MI RECUERDO DEL 29 OCTUBRE

 

Alfonso García Valdecasas

 

"Aquel acto tuvo el calor, si queréis, la irresponsabilidad de la infancia..." Tuvo también la alegría de lo naciente. Indeciso, como los rasgos del recién nacido, ya encerraba la esencia de cuanto había de ocurrir después.

 Es violento, para quien lo vivió interiormente y como actor, hablar de una fecha que tiene hoy una significación histórica. Difícilmente los recuerdos personales y hasta íntimos pueden encajar con la significación casi mística que para muchos tiene aquel acto. Para nosotros, los que intervinimos, él significaba mucho, desde luego.

Sin querer "hipotecar el futuro enigmático", teníamos el convencimiento de que era un acto llamado a importar en la vida de España. No por lo que significaron las personas, sino por lo que significaba su actitud. Porque aquel acto quería expresar el anhelo y la inquietud de la España eterna, tal como la sentía una generación nueva, cuya conciencia española se había ido formando a través de la experiencia malísima de los años inmediatamente anteriores. Había ya brotes magníficos de esta tensión juvenil. Pero teníamos la creencia de que las ocasiones en que anteriormente se habían manifestado, a pesar de su autenticidad, no habían tenido el volumen nacional necesario. Hacía meses que planeábamos darle estado público. Llegamos a tener redactado un manifiesto, obra principalmente de José Antonio, y parte del cual pasó a su discurso de octubre; pero nos pareció que un manifiesto caería en frío. Hacia falta un acto de presencia personal que la disolución de las Cortes y el plazo de campaña electoral nos dio ocasión. Anunciamos el acto como de afirmación española. Porque lo que había que afirmar, entonces como hoy, era a España, cuya existencia estaba en peligro. El nombre de Falange no estaba aún definitivamente decidido.

Se anunció el acto, se hicieron los preparativos. Sabíamos que se iba a intentar impedirlo por la violencia.

Recuerdo que José Antonio me consultó sobre el orden de los oradores. Yo dije que me parecía bien hablar el primero, y Julio Ruiz de Alda agregó:

-Yo iré en medio, de amortiguador. Vosotros dos estáis acostumbrados a hablar; yo no lo he hecho nunca en un acto político.

A pesar de la amenaza, el teatro estaba completamente lleno y no faltaban las mujeres españolas, valerosas e inconmovibles en sus creencias. El público era bastante heterogéneo. Había hombres maduros y  muy jóvenes; apellidos ilustres y gente muy modesta. Bajo un traje de paisano se encontraba el joven general de las dos Laureadas.

Estaban los muchachos de la A.E.T. Y los primeros grupos de falangistas, muchos venidos de provincias. Había legionarios de España y muchachos de las J..O.N.S. En una platea proscenio, su jefe, Ledesma Ramos, con unos cuantos de éstos.

Antes de empezar a hablar, el público empezó a aplaudir. Todo el mundo se puso de pie y hubo una ovación clamorosa que, naturalmente, no se le hacía a nadie, sino que era la expresión ardiente de la voluntad española que nos animaba.

Así, antes de empezar el acto, estábamos todos electrizados. A este estado de espíritu aludieron mis primeras palabras, que quizá en otro ambiente pudieran parecer en exceso lacónicas:

"Españoles, por esta vez la emoción no es un tópico."

  "Acordamos los términos de nuestros discursos. El de José Antonio, que cerraba el acto, definiría nuestra actitud como nuestro estilo, nuestros propósitos. El mío, que iniciaba el acto, tendería a poner de manifiesto la justificación histórica de nuestro Movimiento. Por muchas afinidades que tuviéramos con otros que, cuajados o en ciernes andaban por el mundo, nunca fundamos en ellos nuestra justificación. Partíamos de la creencia de que España había defendido en tiempos pasados formas de vida más humanas, más altas y más morales que las que habían prevalecido en Europa, y que ahora, en la crisis de los principios europeos, España, cuya existencia estaba en peligro, era la llamada a trazar la ruta espiritual del futuro.

Habló Julio Ruiz de Alda. De los muchos sacrificios que hizo por España hasta el último, el de su vida, no fue el menor el de hablar aquel día. No lo había hecho nunca tampoco. Pero él tenía un nombre bien ganado y sabía que el Movimiento lo necesitaba. Y habló con tanta hombría española que se ganó el fervor y el aplauso general.

A quien no haya oído hablar a José Antonio, no cabe explicarle la rara percepción de su palabra. Por fortuna quedan sus discursos como modelo insuperable. Y el de aquel día acusa en toda su belleza a las líneas maestras de su doctrina.

 La duración del acto no llegó a hora y media.

 Me despedí rápidamente; tenía que ir a Misa de una. José Antonio, cuando aquella mañana se lo advertí antes de empezar, me había contestado:

-Yo hoy la he oído temprano, en un convento de monjas, donde todas han rezado para que Dios nos ilumine.

Salían los grupos. Seguían los aplausos. Saludaban brazo en alto.

Me fui a la iglesia de los Agustinos de la calle Alcalá.

A la salida se me acercó un desconocido:

-¿Es usted ese Valdecasas?

 -Sí; ¿y usted?

-He estado en el acto de la Comedia -me contestó-. He tenido una gran alegría al verle después arrodillado ante el Señor.

Y nos dimos la mano. No quién era, ni le he vuelto a ver.

Cuando pasaba por la Plaza de la Independencia observé un pequeño revuelo. Tres sujetos habían atacado por la espalda a un asistente del acto de la Comedia.

El comenzaba la vida de la Falange.

(El Correo Español. El Pueblo Vasco, 19 de noviembre de 1938.)

 

    De DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 257 a 259.