LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL
DISCURSO DE EL EXCMO. SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR DON RAMÓN SERRANO SÚÑER
(Día 20 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)
A través de la gran emoción de su recuerdo, José Antonio nos ofrece motivos de evocación en agolpada multitud. Y es que los 33 años de su vida -de esa vida magnífica como su muerte- tienen tal riqueza de rasgos y tal fecundidad de acción y de pasión, que no es empresa fácil encerrarlos en una fórmula simplista.
Y, sin embargo, a poco que se recapacite sobre su breve y denso caminar por la tierra, se alza perfecta, sin sombra, perfilada con trazo seguro y acabado, la figura del hombre, con su unidad entera e imborrable, en la incontestable consecuencia de un teorema.
JOSÉ ANTONIO, TEMPERAMENTO CLÁSICO
Fue José Antonio -muchos hacen mal en hablar de él sin saber cómo fue- todo autenticidad, rigor y disciplina mental. Por ello era un temperamento clásico que conjugaba en una línea de armonía y plenitud los más finos matices del análisis (que sólo una reflexión fríamente intelectual sabe captar) con los más brillantes cuadros sintéticos para los que hace falta, además, el ímpetu y el calor de lo vital.
Este hombre que proclamaba la dialéctica de los puños y de las pistolas como réplica necesaria a la pérfida dialéctica de los votos, empleada por los augures de la política como instrumento para traicionar, hasta desmembrarla, una Patria tan cara, sabía manejar el escalpelo agudo de su razón sobre el embeleco secular de Juan Jacobo.
LA UNIDAD DE ESPAÑA COMO UNIDAD DE DESTINO
Y porque fue un temperamento clásico, supo concebir la unidad de España como una unidad de destino con esa visión definitiva de la Patria, sublime conquista de un pensamiento robusto, que ya nadie osará arrebatar a los sentimientos y a los corazones jóvenes de la España recobrada.
Esta ponderación, este sentido de la medida y esta percepción de lo cierto y lo real, que Dios sólo otorga a sus elegidos, culminó en el momento decisivo de su tránsito a la otra vida.
Quizá no exista en la lengua castellana, por otra parte de léxico tan rico como una palabra que con justeza y exactitud exprese la virtud humana de dominar los propios resortes anímicos hasta un límite de serenidad superada, pues esta virtud es la que resplandece en la muerte de José Antonio. Siempre a punto, valorando los instantes con precisión matemática, vio la llegada de la muerte en una actitud de ecuánime grandeza. Sin exaltaciones teatrales ni depresiones, dando al supremo paso la importancia que tiene, emprender el viaje a lo infinito en ese estado de gracia que transparenta su disposición testamentaria.
VIVIÓ LA JURISPRUDENCIA CON DECORO INSUPERABLE
Espíritu clásico, que, por serlo, sintió la justicia como virtud cardinal y como vocación, porque el derecho, ciencia y arte que a cada uno da lo suyo, no arraiga sino en quienes tienen del peso, de la medida y del número un sentido exacto y humano. El vivió la jurisprudencia con el decoro insuperable de los que visten la toga sin mancharla porque saben que la justicia es una emanación de la Divinidad.
Este culto suyo para el Derecho es una lección que no podemos arrumbar como lastre molesto de su herencia, porque el derecho que es rémora detestable y odiosa cuando como reloj parado marca una hora inamovible en su esfera, es la garantía insustituible para los valores personales cuando marcha a compás del tiempo y cuando sirve para abrir cauce a la concepción del mundo y de la vida que tiene la generación que ha de cumplirlo.
Por ello urge acometer la tarea positiva de crear el derecho de la Revolución Nacional Española: la norma que encuadre el orden nuevo, la que le de sistema institucional, claridad y rigor, y con su fuerza nos lo defienda de la codicia, de la incomprensión y de la ruindad de toda suerte de malvados.
"He aquí la tarea de nuestro tiempo: devolver a los hombres los amores antiguos de la norma y el pan. Hacerles ver que la norma es mejor que el desenfreno. Que hasta para desenfrenarse alguna vez hay que estar seguro de que es posible la vuelta a un asidero fijo."
JOSÉ ANTONIO, GRAN ABOGADO, GRAN DEFENSOR DE ESPAÑA
Precisamente por esta vocación hacia la justicia salió José Antonio al palenque de la vida pública a despertar a la juventud española, única fuerza capaz de levantar a la Patria cuando se hallaba en trance de desplomarse en el fondo último de su decadencia. Y fue a esta lid como abogado, redimiendo así a la política nacional de los males que había sufrido como consecuencia de otro abogadismo, el abogadismo pernicioso y rabulesco que aún profesan gentes sin conciencia ni emoción creadoras y que todavía muchas veces vestido con la hipocresía de las artes menores, pugnaba por imponerse. Por ello se constituyó José Antonio -en el Parlamento, en el Foro y en el ágora hispana- en el gran abogado, en el gran defensor de España, de sus esencias históricas, de su destino y de su ser, de su unidad en ocasión casi irremediable de fractura y de muerte; en defensor de su gran patrimonio moral para cuya recuperación puso en juego la acción reivindicada que se dispuso a esgrimir con la pericia de un técnico en patriotismo, resuelto a vencer o morir con el ímpetu ardiente de su sangre jerezana y la fe encendida de las juventudes que acudieron entonces, y las que acudirían más tarde, a sentir en su corazón la noble llamada del gran precursor.
" SÓLO EL TIEMPO LE FALTÓ "
Gran precursor, a cuyo plan perfecto en la inteligencia y en el propósito, sólo el tiempo faltó.
Por eso en aras de angustias supremas, José Antonio, descendiente de soldados, hermano de soldados, sangre militar en sus venas y aliento militar en su alma, acudió a quien simbolizaba sin mancha las virtudes inextinguibles del ejército para comunicar su ansiedad y la desproporción entre sus medios y la magnitud del peligro -inminente y terrible- que sólo el poder de las armas podía en aquella hora conjurar.
Desde la tribuna de su vida ejemplar, José Antonio nos envía el mensaje de sus enseñanzas y de sus consignas. Pero es preciso que, al recibirlas, para seguirlas -no sólo para vocearlas, ni para especular con ellas- no agrandemos desmesuradamente la distancia que de él nos separa, porque, si bien le va la categoría de héroe de romancero, precisa esquivar el riesgo de que se desdibuje su figura entre las nieblas impalpables del mito.
DEBEMOS CONTEMPLARLE CON CÁLIDOS ANHELOS DE PROXIMIDAD
Es necesario que su personalidad no se deforme en fuerza de abstracciones y simbolismos. Él que tenía afán de lejanías y que veía a España sub specie aeternitatis debe ser contemplado por nosotros con cálidos anhelos de proximidad. No sustituyamos su presencia cargada de humanidad, por barrocas metáforas e indignas de la elegante sencillez que él tanto amaba. Conservemos en sus dimensiones precisas el vínculo de hermandad que nos uniera con José Antonio. Sólo así evitaremos ese peligro de profanar su memoria en que fácilmente se puede caer al desviar la intención de sublimarla. Y huyamos también del tópico, porque éste la entrañaría con el humo espeso de la vulgaridad.
Tú ofreciste, José Antonio, la vida por la salvación de España, y bien se nos alcanza que sólo ésta será consuelo para todos los que contigo se nos fueron.
Por tierras de Castilla y del Aragón, de Cataluña, de Andalucía y de la Mancha que fueron por ti hasta su entraña amadas, la juventud que despertaste de su sueño o de su error, recorre, con la sola tristeza de tu muerte, los caminos difíciles de la España heroica, y al cantar tus canciones todos los días grita: ¡Arriba España!