LA
ÚLTIMA MANO QUE SE TENDIÓ PARA INTENTAR
SALVAR
LA VIDA DEL LLORADO JOSÉ ANTONIO
Conde
de Romanones
De
lo que voy a contar ahora en breves líneas, he guardado absoluto secreto
durante dos años.
Me
hallaba yo en San Juan de Luz cuando mi querido amigo don Eugenio Montes, a hora
matutina, demudado el semblante, preso de verdadera angustia, me despertó para
pedirme que, sin pérdida de momento, me dirigiera al Gobierno francés para que
obtuviera del de Madrid que no se cumpliera la sentencia de muerte que se había
impuesto al llorado y genial fundador de Falange Española, advirtiéndome que
la sentencia estaba a punto de cumplirse. En el acto telegrafié al ministro de
Relaciones Exteriores, Ibon Delbos, poniendo en cada palabra el interés más
supremo.
Su
contestación la recibí muy luego. Decía: “En el acto de recibir su
telegrama, en unión del presidente del Consejo (lo era en aquel entonces Blum),
me dirigí al Gobierno de Madrid pidiéndole con apremio que la sentencia contra
Primo de Rivera no se ejecutara. Se me contesta que por desgracia llagábamos
tarde, pues Primo de Rivera, había sido fusilado aquella misma mañana.” Me
reiteraba su pena y la del presidente del Consejo por haber llegado tarde.
Es
posible que, aun habiendo llegado a tiempo, nada se hubiera conseguido. La
ejecución de José Antonio constituyó, a mi entender, una enorme torpeza política
por parte de los dirigentes rojos, y una no menos suprema de injusticia.
(La Voz, 11 de noviembre de
1938.)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Pág. 307.