LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL

  DISCURSO DE SECRETARIO GENERAL DEL MOVIMIENTO, RAIMUNDO FERNÁNDEZ-CUESTA

  (Día 20 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)

 

En el anochecer de este día de dolor y de luto, de alta recordación hacia el hombre que hoy hace dos años dejara de existir físicamente, me dirijo a vosotros, españoles todos, los de aquí y los del otro lado, a los que le amasteis  y le comprendisteis, a los que le mirasteis con indiferencia y a los que no le quisisteis también, para pedir a los primeros que ese amor nunca se entibie y a los últimos que aparten de sí la indiferencia o el rencor y despojados de estas tareas psicológicas piensen y mediten sobre si la vida y la muerte de José Antonio no tiene un valor auténtico de ejemplaridad, suficiente para dar a su doctrina, a su obra, caracteres de pureza y de fuerza proselitista bastantes para hacer tambalear nuestras antiguas convicciones y abrir una brecha que permita la entrada a la conversión y al arrepentimiento.

 PARA LOS AMIGOS, PARA LOS CAMARADAS Y PARA LOS ENEMIGOS

Mis palabras, pues, en estos momentos, van dirigidas no sólo a los amigos y camaradas, sino a los enemigos también dondequiera que se encuentren, porque entiendo que el mejor homenaje que podemos rendir a José Antonio en este día, cuantos nos sentimos identificados con él y somos modestos continuadores de su empresa, es tratar de incorporar a ella, a los incrédulos, a los descarriados, a los enemigos, en fin. Recordemos los méritos, el heroísmo, el genio de José Antonio, su clarividencia de juicio al discurrir sobre los males de España y el remedio para ellos, pero hagámosle no sólo como homenaje póstumo a su memoria, sino también como razones que emplear contra la sin razón, como verdades que oponer al engaño, como rosario de amor que enfrentar a la sarta de odios y rencores que tanto mal han hecho.

Los que le conocimos y quisimos y los que, sin conocerle, han aprendido a quererle después, le hemos dedicado hoy nuestra oración más fervorosa y nuestra plegaria más íntima y hemos afirmado y robustecido más, si ello es posible, en nuestra fidelidad hacia todo lo que él representa. Pero siendo esto mucho, no es bastante, porque no debemos ni queremos desperdiciar momento ni ocasión -y ninguna mejor que la presente, por el aire grave y sincero que ha de tener cuanto hoy digamos, si no queremos caer en  irreverencia- para hacer resaltar sobre todo el amor de la Falange hacia los que se consideran perseguidos por ella, amor que envuelve en una atmósfera de cordial atracción las palabras de José Antonio, y que es en realidad el impulso determinante de sus actos y el que hace abandonar su vida anterior y dedicarse a eso que vulgarmente se ha llamado política y que él entendía como empresa mística casi religiosa, de verdadera conversión de los españoles hacia la unidad y hermandad de todos ellos, destruyendo cuanto pudiera impedir su realización. Y es por eso por lo que esta fecha, que si es jornada de rencor y maldición hacia nuestros enemigos, hacia los que nos arrebataron el bien perdido, en recuerdo de José Antonio, y porque él era todo generosidad y olvidó todo odio en nombre de España y porque estamos ciertos de que él lo quiere así, es, sin embargo, tan solo día de advertencia hacia aquellos y de llamamiento a la razón.

Y tan lo quería así, que en su Testamento nos dice cómo en el acto de la vista del proceso ante el Tribunal Popular que había de condenarle a muerte, se ocupa con afán de explicar lo que es la Falange, para ganarle adeptos y atraer hacia ella el respeto, cuando no el convencimiento de sus enemigos, y nos dice también como esa explicación produjo tal efecto en los jueces que le escuchaban y que el haberla conocido de antemano, quizá se hubiera evitado la matanza entre los españoles, y cómo anhela sea su sangre la última que se derrame en contiendas civiles.

 AMÓ AL PUEBLO, NO A LA PLEBE

Y es que José Antonio, que jamás halagó las pasiones de la masa, ni buscó su aplauso, ni hizo la menor concesión que repugnara su conciencia o le apartara de la línea de conducta que se había trazado, amó al pueblo, no a la plebe. A ese pueblo realizador de las grandes empresas de nuestra historia. Conquistadores de América: hidalgos sin solar, labrantines que trabajan la tierra. Guerrilleros de la independencia y de la tradición: rurales, campesinos y populares. Combatientes todos en la epopeya actual, vencedores de tantas batallas, que no defienden interés material alguno y sí a la patria contra el marxismo internacional, merecedores, no ya de nuestro agradecimiento, sino de nuestra veneración.

Y porque amó al pueblo, quiso liberarle de la tiranía de los que le utilizaban como pedestal o como campo de ensayo de doctrinas o elucubraciones, y que fuesen hombres libres y no piezas de maquinaria monstruosa quienes lo integrasen. Pero lo amó no sólo para mejorar su vida económica, sino también con amor de historia, para devolverle su capacidad creadora.

 EL MITO DE LA DEMOCRACIA

Él no creía en la soberanía popular ni en el mito de la democracia rusoniana, ni que la verdad saliese de los votos, ni en la fuerza del número, ni en la razón de los demás, ni que los hombres sean realmente libres porque se diga en un papel, pero creía, en cambio, en la fuerza cósmica del pueblo, y sabía perfectamente que éste nunca puede quedar reducido a ser mero espectador de los grandes acontecimientos de la historia sino sujeto de los mismos conducido por el hombre, que señalado por el dedo de la Providencia acierte a recoger y expresar sus anhelos, los encauce y le sirva de guía hacia su destino.

José Antonio siempre contó con el pueblo y de ahí el sentido social de su doctrina. Pero porque contó con él, quiso rescatarlo para España, extender su concepto, que no quedase cerrado en los límites reducidos de una clase, sino diluido por toda la nación. Por eso, a los que al amparo de estrecho criterio clasista, se aferraban en sostener diferencias, en mantener privilegios o a alcanzar otros nuevos que sustituyeran a los que ellos pensaban destruir por la fuerza, opuso siempre normas y actos de hermandad y comunidad nacionales, convencido de que los peores enemigos del pueblo son los que tienen un concepto parcial de él y quieren dejarlo reducido a un grupo más o menos amplio, pero grupo al fin de españoles, y que ese grupo disponga de los demás.

 LA TAREA A LA QUE CONSAGRÓ SU VIDA

Y, sin embargo, los antecedentes sociales de José Antonio, el medio en que viviera, su profesión y su formación intelectual, fueron la causa de que unos dudasen de la sinceridad de sus propósitos, otros de su acierto en plantearlos y otros, incluso algunos que luchaban a su lado y que luego volvieron a él contritos y confesos de la equivocación que habían sufrido, de su capacidad revolucionaria para llevarlos a la realidad. Los que así pensaban no le conocían. Ignoraban en absoluto el caudal de lealtad que en sí encerraba, su total incompetencia para el más pequeño fraude, la grandeza de su genio, su férrea voluntad, el renunciamiento que había hecho a cuanto pudiera distraerle de la tarea que emprendió y a la que, desde el primer momento, había consagrado su vida. Consciente de la enorme responsabilidad que sobre él pesaba, se quemaba en una ansia de perfección y, en asombroso y diario afán de superarse, luchaba consigo mismo por vencer sus defectos y mantener en máxima tensión sus mejores cualidades.

EL PROPÓSITO INSURRECCIONAL DE LA FALANGE

De aquí la diferencia entre el José Antonio del acto fundacional de la comedia y el José Antonio que va después por esos pueblos de España predicando la buena nueva entre peligros y asechanzas, molestias y escaseces, o el que el 2 de febrero de 1.936, en pleno corazón del Madrid marxista, anunció el propósito insurreccional de la Falange de no acatar el resultado electoral si era contrario a España. El valor intelectual es siempre el mismo, genial y único precisamente por serlo.

El discurso del 29 de octubre es quizá el mejor, el más clásico y perfecto de los muchos buenos que pronunciara, el que tuviera, si queréis, más valor absoluto y menos circunstancias, pero el 29 de octubre José Antonio no ha llegado todavía a desprenderse, aunque ya  atisbara la precisión de hacerlo, de su estilo de hombre formado en el estudio y el bufete y un poco también en el cenáculo literario, del comedimiento propio de ese espíritu aristocrático y de hombre poco avezado a las luchas callejeras.

 EL TONO POPULAR Y HUMANO DE SUS PALABRAS

En cambio, después, con ese afán de superarse de que os hablo consigue añadir a sus extraordinarias cualidades intelectuales, cada vez más estilizadas, otras que el comprende son necesarias, también, para llevar a cabo un movimiento del tipo del que él dirige, de carácter eminentemente revolucionario. Y vence su timidez y adquiere gesto de jefe y da tono más ardiente, más popular y humano a sus palabras, que guiadas por la lógica del razonamiento impecable y el calor de su entusiasmo penetran como agudo estilete en el cerebro y el corazón de cuantos le escuchan arrastrándoles enardecidos y convencidos.

Y es que José Antonio se ha puesto en contacto con la realidad, se ha curtido en la pelea, ha luchado en la calle con los marxistas, ha sufrido atentados, ha visto caer acribillados por las balas sus mejores camaradas, ha empuñado un fusil para defender del asalto el local de la Falange, ha encabezado con riesgo de su vida manifestaciones populares, ha hablado ante públicos hoscos que le han saludado con gestos de hostilidad, se ha enfrentado con la pobreza y la necesidad, que hasta entonces no había contemplado cara a cara, y ha sufrido también los ataques de los que se decían sus amigos y no acertaban a explicarse por qué no se sometía a sus mandatos o a las conveniencias, fuesen o no justas, de la clase a que por nacimiento pertenecía.

 LA MODESTIA Y EL VALOR DE JOSÉ ANTONIO

 Hasta el último momento de su vida se debate entre su modestia y su valor. Aquella le hace dudar de tener los merecimientos necesarios para arrastrar a la juventud española a la imponente batalla que se acercaba y que él mismo se esforzaba en provocar, éste le inspira actos y decisiones que encienden el entusiasmo de esa juventud, que se confía a él con fe que desvanece sus temores y le empuja de manera inexorable hacia su destino de mártir y profeta.

 José Antonio aspira nada menos que a cambiar la manera de ser de los españoles, destruyendo los fundamentos, las bases sobre las que esa manera de ser se montaba, las causas a las que obedece: la duda, el pesimismo, la abolía, el desaliento, el hastío, la falta de alegría y de fe en una empresa colectiva, el sentido sanchopancesco  de la vida, el desprecio a cuanto signifique riesgo, disciplina y jerarquía, pero quiere también evitar las únicas afirmaciones, las únicas actitudes resueltas que en España existía y que a veces se derivaba de la desesperación de muchos hombres o de la injusticia con que eran tratados, pero que siempre estaban impregnadas del odio y de todas las pasiones del materialismo marxista, fuesen las que calificasen o determinasen esa manera de ser de los españoles que había de sustituir a la anterior.

LA FALANGE, ESCUELA DE EDUCACIÓN HUMANA Y POLÍTICA

 Por eso sueña con restablecer el equilibrio, llegar al término medio clásico, que no es eclecticismo débil, sino síntesis salvadora, formada de todo lo bueno de los extremos. Quiere que la Falange sea escuela de educación humana y política al servicio de la Patria, y quiere aliar de tal manera tan alto sentido tradicional con otro nuevo de España, que los españoles sean capaces de morir por defender una Iglesia y los fundamentos del Sindicalismo Nacional.

 En definitiva, quiere crear un Movimiento que mueva, que traslade a los españoles con paso resuelto y de milicia, de la realidad que tenía a otra totalmente distinta, en la que conservándose íntegras las características de nuestra Historia y Tradición, se resuelvan los problemas nacionales con análogos sistemas a los que otros países han empleado y que la experiencia en ellos demuestra que han venido a superar al liberal que el mundo conocía, castrado y caduco, sin necesidad de caer en un comunismo antihumano y antirracional.

José Antonio quería también que los hombres que le ayudasen en su tarea estuviesen unidos por estrecha hermandad, que fuesen austeros, legales y disciplinados, que pecasen de ingenuidad y de rectitud de conducta, antes que caer en la intriga o en la trapacería, que fuesen claros y no hábiles y que si algún día llegaban a puestos de mando o de responsabilidad, no creyesen podían ya descansar, o que esos puestos eran la recompensa a sus antiguas virtudes o sacrificios, sino fuente de otros nuevos y mayores, y que los desempeñasen con espíritu de servicio y no de beneficio. Y si esas virtudes han de tenerlas cuantos vistan la camisa azul, los que convivieron con él, los que tenían como mejor regalo y la más preciada recompensa un gesto suyo de aprobación y como deshonra el menor reproche que les hiciera, y conocieron directamente su pensamiento y el entendimiento que tenía de la Falange, han de constituirse en guardianes de ellas y servir de ejemplo su conducta a todos los demás.

LA VIDA DE JOSÉ ANTONIO, MARAVILLOSA ARMONÍA

José Antonio consigue hacer de su vida armonía maravillosa; de la materia y del espíritu, de lo individual con lo colectivo, de la lógica con la fantasía, de la precisión en el concepto con la lírica en la expresión, de refinamiento con la sobriedad, del afán de vivir con la resignación ante la muerte, y hasta después de ésta sigue siendo armonía entre la eterna ausencia de su cuerpo reseco y la constante presencia de su recuerdo y de su doctrina. El quiso implantar en España ese equilibrio roto por los partidos y las clases, y pagaron su afán con una moneda vil; de odio y de escepticismo, unos criticándole con finas ironías, valorándole deliberadamente mal, otros encerrándole entre rejas primero, para matarle a tiros después. Y si mucho le ofendieron los que le quitaron la vida, acaso no le hayan ofendido menos los que antes no querían que su pensamiento se convirtiera en realidad, y ahora quieren que su muerte sea infecunda. Pero los que sabemos de tu amor a España, te decimos, José Antonio, ni los unos ni los otros vencerán. La armonía y unidad de España, de sus hombres y sus tierras, la está haciendo, con el estilo militar que tú querías, la espada de un Caudillo, que no dudo de ti, que creyó en tu razón y como tú ama a España; la están haciendo los que combaten a sus órdenes desde el primero de sus generales hasta el último de sus soldados y los que a sus órdenes trabajan con él, porque todos están decididos a que el sacrificio de tantos españoles, que el tuyo simboliza y representa, no resulte estéril.

PARA LOS ESPAÑOLES QUE LUCHAN EN EL OTRO LADO

Y por eso, a vosotros, españoles de buena fe que lucháis al otro lado, me dirijo ahora en nombre de esa unidad y recuerdo de José Antonio para reprocharos vuestro sacrificio inútil y vuestra credulidad en unos dirigentes que, al empezar la guerra, os enseñaron a gritar ¡Viva Rusia! y a odiar a España, y que ahora adoptan actitudes nacionales porque así conviene a su medro personal o a su táctica política, y que son actitudes que carecen en absoluto de la más mínima autenticidad. Y por eso os digo que a él le dolería en el alma, como a nosotros nos duele, el hambre física moral de nuestros hermanos de la zona roja y de los que luchan en ella engañados o forzados, y el ver a España rota, desfigurada en parte, y en parte en poder de los hombres de Moscú con sus retratos y efigies por calles y paseos. Y os digo también que él no renunció ni en el último momento de su vida, como no renunciamos nosotros, al deseo de haceros nuestros, incluso contra vuestra voluntad presente, incluso a costa de nuestra sangre, como él derramó la suya por redimiros a vosotros, que permitisteis y anhelasteis su muerte, que José Antonio nos decía muchas veces, con tono que trataba de disimular, la tristeza de su pensamiento y el dolor de verse incomprendido: "Cuando comparezcamos yo y los que me odian ante el Divino Tribunal que ha de juzgarnos a todos tengo la seguridad que reconocerán la tremenda equivocación en que se hallaban y me pedirán perdón. "

" QUE DIOS TE DE SU ETERNO DESCANSO "

 Por todas esas cosas y por otras muchas más que siento y no acierto a expresar en este momento de emoción sin igual, con la voz quebrada y el corazón latiendo con premura, me despido de ti, José Antonio, repitiendo las palabras que mejor pueden reflejar nuestra gratitud, nuestro deseo y nuestra voluntad, y que tú dijiste en ocasión, también, de dolor y de pena: " Hermano y camarada. Gracias por tu ejemplo. Que Dios te de su eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que ganemos para España la cosecha que siembra tu muerte."

 

 De " DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 55 a 61.