LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL
CONFERENCIA DE AGUSTÍN DE FOXÁ
(16 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)
En un Madrid todavía de España y en un otoño como en éste, bajo este cielo de frío y de melancolía de noviembre, posando estas hojas de los platanales que se abarquillan siempre a la sombra de las estatuas de piedra en la plaza de Oriente de Madrid como en el Espolón de Burgos, descendía yo hace tres años con José Antonio por la calle de Diego de León. Él me dijo:
-La revolución ganará las próximas elecciones.
Le objeté: -¿Y la Falange?
-Ya es tarde. Se han perdido dos años estérilmente.
-¿Qué podemos hacer aún?
Inició una sonrisa amarga y luego con aquella ironía un poco triste que era su defensa contra la incomprensión de todos me aseguró:
-Llegaremos hasta el final. Pero, quienes os salvéis de la catástrofe, celebrad misas gregorianos por mi alma.
Enseguida cambio de tono, porque poseía el pudor del heroísmo. Todo aquello se ha cumplido implacablemente. No imaginábamos entonces que tres años después íbamos a hacerle cristianos funerales, no sus amigos, sino la propia Patria reconquistada con el Caudillo a la cabeza y en esta aérea y voladora Catedral burgalesa que escapaba de la preocupación de la tierra. Así sería como ésta la noche de su muerte. Pero acuciada por el desasosiego vital del mal y la dulce tentación de las palmeras de Alicante. Se sentía joven, vigoroso. Era inteligente, tenía ímpetu, delicadeza, equilibrio íntegro, ternura y coraje. Aún guardaba consignas definitivas. Y era preciso abandonarlo todo. Se le escapó del corazón la frase: "No es alegre morir a mi edad." Y aún ante la muerte encontró el adjetivo preciso, su conformidad, siempre decorosa. Así fue su muerte como su vida. Todo era en él decoro, elegancia. No el rosal romántico, sino el laurel hermano del túmulo y de la estatua. Porque él amaba la sencilla claridad de la luz. Frente a la horda, la milicia. Para el verso, el terceto. Para el agua, el cauce. Tenía aversión por las cosas partidas e incompletas. Como el poeta, pensaba que con el número dos nacía la pena, y buscaba afanosamente la unidad de los hombres y la unidad de España. José Antonio no quiso tomar a la Patria con el brazo derecho ni con el izquierdo, sino con ambos brazos, toda entera, como se abraza a la mujer que queremos, o se levanta al hijo para que vea el desfile sobre la muchedumbre. Antes que él, hombres representativos de nuestra decadencia, con espíritus anticuados, también habían amado a su modo la Patria, pero físicamente, con un fácil costumbrismo cadencioso, sin comprender ni ahondar en el alma eterna y castellana de España. José Antonio inflamó en amor aquel simple deseo, porque entendía el alma metafísica de su país y su segura vocación de Imperio. Por eso, adivinando la virtud de la gaita quejumbrosa, de la guitarra o sardana y los aurreskus y zorzicos que desembocaron en la sangre fratricida del separatismo, él puso el recuerdo emocionado y diáfano de la Patria como unidad de la Patria, como unidad de destino. José Antonio esculpió en el corazón y la cabeza de su juventud unas cuantas verdades absolutas e invulnerables, al servicio de la negación, y para las que la muerte era un simple acto de servicio. Agudamente decía que los pueblos que son capaces de amor y odio no son nunca sujetos de conocimiento. Sabía que unas papeletas en una urna de cristal no pueden mover la rueda de hierro enorme y hermosamente terrible de la historia, y que hoy, como hace veinte mil años, las patrias se construyen con los signos, con banderas, con rezos, con espadas, con siglos y con muertos. Era portador de un alto y abrumador mensaje y bien denotaba esa pesadumbre en la melancolía de su mirada. Venía a predicarnos el sentido militar y religioso de la vida. A la tarea de una Patria gobernada con diputados, con financieros, con periodistas comprados, él quiso incorporar a los soldados, a los sacerdotes y a los poetas. Por eso figuraron en sus filas gentes hasta entonces, por asco y por decadencia, alejadas de la política. Nació en él un sentido espiritual y religioso que faltaba en la vida española. Los propios partidos contrarrevolucionarios se habían impregnado del materialismo marxista, cuyo evangelio comienza con una tediosa definición de la mercancía. José Antonio creía en la primacía de los valores, porque veinte siglos de cultura no pueden pasar en vano, y el destino del hombre es algo más trascendental que la vida de un animal. Resueltamente, lleno de humanidad, quería liberar de la miseria a un pueblo. Por eso era nacionalsindicalista, y ahí están sus veintiséis puntos. El poeta tenía además, y sobre todo, una vocación. En una Europa en plena decadencia, España iba a decir las grandes verdades definitivas y a inventar la fórmula que hiciera posibles las exigencias de un orden autoritario, con profundo respeto al alma del hombre, portador de valores eternos y capaz de salvarse o de condenarse. A la intoxicación del marxismo, de luchas, de pugnas, de obreros y patronos, José Antonio oponía sereno el imperio de la autoridad y la armonía de las clases. Bien comprendimos sus camaradas de aquellos días que no era un jefe político que hacía una propaganda liberal de su programa, sino una serena apología de una doctrina total.
Porque los afiliados a los antiguos partidos no tenían más nexo entre sí que la relación de su organización, pero la Falange creaba una comunidad entre todos los camaradas y era de una manera de ser y una profesión entera ante la vida y ante la muerte. José Antonio fue el primer político español que afirmó que a los países los hacían los poetas. Él saturó de poesía su doctrina, y sus luceros, sus rosas, entrañas, sangre y vida hicieron que la política se convirtiera en historia. Una vez nos había sorprendido diciendo: "El camino más corto entre dos puntos pasa por las estrellas." Y era verdad. Para navegar es preciso mirar a la estrella polar y tomar la altura. El fogonero del barco no sabe adónde va, porque no ha sentido entre sus manos, tiznadas de carbón, el temblor de la brújula de la rosa de los vientos. En eso se diferencia del capitán. Y España no navegaba porque desde hacía siglos no miraba a las estrellas que saben de rutas y señalan derroteros. Para decirnos todas las verdades, José Antonio creó un estilo maravilloso, una oratoria llena de sencilla y elegante sorpresa. Era un estilo limpio, de justeza arquitectónica y fina metáfora, moderado como una primavera de Castilla, sin retóricas, directo. Ese estilo está en su himno de guerra, que habla de amor, de estrellas y de cinco rosas; está en sus discursos, en sus consignas y en ese Arriba España sorprendente de exactitud, con el redoble metálico de sus erres castellanas, que nos hará ganar la guerra. Con ese estilo y al servicio de su idea, José Antonio puso en circulación todas las consignas que el jonsismo y la conquista del Estado habían acumulado. Milagro del estilo que hizo surgir un ideario de la biblioteca.
Hoy hace dos años, en una noche como ésta, le fusilaron. José Antonio, jefe, camarada, amigo mío, aquí va mi voz emocionada desde esta noche cristalina de Burgos, a tu tumba desconocida, junto al tibio mar de Alicante que tu sangre ha vuelto a hacer latino. Un día tus camaradas pasarán detrás de la espada victoriosa de Franco a reconquistar tu cuerpo. Hace dos años, todavía nos diste la última lección de serenidad y elegancia, en el yeso ya sepulcral de tu celda alicantina. Mientras se desgañitaba, entre trapos rojos, fusiles y puños cerrados, la plebe en torno a tu cárcel, ya torre de fortaleza y de espíritu, tú mirabas, sin duda, con tus tristes ojos, sereno a lo inevitable y católico, construías y forjabas tu testamento con el rasgo y la limpia justeza del más pulido soneto castellano.
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 37 a 39.