JOSÉ
ANTONIO
Agustín
de Foxá, Conde de Foxá
Franco
ha dicho a su Consejo Nacional que ha muerto José Antonio. Por vez primera, le
ha temblado la voz serena e imperiosa que ordena y gana las batallas.
¡Cómo
amará esta claridad, esta dura certeza de la muerte, su alma clásica, a pleno
sol, enemiga de la niebla!
Porque
durante muchos meses sus camaradas le llamaron bellamente " el ausente
" por piadoso romanticismo. Pero él no era romántico.
Porque
el romanticismo es liberalismo en la literatura. Es el individualismo que lleva
a la anarquía. Porque el romanticismo no ha sido nunca umbral de hierro de los
Imperios, sino marco de rosas de las decadencias.
José
Antonio amaba la unidad, la meditaba, la norma.
A
la lira semita oriental, colgada del sauce de Babilonia, que canta, alocada, con
todos los vientos, él opone la firmeza pitagórica de los números.
Por
eso, desdeñando el folklore, el musgo, el prado nativo, la gaita añorante, el
concepto romántico de la Patria, la definió como unidad de destino, por que él
sabía que el prado se agosta, pero que desde el principio del mundo dos más
dos han sumado siempre cuatro.
Por
eso también en el paraíso católico de la Falange no existía una anarquía de
nubes y de arpas, sino ángeles verticales con espadas.
José
Antonio amó la claridad y la disciplina. Para el agua, acueductos; para el
verso, sonetos.
Frente
a la horda, el Ejército; frente a la masa, la Jerarquía.
Pero
una profunda y entrañable humanidad salvó siempre su pensamiento de la
frialdad de las normas.
Quería
que el agua conducida no perdiera nunca la alegría de la espuma y el vigor del
torrente. Para someter no es preciso esterilizar. Se puede canalizar con inerte
cemento, pero también con piedra viva.
No
quiso nunca que la política muriera en la Administración, ni en los sueños,
las ilusiones de un pueblo, terminaran en burocracia.
Porque
no bastan las estadísticas, el orden material o los Códigos. Es preciso medir,
pero con hermosas medidas. Es cierto que él numeró sus muertos, pero no lo
hizo con cifras, sino con astros luminosos.
José
Antonio es el primer político español que afirma que los pueblos son
construidos por los poetas; que hay que oponer a la poesía que destruye la poesía
que edifica.
Él
es, en realidad, nuestro primer poeta.
Acaso
su frase más genial sea ésta: " El camino más corto entre dos puntos
pasa por las estrellas. "
Y
por las estrellas, salpicándolas de sangre, ha tenido que pasar la juventud de
España para salvar la Patria. Que nada en el mundo es más eficaz que la
gallardía.
José
Antonio, ese joven, enérgico, tribuno ardoroso, combatiente resuelto. Poesía,
fantasía, delicadeza, ímpetu y finura. Atesoraba las condiciones de un joven César.
Mejor aún, de un paladín cristiano. Un día me decía, certeramente Eugenio
Montes: " es el Amadís de Gaula de nuestra generación. "
Se
sabía portador de un tremendo mensaje y aquello daba a sus ojos la tristeza de
los profetas que mueren siempre antes de pisar los viñedos de Canaán. El dolor
incomprendido de los que avizoran el futuro.
Terrible
tragedia del que ve claro y está rodeado de ciegos, del que anuncia como un
centinela el amanecer, mientras los otros duermen todavía.
Todo
alto destino es absorbente y exige una total renuncia. Y para José Antonio era
aún más difícil renunciar, porque amaba apasionadamente la vida y apreciaba,
en su valor, la alegría de su sangre.
Era
marqués de Estella, tenía un gran bufete, los amigos de su padre, sus periódicos,
le saludaban como príncipe heredero de la Dictadura. Así hizo su aparición en
nuestra vida política.
Dejarse
llevar por aquella amable corriente era lo cómodo, pero él, como verdadera espíritu
selecto que era, amaba lo difícil.
A
su padre le habían odiado muchos que hubieran podido comprenderle. Los
intelectuales, la juventud universitaria conducida por ellos, habían bautizado
de indignos aquellos siete años de paz y honor
militar. Y era preciso ganarlos. Cada generación posee un idioma propio que no
comprenden las generaciones anteriores. Él lo hablaba perfectamente.
Comienzan
sus tanteos hacia la gloria. Se funda el " Fascio Español " y aquello
fracasa. Y él se dio cuenta que no se podían carbonizar los viejos partidos
cambiándoles el apellido.
La
hora era propicia. Ortega y Gasset va a desautorizar a la República; la
juventud se cansa de Américo de Castro, de Fernando de los Ríos, del laicismo
y de Ginebra; con su mechón rebelde Ramiro Ledesma Ramos capitanea ya por cafés
y tertulias, ateneos callejuelas, el ímpetu jonsista y edifica todo un cuerpo
de doctrina, Giménez Caballero ha escrito " Genio de España " y
alborea, hacia Valladolid, Onésimo Redondo, castellano rural y religioso, como
un granero en un claustro romántico.
El
cielo está cargado de presagios. Ha sonado la hora; va a nacer la Falange. Y
allí está el hombre.
Los
eruditos futuros estudiarán la formación cultural de José Antonio, las
fuentes que le nutrieron, la influencia de Sánchez Mazas, los antecedentes de
su doctrina, lo que debe a las J.O.N.S. y a Ortega. Yo no he de intentarlo. ¿Quién
se para a recordar la composición química de la obra cuando ésta nos arrastra
irresistiblemente?
Yo
sólo sé que estábamos ignominiosamente tranquilos, resignados y escépticos,
y que su voz potente nos despertó a todos, nos zarandeó violentamente, nos
incendió de arriba abajo. Nos dio intranquilidad y coraje.
No
niego que antes de él se hubiera atesorado grandes verdades, pero José Antonio
acuñó aquel oro, lo puso en circulación, lo hizo saltar del olvido de los
libros a las revistas, a la sangre, a los sesos, al alma de la juventud. Los
profetas que traen el mensaje, cogen los Viejos Testamentos de unos grupos y los
convierten en religión universal.
José
Antonio creó un nuevo estilo, definió genialmente a la Patria dando argumentos
definitivos para preservarla de todo separatismo, e incorporó el gran sentido
católico de nuestra cultura a su gran obra de reconstrucción nacional.
Al
internacionalismo, al materialismo, a las luchas de patronos y obreros de los
marxistas él opuso, sereno, el Imperio, la catolicidad y la armonía de las
clases.
Se
dijo de él, interpretando mal su elegante comprensión, que en el fondo era
liberal y rusoniano. Pero José Antonio clavó en lo alto de nuestro pensamiento
verdades intangibles, que no podrían derribar el vaivén de los sufragios y
para cuya defensa debía emplearse, si era preciso, la dialéctica de las
pistolas. Una y mil veces le hemos oído decir "que el pueblo que es capaz
de amor o de odio no puede ser nunca sujeto de conocimiento".
Lo
que sí pretendía José Antonio era encontrar una fórmula que hiciera
compatible las exigencias de un régimen autoritario con su profundo respeto católico
al alma del hombre, portadora de valores eternos y capaz de salvarse o de
condenarse.
La
brevedad de un artículo nos impide hacer historia. En un Madrid, en una España
estéril llena de mentiras y de artificio, donde sonaban grises las tediosas
palabras de "escrutinio", "quorum", "comisiones" y
"votaciones nominales", él nos dijo palabras milenarias y eternas, de
luceros y de lucha, guerra y amor, amanecer y entrañas.
A
la juventud miope de oposiciones y de institución libre, todavía con la
amargura del 98, él le entregó himnos y banderas. Cuando languidecíamos sin
fe él nos dio el sentido religioso y militar que salva a los pueblos.
Después
vino la lucha, los muertos en las esquinas, el paréntesis populista que quiso
enjaular a las Águilas, el triunfo marxista y la viril rebelión de Franco. José
Antonio se nos ha ido para siempre, pero aquí está su voz congregándonos.
En
nuestras montañas su bandera; sobre el mar y en el aire su himno y sus 26
puntos luminosos, que transformarán a España, a la sombra victoriosa de las
espadas.
En
una tarde lluviosa de San Sebastián he leído la confirmación de tu muerte,
que desgarrándose el corazón ya nos había anunciado hacía meses Fernández-Cuesta.
José
Antonio, jefe, camarada, amigo mío, desde mi lluvia y mi tristeza vayan estas líneas
hace tu tumba desconocida, bajo las ardorosas palmeras de Alicante, y que ese
mar, hoy ruso todavía, helado por los aceites soviéticos de los barcos de
Ordesa, vuelva pronto, por la gracia de tu muerte, a ser español y latino, con
la columna, el panal y el racimo de la vieja cultura mediterránea.
(Diario Regional, Valladolid, 20 de noviembre de 1938).
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA”Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 95 a 98.