FUNERAL A JOSÉ ANTONIO

   LAS CEREMONIAS DE BURGOS

 

Agustín de Foxá

 Novena de ánimas en la Iglesia de San Lesmes, abad, patrón de Burgos. Y en la fachada de la pequeña iglesia, viejecitas con manto y librillos de cera amarillenta, la orla negra de la Cofradía de Difuntos de San Francisco.

Tristísimos cielos blancos, de nieve, de noviembre, cuando los cuadros con llamas pintadas y la Virgen del Carmen del Purgatorio se iluminan con velas taciturnas en todos los altares.

Árboles sin hojas, sobre el morado del atardecer. El Arlanzón corre escaso, turbio, con hojas de álamos de lejanas carreteras, entre el hierro y las bolas de piedra del Espolón. De noche, bajo el puente, en el mismo cauce, se oyen los cencerros de las vacas y terneras que pastan sobre unas praderas que pronto sumergirán  las crecidas; y se hielan, sin gorriones, las estatuas de los reyes de piedra con herrumbrosas espadas en la mano y cabezas cortadas bajo los pies...

Toda la ciudad está perfectamente seria para recordar a José Antonio.

Y hay colgaduras, con negro crespón, en los miradores -que son los ojos de Burgos-, con listones de papel para evitar la vibración que quiebra el cristal cuando los bombardeos aéreos. Su joven retrato, de ojos serenos, en la joyería de las cruces floreadas y los alfileres de plata, con la silueta del " Baleares "; en la algarabía de los mercados, en las panaderías, hasta en esa humilde tienda de cestos de mimbre con espejos empolvados y aviones de madera que en la próxima Navidad serán el juguete de los niños pobres.

Luto en la ciudad; anoche, en el Ministerio, mientras llovía en los cristales, las muchachas de la Falange han estado hasta la madrugada (la hora fría de su fusilamiento), poniendo cordones de seda negra a los recordatorios de José Antonio. Y algunas han apagado la luz para que no se las viera llorar.

Ya está hecho el plano del funeral; y la prosa de los itinerarios se ha perfumado con los nombres -siglos de cultura de la vieja ciudad- de plazas y calles. Así los moros de la guardia jalifiana no estarán frente a la puerta del Sermental. Y hay que verter arena en la calle de la Paloma, donde el pasadizo ojival de la Catedral forma todavía un refugio con sacos terreros. ¡Palomas y sarmientos bautizan estas calles a las que la democracia del XIX dio nombres de concejales!

Unos obreros desmontan un andamio cubierto, aplicado a los viejos muros grises de la Catedral; raspan las piedras seculares y gravan el nombre de José Antonio. Arriba, cuerdas, picos y cal viva. Y hay algunos, acostumbrados todavía al concepto laico de las catedrales consideradas como joyas heladas o como museos de catálogo, que lo lamentan amargamente.

Pero es que cuando hay fe las catedrales entran de nuevo en el torrente circulatorio de la vida del pueblo. Y en ellas se cavan nuevas sepulturas, se graban nombres y en sus fachadas nocturnas los actores, vestidos de Ángeles o demonios declaman los versos teológicos de los autos sacramentales.

Así nosotros hemos representado en las catedrales de Segovia y Compostela el drama de Posé de Valdivieso, y hemos pintado, con el ocre de los estudiantes, un Víctor a Franco, en las piedras doradas de la de Salamanca, y ahora ponemos el nombre de José Antonio en la de Burgos, junto a los epitafios borrados de los viejos héroes.

Emoción de los andamios en la catedral; visión que únicamente contemplaron los burgaleses de hace siglos cuando la construyeron y todavía eran blancas y húmedas las piedras y aún olían a muerto los sepulcros recientes.

Campanadas con lluvia a las once de la mañana.

Los moros, con guerrera azul y capas blancas, limpios turbantes de lino, presentan sus fusiles de correajes amarillos bajo las acacias.

En la escalinata gris del gobierno, la Junta política, los consejeros nacionales, los diplomáticos extranjeros. Boina roja sobre cabello blanco de un ministro. Camisas de falange. Fajines rojos, y los azules de Estado Mayor, la gorra galoneada del almirante y el granate de los obispos.

El clamor del pueblo anuncia al Generalísimo; la camisa azul -de juventud, de fábrica, de milicia- asoma por el cuello de su guerrera de capitán general y la boina roja, guerrera, religiosa, alegre de Navarra, cae hacia su sien derecha por la pesadumbre de la borla de gala.

Se abren lentamente las puertas de la Catedral. Allí están las autoridades, los grandes de España, los caballeros de las órdenes, las jerarquías del partido. Y se organiza el cortejo por los claustros góticos luminosos, bajo las vidrieras que son una geometría transparente de estrellas y rombos de vidrio verde y naranja. En la galería, trípticos de madera con ojeras y tenazas de martirios y tapices con Reyes, profetas, Torres y ríos y cirios burlados con un hilo de oro. Hace frío. En la sacristía, un gran brasero de bronce con sus brasas encanecidas por una polvorienta ceniza. Allí se calientan unos canónigos. El claustro es un bello desorden de capiteles mutilados sobre troncos de madera, de imágenes arrinconadas, de sepulcros, de Cristos sin brazos.

Negra fila del Cabildo, de la Capilla de músicos; y bajo el Palio, cuyas varas son como caña de bambú recubierta de concha con aplicaciones de plata, pasa el Caudillo de España.

Los monjes de Silos cantan en la Capilla del Corpus Christi con sus voces cristalinas, puras, refrescadas por el gregoriano de miles de maitines conventuales, entre las cigüeñas, el ciprés y la fuente del claustro de Santo Domingo. Fray Justo, el monje-poeta que luce sobre el escapulario de San Benito su estrella de alférez provisional, ha compuesto en latín sus aclamaciones al estilo medieval. Y la música empolvada de los pergaminos del XIII suena nueva y resucitada.

De la melodía durísima emergen las palabras. Es una salutación a Franco:

" Catholico Hispaniae Duci, l'atriae, Justiciae Vindici. "

Y un recuerdo " al llorado José Antonio, príncipe de la juventud "

" Hispaniae Phalangis Magnanimo Conditori. "

Se apagan los laudes, arde el tener horario de oro sobre el sepulcro de alabastro de un caballero, tan realistamente modelado que parece un muerto tirado en el suelo.

En la Sala Capitular se ha reunido el Consejo Nacional. Allí hay cuadros de Mateo Cerezo y de la escuela burgalesa, cornucopias del siglo XVIII, sobre damascos con galón de oro y una tabla de San Jerónimo, sobre una frágil calavera amarilla.

El cortejo vuelve a la Catedral. La luz eléctrica que ilumina indirecta da un frío rosa de atardecer a las galerías altas. En cabeza, el artillero de terciopelo rojo, el sombrero de teja bajo el brazo y el cetro de plata. Luego los maceros con vivos escarlatas y azules de vallet de baraja francesa y la mesa temblorosa de los timbales suspendidos sobre suelo, y detrás los monjes enpalidecidos por tantas madrugadas.

El señor arzobispo de Burgos, todo de violeta, con la larga cola recogida por un sacerdote, sube al altar. Bajo el dosel se arrodilla el Generalísimo.

Cuelga en el centro el blanco pendón de Las Navas.

Es una noble y triste escena de guerreros laureados, de prelados, de monjes y de abades mitigados, que recuerda los cartularios medievales, escenas de hace más de diez siglos, como aquella de la constitución del cercano infantado de Covarrubias, cuando el conde Fernán González, caudillo de entonces, cerraba los pergaminos con su sello de cera adornado de cintas.

En el centro de la Catedral, entre el olor de colmena derretida de los hachones, el túmulo altísimo de José Antonio; y sobre la tumba del Cid. ¡Qué enorme profundidad de siglos! El joven héroe -muerto como Rodrigo en tierras de levante- enraiza su cuerpo en el subsuelo de nuestra Historia. Entre ambos -tan juntos- ochocientos años de la vida de España.

Allí, de oro fúnebre, la severa heráldica, o solemne liturgia, el Yugo y las Flechas de José Antonio, que dibujó con infantil alegría entre nosotros, y que lucía alegremente -excursiones y mítines lejanos- en la solapa de su abrigo. Junto a las flechas, la Cruz Roja de Caballero de Santiago, símbolo de su espíritu que unió, en bella armonía, lo aristocrático y lo popular. Jóvenes falangistas con cascos de trinchera dan guardia al recuerdo de su cuerpo. El cielo nublado llena de melancolía las vidrieras, mientras suena fúnebre el órgano.

Desde el púlpito, el señor arzobispo de Valladolid lee su testamento.

" Murió -dice- no como un estoico, sino como un cristiano. "

Y luego, las palabras de consuelo de la Iglesia:

" Duerme un sueño secular, pero no eterno, porque existe la resurrección de la carne. "

Termina el funeral; fuera, en la escalinata, himnos y aclamaciones.

El Caudillo ha colocado su corona de flores en el lienzo gris de la fachada, bajo el nombre de José Antonio, escrito en negro con iniciales rojas, como las páginas de un Misal miniado. Luego otras coronas, las de sus hermanas, la del gobierno, la de Fernández-Cuesta, y otras, redondeles de rosas, de crisantemos, de flores de Castilla, tan bellas y humildes que no tienen nombre.

El pueblo trae su ofrenda; muchachas, estudiantes, obreros; y picos del trabajador rodeados de flores, capullos mojados por la lluvia, pétalos que se desprenden.

Funeral al cuerpo de José Antonio; no a su alma, que Franco y la juventud que le sigue guardan en su corazón.

Ya desaparece la noble silueta del Caudillo, rodeado de sus moros, cuyos caballos llevan el casco dorado, bajo el arco de Santa María.

Llueve con infinita melancolía y ya no hay golondrinas en el Ángel sin cabeza de la entrada, ni en el águila ni en el toro con alas del sarmental. Estoy solo, dolorido, junto al tablado con flores.

¡Qué perfume a primavera mojada bajo el nombre del héroe!

 

 De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 65 a 68.