LA
ORACIÓN FÚNEBRE PRONUNCIADA POR EL ARZOBISPO DE VALLADOLID
Oración
fúnebre pronunciada por el excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo de
Valladolid en el funeral celebrado en la catedral de Burgos en sufragio de José
Antonio Primo de Rivera, el día 20 de noviembre de 1938.
Señor:
En
el principio de esta oración sagrada quiero hacer constar que el hablar en esta
solemnidad es para mí un sacrificio, y sacrificio grande. Acostumbrado a la
predicación pastoral, cual conviene principalmente a los prelados de la Santa
Iglesia, es para mi tarea ardua predicar esta oración fúnebre. Y la dificultad
se acrecentó con la escasez del tiempo de que dispuse para prepararme y con el
cansancio de mi organismo, fatigado por recientes trabajos pastorales. Y sin
embargo acepté, porque me lo pidió V.E. y considere que V.E. vive en continuo
e ingente sacrificio por Dios y por España, y a quien así vive ningún español
y ningún hijo de la iglesia puede negar la colaboración o el servicio a favor
que V. E. le exija o le suplique.
Por
esa consideración, excelentísimo y reverendísimo señor, señores y hermanos
míos en Jesucristo; por esta consideración estoy aquí, en esta cátedra
sagrada, un tanto descentrado, aunque parezca paradoja; porque en esta cátedra
sagrada voy a pronunciar una oración que hablando rigurosamente no es sagrada.
¿Por qué? En esta cátedra los elogios a un difunto constituyen una oración
sagrada cuando puede el predicador corroborarlos con las enseñanzas del
magisterio de la Santa iglesia. Así puede hacerse al predicar los panegíricos
de los santos que habiendo sido canonizados, de ellos consta con certeza plena,
de fe divina, que murieron en gracia de Dios y gozan de la bienaventuranza
eterna y que practicaron las virtudes teologales y cardinales en grado heroico.
Mas estas dos misteriosas realidades no constan de aquellos difuntos, por
esclarecidos que fueren, que no han sido canonizados. ¡Diferencia profunda
entre un panegírico y una oración fúnebre!
Mas
aunque sólo tengan valor humano los elogios que voy a tributar a José Antonio
Primo de Rivera, serán elogios y sorprendentes y bien merecidos por cierto. Él
supo vivir y, sobre todo, supo morir como siervo bueno y como hijo bueno de la
Patria y de la Iglesia. Y Dios ordenó en su Providencia amorosísima que nos
dejase José Antonio un retrato sublime de su corazón en aquellas horas que
precedieron a su muerte: su testamento, que es prueba palmaria de mi afirmación:
José Antonio, hijo preclarísimo de España e hijo ferviente de la Iglesia Católica.
¿Qué
va a ser, pues, esta oración fúnebre? Lectura de los párrafos principales del
testamento de José Antonio. Breve comentario de los mismos. Las enseñanzas serán
brotando espontáneas y pujantes. Para que tengan más autoridad, sobre los
hechos y palabras de José Antonio derramaré, cuanto lo permita la brevedad del
tiempo, la luz de la doctrina católica. Surgirá la figura de José Antonio y
al circundarla los fulgores de sus buenas obras y de su muerte cristiana,
veremos que en el momento culminante de la vida, que es el momento de la muerte,
José Antonio merece los títulos gloriosísimos de hijo preclarísimo de España
y de hijo dócil, bueno, ferviente, amorosamente rendido a la Santa Madre
Iglesia Católica.
Así,
pues, esta oración fúnebre versará acerca de la última lección de José
Antonio: lección soberana de patriotismo y de religiosidad católica. ¿Qué
mejor oración fúnebre, cuál más la oratoria, cuál más provechosa, cuál más
necesaria en esta hora trascendental de la Historia de España?
¡Lectura
del testamento de José Antonio! En este templo y en esta ocasión memorable paréceme
que las palabras de José Antonio en su testamento han de tener sonoridades y
resplandores y óleo de unción patriótica y cristiana, como quizá en ninguna
ocasión y coyuntura pudieran tenerlos.
Antes
de empezar la lectura, una declaración importantísima. Es mi intención de
rectísima y firmísima de permanecer por encima de toda cuestión política.
Por tanto, yo suplico a todos que interpreten mis palabras con tal elevación
que en ellas no vean ni apego ni despego, ni alabanza ni vituperio, a ninguna
institución o fuerza o energía, tendencia u opinión que actúe dentro de la
esfera de la doctrina de la Iglesia y del ámbito de la Patria española.
GLOSAS
AL TESTAMENTO
El
testamento de José Antonio constaba de la introducción y de las cláusulas. La
cláusula primera contiene una profesión plena de fe católica. Dice José
Antonio:
"Deseo
ser enterrado conforme al rito de la Religión católica, apostólica, romana,
que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Cruz."
No
se desfigure esta confesión de fe católica arrancando sus palabras su sentido
obvio y espontáneo. Es sin duda alguna profesión de fe católica plena, que al
mismo tiempo está ungida con la suavidad y delicadeza de la piedad cristiana más
acendrada: "en tierra bendita, y bajo el amparo de la Cruz".
*
* *
En
consonancia con esta profesión de fe, las obras. El párrafo segundo de la
introducción es sublime.
Confesión
de que Dios es el señor de la vide y de la muerte: "Condenado ayer a
muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance..."
Conformidad
varonil de serenidad heroica ante la muerte: "Condenado ayer a muerte, pido
a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el
fin la decorosa conformidad con que lo preveo..."
Invocación
magnífica y humilde a la misericordia de Dios: "... y al juzgar mi alma
como no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita
misericordia".
Y
además de estas perlas, en la misma concha del párrafo citado, otras cuatro
preciosísimas.
Proclamación
de la dignidad judicial suprema de Jesucristo.
Confesión
de que Dios es el manantial primero de todos los bienes y venturas.
Proclamación
de la fuerza redentora de los merecimientos de la Sangre de Jesucristo.
Ejercicio
ejemplar de la función principal de la Iglesia Católica, que es la oración
humilde y confiada ante el trono de Dios.
*
* *
El
párrafo tercero respira humildad y modestia encantadora, al hablar de su propio
valer. Escribe José Antonio: "Me acomete el escrúpulo de si será vanidad
y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyuntura
cuentas sobre algunos de mis actos; pero, como por otra parte, he arrastrado la
fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer (demasiado
bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla
y contrita sinceridad)... "
Lección
magnífica en la que resalta el valor y la eficacia de las virtudes humildes,
que llamaba pasivas la herejía americanista, condenada por León XIII. Ved a
José Antonio. ¡Qué humilde y qué sencillo! Y decidme, ¿estas virtudes
esterilizaron su actividad, disminuyeron o apocaron su fecundidad? Ciertamente
que no. De estas raíces humildes sencillas brotó y tomó savia el árbol
gigantesco de sus amores y trabajos y sacrificios por España.
*
* *
Los
rasgos encantadores abundan en el testamento de José Antonio. Uno: la ternura
de corazón. No era estoico, era cristiano, y el cristiano es divino y es
humano. Cristo es Dios y es hombre, hombre perfecto. Por ser Dios no pierde las
características de la naturaleza humana. El cristiano, por ser divino, por
llevar en su entendimiento la luz sobrenatural de la fe y las aspiraciones
sobrenaturales de la esperanza en el corazón y los ardores de la Caridad en la
voluntad, no por esto deja de ser humano; más aún, aquellas fuerzas
sobrenaturales, bien aplicadas, aumentan, vigorizan y exaltan todas las fuerzas
ordenadas de la humana naturaleza.
Ved,
pues, a José Antonio valiente, afectísimo, denodado, hasta el sacrificio,
hasta la muerte, y a la vez de corazón sensible. No merece la recriminación
del apóstol san Pablo contra los gentiles: sine afectione: hombres sin corazón. Leamos el párrafo cuarto de
la introducción del testamento: "Si la Falange se consolida en cosa
duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre
por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un
lado y la antipatía del otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he
tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me
acojan como el último de ellos."
*
* *
En
el párrafo sexto expone que se defendió y cómo se defendió y por qué se
defendió. Resaltan tres rasgos de su personalidad: primero, el desprecio de las
pequeñeces, bagatelas y puerilidades de la tierra; segundo, el cariño hondo y
prudente de sus hermanos; tercero, el respeto a los derechos de Dios.
Veamos
el primer rasgo. Dice José Antonio: "A esto atendí y no a granjearme con
gallardía de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice responsable
de todo, ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón romántico. Me defendí
con los mejores recursos de mi oficio de abogado."
Segundo
rasgo: amor a sus hermanos. Dice José Antonio: "Además, que ni hubiera
descendido ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía con mi defensa y sí,
en cambio, cooperaba a la de mis hermanos Margot y Miguel, procesados conmigo y
amenazados de penas gravísimas."
Rasgo
tercero: escribe José Antonio: "Hubiera sido monstruoso y falso entregar
sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para
que se la quemara en holocausto a la vanidad, como un castillo de fuegos
artificiales.
¡Lección
maravillosa de respeto a los derechos de Dios sobre la vida humana!
*
* *
Y
al final del párrafo sexto, otra lección hermosísima, de respeto a la verdad
y al buen nombre y fama del prójimo.
Ojalá
todos la aprendan bien y a ella ajusten su proceder en esta hora en la que no sé
cuál sea el arma más temible y mortífera, si las máquinas de guerra que el
ingenio humano produce, o las lenguas viperinas que lanzan los proyectiles de la
calumnia con los gases deletéreos de la confusión y del odio, de las
desconfianzas y recelos, de las suspicacias e inquietudes y desasosiegos.
Habla
José Antonio: "Como el deber de defensa me aconsejó no sólo ciertos
silencios, sino ciertas acusaciones fundadas en sospechas de haberme aislado
adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esta
sospecha no está ni mucho menos comprobada por mí y que si pudo ser
sinceramente alimentada en mi espíritu por la avidez de explicaciones,
exasperada por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser
mantenida.
¡Bien!
¡Muy bien! Así es como se construye una España excelsa, con actos de tanta
nobleza y caballerosidad.
*
* *
Una
de las enseñanzas y preceptos más humanos y más divinos, más santificadores
y más civilizadores es la enseñanza
y precepto del perdón de las injurias y del amor a los mismos enemigos. Claro
está que sin quebranto de las normas de la justicia y sin descuido de las
medidas de seguridad y defensa que reclaman el orden social y la vida de la
Patria.
Estas
enseñanzas brillaban en el espíritu José Antonio y el precepto grabado está
en su corazón. Escribió en el párrafo noveno de la introducción de su
testamento: "Perdono con toda el alma a cuantos le hayan podido dañar u
ofender, sin ninguna excepción, y ruego me perdonen todos aquellos a quienes
deba la reparación de algún agravio, grande o chico."
*
* *
Los
hombres de verdad grandes, ¡cuán amantes son de la verdad y cuán humildes!
Porque la humildad es la verdad, según lo definió Santa Teresa.
Las
palabras de José Antonio que acabo de leer suenan a otras parecidas de San
Agustín y San Pablo. Aquél escribió los extravíos de su voluntad de su obra
titulada Las Confesiones y los extravíos
de su entendimiento en otra titulada Las
Retractaciones. Y San Pablo, desde las cumbres celestiales adonde llegó en
sus vuelos hacia los arcanos más profundos de la divinidad, descendió llamándose
el último de los apóstoles y recordando que había sido perseguidor de la
iglesia.
En
forma semejante José Antonio escribe en el párrafo noveno: "Creo que nada
más me importa decir respecto de mi vida pública. En cuanto a mi próxima
muerte, la espero si jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin
protesta. Acéptela Dios nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para
compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi
vida."
*
* *
El
apartado a) de la cláusula cuarta es
de altísimo valor y doctrina ejemplarísima. Dice así: "Que revisen mis
papeles privados y destruyan todos los de carácter personalísimo, los que
contengan trabajos meramente literarios y los que sean simples esbozos y
proyectos en período atrasado de elaboración, así como cualesquiera libros
prohibidos por la Iglesia o de perniciosa lectura que pudieran hallarse entre
los míos."
Ved
aquí el reconocimiento de la jerarquía de la Iglesia, no sólo para regir,
sino también para adoctrinar: predicando, aprobando los libros de Dogma y Moral
y Liturgia, y con poderes jurisdiccionales de autoridad soberana condenando a
los libros nocivos a la vida cristiana. Estos poderes reconoció y acató José
Antonio en la hora de las supremas verdades, que es la hora de la muerte.
Patriota
humano, humanísimo, fue José Antonio. Bien lo demuestra el párrafo octavo de
la introducción. Dice: "Ojalá que fuese la mía la última sangre española
que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya la paz el pueblo
español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la
Justicia."
¡Que
tres tesoros anhelaba José Antonio para el pueblo español!
Primero,
el tesoro de una Patria. Sin Patria bien conocida, bien amada, bien servida, no
es posible la humana felicidad sobre la tierra.
Y
dentro de la Patria, el segundo tesoro, el Pan. Es decir todo lo que el hombre
necesita para decoroso vivir, propio de la extensa naturaleza humana.
Y
además el tesoro de la Justicia, bajo todas sus formas y especies, para que el
árbol de la Patria perfectamente organizado y funcionando perfectamente, dé
los frutos exquisitos de la verdadera y plena civilización y grandeza.
*
* *
Por
último, José Antonio en su testamento está retratado como amante ardoroso de
España. Leemos en el párrafo séptimo: "Dios haga que su ardorosa
ingenuidad (la de sus seguidores) no sea nunca aprovechada en otro servicio que
el de la gran España que sueña la Falange."
Y
esta gran España que soñaba el Fundador de la Falange, ¿puede ser una España
que por caminos tortuosos venga a caer en manos del comunismo, o en manos del
racionalismo, o en manos de la masonería, o en manos del liberalismo disfrazado
con otro nombre?
La
España que soñaba el Fundador de la Falange es una España en consonancia con
el espíritu español y católico que informa y anima y verifica y engrandece y
sublima el testamento de José Antonio.
LAS
ENSEÑANZAS DE LA ÚLTIMA LECCIÓN DE JOSÉ ANTONIO
Esta
es la lección última que dio José Antonio, asentado en la cátedra de la
muerte, con el entendimiento iluminado ya con las primeras luces del día de la
eternidad. Lección de enseñanza magnífica, de contenido sustancial
profundamente humano y cristiano, y envueltas en un ropaje de sencilla elegancia
de estilo, de claridad y precisión ideológica admirable y envidiable.
También
importa mucho a España aprender esta lección de majestuosa armonía entre la
palabra y la idea y la realidad, cuyo ápice sumo es la segunda persona de la
Trinidad Beatísima, el Verbo Hijo de Dios, en el cual, en síntesis infinita,
se funden en la palabra infinita y la idea infinita y la realidad infinita de la
esencia misma de Dios.
Daños
muy lamentables pueden sobrevenir a España por la confusión de lo divino y
humano, de lo histórico y de lo legendario y mitológico, en un lenguaje
dominado por el uso arbitrario y absurdo y monstruoso de las palabras en
mezcolanza caótica.
Y
después de escribir la última lección, José Antonio cayó.
Cayó
su cuerpo muerto en los brazos de la madre tierra; cayó su cuerpo muerto en las
entrañas de la madre tierra como semilla de resurrección, y las entrañas de
la madre tierra está durmiendo, no el sueño eterno, no, sino el sueño
secular, sueño de siglos, cuyo número Dios sólo conoce; dormirá hasta el día
de la resurrección universal de la carne, cuando resucite glorioso, porque su
alma... ¡ah! el alma de José Antonio, piadosamente pensando, voló hacia los
luceros, más no en trasmigración fantástica, de metempsicosis; más arriba
voló, mucho más arriba de los luceros materiales; voló hacia el firmamento de
los luceros espirituales, que son los ángeles y bienaventurados del cielo. Así
lo podemos pensar piadosamente.
El
alma de José Antonio voló y cayó en los brazos de Dios, o caerá, si es que
todavía dura su purificación en el Santo Purgatorio. Con nuestros sufragios,
con los sufragios de España entera lograremos que pronto caiga sobre el Corazón
Sacratísimo del Rey Divino, y entonces, en abrazo dulcísimo, el espíritu de
José Antonio quedará saciado, sin hastío, de las dichas supremas de la verdad
y del bien, de la justicia y del amor.
Y en aquellas alturas hará su guardia, pero la hará como lo enseña el dogma
de la Comunión de los Santos, que es el dogma de la comunicación vital de las
tres Iglesias: militante, purgante y triunfante. Sí; desde aquellas
excelsitudes seguirá mirando amorosamente por España, pues en el cielo no se
extingue el fuego de los amores sanos; allí, purificado y divinizado el amor de
la Patria, lanza sus llamaradas que abrazan a Dios y después desciende sobre la
tierra y abrazan a España.
Por
último, debe caer el recuerdo aleccionador de José Antonio en el corazón de
España; y todos a una, con brío y entusiasmo, con esfuerzo y alegría, y
entreguémonos a la oración y al trabajo y al sacrificio en bien de España,
para engrandecimiento y prosperidad de nuestra amadísima Patria.
Oremos
con tal fervor y humildad y confianza como si todo dependiera total y
exclusivamente Dios; trabajemos con tal denuedo como si todo, total y
exclusivamente, dependiera de nuestro trabajo.
Con
esta norma, todos unidos en sustancial coincidencia de aspiraciones, dejando al
margen accidentales diferencias y pequeñeces de bagatelas pueriles, anhelemos
una España próspera en todos los órdenes, en la que los españoles gocen de
las máximas posibilidades para ser felices en esta vida, y de las máximas
facilidades para salvar su alma y ser felices en el cielo.
La
España futura... ¡Oh!, yo la contemplo en lontananza cada vez menos lejana.
Salida del crisol de la guerra, guerra tan dura y fuerte y áspera, guerra tan
gloriosa y triunfal, la contemplo organizada españolamente y cristianamente, en
unión cordial del pueblo con la autoridad, en armonía fraternal de todas las
clases sociales, en venturosa y fecunda concordia de las potestades temporal y
espiritual, política y religiosa... ; la contemplo como nación privilegiada,
en la que reina divinamente el Corazón nobilísimo de Jesucristo, cuyo reinado
es el reinado de la verdad y de la
vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del amor y de la paz...
Esta
es la España por la que ahora ciertamente suspira José Antonio.
Para
que éste suspirar confortador se convierta en realidad hace él guardia sobre
los luceros, orando allá en las regiones arcanas de la Iglesia triunfante o de
la Iglesia del Santo Purgatorio.
Oremos
nosotros por él, para que si todavía no ha penetrado su alma en las regiones
del cielo, pronto, hoy mismo, traspase las fronteras de aquella Patria eterna,
en la que han de refundirse todas las patrias de acá abajo.
Réquiem
aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei. Amén.
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 68 a 75.