BREVE NOTICIA Y CLARA LECCIÓN DE LA VISITA 
DE JOSÉ ANTONIO A MÁLAGA

 

Juan Peralta

 

Vino a nosotros, una mañana de domingo, y traía en sus ojos una luz nueva que nunca habíamos visto ni adivinado.

Y es que José Antonio no era un propagandista más. Poseía la divina unción reservada a los profetas. Por eso supo vivir, en la alegría dolorosa de la persecución y del cautiverio, como los elegidos. Por eso ha sabido morir, serenamente, en olor de multitud joven, como los predestinados.

¿Os acordáis?: Domingo Lozano, Jorge Loring, Eduardo Bayo, Félix Assiego... Queridos camaradas cuyas manos estreché tantas veces, unidas en la misma emoción.

DIFICULTAD, RIESGOS Y TACAÑERÍA DE LOS PODEROSOS

¡Cuántos pretenden hoy reivindicar un primitivo puesto de triunviro o el privilegio peligroso de escuadrista  de choque! ¿Dónde estaban entonces? ¿Os acordáis de las dificultades de la escasez de elementos, de la resistencia activa y pasiva que hubo de vencer para organizar aquel acto, primero y único, de la Falange en Málaga?

Obtención de permiso gubernativo; enlace entre los camaradas; intentos inútiles para convencer a las gentes -dañadas por el odio, envueltas en la indiferencia o viciadas por el afán verbalista- de que por primera vez se iba a percibir en Málaga la voz precisa de la verdad desnuda. Recaudación de fondos... ¿Os acordáis? Eran las vísperas y aún no estaba pagado el seguro de incendio, ni la prima establecida por el teatro Cervantes.

¡Qué miserable tacañería la del bolsillo de los poderosos! ¡Cuántas excusas egoístas y pretextos, fútiles y estúpidos, para en fin de cuentas negarse a contribuir!

Pero la Falange fue siempre implacable en su ruta.

El acto se celebró en su día y hora, puntual y exacto. El amanecer del 21 de junio de 1935 nos trajo en la Prensa Local la noticia escueta:

"Esta mañana, a las once, se celebrará en el Teatro Cervantes el primer acto público de Falange Española de las J.O.N.S. En él intervendrán los camaradas Manuel Mateo, Raimundo Fernández Cuesta, Julio Ruiz de Alda y el Jefe Nacional José Antonio Primo de Rivera. Para conocimiento de todos se hace saber que la entrada será pública."

El elemento izquierdista no quiso asistir al acto, por no percibir, impotente para rebatirla, la verdad nacionalsindicalista. Las derechas brillaban también por su ausencia, temerosos de encontrarse cara a cara con el odio erizado de los primeros. Doscientos cincuenta camaradas escucharon aquel día la voz de un profeta que, para desgracia de todos, predicaba afanosamente en el desierto.

Fuimos a esperarle al Hotel Caleta un grupo de camaradas. No interesan los nombres. Interesa, sólo, el afirmar la existencia de un símbolo abstracto: Camisas viejas de la Falange en espera desvelada del jefe.

FIRMES, BRAZO EN ALTO

Le saludamos firmes con el brazo en alto. Le dijimos, con una emoción que ya nunca hemos vuelto a sentir: ¡A tus órdenes! Él estrechó nuestras manos y nos miró con esa mirada, plena y confiada, de los Fundadores que sólo poseen minorías y están seguros de conseguir multitudes.

Oímos Misa con él en la Catedral, y no quiso retirarse del pie del Altar hasta que no hubo rezado las tres avemarías y la salve del final. Porque tenía una idea completa de las cosas.

Al salir a la calle la gente lo miraba con admiración contenida, pero temían su proximidad peligrosa.

Nos preguntó: "¿Está muy lejos el Teatro?" Y como le contestásemos que estaba relativamente cerca, nos dijo: "Iremos andando".

UN POLICÍA ATRIBULADO

Entonces ocurrió algo pintoresco. Se aproximó a él un señor de edad, de aspecto pacífico y le dijo con voz apremiante y nerviosa: "Don José Antonio. Soy el policía designado por el señor Gobernador Civil para darle escolta. Considere usted que con su exhibición me pone en un compromiso. Yo le agradecería sinceramente que tomasen ustedes los coches para ir al Teatro."

"No se apure usted -le contestó irónico José Antonio-. Subiremos a los coches. Pero, tranquilícese. No considere tan peligrosa mi exhibición."

Había en las calles un hervor de pasiones contrarias.

PRIMER Y ÚNICO ACTO DE LA FALANGE DE MALAGA

El Teatro presentaba en su escenario ese aspecto severo y emotivo con que la Falange reviste todas sus cosas. Un telón negro, rayado con líneas blancas, indicaba los nombres de los primeros camaradas que cumplieron el solemne juramento de morir en acto de servicio. El yugo y las flechas en rojo, sobre el telón, abrazaba el espíritu de los Caídos.

Dos camaradas de primera línea, con chaquetas puestas sobre la camisa azul (así lo exigió la policía), y los brazos cruzados, permanecían alineados sobre aquél fondo impresionante con aire y aspecto de Milicias clandestinas. Una mesa larga cubierta con un puño colgante, rojo y negro, esperaba la llegada de los Mandos. 

En el centro del patio de butacas formaba rígida otra línea recta de camaradas de primera línea. En una platea junto al escenario, la Sección Femenina (4 camaradas con falda negra y camisa azul).

Y llegó José Antonio seguido de las Jerarquías inferiores. Su presencia provocó un clamor fervoroso. Saludamos con el brazo en alto, pero hubo un pequeño grupo que lo hizo con el puño cerrado. Pronto fueron "convencidos" sus integrantes para que abriesen las manos.

José Antonio dio comienzo al acto gritando la presencia de cada uno de los camaradas muertos. A continuación avanzó el Jefe Provincial, Domingo Lozano, y dio lectura a unas cuartillas sentidas, exponente de su espíritu. Domingo era un excelente camarada con un temple de madera recia e inastillable.

Manuel Mateo nos habló, con palabras duras y toscas, del sentido revolucionario de la Falange; recordándonos su procedencia del partido comunista.

A continuación lo hizo Raimundo Fernández Cuesta. Expuso, de manera ardiente e impecable, normas y consignas que en aquel entonces parecían a primera vista fantasías de iluminado imposible de realizar. Julio Ruiz de Alda no pudo venir. En aquellos días solventaba en Madrid un asunto referente a tenencia ilícita de armas.

Por último se levantó a hablar José Antonio, erguido detrás de la mesa, en el centro de los camaradas que ostentaban puestos de mando.

Él se había desprendido del paño gris de su chaqueta cruzada y lucía la camisa azul con las mangas remangadas hasta el codo. Comenzó diciendo:

"Aquí somos todavía demasiado pocos para llenar un teatro tan grande. Yo quisiera, mejor, estar con vosotros en el campo sentados a la sombra de un árbol, con las piernas cruzadas, para repartiros, en la intimidad, el pan espiritual de nuestra Doctrina."

Y nos habló de la Falange con insistencia y con el delirio con que hablan los amantes de los seres amados. Nos contó la muerte de los últimos camaradas caídos y nos dijo que diariamente tenía que revalidar su título para mantener el derecho de mandar a tan formidables camaradas. Nos exhortó a no decaer ni un solo instante en la tarea emprendida. Y terminó diciendo:

"Cada cual firme en su puesto, sin dudas ni vacilaciones. Pronto florecerán en sus tumbas los huesos de nuestros muertos cuando retiemblen los caminos de España con el paso, marcial y victorioso, de las nuevas legiones."

Los tres gritos de ritual y nuestro ¡Arriba España! cerraron el acto.

CON LOS CAMARADAS DE MÁLAGA

Después de éste, entre el ambiente hostil de la calle, contrarrestado por nuestro enérgico entusiasmo, José Antonio marchó al centro de Falange, situado entonces frente a la Plaza de Toros, en el piso principal de la casa número 22 del Paseo de Reding. Allí departió con todos los camaradas. Firmó algunas fotos suyas y escribió unas cuartillas. Dando un paseo nos trasladamos a la pensión situada en "Villa Carlota", en cuyos jardines almorzamos. Almuerzo sencillo saturado de la camaradería llana de la Falange, con mezcla de seriedad y buen humor.

Al finalizar el almuerzo un camarada, hoy teniente de Aviación, por cierto, pidió que José Antonio hablase. A esta petición nos sumamos todos. Teníamos sobre nuestras cabezas un toldo de lona, que nos daba sombra, y estábamos junto al mar.

José Antonio impuso silencio y nos dijo:

"No creáis que voy a parecerme a los demás pronunciando un discurso a la hora de los brindis. Quiero deciros únicamente dos cosas: primero, que hemos comido bastante bien. Pensad en este instante que hay muchos españoles que no comen; segundo, tenemos sobre nuestras cabezas una lona y, frente a nuestra mirada un mar azul y transparente. Hagamos de esta lona una vela navegante y lancémonos de nuevo por el mar a la conquista de las empresas Imperiales. ¡Arriba España!"

Dos filas de brazos en alto despidieron a José Antonio en su marcha para Sevilla.

Consiguió en nuestra ciudad, por la sugestión impresionante de su voz y de su presencia, la lealtad, fervorosa y apasionada, de todos los camaradas de la Falange malagueña.

Se nos fue una tarde de domingo y llevaba en sus ojos una luz nueva que nunca habíamos visto ni adivinado.

Y es que José Antonio no era un propagandista más. Poseía la divina unción reservada a los profetas. Por eso supo vivir en la alegría dolorosa de la persecución y del cautiverio como los elegidos. Por eso ha sabido morir, serenamente, y en olor de multitud joven, como los predestinados...

 

 

De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA" Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 280 a 284.