LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL

 CONFERENCIA DE DIONISIO RIDRUEJO

 (15 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)

 

 

Oídos de toda la geografía de las Españas: camaradas de todas las Falanges.

Con el temblor y la fe que se acude siempre a cosas difíciles, acudo yo esta noche, sin más armas y ayuda que un guión vacilante, elaborado en el trabajo, a hablaros de José Antonio Primo de Rivera. Estamos haciendo una manera de ejercicios espirituales para que nos conduzcan en intimidad religiosa, profunda y sincera, al encuentro de aquella fecha triste, de aquella fecha terriblemente definitiva, en que España vio sepultado bajo el polvo el cuerpo hermoso y joven de su primer jefe, el fundador de la era que estamos viviendo. ¡Con el temblor de las cosas difíciles, porque para hacer moldes con la palabra, del símbolo total de José Antonio, histórico y permanente, están aún demasiado cerca aquellas emocionantes etapas de presencia en que nos dejó contemplar la serena limpieza de sus ojos, en que nos permitió erguir el corazón con el ala de su voz! Y porque a través de las inquietudes de una guerra, a través de las inquietudes de una Revolución, está demasiado lejano, se ha hecho demasiada piedra y monumento aquella figura que la amistad y la jerarquía han elevado en el corazón de algunos españoles con ardor tan profundos que a la hora de descubrirse esos corazones sobre la faz de España, toda España se ha levantado tras ellos en una agitación de hembra enamorada, para hacer el canto de nostalgia y esperanza del gran amor de la juventud española.

Era en 1.933 cuando José Antonio Primo de Rivera, liberándose de su incógnita juvenil, liberándose de su apellido, excesivamente popular, alzó la voz de la fundación de la Nueva era española. Hablaba en aquel instante el poeta de España. El poeta formula siempre, hace verbo aquella emocionada sensación de angustia que los hombres tienen en el alma, sin poderla expresar. En el principio fue el Verbo. Antes era el caos, porque Dios no había pronunciado su palabra. Sólo cuando Dios pronunció su palabra, el caos se convirtió en creación. El mundo surgió, la luz alumbró, el agua y la tierra se separaron. Era el caos en España hasta que habló el Verbo, hasta que se alzó la palabra milagrosa, dando forma a la tierra, palidez de astro a las estrellas, separando las tierras y las aguas, porque tierras y aguas en España estaban confundidas. Se oyó casi como voz en el desierto. Pero en el desierto había tiernos y frescos oasis juveniles. Por los rincones más olvidados de la Patria estábamos todos, con nuestra voluntad impaciente, nuestra sensibilidad a punto, con el tremendo antojo de un destino que nos atrevíamos a desafiar. La mayor parte de nosotros no habíamos tenido la fortuna de estar en torno a un hombre, y un periódico; de formar un grupo ni comunidad, de haber encontrado expresión ni poesía. Estábamos sobre la tierra de España, al aire, a la intemperie, solos, abandonados y llenos de pasión. Cuando surgió la voz de José Antonio, el 29 de octubre, desde el Madrid que hoy secuestran todos los piratas del mundo, nuestro corazón encontró la medida, el ritmo exacto con que había de regular la sangre. Desde aquel momento, surgía en España un haz gigantesco y alto, combativo, valiente y alegre; surgía en España la Falange de los españoles; es decir, la unidad de los españoles. Y así, cuando esos pocos que le habían oído y habían sabido encontrar en su voz la brújula que les llevase hacia el mar en su destino; cuando esos pocos españoles que le habían oído y entendido pudieron hablar de España, cuando esos españoles pudieron hablar, toda España entró en la comunidad de la Falange y pasaron de golpe, de ser masa abandonada y estéril, a ser milicia ardiente, disciplinada y operante.

José Antonio no podía hacer otra cosa que la unidad de España. Y así, en una España partida, desgarrada, el alzó la síntesis de todos los españoles. De una parte tenía una juventud que luchaba para salvar aquellas cosas que no quería dejarlas ir de entre las manos para salvar el orgullo de una historia: la expresión de una Patria, la firmeza en una convicción religiosa, la nobleza de las cosas espirituales. En el otro lado, las juventudes de España tenían que acampar en las tiendas de los traidores, porque nacieron a la intemperie, porque vivieron una vida de miseria, porque vivían por el camino de sus propios músculos, por el camino de su ayuno de pan y de justicia que les habían sido negados. Y así José Antonio no se avino a enrolarse, como hubiera sido fácil, en un partido cualquiera. José Antonio vino a España con un destino trágico, para morir crucificado.

Y a esta delicada arquitectura de hombre, a este verbo capaz de fundir todas las Españas, le asesinaron un día, en Alicante, unos pobres bandidos a sueldo de las patrias forasteras. Ellos quisieron matar la unidad. Y ahora el cadáver de José Antonio, el alma erguida ya definitivamente de José Antonio, nos exige tomar aquella tierra que fue regada con su sangre, nos exige tomar a aquellas gentes que no supieron entenderle, para que la obra de los traidores no tenga realidad, para que la unidad que ellos quisieron fusilar se levante otra vez como el ciprés sobre la tumba.

José Antonio tenía, junto a esta calidad de poeta, junto a esta calidad de hombre entero, junto a la calidad caballeresca deportiva que le hacía entender España por entero, una calidad humana de hombre amoroso; todas las pasiones de los hombres que siguen a José Antonio son pasiones de amor.

Porque el amor es la ansiedad de los seres por completarse, por fundir en sí mismos su propia unidad hacia unidades superiores. Y José Antonio nos hace entrar en esta cualidad suprema de hombres para servir la unidad total de todos los hombres, en el destino de una patria.

Y, ahora, camaradas: José Antonio no puede ser un mito inoperante, lejano. En torno a su memoria, a su doctrina, a su voluntad; es decir, en torno a España, debemos estar reunidos, apretados y fuertes los hombres que han conocido su palabra, que han estrechado su mano, que se han asomado a sus ojos, porque no tenemos derecho a hacerle un duelo romántico. Decía José Antonio Machado, el gran poeta traicionado y traidor:

" Quiero un duelo de trabajo y esperanza.

Yunques: sonad. "

Pues bien, camaradas de España: no hagamos un duelo estéril y flojo.

No hagamos una pantomima de dolor por José Antonio. Que suenen los yunques. Trabajemos, camaradas, para que José Antonio no sea el lucero lejano propicio a la contemplación en las noches tristes. Luchemos, camaradas, para que José Antonio, con su cuerpo y su alma, dé forma y continuidad al cuerpo y alma de España, martirizada. Camaradas: En torno a José Antonio, con José Antonio, porque José Antonio -y uso la misma metáfora de nuestro Caudillo-, camaradas, ha puesto prácticamente arriba el nombre de España. ¡Arriba España!

 

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA”  Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 34 a 37.