6 DE OCTUBRE DE 1934
EL
PRIMER ACTO DE AUTORIDAD DE JOSÉ ANTONIO
UNA ORGANIZACIÓN ROTUNDA, VARONIL Y
FIRME. PRECISABA UN COLOR NETO, ENTERO, SERIO
Y PROLETARIO Y SE INSTITUYE LA CAMISA AZUL
Hemos
pensado si no sería interesante redactar estas líneas para que puedan los
miles de camaradas nuevos enterarse de que esta elección de la prenda
distintiva de los nacionalsindicalistas fue el primer acto de autoridad de José
Antonio Primo de Rivera, apenas nombrado jefe nacional.
Exactamente,
los que sobrevivimos de aquellos primeros congresistas del falangismo, podemos
decir hasta la hora en que el jefe adoptó su determinación sobre la
"camisa azul", imponiéndola al Congreso. Fue entre siete y ocho de la
noche del histórico 6 de octubre de 1934. Y la cosa sucedió, si mal no
recordamos, de la siguiente manera:
Llevaba
el Congreso reunido desde las diez de la mañana del día 4. Con auténtica
emoción, podemos rememorar aquel comicio de hombres responsables de la Falange,
en el que figuraban, con el jefe, Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Rafael Sánchez
Mazas, Raimundo Fernández Cuesta, José Moreno, Emilia Alba González, Manuel
Valdés, José Sainz, Emilio G. Palma, Sancho Dávila, Roberto Basas, Jesús
muro, Luis Santa Marina, Francisco Rodríguez Acosta , José Manuel de Aizpurúa,
Javier M.. Bendoya, Manuel Illera, Ernesto Giménez Caballero, José María
Alfaro, Juan Aparicio, José Miguel Guitarte, Eduardo Ezquer, José Suevos, A.
Ruiz Castillejos, Vicente Gaceo, Luis Aguilar, Francisco Bravo, con otros más,
que no supieron mostrarse firmes en la lealtad, en la fe respecto al Movimiento
o que sencillamente no eran nacionalsindicalistas y fueron quedando arrumbados,
al margen del camino de heroico y duro que la Falange siguió posteriormente.
Y
a estas alturas, lo mejor es no traer aquí sus debilidades o apocamientos.
Trabajaron
las comisiones y los plenos con una asiduidad que encarnaba, exactamente, la
pasión constructiva que siempre fue lo mejor del espíritu de la Falange. Y
para que aquellos días iniciales no resultaran unas jornadas grises, las tareas
del Congreso se deslizaron a la par que los sucesos de la revolución marxista
de octubre, antecedente de la revolución nacional de ahora, y que fue el primer
envite en el que pudo decirse si España iba a ser o no marxista.
Mientras
se oía el tiroteo de los barrios lejanos del Madrid empavorecido, habíamos ido
aprobando los artículos estatutarios, limpiándolos de una cargazón
liberaloide que los que redactaron el proyecto no habían logrado eliminar. ¡Ruda
batalla la que tuvimos que librar los ortodoxos, para que desapareciera aquel
absurdo demoliberal de los famosos "triunviratos", aportación
jonsista decididamente recusable, y que de haberse admitido en el código
interno de la Falange, hubiera esterilizado la eficacia del mando único y
convertido el Movimiento en un partido político más! Y para lo último de
nuestras tareas fue quedando lo referente a la ratificación de la insignia y la
bandera y el tema de la prenda reglamentaria.
La
sesión de la tarde del día 6 de octubre, ultimado ya el Estatuto, sirvió para
la proclamación de jefe nacional, que se produjo un ambiente efusivo y cordial,
rebosando de emoción.
Todos
sabíamos que elegir jefe nacional a José Antonio Primo de Rivera era un pleno
acierto, decisivo ante la historia y el país. Una garantía rotunda en relación
con la austeridad, la limpieza de conducta y la elegancia espiritual que desde
entonces tuvo la Falange. Al elegir nuestro Capitán, sabíamos perfectamente
que en el salón apretado del piso bajo del palacete del Marqués de Riscal, 16,
estábamos viviendo con nuestro júbilo y nuestra exaltación de lealtad, un
instante decisivo que había de influir en la vida española y acaso en la del
mundo. Ahora podemos reconocer la exactitud del augurio que rebosaba en nuestro
pecho, cuando con el brazo en alto ratificamos formalmente lo que en realidad
era ya la jefatura de la inteligencia, del valor heroico y del señorío que José
Antonio ejercía sobre nosotros.
Y
vino la discusión sobre la prenda de uniforme. Desde la apertura del Congreso
asistió con su inquieta atención un hombre maduro, enjuto, que no conocíamos
muchos y que llevaba una camisa azul de mecánico. Era nada menos que Luis
Santamarina, escritor magnífico, que representaba a los camaradas de Barcelona,
al lado de Roberto Basas. También Julio Ruiz de Alda -que empuñando el volante
de un auto recorría Madrid en misión de servicio- llevó alguna vez una camisa
de Mahón. Era como si hubieran intuido lo que el jefe habría de disponer después.
Comenzó
enseguida la discusión. Había quien pensaba sencillamente en la camisa negra
italiana, pero bien pronto se desechó la idea. Nos molestaba a todos la
aceptación de mimetismos y copias que bien pronto nos echarían en cara los
adversarios peores. Ruiz de Alda y Santamarina defendieron el mahón. Ernesto
Giménez Caballero, que recientemente había escrito un ensayo, sugerente como
todos los suyos, respecto al tema, abogó por una camisa rusa campesina de color
pardo o azulenco, que recordaba la tierra castellana, austera y simple.
Luis
Aguilar, que siempre mostró predilección por lo castrense, pedía que la
camisa fuera de un color azul horizonte o gris desvaído, para que sobre el
terreno, y en caso de guerra, la visibilidad fuera escasa, y Aguilar tenía razón,
aun cuando no fuera posible dársela, entre otras cosas porque nadie creía que
la Falange se vería envuelta y como protagonista esencial en este drama bélico
de ahora. Y no faltaba quien osase proponer el verde y aún otros colores más
llamativos.
Más
de una hora los congresistas expusieron opiniones discretas y bizarras teorías
sobre la prenda que habría de caracterizarlos. Hubo, incluso, una exploración
personal cerca de todos los congresistas presentes.
Y
cuando el asunto estaba agotado y los oradores se repetían, ya con desmayo, José
Antonio mostró aquel ímpetu de las grandes ocasiones, forrado en cortesía,
pero inapelable, y dijo:
"Basta
ya. Puesto que me habéis elegido jefe, honrándome con vuestra confianza, va a
ser esta la primera determinación de autoridad que adopte. La Falange Española
de las J.O.N.S. precisa un color de camisa neto, entero, serio y proletario. He
decidido que nuestra camisa sea azul mahón. Y no hay más que hablar. "
(El
Adelanto, 20 de noviembre de 1938.)
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” ediciones Jerarquía, 1939. Págs 259 a 261.