 de
noviembre a las prisiones de Porlier, San Antón y Ventas, hacinándolos en
ellas. Breve paréntesis, porque con redoblada osadía reanudaron la
sangrienta tarea en Porlier el día 17 y allí no la interrumpieron hasta el
4 de diciembre, en el que el nuevo Delegado de Prisiones de Madrid, el
sevillano Melchor Rodríguez, anarquista, hombre de energía, gran corazón y
sentimientos humanitarios -si bien desgraciadamente no exento de
antecedentes criminales como jefe del grupo «Los Libertos»- cortó
radicalmente las sacas. Mas no pudo evitarse que el avión francés en el
que el representante de la Cruz Roja regresaba a Ginebra vía Toulouse, con
informe, documentos y fotografías fuera interceptado en vuelo por un caza
rojo pudiendo tomar tierra cerca de Pastrana con tripulantes y pasajeros
heridos, entre ellos el Doctor Henny.
Se reanuda el Genocidio. Checas carcelarias.
D. Pedro Muñoz Seca.
Fue la cárcel de Porlier la escogida para entregar nuevos presos
maniatados a las fosas de Paracuellos desde el día 17 y sucesivos, con sus
noches, hasta el día 22 en que las otras prisiones vuelven a su negra
actividad.
De Porlier salieron ahora muy diversas personas: El Coronel del 4.º Tercio
de la Guardia Civil, Mario Juanes Clemente; el aviador, Luis de Aranguema
y Ascao; el Archivero Bibliotecario, Modesto Blasco Millar; el sacristán,
Luis Martínez Docampo; los sacerdotes, Timoteo Rojo Orcajo, Vicente
Rodríguez López y Julián Santiago Alba, de 50, 31 y 25 años,
respectivamente; el Coronel de Artillería Atilano Varona, etc.
Por estos días aparece un nuevo centro carcelario, enviando en masa a sus
detenidos a la muerte, el lIamado cuartel o checa «Spartacus», establecido
por el Comité rojo de la Guardia Civil en un convento de la calle de Santa
Engracia. Servía de prisión a los miembros de aquel Instituto que
consideraban desafectos, y en la tarde del 19 de noviembre «sacaron» dos
centenares de Jefes, Oficiales, clases y números, con pretexto de traslado
a Guadalajara, pero realmente para fusilarlos en las tapias de los
cementerios de la Almudena y de Vicálvaro.
En San Antón hay otra nueva saca el día 22, más reducida y aparecen en las
prisiones diversas checas dispuestas a interrogar y decidir sobre la vida
de los detenidos, con procedimiento elemental para el que disponían a
veces de informaciones de la Dirección General de Seguridad: el preso
comparecía en pie ante la mesa en la que tomaban asiento dos o tres o
cuatro milicianos de Vigilancia de Retaguardia, jóvenes que no iban al
frente -pistolas abundantes, cazadoras de cuero, correajes y cinturones
repletos de balas al estilo mejicano-. De entrada ponían el cañón de la
pistola en la nuca o la sien del interrogado: -«¡Si no lo confiesas todo
ya sabes lo que te espera!», amenazan, insultan, blasfeman, preguntan o
afirman cosas absurdas; para ellos, católico equivalía a fascista, ir a
misa, a enemigo del pueblo, creer en Dios, un fanatismo del clero, etc.,
en pocos minutos terminaba el «juicio» en el que casi exclusivamente
hablaban ellos.
De este modo el día 24 en la cárcel de Porlier quedaba preparada otra
grandísima lista para Paracuellos, centenares de presos de todas edades,
profesiones y oficios -ya estaban más que diezmados los militares y
estudiantes-o He aquí diez de estas víctimas, tomadas al azar: Ramón
Aguilar Alvárez, de 25 años, odontólogo; Julián Alcántara Aldunate, de 48,
Agente de Vigilancia; Miguel Alonso Morales, de 30 años, empleado de
parques y jardines; Miguel Ayala Fernández, de 30, Ingeniero de la
Telefónica; Miguel Ángel Ballester Gálvez, de 42, militar; Román Cabezas
Vallina, dependiente de comercio; Antonio Camón Alcover, de 50, Ayudante
de O. P.; Ángel Cogolludo Álvárez, de 23, empleado de imprenta; Ángel
Dilla Carpintero, de 34, veterinario, y Matías Escribano Peña, de 27,
representante de comercio.
En los siguientes días, 25, 26, 28 y 29 hay nuevas sacas masivas de
Porlier, en las que se incluye, casi al completo a una conocida familia
madrileña, la del Notario, Alejandro Arizcun Moreno, 56 años, con sus
cuatro hijos: Ramón, 28 años, Ingeniero; Francisco, 26, Abogado; Luis, 24,
Médico, y Carlos, 17, estudiante.
En San Antón una gran saca el día 27, en la que fue el fotógrafo de prensa
José Calvache, y otra mayor el día 28, la más conocida de esta prisión,
por su número y por comprenderse en ella a D. Pedro Muñoz Seca, amarrado
al P. Guillermo Llop, Prior de los Hermanos de San Juan de Dios de
Ciempozuelos, quien se despidió de sus religiosos con un simple: -Hasta el
Cielo.
La orden que autorizaba esta saca decía: D.G. de S.-Sírvase poner en
libertad a los presos que se mencionan en la hoja adjunta y hoja 2.ªMadrid,
27 de noviembre de 1936. El Delegado de O. P., firmado Serrano Poncela, y
comprendía un total de 110 nombres, entre ellos, además de Muñoz Seca y el
Padre Llop, al Provincial de los Agustinos de Castilla, Avelino Rodríguez,
con doce religiosos de su Orden, de quien se sabe que ya al borde de las
fosas de Paracuellos absolvió y abrazó a sus compañero de martirio. Y
catorce Hermanos de San Juan de Dios: el Padre Juan Jesús Adrados, Maestro
de Novicios, y otro Padre más con cinco Hermanos de la Comunidad, entre
ellos el Hermano Clemente Díaz, de 75 años, cuatro novicios, dos
postulantes y un donado. Y el artista-pintor José Mª Angoloti, de 69 años,
y los hermanos Diego y Manuel MacCrohon Jarava, de 23 y 24 años.
En San Antón el día precedente a esta gran saca, se percibía ya la
tragedia por la presencia de nuevos milicianos y la agitación en oficinas
y portería. Muñoz Seca, que a veces lograba acceso a despachos oficiales,
tuvo conocimiento de lo que se preparaba, incluso de las listas, en las
que leyó su nombre. Su primera medida fue la de confesar con el Padre
Tomás Ruiz del Rey, a quien dijo sencillamente: -Padre, mañana nos matan;
arreglemos nuestra alma con Dios. Escribió a su mujer: -Queridísima Asun:
Cuando recibas estos renglones estaré fuera de Madrid. Voy resignado y
contento ... Y al fin esta postdata: -Como comprenderás voy muy bien
preparado y limpio de culpas.
A Francisco Javier de Burgos, también preso, le dijo: -Se me acusa de
monárquico, por haber llevado a Roma para Don Alfonso XIII el manto de la
Virgen del Pilar. Con este manto voy a morir yo también ...
A las cinco de la madrugada, alboroto de ruidos y griterío. Milicianos con
linternas, fusiles y pistolas leyendo una primera lista: -¡Atención! ¡Oído
a la lista! Y nombres y más nombres. -¡Los nombrados que recojan todo y
bajen a la portería! A las 7 ya están en la calle de la Farmacia subiendo
á los camiones, las manos atadas a la espalda y sin equipaje. Ya las 8
vuelven las voces y nueva lista, la de Muñoz Seca. Angustia y despedidas,
los sacerdotes no dan abasto para las absoluciones. Se grita: -¡Pedro
Muñoz Seca, al rastrillo para marchar!; el nombrado abraza estrechamente a
sus compañeros Guillermo Marín y Cortés Cabanillas. Va con un abrigo
puesto y otro al brazo, en la mano una maleta. Al pasar el rastrillo le
arrebatan la maleta y el abrigo del brazo, las gafas que se estrellan en
el suelo, el reloj, la cartera, las fotos y recuerdos familiares. Le atan
las manos a la espalda. A las 1 ° de la mañana la expedición con el M. R.
P. Llop, que dice al paso a un novicio: -Vea cómo vamos, van a matar a
todos. Que los hermanos se preparen.
La expedición parte en los camiones, camino de Paracuellos. Y todavía otra
expedición al mediodía, si bien en esta ocasión, por misericordia divina,
llega a salvo a la prisión de Alcalá de Henares.
Era don Pedro Muñoz Seca natural del Puerto de Santa María, 55 años,
casado con doña Asunción Ariza, 9 hijos, creyente fervoroso, funcionario
del Estado, autor de infinidad de obras teatrales (comedias, sainetes,
juguetes cómicos), desde «La venganza de Don Mendo» a las del tiempo
republicano, con pinceladas de ironía política («La Oca, «Anacleto se
divorcia», «Jabalí», «La cartera de Marina», etc.).
Se hallaba con su mujer, al comenzar la guerra, en Barcelona, donde el 17
de julio estrenó en el Poliorama la que iba a ser su última comedia, «La
tonta del rizo», con la compañía de Arturo Serrano e Isabelita Garcés.
Pronto comenzó despiadada persecución contra él. En A 8 e del 25 de julio
se leía: Por algo se empieza. Muñoz Seca, declarado cesante. Los famosos
actores Irene López Heredia y Mariano Asquerino, también en Barcelona,
tratan de amparar al matrimonio acomodándolo en la pensión «Claris» de la
vía Layetana, hasta que en la tarde del 29 entra una partida de
milicianos, capitaneados por el actor Avelino Nieto, se lo llevan a la
Jefatura de Policía y de allí a Madrid por Valencia, con su esposa, pero
en conducción ordinaria.
El 6 de agosto ingresa en la cárcel de San Antón, en la que según Cortés
Cabanillas fue acaso el preso más relevante y admirado, a la vez que uno
de los más vejados y maltratados. Allí encuentra a sabios Agustinos, como
el Padre Zarco, el escritor Julián Cortés Cabanillas, a los actores
Ricardo Calvo y Guillermo Marín. Pelan patatas, limpian lentejas, rezan el
rosario, forman inacabables tertulias, comparten su fe en el triunfo y
cuando lo permite la vigilancia miliciana recitan posesías patrióticas
-hoy ignoradas de nuestras juventudes-, la «Marcha Triunfal», de Ruben
Daría; «El Divino Impaciente», «En Flandes se ha puesto el sol», con
aquella sentencia tremenda de Marquina:
-«¡Por España! y el que quiera defenderla, honrado muera;
y el que, traidor, la abandone, ni en la tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos, ni las manos de un buen hijo para cerrarle
los ojos!»
Hizo gran amistad con los Hermanos de San Juan de Dios, y en un momento de
humor, que nunca le faltaba, escribió en la gramática inglesa en que
estudiaba un novicio:
-«Querido Román Martín:
más que estudiar el latín debes estudiar inglés,
que en este mundo, ya ves,
el latín tiene mal fin».
Con harta asiduidad recibía la visita, con aire de protección de un tal
Pedro Luis de Gálvez, casado con la actriz Carmen Sanz, seudo poeta, más
siniestro que grotesco, y al decir de Cortés Cabanillas rufianesco,
aventurero de la peor calaña, sucio de cuerpo y de alma, personaje tan
abyecto que para sacar dinero a los conocidos, llevó envuelto en
periódicos a un hijito recién fallecido al café de Fornos, poniéndolo
sobre una mesa. El desdichado hampón halló su hora en los medios
revolucionarios y sin pertenecer a partido alguno, como tuerto en tierra
de ciegos; se hizo capitán de milicianos, luego Comandante de Carabineros,
tenía automóvil con chofer y siempre en la retaguardia y ebrio, estaba
presente en los episodios más tenebrosos y sangrientos, fusilamientos,
asalto a la cárcel Modelo, selección de presos para las sacas. Capitán
Saltatumbas», le llamaba Antonio Paso, quien valiéndose de este tipo,
llevando a la mano a su hijo Alfonso, y acompañado también de cierta
peluquera amiga de Gálvez (a la que había hecho Alférez de Carabineros,
con uniforme, correaje y documentación), consiguió visitar en San Antón a
Muñoz Seca, interesándose por su suerte. Al despedirse, advirtió el seudo
poeta a los milicianos, refiriéndose a don Pedro: -¡Cuidármelo! iA éste no
lo mata nadie más que yo! ¿Verdad Pedro?; a lo que el interesado respondió
irónico: -Honradísimo, Gálvez, honradísimo. Antonio Paso, encarándose con
el rufián, le anunció: -Si algo le pasa a Muñoz Seca tú tendrás la culpa y
lo pagarás muy caro.
Muñoz Seca abrigaba cierta esperanza en la ayuda del miserable en caso de
extrema necesidad, pero en los días inmediatos al 27 de noviembre, ni
apareció por la prisión, ni fue posible localizarlo.
Las últimas «sacas»
De la prisión de Ventas sacan el mismo día 28 otra expedición y una más de
la de San Antón el día 29, en la que forman entre otros, el Abogado, José
Mª del Sol Jaquotot y sus hijos estudiantes José Mª y Luis, de 20 y 18
años, y Arturo Soria, creador de la Ciudad Lineal. Y se prosigue al día
siguiente 30 con otra enorme saca de más de 250 presos, en la que sucumbe
la flor de la provincia agustiniana de Castilla, encabezados por el M.I.P.
Mariano Revilla, Asistente General, y 51 religiosos, de ellos 25 Padres,
20 estudiantes o novicios y 6 hermanos. De los primeros, 5 eran Académicos
de la Real de la Historia y 17 Profesores de Universidad. Marcharon con
extraordinario fervor, ejemplarizados por el Padre Asistente General. Con
ellos fueron otros 7 religiosos de San Juan de Dios, entre los cuales los
Padres Diego de Cádiz García y Román Toncada, Secretario General y Vice-Rector
respectivamente, quienes en emocionante acto de catacumbas confirieron la
profesión «in artículo mortis» a sus novicios. Y también un hombre modesto
y bueno, Agustín García Fuentes, portero de la casa en que vivió don José
Calvo Sotelo (Velázquez, 89).
En la cárcel de Ventas, nueva y numerosa saca el mismo día 30 en la que,
entre otros, aparece el Catedrático de 28 años Eustaquio Lagunero con sus
hermanos Augusto, Ruperto y José, estudiantes; José Aranda, empleado
municipal, y sus dos hijos estudiantes Andrés y Jaime; y los hermanos
Antonio y Joaquín Gallego Jover, casados, empleados.
Así concluye el trágico noviembre, mas no el diario drama de las sacas
carcelarias, prolongadas durante los cuatro días primeros de diciembre. De
San Antón las hallamos en los cuatro expresados días, si bien más
reducidas en número de víctimas, y de la de Ventas otra expedición con 64
mártires el día 2 y otra, la última en esta cárcel, el día 3, con 60
presos, entre los cuales ocho de San Sebastián de los Reyes (cuatro de la
familia Izquierdo, uno veterinario, labradores los demás); los estudiantes
hermanos Francisco-Javier y Gabriel López Olivas y el conocido escritor y
periodista Federico Santander.
Pero de donde obtienen más sangre mártir en estos días es de la cárcel de
Porlier, en la que no interrumpen su tarea los chequistas, enviando a las
zanjas de Paracuellos nuevos presos los días 1 y 2 y más aún el 3, entre
cuya noche y la mañana del 4 salieron las tres últimas expediciones del
magno genocidio. Las dos primeras -a las 2 y las 5 de la madrugada-
cayeron en ParacuelIos, en tanto que la tercera, a las 7,30, por la gracia
de Dios llegó salva, aunque con sobresaltos, a la prisión de Alcalá de
Henares.
El instrumento de que se valió el designio divino para poner fin a tan
prolongado martirio lo fue el antes citado Melchor Rodríguez, quizá sin
sospecharlo él mismo, realizando el milagro de acabar con el río de sangre
que a diario empapaba la arena de lo que ya era CAMPOSANTO DE MARTIRES.
Síntesis del gran holocausto
¿Cuántas víctimas reposan en este lugar? En ningún tiempo será posible
señalar cifras exactas, por las razones apuntadas al comienzo de este
trabajo, mas no será difícil obtener número aproximado, con nombres,
fechas y procedencias. Por ahora me atrevo a afirmar que el número de
sepultados en Paracuellos, incluidos los llevados de Boadilla del Monte,
Ribas-Vaciamadrid, los 414 de Torrejón de Ardoz y de otros lugares
próximos (excluyendo los 800 del cementerio de Aravaca) superan con mucho
las cifras señaladas por ciertas monografías recientes, si bien no tan
elevadas como las que nosotros hemos utilizado a veces. El número de OCHO
MIL TRESCIENTOS CINCUENTA Y CUATRO mártires que expresa el
Archivero-Historiador de la Real Academia de la Historia, Arsenio de Izaga
en su importantísima obra Los presos de Madrid (Madrid 1940), puede ser el
más aproximado hasta ahora.
Las zanjas en que se sepultaron tantos miles de mártires eran
descomunales, terroríficas, sin precedentes ni comparación con cualquier
otro episodio de la Cruzada. Siete en total, la mayor la nº 4 (mártires
del 9 y 24 noviembre y otros desconocidos) con 160 x 4 m.; la nº 6
(mártires del 3 y 4 diciembre y otros desconocidos), tiene 120 x 8 m.; la
nº 5 (mártires del 28, 29 Y 30 noviembre) 80 x 8 m.
Tal es, en síntesis, la historia trágica y gloriosa de los Mártires de
Paracuellos del Jarama, el más grandioso holocausto católico de todos los
tiempos en España, uno de los mayores de la historia de la Iglesia
Universal. Inicua y gigantesca carnicería de hombres inermes, indefensos,
plenos de espíritu cristiano y patriótico, para la que los responsables no
se preocuparon siquiera de buscar pretexto y en la que desde luego no hubo
la más mínima participación popular, como tampoco la hubo en las matanzas
generales que antes hemos referido. El pueblo de Madrid ignoró los hechos
hasta que concluida la guerra se supo la verdad con todo su horror y toda
su grandeza. Todo estaba perfecta, diabólica mente dispuesto por los
órganos de poder, desde el Ministerio de la Gobernación a la Dirección
General de Seguridad y desde la Junta de Defensa a su Delegado de Orden
Público. Las órdenes y listas de salida de las prisiones, la conducción de
los presos en autobuses de la Empresa Municipal o en camiones de servicio
oficial, la apertura de zanjas, los piquetes preparados con abundancia de
armas y de municiones, todo estaba previsto y ordenado de antemano, sin
que nadie desde el poder se opusiera, cuando más tarde se demostró que un
solo Delegado de Prisiones, por sí mismo, pudo poner fin en un instante al
inmenso crimen contra el Derecho de Gentes.
El precipitado Arsenio de Izaga, que convivió en prisión con los mártires,
escribió a propósito de Paracuellos: «Cuadro espantoso aquel cuadro ...
espectáculo escalofriante el terrible piquete de forajidos que disparaba
sus fusiles o sus ametralladoras sobre unos hombres de bien de toda
profesión, de toda categoría y de toda edad, sacerdotes y seglares,
militares y paisanos, ricos y pobres, patronos y obreros, desde los que
habían pasado los dinteles de la ancianidad hasta los que apenas habían
salido de la niñez, mientras sus compañeros de infortunio, hacinados sobre
los vehículos o apelotonados a la vera del camino, esperaban el turno
fatal y contemplaban indefensos el suplicio que poco después iban a
sufrir».
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«Yo que conocí el temple de sus pechos, lo adiviné cuando ví que salían de
la prisión con el resplandor de los elegidos ... Ninguno renegó de sus
convicciones religiosas y patrióticas. Ninguno dio la más leve prueba de
vacilación ni de flaqueza. Todos se negaron a prestar adhesión al régimen
que los estaba envileciendo, a pesar de que se les ofrecía como único
medio de salvarse. Todos se animaban entre sí, y oponían a las blasfemas
imprecaciones de sus verdugos, su fe de creyentes y su altivez de
españoles. Todos recibían la helada caricia de las balas como el galardón
eterno que el Cielo les tenía prometido y el beso que la Patria imprimía
en sus frentes de Cruzados. Y no se había extinguido el eco de la última
descarga, cuando aún resonaba en el espacio su vibrante grito, ¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva España! »
Gloriosa memoria de los Mártires de
Paracuellos y de la Cruzada
Concluida la guerra los mártires de Paracuellos recibieron durante muchos
años el testimonio de devoción de los madrileños y de las altas
representaciones de la Iglesia y del Estado. Así por ejemplo en 5 de
octubre de 1941 el Obispo Eijo Garay bendecía la Capilla provisional del
Camposanto, celebraba la Santa Misa y dirigía emocionadas palabras a los
fieles; el 15 de octubre del año siguiente, el Regimiento de Caballería
núm. 1 de Alcalá de Henares, con el General de la 1ª Brigada y su Coronel
al frente, rendía tributo a los Mártires, al decir del Coronel, «-Con una
plegaria como cristianos y honores con las armas como militares»; y el
Consejo Diocesano de Jóvenes de A. C. organizaba en Paracuellos el 25 de
noviembre de 1951 un gran acto nacional de fidelidad a los Mártires.
Mas hemos visto cómo, a partir de los años sesenta, el silencio y el
olvido de quienes más obligados están hacia los Mártires ha caído sobre su
memoria y sobre la tierra que cubre sus sagrados restos, como si jamás
hubieran existido, en el tiempo en que se deterioran los valores por los
que aquellos murieron, se padece confusión religiosa y se degrada la moral
pública y privada. Tan sólo la Hermandad de Ntra. Sra. de los Caídos de
Paracuellos del Jarama mantiene su devoción a estos Mártires.
No pretendo entrar en el análisis de las causas, pero me atrevo a pensar
que la señal de restauración de la Iglesia y de España vendrá dada por la
renovación de la santa memoria de estos Mártires y de todos los de la
Cruzada, es decir, cuando nuestra superior Jerarquía eclesiástica llegue
al Camposanto de Paracuellos, como lo hiciera el Doctor Eijo Garay, y
después de besar su tierra mil veces santa, celebre solemnes Oficios a la
mayor gloria de aquellos elegidos de Dios, y cuando los altos dignatarios
de la Nación rindan de nuevo homenaje a los héroes que allí reposan.
Un rayo de esperanza hallamos en la reciente declaración martirial de las
tres Carmelitas de Guadalajara, cuya beatificación solemne se anuncia para
el 29 de marzo en Roma, si es que a continuación se prosiguen las Causas
de tantos miles de Mártires de la Cruzada, cuyos méritos no son inferiores
a los de aquellas santas religiosas.
En tanto, y cuando más oscuro contemplamos el horizonte, encomendémonos a
esta gloriosa constelación de los Mártires, ellos son nuestros mejores
aliados en el Cielo, de donde procede todo poder, y el suyo de
intercesores de la divina gracia es tan grande como lo fuera su
sacrificio.
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