A TRAVÉS DEL TESTAMENTO
¡¡ANTE
TODO, ERA UN HOMBRE!!
Por
X.X.
Entre las muchas interpretaciones que podamos dar de los
diferentes aspectos que ofrecía la personalidad de José Antonio Primo de
Rivera, no nos parece que sea la menos importante aquella que le considera
simplemente como hombre. En las líneas siguientes se trata de recoger la emoción
humana de José Antonio:
En la misma entraña de las efemérides
humanas que integran el Alzamiento Nacional de España, José Antonio Primo de
Rivera surge como un mito. José Antonio tuvo razón; y este hecho ha producido
un fenómeno que se ha dado muy pocas veces en nuestra historia política; ha
habido que dársela y muy cumplida. Y esto le ha convertido en un símbolo y
como todos los símbolos tiende a alejarse de nuestro humilde y amarga compañía.
Sin embargo, llegará quizá un momento en que convendrá acercarle a todos,
porque tendremos todavía necesidad de su elegancia y de su magnífico buen
sentido.
Ahora,
la publicación del testamento nos coloca otra vez en presencia del hombre. Esta
página de gran estilo y de profunda humanidad, rompe la escayola de los bustos
y de las estatuas; y a nosotros, que fuimos sus amigos, nos parece, cuando
leemos estos párrafos tocados por la luz de su extraordinaria muerte, como si
sintiéramos la respiración de su pecho joven y arqueado, y como si viéramos
el destello mate, un poco triste, de sus ojos meditativos.
*
* *
Nosotros conocimos personalmente
a José Antonio. Era, por su edad, un gran joven, fuerte y magnífico.
Por su temperamento, un hombre hecho. Por su cultura, el complejo mismo del
hombre civilizado. Pasión y dulzura, audacia y responsabilidad, ironía, piedad
y... esa cosa profunda y angélica que se llama la compasión, alternaban, con
una lucidez febril, en el cielo de su espíritu. Queremos decir que no era un
primario -mejor dicho, que era todo lo contrario de un primario- y que José
Antonio, desde cualquier decisión grave, pedía consejo a su corta dramática
experiencia, a sus luces y sus perplejidades incesantes y continuadas. Ninguna
cosa humana le era extraña. Y era bueno y compresivo a pesar de la acidez de su
juventud: era la juventud misma de España con sus tristes y duras postulaciones
frente a la infinita variedad de la vida, frente a los frutos de la vida. Amaba
la vida. "En cuanto a mi próxima muerte la espero sin jactarme, porque no
es alegre morir a mi edad; pero sin protesta."
Esta
frase, que se leerá siempre con escalofrío, contiene todo el drama de la
juventud española sensible; nuestro drama quizá de todos los tiempos.
En el curso de los atormentados años que
estamos pasando -y ya llevamos casi dos decenios- la juventud ha hecho muchas
cosas de provecho y desprovecho; pero si pudiéramos resumir una característica
de este tiempo diríamos que durante este período la juventud ha estudiado
menos de lo que ella misma quería. Y como está absolutamente demostrado, por
otra parte, que las cosas no se improvisan, ni se improvisan los hombres; que no
hay genios ignorados, ni Milagros humanos detrás de las esquinas, cuando nos
enfrentamos con la madurez impresionante que José Antonio puso en lo que dijo,
en lo que escribió y lo que hizo, quedamos literalmente impresionados. Frente a
estos documentos -y el Testamento es la quinta esencia de la complejidad de una
vida- se piensa si José Antonio no habrá sido uno de los pocos hombres de su
generación que en estos años caóticos, agitados y confusos, tuvo tiempo
suficiente -a pesar de su pasión política diaria, al rojo vivo- de encerrarse
con sus libros, de leer los autores indispensables, de meditar sobre los clásicos
eternos, de los cuales han salido todas las formas mentales. José Antonio
produce el efecto de haber pasado por las escuelas con gran provecho y además-
cosa que hay que recordar en todo momento-, de haber tomado su carrera en serio,
con una seriedad absoluta.
José Antonio el abogado. Sí, abogado.
Esta carrera, tan desvalorizada, desgraciadamente, tuvo a través de José
Antonio, una dignidad total, una elevación de tono ejemplar. No hay mas que el
Testamento para discernir su calidad jurídica, su respeto a las normas, su
respeto a las cosas profundas que contiene el rito. Esto es civilización, pura
y simple.
Por otra parte, se observan en su obra,
constantemente, huellas de los grandes autores. En su testamento se escribe esta
frase que algunos conceptuaban vulgar e indigna de la hora en que fue escrita y
del hombre que la escribió: "Que provean a sustituirse urgentemente en la
dirección de los asuntos profesionales que me están encomendados... y a cobrar
algunas minutas que se me deben."
¡Cómo pensar, frente a estos cuidados, en
la última noche que pasó Sócrates en esta vida mortal y en aquella
recomendación que hizo a sus amigos, según se lee en la Apología: "¡Pagad
el gallo que debo a Esculapio!" No. Esto no es pintoresquismo. Es la
humanidad misma, en cuanto lleva el tono, la dignidad a los aspectos más pequeños
de la vida. Lo contrario es abandono y anarquía. En definitiva, en la manera de
morir influye siempre el orden de la vida.
Y es que José Antonio, todas las
reacciones José Antonio -como escritor, orador, político, jefe de Movimiento-
tienen una marca de humanidad insuperable. José Antonio, ante todo, era un
hombre.
(Diario Vasco, 22 de noviembre de 1938.)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 98 a 100.