LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL

CONFERENCIA DE JULIÁN PEMARTÍN

 (Día 19 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)

 

No sólo nos dejó señalados los rumbos, sino que su genio profético, como si adivinara todas las coyunturas, nos dejó normas infalibles. Nos dejó normas exactas unas veces en las consignas exigentes de su verbo imperativo, y otras como si quisiera fraternalmente disimular el magisterio y la capitanía por medio de sus actos.

Y como desde el principio sabía que cumplido el tiempo nosotros tendríamos un día que decir su presente, quiso también desde el principio dejarnos la lección de ese momento, que ya ha dispuesto Dios que nos llegase.

En noviembre del 33 pasó José Antonio por Jerez de la Frontera, patria de su padre, y sus primeras palabras a los jerezanos en multitud fueron para decir el primer presente que salió de sus labios, el presente de vencedor de Alhucemas, el presente de su propio padre.

Allí nos dijo que los héroes no mueren. Y, en realidad, los héroes no mueren nunca del todo por la Patria. Si Dios se los lleva a su lado, desde allí nos miran para que si nos miramos en ellos sigamos su ruta.

Aquel día, José Antonio, nos diste la lección de entereza que ahora nosotros necesitamos. Ya sabemos cómo deberíamos hablar de ti si fuésemos como tú. Pero perdóname ahora que, aunque tratando de obedecerte, a veces se turben mis ojos y mi pensamiento.

José Antonio salvó a muchos, redimió a muchos que, ganados totalmente por el mal, al servicio del mal legislaban; pero también levantó a otros que quizá estuvieran todavía más a punto de perderse para siempre: los que no estaban resueltos al sacrificio del bien o del mal, los que nos creíamos solos al servicio de nuestras propias vidas; los que sin defender ni profesar doctrinas liberales practicábamos el peor de los liberalismos: la tarea de nuestra albedrío, que creíamos totalmente desatado; los que, partidarios de la autoridad, vivíamos en completa anarquía de nuestra libre vocación cotidiana; los que creíamos terminados nuestros deberes públicos.

A todos éstos, tan difíciles de exigir en una rotunda dirección redentora, salvó José Antonio de manera singular con sus palabras y, sobre todo, con su ejemplo. Con su palabra nos enseñó que la vida es milicia y hay que vivirla en perpetuo servicio; que nadie es más libre que quien renunció a una parte de su libertad; que sólo alcanza la completa libertad el que se aviene a formas disciplinadas en el cumplimiento de una gran empresa. Y nos demostró con palabras que la libertad del navío bajo el viento está en sus ataduras.

Y también no salvó con su ejemplo. Este ejemplo que nos dio durante los últimos instantes de su existencia, rosario continuo de renuncias contra su propia vida.

Fernández Cuesta nos ha dicho que el testamento de José Antonio es de cálida enseñanza; pero es, sobre todo, armonioso. Su inteligencia singular estaba bien pintada sobre un fondo de sentimientos, buscaba la verdad filosófica, la exactitud científica; pero también escuchaba la voz entrañable de la sangre y de la carne. Su naturaleza era privilegiada por la calidad de sus elementos, pero era el conductor ejemplar de que nace plenamente con una perfecta construcción lógica y también en un rato de juego como un niño. La vida para él era como don maravilloso.

Hace ya muchos años -habían de pasar todavía más de cinco años sin que naciese la Falange-, José Antonio conversaba en una breve reunión. Había allí una persona en que parecían concurrir todas las fortunas, pero que se empeñaba en mantener un criterio pesimista de la existencia.

José Antonio le objetó impetuoso. Para él, en cambio, la vida era tan fecunda que todos los días daba gracias a Dios sinceramente por haber puesto aquel raudal entre sus manos. Pues aquella vida gozosa, sus vocaciones más preciadas, sus predilecciones más sentidas fueron sacrificadas en holocausto.

Bien conocida es ya su inclinación a la profesión que tanto amó, a la que momentos antes de morir todavía dedica palabras de cariño.

Recordemos ahora tan sólo del maestro los emocionantes párrafos en que afirma la tragedia interior entre su propia vocación intelectual y sus servicios a la Patria. Nos decía: "Muchos de los que se alistaron hubieran preferido solo, sin prisa ni arrebato, la vocación intelectual. Nuestro tiempo no da cuartel. Nos ha correspondido un destino de guerra en que dejar el regalo a la pelea. Todo esto es amargo y difícil, pero no será inútil. "

No; no será inútil, José Antonio: aquellos que tu salvaste, todos aquellos que tú metiste con tu palabra y con tu ejemplo en el servicio y en el sacrificio, te juramos que jamás se saldrán de ello, que jamás olvidarán tu lección, que ya nunca nuestras vidas serán del todo nuestras, porque en todo momento, en toda ocasión, obedecerá fervorosamente para cumplirlas las órdenes de nuestro Caudillo.

  

 De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs.  44 y 45.