LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL
CONFERENCIA DE ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO
(Día 20 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)
¡Ha muerto el Rey! ¡Viva el Rey! -clamó siempre el pueblo, en las supremas horas monárquicas de sucesión a un cetro: a un bastón de mando.
¡Ha muerto un Caudillo! (¡Oh José Antonio!) ¡Viva el Caudillo! ¡Franco! -proclamo yo hoy en nombre de nuestro pueblo; y en esta hora que no es de muerte sino de resurrección. Que no es de duelo sino de aclamaciones. Y en que el grito de guerra español ¡Viva la muerte! -se acaba de hacer símbolo nacional: el de la muerte viva.
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Hasta el 20 de noviembre de 1.938 José Antonio había sido para España una Ausencia. Es decir: algo así como un misterio dantesco y alucinante. En el que sentíamos, sobrecogidos, vagar su cuerpo y su alma y rápidamente, como por las zonas crepusculares e inciertas de un purgatorio. Entre la tierra y el paraíso. Sentíamos su cuerpo y su alma sin despejarse de lo terrenal, en una lejanía misteriosa, como si tuviera en su alma y su cuerpo trabadas las despegadas uñas egoístas de los que querían convertir su abnegada ausencia en una presencia práctica y política.
Durante dos años el sacrificio puro de José Antonio ha permanecido como semivelado: en esa zona purgatorial y oscura donde no llegó ni una sola misa, una honda patria, una simple oración fúnebre, ofrendadas a su sangre de cristiano.
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El 20 de noviembre de 1.938 ha sido el día de la liberación nacional de José Antonio, de su asunción española al cielo de nuestra inmortalidad.
Franco -que con toda su ansia magnánima no pudo llegar a tiempo de liberarle de su cárcel terrenal- pudo, al fin, ser ese día 20 de noviembre de 1.938, su liberador hacia las regiones inmaculadas y divinas. Y España, al fin, pudo convertir por José Antonio, sus lágrimas en estrellas de altos cielos: sus bayonetas en cirios ardientes: sus suspiros en incienso: sus plegarias en voltear de campanas: su sangre en bandera alzada para siempre. Y hasta las cinco espadas de Virgen Dolorosa clavadas en el corazón simbólico de Pilar, ese día pudieron ya transverberarse en flechas de oro y luz sobre su pecho dolorido de paloma que camina hacia la santidad.
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Mientras la más jerárquica voz de nuestra iglesia leía el testamento de José Antonio ante la faz de Cristo y de España -y todos de rodillas entrecortábamos nuestros sollozo- yo vi a Pilar cerca de mí, como la imagen del dolor hecha mujer, también extática pero sin llegar. ¡Qué bella estaba! Parecía traslúcida. Con una belleza interior, alabastrina y transparente. Sin llorar. Sometida con resignación beatífica al trágico destino de su estirpe. Esa estirpe de los Primo de Rivera creada por Dios para servirle a su mayor gloria y a la mayor lealtad de España.
Yo vi a Pilar volver de vez en cuando sus ojos extáticos hacia la figura del General como si en aquel momento viera en el General la figura de su propio padre, la figura de su propio hermano.
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En cambio, yo vi humedecerse los ojos del Caudillo. Yo vi llorar a Franco mientras rezaba por José Antonio junto al altar y mientras la obra de José Antonio descendía en forma de Espíritu Santo sobre la testa del Caudillo urgiéndole de continuidad y de bendición.
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El día 20 de noviembre de 1.938 José Antonio ascendió -por la voluntad y las oraciones de todo un pueblo- a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. Ascendió beatificado por la gratitud de todo un pueblo conmovido hasta las entrañas por su martirio de héroe nacional. Ascendió a presidir ese día la Falange española de todos los Caídos. Que es hoy la suprema Falange de España: la inmortal. Pues la otra, la nuestra imperfecta y terrena, es la de todos aquellos que aún no hemos logrado morir como él, por Dios y por España. Una Falange que sólo por sus obras y abnegaciones habrá de hacerse perdonar el regalo de la vida. De una vida que únicamente podrá tener ya como ideal el camino de perfección señalado por la muerte de José Antonio. Y el señalado por la conducta ejemplar de su sucesor: Franco.
Porque si la conducta de Franco resulta ejemplar en España, es gracias a haber recogido la consigna abnegada de José Antonio, con alma religiosa y militar de soldado.
Sin ambiciones, sin torpezas, sin intrigas, sin miserias: en un acto sublime de servicio.
Y ese es el secreto del triunfo de Franco. Y esa es toda la clave de lo que significa para España el 20 de noviembre de 1.938.
El 20 de noviembre de 1.938 ha significado -militarmente- el remate de la campaña del Ebro. Y con ello el derrumbamiento de toda la vastísima y feroz maniobra urdida desde este verano por los seculares enemigos de España y de Roma. Ha significado, que la maniobra del Manchukuo para retener a Alemania de su intervención en Checoslovaquia ante una Rusia amenazadora y para retener en el Ebro a la España romana y católica, se desbarataba definitivamente.
La victoria del Ebro obtenida por Franco -a quién guiaba el alma celeste de José Antonio- ha sido la victoria más fundamental de esta guerra de tantas otras victorias.
Nuestro pueblo no se ha dado aún cuenta de la magnitud histórica y hasta universal que supone la victoria del Ebro. Pues allí el enemigo internacional había jugado la carta más atroz y más felizmente preparada. En el Ebro el enemigo quiso romper el eje España-Roma-Berlín y precipitar al mundo en algo indescriptible. Para eso acudió a las armas, a la intriga, a la propaganda de una paz mediadora; y apuntando a lo más alto.
Sólo la serenidad sublime de Franco -guiada por Dios y por la memoria de José Antonio- ha sido la fuerza milagrosa que destrozó el dragón diabólico.
No tendremos los españoles besos bastantes para besar el aire por donde pase el Caudillo; para agradecerle la liberación definitiva que ha logrado al destino de España con la victoria militar del Ebro.
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Como tampoco tendremos bastante cariño para bendecirle ese día 20 de noviembre de 1.938, por rematar su victoria bélica con el triunfo espiritual y político que significó el presentarse ante la memoria funeral de José Antonio ungido con la camisa azul, la boina roja y el uniforme militar; ungido de Unificación; recogiendo en su figura de Caudillo que actúa y no habla, todas esas corrientes históricas de esta causa, que el enemigo había querido hasta entonces, desviar, enfrentar y corromper.
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Por eso hasta el 20 de noviembre de 1.938, yo había visto, como triste, perdida y angustiada, la mirada de José Antonio en sus retratos de Ausente.
Pero el 20 de noviembre yo vi a un retrato iluminarse. Y avivarse sus ojos y enardecerse su faz, allá en las alturas del cielo castellano a través del oro y del incienso, del marfil, las vidrieras, las campanas y los rezos de la Catedral.
Yo vi ese día a José Antonio serenarse en el rostro de sus hermanas -nuestras hermanas- que no lloraban. Traslúcidas y bonitas como Vírgenes de la Piedad en la hora de la Resurrección.
Yo vi ese día a José Antonio brillar como un sol de primavera, entre banderas que ya volvían triunfales, al paso alegre de la victoria, con flechas como rosas clavadas en sus jirones acribillados.
Yo vi, el 20 de noviembre de 1.938, a José Antonio sonreír. En el milagro católico de una resurrección de la Carne. Vi su sonrisa encarnada milagrosamente, y rediviva, en la sonrisa del Caudillo y en el clamor de la juventud que vitoreaba.
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No son horas de duelos sino de aclamaciones, ¡españoles!
No de llantos, sino de enterezas y esperanzas.
El 20 de noviembre de 1.938, si, ha muerto el Caudillo José Antonio. Pero para resucitar con sonrisa y alma en el Caudillo Franco y en una Falange Nacional de Combatientes.
Por eso, al gritar hoy yo -en nombre de nuestro pueblo- ¡Viva Franco!, es que grito: ¡Vive ya en él José Antonio! ¡Viva España! Aquí abajo sobre la tierra. Y allí ¡arriba! en la Gloria de Dios.
De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 49 a 52.