JOSÉ
ANTONIO EN LA CÁRCEL MODELO
VISTO
DESDE EL OTRO LADO DE LA REJA
Felipe
Ximénez de Sandoval
Había dejado
en su casa la comodidad, el peligro en la calle, el tedio en el Parlamento, el
aseo en el aire. Pero en la celda en que ingresara para no salir más, entraron
con él la alegría del sacrificio por España, la serenidad del Genio, la
elegancia del hombre de mundo, la inmensa flor inmarcesible el más maravilloso
destino humano que ha conocido nuestra época.
Quienes por
desgracia no fuimos elegidos por la Providencia para compartir con José Antonio
la claridad de la celda iluminada de su presencia, teníamos cada hora en la
calle envidia de los afortunados que le acompañaban. Nuestras mañanas libres
de los días de fiesta eran para nosotros más soleadas cuando lográbamos verle
después de larga espera en tensión, en la cola, entre insultos de los guardias
de Asalto.
José Antonio
tras la reja, con su mono azul y sus flechas, era -más que nunca- la imagen de
la Liberación próxima. Ni un momento de mal humor, ni una protesta. Siempre el
consejo prudente, la arenga sobre la palabra cariñosa de condolencia por
nuestra pena de estar libres. Siempre la preocupación por los camaradas de las
galerías de comunes: "No quiero más cigarros, no quiero más libros, no
quiero más licores, no quiero más dulces. Los de arriba no tienen nada de eso.
Atendedlos a ellos."
El día de San
Isidro, Patrón de Madrid, conocedor del amor de José Antonio por las
tradiciones de nuestro pueblo, le llevé cinco kilos de las clásicas rosquillas
del Santo que acogió con algazara infantil. Al domingo siguiente supe por él
mismo que sólo había comido y dado a comer a los que con él se hallaban en
"políticos" una rosquilla, enviando las restantes a los de la galería
de comunes, con la recomendación a sus escuadristas de repartirlas con
cualquier madrileño preso, aunque fuese de la F.A.I.
Otro domingo,
Pilar le entregó un álbum de autógrafos de una muchacha inglesa -creo que la
hija del Embajador en Madrid- que deseaba un pensamiento de José Antonio. José
Antonio trazó su firma enérgica de un solo rasgo de pluma. De ese rasgo sin un
titubeo del pulso, que tanto conmueve en sus escritos últimos. Y encima, de una
rectitud pasmosa, cuatro rayas horizontales y cuatro verticales con lápiz rojo,
cruzando toda la página. -¿Qué haces, José? -preguntó Pilar.- Poner un
pensamiento mío... y por mío tachado por la censura. Y además, para que no se
diga que no soy galante, mandarle un retrato a esa chica. "José Antonio
Primo de Rivera, detrás de las rejas de la cárcel."
Se quedó
pensativo un momento y enseguida empezó a hablar conmigo de temas literarios:
"Me da el corazón que vas a venir pronto a la cárcel. No creas que
perderemos el tiempo. Tengo el asunto de una comedia magnífica y unas ganas
locas de escribirla. Pero soy incapaz de dialogarla. Tú me ayudarás."
Como yo me
riese diciéndole que era imposible que un conversador como él no supiera
dialogar, contestó rápido poniendo la mano sobre el hombro a Rafael Sánchez
Mazas, que, muy próximo a él, hablaba incansable con una visitante: "¿Qué
quieres...? Aquí, Rafael se lo habla todo... Es el as del monólogo." Y
los dos reían, empezando una cordialísima escaramuza de agudezas.
(Por desgracia
no llegó nunca mi ocasión de colaborar en una obra teatral con José Antonio,
ni siquiera la de que me contase el asunto con el que estaba tan entusiasmado.)
Otro día decía:
"Lo que más me gusta de la cárcel es ver que toda la Falange tiene novia,
que viene a pelar la pava en la reja. Yo no la tengo porque ya soy viejo, pero
me consuela de ello que las de los camaradas vienen todas a charlar conmigo un
rato. Menos Amelia -y señalaba el rincón en que se hallaba Ruiz de Alda y su
mujer- que no hay modo de hacerle terminar su eterno cuchicheo con Julio cogiéndole
las manos."
Y otra vez,
como yo le comunicase mi nostalgia -y la de todos cuantos andábamos aún por
las calles cargadas de odio marxista- me dijo en voz alta y enérgica:
"Cuidado. Te lo advierto a ti y a todos los que estáis libres. En Falange,
la calle como la cárcel, el Hospital o el cementerio, no es sino un puesto de
servicio del que no se puede desertar. No quiero ni un preso más. Tan sólo hay
una razón para que los acoja aquí con júbilo: el cumplimiento de una orden mía
capaz de salvar a España. Si alguno viene por motivos que no sea ése, usaré
de toda mi autoridad de Jefe Nacional de Falange Española de las J.O.N.S. para
hacerle poner inmediatamente de patitas en la calle."
Así le he
visto siempre en su prisión. Humano y alegre. Cordial e ingenioso. Maestro de
virtudes sin tono doctoral. Iba hacia la Gloria infinita como a dar un paseo
cara al sol. Su voz lanzaba el último Arriba España confortador a los que salíamos
preocupados de la cárcel a una libertad ficticia sin honor y sin goce. Allí
quedaba José Antonio. Al alejarnos, íbamos tristes y callados. Con la obsesión
de su suerte y de la suerte de España. Con una mística tal por José Antonio,
que hacía decir una mañana a un camarada cogido de mi brazo, calle de la
Princesa arriba:
"No sé
si será blasfemia. Pero cuando me aparto de José Antonio siento ese miedo y
ese vacío angustioso que dicen sintieron los apóstoles al perder a su
maestro..."
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 211 y 212.