MI RECUERDO DE JOSÉ ANTONIO

 

Juan Aparicio

Conocí a José Antonio Primo de Rivera en el mes castramental de España. Para nuestra generación marzo ha sido como un campamento que se eriza ante la presencia de la primavera. Después, en octubre, las mies y la vid se recogieron ya, sin que tampoco hubiera de faltar nuestra cosecha. El fruto de un espíritu combativo. En octubre se crearon las J.O.N.S. y en octubre ganó José Antonio la Jefatura de la Falange. Marzo y octubre son los dos ejes de la profecía política española, que durante seis años se anticipaba marcialmente en marzo, para sazonarse después de octubre. Nació en marzo de 1931 La Conquista del Estado, que es la pauta precoz de nuestra Revolución Nacional; nació en marzo de 1936 la exhortación heroica a nuestra guerra en las  trémulas páginas de No importa; nació en marzo de 1933 el semanario donde apareció la primera voz auténtica de José Antonio tremolando su abolengo y su porvenir. Entonces le conocí yo.

Durante las etapas de pasividad forzosa de nuestro Sindicalismo Nacional, habíamos conversado Ramiro Ledesma y yo sobre el dinamismo y la fascinación que podría traer a nuestras esperanzas la persona atrayente, aunque aun tanto enigmática dentro de su aureola, del hijo primogénito, del heredero del marqués de Estella. Veíamos a José Antonio con nosotros, tal vez al frente de nosotros; pero la ilusión se desvanece enseguida, porque le sabíamos recluído voluntariamente en su bufete y su círculo estricto del intelectual y de aristócrata. Gran sorpresa e inmensa alegría fueron las que nos proporcionó la noticia y el aviso siguiente: José Antonio se decidía a intervenir en la vida pública de España. Don Manuel Delgado Barreto iba a dirigir un semanario político, donde colaboraría José Antonio y para cuya redacción se nos llamaba. La Nación estaba a punto de anunciar el primer número de El Fascio.

¿Quién no recuerda aquellas fechas palpitantes de 1933, cuando el triunfo definitivo de Hitler dejaba estupefactas a las masas del puño cerrado y habría las pupilas adolescentes ante la vibración de un mundo novísimo en las pantallas cinematográficas? Eran los desfiles jubilosos de los nazis en los noticiarios mientras el Reichstag ardía y aquí comenzaban a remolinarse los "burgos podridos". La coyuntura propicia para la aventura de nuestra juventud, para nuestra acción directa. El fascismo había dejado de ser ya para el vulgo español una cosa espesa y terne, que huele a garrote y a purga de ricino. "El fascismo era un fenómeno europeo, puesto que Alemania lo acababa de implantar."

En esta atmósfera de confusión y de ganas de mudanza en la gente española, Manuel Delgado Barreto intuyó un momento oportuno. El mismo José Antonio había de reconocerlo también. Había llegado ya a su hora. Sólo participan de su resolución sus amigos más íntimos y su pasante, Sarrión, y su secretario, Cuerda. En el despacho de Delgado Barreto de la calle del marqués del Monasterio, se entrevista José Antonio con Ledesma Ramos, quien ofrece el concurso de las J.O.N.S. y de sus hombres, pues siendo los únicos que disponen de una doctrina y una experiencia, su cooperación era indispensable. José Antonio habla con Ernesto Giménez Caballero y cena con Rafael Sánchez Mazas, que había servido a don Miguel Primo de Rivera en la Embajada del Vaticano. Los dos eran como dos cónsules honorarios de Roma en nuestra Patria. Ambos habían popularizado entre la mocedad la gesta y la victoria de Benito  Mussolini.

El grupo redactor de El Fascio se había completado: Delgado Barrreto, José Antonio, Giménez Caballero, Sánchez Mazas, Ramiro Ledesma y yo. El éxito se presentía unánime, porque la expectación de toda España encargó hasta cerca de 100.000 ejemplares del primer número, pero carecíamos de local, de un pequeño despacho para escribir y reunirnos. Así se improvisó el único número de El Fascio. Dentro de un automóvil, en una casa ajena. Don Manuel Delgado Barreto había pasado la gripe y nos invitaba a que le visitáramos en su hotelito de las afueras de Madrid. José Antonio nos condujo en su coche, algo apretados, pero pletóricos  de optimismo. José Antonio se sentía contento, aunque nos anticipó, durante el camino, su zozobra de autor ante un artículo que nos diría después: Cada uno, como si se tratara de primerizos noveles, que se prestan ánimos y consejos recíprocamente, declamamos nuestras cuartillas en común. José Antonio había escrito bajo la rúbrica de "Orientaciones" un ensayo acerca del Estado nuevo. Este artículo se publicó firmado con la inicial de su título nobiliario, una simple "E". El Marqués de Estella aun se resistía a prescindir de los vínculos históricos de su pasado familiar. Don Manuel leyó sus chirigotas. Ledesma, una entrevista consigo mismo, o sea, con Ramiro Ledesma Ramos; Sánchez Mazas, unas páginas de 1927, sobre el yugo y las flechas; yo, la primera exégesis poética de nuestro escudo y la "Camisa Negra" -apelación a la batalla entre un paralelo del Duce y Ortega y Gasset-; Giménez Caballero, su copiosa colaboración variada, su coloquio con Ruiz de Alda, su interpretación de Mussolini, sus puntos de partida para un gran movimiento nacional, para una conquista del Estado, para una organización sindical de España. Por estos triunfos venideros brindamos los seis con benedictino, ofrecido por Barreto. Parecíamos colegiales por el ademán y profetas por el empeño. Nuestro júbilo era extensivo y se perpetuó durante el regreso. Otra vez en el automóvil, volvían a retozar las cábalas y los augurios. Corría el coche empujado por un hálito de la campiña de Roma. La conversación se había tornado romana por completo. Ramiro, como un joven Viriato discrepante, se encerraba en sí; yo recordaba mi latín de Salustio en la conjuración de Catilina, Rafael Sánchez Mazas hablaba y hablaba de sus recuerdos romanos -fantasías, amores y erudición-. José Antonio nos propuso el tuteo. Ernesto Giménez Caballero mentó a César. Por primera vez profetizaba José Antonio que era Augusto, que sería el hijo de César.

(La Gaceta Regional, 20 de noviembre de 1938.)

 

De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1934. Págs. 255 y 256.