JOSÉ
ANTONIO Y SALAMANCA
EL
MITIN DEL 10 DE FEBRERO Y DON MIGUEL DE UNAMUNO
Una
noche desagradable y fría, la del 9 de febrero de 1935, llegaron a Salamanca
unos muchachos -hombres y muy hombres, ya por su temple y su oposición ante la
España del Frente Popular en larva-, dejando en Madrid a los acomodaticios a
todos los climas políticos entregados a sus cábalas y murmuraciones. José
Antonio Primo de Rivera -aquel muchacho de extraña textura psicológica, tímida
y audaz a la vez- iba a Salamanca a dar un mitin con algunos amigos más, de
abierta pugna con el ambiente político en boga.
Durmieron
en el Gran Hotel aquella noche del 9 al 10 de febrero; se habían pegado
infinidad de carteles anunciando el acto de Falange Española de las J.O.N.S. en
el viejo teatro de Bretón.
El
entonces gobernador seguramente no durmió lo que tenía por costumbre aquella
noche, porque al día siguiente, domingo, la policía a sus órdenes se hallaba
desplegada por las calles cercanas al teatro, soportando estoicamente, bajo los
capotes, la nieve, que caía blandamente de la comba gris de las nubes.
Entretanto,
una gentil muchacha de Salamanca enviaba a José Antonio una bandera, con el
yugo y las flechas -la primera de la Falange salmantina-, para que luciera en
aquel acto de propaganda.
No
decimos el nombre de la bella camarada, muy a pesar nuestro, porque su modestia
nos lo ha prohibido.
Si
diremos que la señorita que hizo ofrenda de la bandera pertenece a una de las más
distinguidas familias salmantinas y que guarda para José Antonio su recuerdo más
emocionado.
Cuando
llegó al hotel donde se hospedaba José Antonio la insignia de Falange, éste
había salido con sus camaradas, a invitar al mitin, a don Miguel de Unamuno.
Sobre
aquel acto se cernía una densa atmósfera de hostilidad en la población. El
elemento obrero, disconforme con las teorías de los falangistas, había
amenazado con perturbar el mitin del teatro Bretón.
La
noche anterior, José Antonio, acompañado por Rafael Sánchez Mazas; Bravo,
Jefe del nacionalsindicalismo en la provincia; y Alejandro Salazar, Jefe del
Sindicato Español Universitario, visitaron el centro de Falange abierto en la
buhardilla de una casa sórdida de la calle del Consuelo, donde por mobiliario
había una mesa, un armario y cuatro sillas viejas.
En
uno de los muros presidía como un augurio de la renovación de España, un
lienzo negro y rojo, con un yugo y unas flechas.
La
Falange salmantina se había constituido oficialmente en la citada calle del
Consuelo, en enero de 1935, y en él se recibía a los visitantes aunque no
pertenecieren a la organización, con el "¡Arriba España!" y el
brazo en alto.
Se
dió el caso y aún varios casos, de hacer retroceder, hasta el rellano de la
escalera, a las personas que iban al centro con cualquier motivo e ignoraban
como es natural, la consigna, el saludo, y no dejándoles entrar hasta que
levantaran el brazo, con un "¡Arriba España!".
Aquella
noche, en que fue José Antonio a Falange, se habían congregado allí los
socios y entre éstos formando mayoría se hallaban los pertenecientes al S.E.U.
¡Imaginaos por un momento el júbilo que despertó en la muchachada estudiantil
del Sindicato Universitario la visita del jefe!
Se
recibió a José Antonio y sus acompañantes con una emoción indescriptible,
con alegría insuperable, en la que había renunciamientos a todo lo que no
fuera conseguir una España mejor.
José
Antonio les habló entonces con una palabra encendida, sincera y convincente.
Se despidió de la muchachada hasta el día siguiente, en el
teatro Bretón.
La
autoridad gubernativa ofreció a José Antonio mantener el orden a toda costa,
si alguien intentaba alterarlo.
José
Antonio, con su natural delicado y enérgico, aseguró al gobernador que él y
los suyos comprometían a sostener el respeto a las personas.
No
obstante, la primera autoridad tomó las precauciones que dejamos anotadas al
principio, destacando agentes y policías en el teatro y sus alrededores.
El
jefe de la Falange Española tradicionalista y de las J.O.N.S. de Salamanca era
un antiguo amigo de don Miguel de Unamuno. Próxima la celebración, aquél le
remitió una entrada, invitándole. Luego, en la tertulia del Casino de
Salamanca, don Miguel dijo a Bravo:
-Ya
he recibido esa entrada. Iré al mitin, pues tengo mucha curiosidad por oír a
Primo de Rivera.
-Yo
sé que a él le gustaría hablar con usted. ¿Me permite que vaya a su casa a
presentárselo?
-No
hay inconveniente.
A
las diez de la mañana del día del mitin -el más crudo y frío de todo el
invierno-, Primo de Rivera, Sánchez Mazas -algo pariente de don Miguel- y Bravo
visitaron al señor Unamuno en su casa. La entrevista fue cordial. El
conversador fue, como siempre, don Miguel. Y como se acercara la hora del mitin
y los visitantes pretendieron despedirse, don Miguel dijo:
-Esperen
ustedes y vamos todos.
Era curioso ver por las calles salmantinas a Unamuno, con Primo de Rivera, Sánchez Mazas, un hijo de don Miguel y Bravo camino del teatro. Algunos obreros, que miraban hostiles, se quedaron sorprendidos. Así se llegó al local del mitin, ocupando Unamuno una platea. Los oradores se vistieron la camisa azul. José Antonio ostentaba, sobre ésta, en su lado derecho, las tres estrellas de cuatro puntas correspondientes a su jerarquía de jefe de la Falange.
EL
MITIN EN EL TEATRO BRETÓN
El
teatro se llenó de bote en bote. Abundaban en él obreros y labradores.
A
escuchar a José Antonio habían llegado nutridos camiones de Valladolid,
Zamora, León, Cáceres y Burgos con sus jefes, vistiendo la camisa azul.
En
una de las plateas, cumpliendo la palabra empeñada, se hallaba don Miguel de
Unamuno. Otros lugares ocupaban el escritor Eugenio Montes, el conde de Montarco,
José María Alfaro, el actual secretario general de Falange Española
Tradicionalista y de las J.O.N.S., Raimundo Fernández Cuesta y nuestro alcalde,
Manuel Gil Ramírez.
Poco
después de las once de la mañana llegó José Antonio, penetrando por el
pasillo central en el teatro, con la bandera de Falange que le acababan de
regalar, enarbolada y seguido de los demás oradores, Bravo, Mateo, obrero que
había estado en Rusia; Salazar y Sánchez Mazas.
Los
camaradas de Falange le aclamaron, levantándose a su paso con el brazo en alto.
En
el escenario, en letras de oro, se destacaban los nombres de los que ya habían
caído, prematuramente, por la Falange, y una bandera del partido.
El
acto terminó sin que ocurriera el menor incidente, sin que se diera, durante él,
el menor grito de protesta.
José
Antonio estaba muy contento, al retirarse de nuevo al hotel, con su flamante
bandera y su optimismo respecto al futuro de España.
Cuando
el Jefe del nacionalsindicalismo llegó al Gran Hotel, allí estaban don Miguel
de Unamuno, con Eugenio Montes, para despedirse. Volvió el viejo
causeur a pelar la hebra. Y como dieron las dos de la tarde, se le invitó a
comer, a lo que accedió gustoso. A este almuerzo asistieron, además de José
Antonio y Unamuno, el conde de Montarco, Raimundo Fernández Cuesta, Eugenio
Montes, José María Alfaro, Francisco Bravo, Manuel Gil Ramírez, y los jefes
provinciales de Valladolid, Zamora, Cáceres, Burgos y León.
Durante
la comida se habló de literatura, de los políticos y de muchas cosas más. Don
Miguel estaba encantado de las angulas y de haber satisfecho, una vez más, su
afán de dar que hablar.
A
las cuatro de la tarde se despidieron todos, marchando los jerarcas de la
Falange hacia Madrid. Pero se conoce que alguno habló del hecho en la capital
de España. La Associated Press preguntó extrañada, a su corresponsal en
Salamanca, si era verdad que Unamuno había ido al mitin fascista y después había
comido con el Jefe Nacional del Movimiento. El corresponsal contestó la verdad.
La
noticia dio la vuelta al mundo. Las derechas se escandalizaron con Primo de
Rivera, recordando las campañas del Rector contra su padre. Las izquierdas
tronaron contra la nueva defección. El cretino de Roberto Castrovido lloró lo
mejor de su mala retórica para condenar el hecho. Sólo don Miguel, al cabo de
algún tiempo, comentaba así:
-Sí,
ya me han dicho que se ha hablado bastante de mi asistencia al mitin organizado
por Falange Española en Salamanca. Fui a este mitin como voy a todos los que
quiero. No asisto a aquellos actos a los que me invita la empresa, sino a los
que yo quiero ir. Cuando comenzó el mitin comenzaron a tirarme de la lengua,
pero yo, naturalmente, ni interrumpí ni hice caso alguno. A mí no me tira
nadie de la lengua: tengo por costumbre contestar a aquello que no se me
pregunta y dejar sin respuesta aquello que se me interroga. Por lo demás, ese
muchacho -refiriéndose a José Antonio- tiene mucho talento y una cabeza que
funciona perfectamente. Llegará hasta donde quiera, porque, además, es un carácter
de cuidado... ¡Mucho ojo con estos muchachos del brazo en alto!
(La
Gaceta Regional, 20 de noviembre de 1938.)
De
"DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA" Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 277 a
280.