BOMBARDEO DE FLORES SOBRE LA CÁRCEL Y CEMENTERIO DE ALICANTE

 

SOBRE EL POETA YACENTE

 BOMBARDEO DE FLORES

 

por José Mª del Rey Caballero

Así rezaban letras del Parte Oficial: "A las doce de hoy, nuestra Aviación bombardeó con flores la Cárcel y Cementerio de Alicante en homenaje al glorioso Fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, asesinado y enterrado en aquella ciudad." La estrofa, tantas veces heroica, cobró ayer una encendida sublimidad. Sobre el héroe, yacente en la tierra de España que conoció el color de su última sangre, cayeron flores del cielo.

 Nunca el heroísmo del aire navegó en más poética empresa, nimia a lo aparente. Jamás se rindió homenaje más delicado y profundo.

¡Una flor a precio de vida! El aviador en este mercado de insuperable cotización espiritual que creó la guerra española, entrega su vida a trueque de victoria; pero los aviadores que volaron sobre José Antonio quisieron llevar sus propias vidas a las incógnitas fronteras donde pueden perderse nada menos que para arrojar un mensaje de rosas.

En el aire de Alicante se inició el diálogo de las dos Españas: la horda, que aprisiona los huesos del profeta después de cortar su vuelo de águila caudal, disparando, cruel aún, la muerte en las nubes de los antiaéreos, y nuestra España que habló con flores su lenguaje de amor. Una vez más se comprobó imposible el diálogo entre el bien del mal y monologó el odio de las imprecaciones delirantes de los disparos, y, alta y noble, nuestra España, dominante de la tiranía del rencor, ofrendó una peligrosa lluvia Florida.

¡Arriesgar vidas y aparatos simplemente para lanzar una flor! En otras latitudes no entenderán el gesto español. Mejor. En otras latitudes tampoco supieron calar en la locura de Don Quijote. Nosotros no desfiguramos las cosas y sabemos que en esa Cruzada trascendente la ofrenda de flores es un episodio; aunque hermoso, el episodio nada más; pero sabemos también que estos episodios de categoría excelsa son los que nos definen y señalan, porque resultan inverosímiles en otros.

La Aviación nacional, curtida en pólvora y explosiones, ciñó ayer un distinto laurel de honor, y la página poética por ella escrita pudo vivirse porque este España nueva que alumbra de la desolada devastación y de los lutos de crímenes, se labra por el duro quehacer de bayonetas afiladas, sobre consignas de poesía y juventud. Porque nuestro Caudillo, que es Generalísimo y Jefe supremo por el acatamiento de la admiración de la comunidad española, ha querido recoger el tesoro de generosidad que vivificaba y henchía la doctrina naciente de José Antonio para consagrar la razón de nuestro amanecer. Porque en nuestra hora difícil reina un clima juvenil que permite el despertar de las ideas grandes y la verdad, que era insólita, de su realización. Porque hemos despegado del lodazal donde se malograban el desinterés y el espíritu de sacrificio y descubrimos que lo "sesudo" suele carecer muchas veces de meollo y que no nos sirven las cabezas que funcionan ignorantes del corazón.

Por eso, José Antonio, fuimos a ti con el "Presente" de nuestras flores; por eso unos hombres jugaron denodado sus vidas sobre otros horizontes postreros; por eso, porque la España que a ti no te gustaba ha arrancado ya, a sangre y fuego, la costra que la cubría de envilecimiento, y, gracias al sacrificio de la legión apretada de caídos que tú, transfigurado en símbolo, acaudillas con tu muerte, y al esfuerzo de los que siguen tu ejemplo, se alza, desangrada, pero segura, hacia las alturas del grito que fue expresión de tus ansias ardientes y es mandamiento que rige nuestro ímpetu. Porque España se levanta, pudo, abrazadas las rosas de tu Himno, volar hasta el aire que acaricia tu sepultura para transirlo con la ternura de la ofrenda.

Tú, si comprendías el gesto y por ello, para tu homenaje, lo idearon y en tu recordación se consumó entre meteoros de balas viajeras.

Así es España. Donde una mente poética concibe apasionada, en ambiente de lucha, una revolución de amor; donde los militares que interpretan la cruda tragedia guerrera un buen día de otoño caracolean, bajo la lumbre del sol, con motores hirientes del silencio, para cantar sobre los restos del profeta una triste canción de la que se desprenden pétalos de flores que, para cubrir mejor la tierra de la tumba, sacrifican la pura unidad de la rosa.

Así, José Antonio, si Dios ilumina a los días de España con su celestial amparo, será certeza para la Patria aquéllas, como tuyas, desinteresadas palabras: "pronto sus huesos resecos se sacudirán de alegría y harán nacer flores sobre nuestras tumbas, cuando el paso resuelto de los falanges nutridas nos traiga el buen anuncio de que otra vez tenemos a España".

 (F.E., 22 de noviembre de 1938.)