"Aquel
acto tuvo el calor,
si queréis, la
irresponsabilidad de la
infancia..." Tuvo
también la alegría
de lo naciente.
Indeciso, como los
rasgos del recién nacido,
ya encerraba la esencia
de cuanto había de
ocurrir después.
Es
violento, para quien
lo vivió interiormente
y como actor,
hablar de una fecha
que tiene hoy una
significación histórica. Difícilmente
los recuerdos personales
y hasta íntimos
pueden encajar con
la significación casi
mística que para
muchos tiene aquel
acto. Para nosotros,
los que intervinimos,
él significaba mucho,
desde luego.
Sin
querer "hipotecar
el futuro enigmático",
teníamos el convencimiento
de que era un
acto llamado a importar
en la vida de
España. No por
lo que significaron
las personas, sino
por lo que significaba
su actitud. Porque
aquel acto quería
expresar el anhelo
y la inquietud de
la España eterna,
tal como la sentía
una generación nueva,
cuya conciencia española
se había ido formando
a través de la
experiencia malísima de
los años inmediatamente
anteriores. Había
ya brotes magníficos
de esta tensión
juvenil. Pero teníamos
la creencia de que
las ocasiones en que
anteriormente se habían
manifestado, a pesar
de su autenticidad,
no habían tenido
el volumen nacional
necesario. Hacía
meses que planeábamos
darle estado público.
Llegamos a tener redactado
un manifiesto, obra
principalmente de José
Antonio, y parte
del cual pasó a
su discurso de octubre;
pero nos pareció
que un manifiesto
caería en frío.
Hacia falta un acto
de presencia personal
que la disolución
de las Cortes y
el plazo de campaña
electoral nos dio
ocasión. Anunciamos
el acto como de
afirmación española. Porque
lo que había que
afirmar, entonces
como hoy, era
a España, cuya
existencia estaba en
peligro. El nombre
de Falange no estaba
aún definitivamente decidido.
Recuerdo
que José Antonio
me consultó sobre
el orden de los
oradores. Yo dije
que me parecía bien
hablar el primero, y
Julio Ruiz de Alda
agregó:
-Yo
iré en medio, de amortiguador.
Vosotros dos estáis
acostumbrados a hablar;
yo no lo he
hecho nunca en un
acto político.
A
pesar de la amenaza,
el teatro estaba completamente
lleno y no faltaban
las mujeres españolas,
valerosas e inconmovibles
en sus creencias.
El público era bastante
heterogéneo. Había
hombres maduros y
muy jóvenes; apellidos
ilustres y gente
muy modesta. Bajo
un traje de paisano
se encontraba el joven
general de las dos
Laureadas.
Estaban
los muchachos de
la A.E.T. Y los
primeros grupos de
falangistas, muchos
venidos de provincias.
Había legionarios de
España y muchachos
de las J..O.N.S. En
una platea proscenio,
su jefe, Ledesma
Ramos, con unos
cuantos de éstos.
Antes
de empezar a hablar,
el público empezó
a aplaudir. Todo
el mundo se puso
de pie y hubo
una ovación clamorosa que,
naturalmente, no
se le hacía a
nadie, sino que era
la expresión ardiente
de la voluntad española
que nos animaba.
Así,
antes de empezar
el acto, estábamos
todos electrizados. A este
estado de espíritu
aludieron mis primeras
palabras, que quizá
en otro ambiente pudieran
parecer en exceso
lacónicas:
"Españoles,
por esta vez la
emoción no es un
tópico."
Habló
Julio Ruiz de Alda.
De los muchos sacrificios
que hizo por España
hasta el último,
el de su vida,
no fue el menor
el de hablar aquel
día. No lo
había hecho nunca
tampoco. Pero él
tenía un nombre
bien ganado y sabía
que el Movimiento
lo necesitaba. Y
habló con tanta
hombría española que
se ganó el fervor
y el aplauso general.
A
quien
no haya oído hablar
a José Antonio,
no cabe explicarle
la rara percepción
de su palabra.
Por fortuna quedan
sus discursos como
modelo insuperable.
Y el de aquel día
acusa en toda su
belleza a las líneas
maestras de su doctrina.
La
duración del acto
no llegó a hora
y media.
Me
despedí rápidamente;
tenía que ir a
Misa de una.
José Antonio,
cuando aquella mañana
se lo advertí
antes de empezar,
me había contestado:
-Yo
hoy la he oído
temprano, en un
convento de monjas,
donde todas han
rezado para que
Dios nos ilumine.
Salían
los grupos. Seguían
los aplausos.
Saludaban brazo en
alto.
Me
fui a la iglesia
de los Agustinos
de la calle Alcalá.
A
la salida se me
acercó un desconocido:
-He
estado en el acto
de la Comedia
-me contestó-.
He tenido una gran alegría al
verle después arrodillado
ante el Señor.
Y
nos dimos la mano.
No sé quién era,
ni le he vuelto
a ver.
Cuando
pasaba por la Plaza
de la Independencia
observé un pequeño
revuelo. Tres sujetos
habían atacado por
la espalda a un
asistente del acto
de la Comedia.
El
comenzaba la vida
de la Falange.
(El Correo Español.
El Pueblo Vasco, 19 de noviembre de 1938.)