LA
SENSIBILIDAD JURÍDICA Y EL ASESINATO DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
Eugenio Montes
Fue el 25 de octubre del primer año de la guerra, y en París, bajo esa llovizna verleniana, que no sé qué ángel bueno o malo tiene guardada en los cielos grises del Sena para que no vayan tan solos por las calles los emigrados políticos. Yo estaba entonces en una emigración dos veces dolorosa, porque andaba fuera de mi Patria para servir a mi Patria, y corría, desalado y silencioso, las esquinas de una ciudad en la que nadie compartía mi angustioso anhelo. No sabía cómo, ni porque medio intentar un gesto -el que fuese- para salvar la vida más preciosa del más grande español civil. Iba por los Campos Elíseos cuando leí, en transparente de un diario, la trágica noticia tan temida: un monstruoso comité de "justicia popular" se disponía a asesinar, fríamente, a la más noble pasión de justicia y la más clara y digna vocación de pueblo que naciera en España. La impotencia de mis intentos me arañaba con las uñas verdes de la lluvia en el cristal, y entre la cárcel líquida que aprisionaba el aire yo veía los ojos redondos, luminosos, de José Antonio dándome su último adiós en la última mirada. Caían las hojas de otoño en los Campos Elíseos, y con ellas mis postreras esperanzas. Él iba a morir por hombre derecho y hombre de derecho, sin que a los beatos de la juridicidad el horror les quemase las parleras gargantas, sin que en los doctrinarios de la justicia clamasen contra ese crimen cruel, sin que las voces, siempre fáciles a indignarse cuando cualquier Jefe de Estado detiene a cualquier facineroso, pusieran el grito no en el cielo en que no creen, sino en la Sociedad de Naciones o en la "opinión civilizada" que tanto invocan. En ese momento y en ese estado de espíritu subí la escalera de la Agencia de "La Nación de Buenos Aires", y pedí venia para dirigirme a las almas sensibles de todo el mundo hispánico. Con lágrimas literales en cada letra escribí lo que sigue:
"Cada época histórica se caracteriza por un tipo de político, tipo que será en ella y sólo en ella aun cuando las gentes, ciegas para las grandes perspectivas y las grandes mutaciones de los ciclos, supongan que siempre ha sido así y así será. Con la Revolución Francesa, por ejemplo, aparece el abogado como conductor de pueblos, hasta el punto de que el Estado se define en el siglo XIX exclusivamente en tanto órgano del derecho, lo cual es absurdo, porque además de darles ley, hay que dar a las gentes el pan y el honor de cada día, y un destino caluroso y alegre, una fe, una caridad y una esperanza para transportar montañas o violar océanos, como hizo un día España parteadora de mundos.
"Aparece
el abogado, con el cual, desde la segunda mitad del siglo, comienza a colaborar
-a colaborar en la destrucción- el médico, en calidad de hombre práctico,
positivista y ateo. Era la época de Mr. Homais de Mme. Bovary, de la ilusión
del progreso indefinido, de los "órganos del Estado" y de la sociología
de Specer. Fue éste quien hizo
popular la oposición, falsísima y mediocre, entre el espíritu guerrero y el
espíritu industrioso, no obstante que en su propio país la prosperidad de las
industrias dependiese en gran parte de las materias primas coloniales, o sea de
un imperio ganado contra viento y marea, por grandes capitanes, duros de ala y
de huesos, gentes de temple y aventura. Esta oposición filistea entre el espíritu
guerrero y el espíritu industrioso alterna, más o menos desde 1860, en la hipócrita
contrariedad entre la espada y la toga ignorada y negada en toda época clásica realmente creadora,
las cuales han ayuntado siempre las armas y las letras que Cervantes supuso, con
razón, fraternas y émulas. ¿Pues qué? Quienes un día bajaron, gladio en
mano, a la vega granadina, ¿no morían en piedra funeral, como el Rubio doncel
de Sigüenza, la sonrisa y los ojos en renaciente libro? ¿Y aquel otro cadete,
de nombre Garcilaso, nacido a la orilla del sable azul del Tajo, junto a las
piedras imperiales de Toledo, no repujó sus sonetos con fuego de batallas en
los campamentos del César? Y ésos, en fin, que, tras dilatar valor en Indias y
fatigar los Andes sintiendo el orbe menor que su egoísmo, decían al volver
"el mundo es poco", esos ¿no
eran escolares togados de Salamanca, discípulos de Vitoria y Melchor Cano,
creadores del derecho de gentes?
"Cien
mil recuerdos podían acudir puntuales a la memoria. Sin embargo, olvidándolos
todos, en la España triste de hace diez años se manejaban con categorías
opuestas al rigor militar y la exactitud del letrado. Precisamente cuando ya en
Europa se volvían a considerar como realces del político el honor guerrero y
el entusiasmo poético y ya, para conducir los pueblos desde la orfandad al
poderío, se estimaba mejor a Píndaro que al Alcubilla.
"Utilizando,
pues, categorías vacías y desalquiladas, se hizo en España la campaña contra
el general don Miguel Primo de Rivera. En la Academia de Jurisprudencia las
vestales de la juridicidad chillaron ofendidas cuando el "terrible
dictador", "el soldadote", envió un enemigo irascible a las
Islas Canarias, en donde le dejaba vagar y divagar y hasta, con su corazón magnánimo
insultarle en la Prensa. Si el mismo general, con bondadoso ánimo y frase
justa, ante una ofensa de Valle Inclán, lo castigaba llamándole "genial
escritor y extravagante ciudadano", entonces todo el polvo de los divanes
del Ateneo, todo el polvo de las viejas togas procesales y la caspa de la
bohemia literaria hacían irrespirable el aire. Era preciso protestar, en nombre
de la ley, contra aquellos militarotes, contra aquellos tiranos bajo cuyo
Gobierno florecía la cultura y no había un solo parado. Pero nada importaba,
nada ante el delito de declarar inepto para la altura de los tiempos a la
Constitución del siglo XIX, o ante la alevosía sangrienta de llevar a Largo
Caballero al Consejo de Estado, de
darle un puesto nutricio a la comunista Margarita Nelken y de nombrar expertos
en arte, con larga nómina, para la exposición de Barcelona, a algunos
sensitivos liberales que hoy desde las Embajadas marxistas no se alteran ni se
desasosiegan pensando en los que mueren asesinados o yacen en las cárceles sin
proceso, o lo que es peor todavía, son juzgados, no por jueces de toga y de
carrera, como profesión de justicia sino por "tribunales populares"
de milicianos, extraídos de los bajos fondos anarquistas y formados por
quincenarios y ladrones.
"Es
la ley de guerra, se dirá. Pero no, lo opuesto de la ley de guerra es la anarquía
de la revolución monstruosa.
"Ley
de la guerra existe en el campo nacional. Sólo a los sorprendidos con armas en
la mano se les somete a juicio o a los reos de delito común. Estos son juzgados
por la magistratura ordinaria. Aquellos, con arreglo al Código, con rito de
juramento e invocación divina, por los abogados del Cuerpo Jurídico Militar,
en quienes las exigencias del derecho brillan con el resplandor de las
estrellas. En cambio, en la zona roja, sin que el Gobierno sienta el rubor de
ceder sus indimitibles atributos, y sin que los maestros de la juridicidad se
conmuevan ante nada, funcionan esos "tribunales populares" de
presidiarios, incluso para juzgar a los detenidos políticos que no han podido
levantarse en armas por la irrefutable razón de hallarse en la cárcel antes de
que estallase el Movimiento.
"Tal
es el caso de José Antonio Primo de Rivera y sus familiares. Por mandato
expreso de Moscú, el Gobierno del Frente Popular lo encarceló a los pocos días
de llegar al Poder, a fines de febrero. Hace ocho meses. Pronunciando el
"no importa" del alcalde de Móstoles y de los héroes de la
independencia, se fue a la cárcel de Madrid. Un mes después se celebraron
elecciones parciales a diputados por la provincia de Cuenca. El clamor del
pueblo español presentó su candidatura. Va a Cuenca su hermano Miguel en
calidad de apoderado. Cuando se hallaba en el hotel lavándose las manos, le
dispararon por la espalda. En vez de detener a los delincuentes, fue Miguel
detenido. A José Antonio le robaron el acta para que no pudiese salir de la
prisión, y sin decoros del más mínimo pretexto lo llevaron a la cárcel de
Alicante. Desde allí me escribía cartas que conservo y no puedo recordar sin
que la emoción se traduzca en llantos. "Procuro luchar contra el
embrutecimiento de una prisión prolongada. Hago gimnasia y juego a la pelota
con mi hermano Miguel. Leo lo poco que puedo y escribo mucho." Como la
leyenda dice de Cervantes, José Antonio también desde la prisión concentraba
su experiencia de la vida en una novela y en ensayos filosóficos que conozco
fragmentariamente. No se ha movido de allí; no le dejaron moverse. Un
periodista extranjero le visitó hace unos días. Lo ha encontrado delgadísimo,
con la huella del sufrimiento y el tatuaje del dolor en la mirada. Es que no hay
un drama humano más conmovedor y de más trágica grandeza. Saber que lejos
crece, hasta hacer estío y madurez de agosto su creación, la Falange, y
sentirse él entre rejas.
"Ahora la Prensa recoge la noticia de que algún monstruo ha pensado en hacerle juzgar por un tribunal revolucionario, de milicianos. ¿Pueden, ante amenaza tal, seguir afónicas las vestales de la juridicidad, sin que se les caiga la toga -y la cara- de vergüenza? ¿Puede la Academia de Jurisprudencia de Madrid, que él ennobleció con discursos científicos, hacerse la sorda a su callada queja -y a mi queja en gritos-? ¿Puede don Ángel Osorio y Gallardo invocar el derecho en Ginebra y no enterarse del caso? ¿Y puede don Felipe Sánchez Román dejar morir, sin hacer nada por evitarlo, a su alumno predilecto, a quien aprendió en su aula la hermosura del orden jurídico y a mirar en sus ojos la justicia?
"¡Ah,
mentiras arbitreras, abogados! Sí, hay algo más trágico todavía que el
saberse traicionado por los discípulos, y es el saberse traicionado por los
maestros. Por esos maestros de las Ligas de Derechos del Hombre que se alarman
histéricamente cuando la terrible burguesía no le deja a Trotzky ir a
cualquier balneario, o cuando Hitler lleva a un campo de concentración a
cualquier asesino, y en cambio se tapan los oídos para no oir el dolor de un
ser noble y quizá para no oír la voz, más implacable aun, de la
conciencia."
"Este artículo lo publicaba el 26 de octubre de 1936, en
La Nación, de Buenos Aires. El
gran diario argentino, que a esta misma hora, mientras el criado de calzón le
sirve el desayuno, estará leyendo el embajador del "Gobierno legal",
del "Estado de derecho", de "Los hombres civiles" y la
"Civilización antifascista", señor Osorio y Gallardo. Después,
compungido por el aniversario del asesinato, irá a misa de once, elegante y
burguesa, a comulgar por el triunfo del Gobierno Negrín, paladín del orden y
la justicia. Entretanto, nosotros... entretanto nosotros, enlutadas nuestras
camisas para siempre, te vengaremos, José Antonio. Con completa, cabal e
inmerecida venganza. Combatiendo en la ardiente enemistad de las trincheras
hasta poder lograr, tras el triunfo, la ardiente hermandad de los españoles, en
un Estado justo y derecho en que el cuerpo del crimen cometido en ti sea, en el
recuerdo y en el afán, eucaristía de orden, de rigor y de amor, vínculo común
y alma de aquello que tú querías: pueblo de España. Pueblo, que es lo
contrario de la plebe y lo contrario de la democracia.
(A
B C, 20 de noviembre de 1938.)
De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA" Ediciones Jerarquía,
1939. Págs. 303 a 306.