LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL

  CONFERENCIA DEL CONDE DE MAYALDE

 (Día 18 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)

 

 Es una empresa de tremenda emoción y de gran dificultad esta que nos han encomendado a seis amigos de José Antonio de escribir en la semana que el Caudillo de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. dedican al recuerdo de su muerte. De tremenda emoción, porque los que hemos convivido de cerca con José Antonio, y supimos de aquella amistad suya, tan entrañable, por muchos años que pasen, lo llevaremos siempre en el corazón. Alguna vez pudimos darnos cuenta de toda la grandeza de su genio. Sentimos, tal vez en alguna hora, flaquear la fe en la certeza de su profecía, pero desde los años estudiantiles, hasta cuando en el duro empeño de la guerra soñábamos con angustia en su ausencia, yo estoy seguro que el amor y la admiración por la belleza de su alma no flaquearon nunca en los que íntimamente le conocíamos.

 El amor de José Antonio hacia los suyos era una de las pocas cosas que podían debilitar su imponente autoridad de conductor y jefe. Su generosidad era en ocasiones excesiva, por lo que entero se entregó a la Falange. Otros camaradas hicieron la apología de su figura y de su obra, o hablaron con más autoridad de su doctrina, pero yo quiero ahora tratar de algunas anécdotas suyas y de la transformación que se fue operando en José Antonio a través de su vida ascética y ejemplar. Recuerdo su desvío hacia las luchas de la vida política, su falta de apetencia de poder, y en cambio, su vocación de abogado que le hizo, muy joven, maestro en la profesión que había escogido. Recuerdo en las fastuosas fiestas de los años de la dictadura, cuando estaban pendientes de cómo se apartaba del bullicio para hablar de las letras o explicar cómo aquella copla de canto flamenco tenía un profundo sentido helénico, y cómo aquella otra que barajaba la muerte y el amor, traía un lejano eco del Cantar de los Cantares. Su alma serena de hombre maduro desde muy joven, tenía, sin embargo, una sencillez de niño. Por eso odiaba la maldad, y por eso se sentía feliz en las sierras de Castilla y por eso admiraba a Pascal.

Luego vinieron los años de las traiciones a su padre, y entonces se decidió a la lucha, pero sólo para exigir la justicia a la memoria de aquel hombre grande y bueno. Cubrió su ternura con las corazas de una terrible ironía y aquel ardiente sentido crítico que usó para sí mismo, primero como político y luego como hombre de acción.

Más tarde creó la Falange, que era camino de renovación y sacrificio, cuando más le solicitaban los placeres de la vida, cuando se sentía ya seguro de sí mismo y superior a los demás hombres de su tiempo. Pero no era ambición de mando; la ternura de su alma le ató para siempre a su obra ante el primer muerto de la Falange. Cuando cayó Matías Montero, José Antonio escribió aquellas líneas maravillosas que habían de quedar grabadas en el corazón de los falangistas españoles y que fueron publicadas delante del artículo escalofriante que salió de la cartera del camarada en el juzgado de guardia. Se nublaron sus nobles ojos claros que sabían encenderse con dureza de santa indignación y nos dejó su mandato diciendo: "Ante la figura pensativa de nuestro hermano muerto, nosotros vamos desfilando en silencio hacia el irrenunciable triunfo de España. "

Ante este acto supremo y definitivo de servicio que es la muerte, José Antonio dio a la Falange la lección de su vida exacta. Nuestro camarada salió para una empresa de la que no se vuelve. Sabía lo que valía la sangre de cada uno de los suyos, y su postrera oración desde la tierra fue para pedir a Dios que su sangre fuera la última que se vertiera en la contienda.

Una noche, en un momento de pasajero desaliento, en 1.934, me dijo que solamente seguía la lucha porque le llevaban a ella los muertos de la Falange. Por eso nuestro homenaje en este aniversario, lo es también a la memoria de aquellos primeros Caídos que condujeron por el camino de martirio a España hacia la mañana triunfal de la grandeza patria. Se decía entonces que España no podía ser nunca objeto de la revolución nacionalsindicalista. Se decía que los obreros habrían de mirar con recelo a un intelectual que no procedía del proletariado. Pero José Antonio era un formidable hombre de acción, y supo ganarse, no sólo la inteligencia, sino el corazón de los suyos, porque era el más fuerte y el más audaz.

En el último año, el 33 de su vida, cuando los hombres capaces de sentir en España van hacia él de vuelta de todos los errores, y cuando las opiniones españolas buscan el cauce de la Falange, perseguida y aparentemente deshecha por el Frente Popular, es cuando José Antonio representa el amanecer de la victoria, y su figura alcanza su dimensión descomunal y sobrehumana. En las largas horas de cárcel, desde donde trata de organizar a los que quieren luchar con él en la cruzada por España, es cuando adquiere la absoluta seguridad en sí mismo y en su obra, y su alma se reviste de inmensa serenidad. El día 15 de julio le vi por última vez y marché para llevar su voz de guerra al otro extremo de la península. José Antonio daba sus órdenes como los grandes jefes en las batallas. Hace dos años, y, sin embargo, aún parece como si escuchara su voz y se percibieran de sus labios las consignas exactas por las que combate el ejército victorioso de España, estos alféreces y estos voluntarios que, sin haberle oído, y algunos de ellos sin haber leído siquiera sus discursos piensan, viven y mueren como José Antonio hubiera querido que lo hicieran. Y mientras nosotros combatíamos sin él, José Antonio tuvo en Alicante la muerte serena de los santos. Y ahora, en estos mismos días en que fervorosamente la conmemoramos, Franco hace el más formidable, el postrero esfuerzo contra los enemigos de la grandeza, la unidad y la libertad de España. El frente asiático y torvo, que él anunció se desmoronaba, y en las ciudades deshechas de la Patria y en sus campos yermos, empiezan a encenderse las luminarias de la victoria final.

Porque tenemos la palabra del Caudillo de recoger el legado sacro de José Antonio, que ofreció que su sacrificio y el de los suyos no sería estéril; porque tenemos la voluntad resuelta de los mejores; porque es la vida de la grandeza de España, sabemos que se hará su revolución nacionalsindicalista.

Camaradas de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.: no pensemos con melancolía en José Antonio más que cuando no estemos seguros de que vamos bien. En las horas de duda, si tratamos honradamente de seguir el camino que él hubiera tomado, acertaremos siempre. Que su recuerdo sea en nuestro corazón canto de esperanza, y en nuestra mente, propósito firme e irreductible de vencer.

¡Arriba España!

 

 De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA”  Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 41 a 44.