LA
RUTA DE JOSÉ ANTONIO
José
María Castroviejo
Inicia
José Antonio su alta vocación política en los tiempos tristes en los que
populistas se ofrecen a los ojos de las juventudes de España como un engaño más.
Estaban ya mustias las coronas de aquel 14 de abril en cuya gestación tanto
entusiasmo y desinterés depositaron las juventudes. "La alegría del 14 de
abril, una vez más, era el reencuentro del pueblo español con la vieja
nostalgia de su Revolución pendiente. El pueblo español necesitaba su revolución
y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931", ha de decir más
tarde José Antonio.
En
el 1933 combatíamos en aquellas J.O.N.S. fecundas y maternas, un grupo de jóvenes
a quienes la formidable dialéctica de Ledesma había convencido auténticamente.
Escritores y profesores como Montero Díaz y Aparicio (secretario éste de las
J.O.N.S.); filósofos como Soto Vilas y Aguado; ingenieros como el inolvidable
Tomás Bolívar, muerto no ha mucho heroicamente en el frente de Madrid;
estudiantes como Suevos; obreros
como Sotomayor; antiguos carlistas como Gaztañaga y yo, todos fuimos bien
pronto sindicalistas nacionales.
José
Antonio comprende luego la necesidad del sindicalismo para poder realizar la
Revolución nacional, como el cigüeñal anima el motor, y se hace jonsista. Y
es entonces cuando pasa a encarnar históricamente el ansia y la angustia de la
juventud nacional revolucionaria.
En
la madurez de Falange Española de las J.O.N.S. crece también madura, con la
experiencia política, la reciedumbre de doctrina en José Antonio, y las
juventudes no contaminadas del rencor marxista ni adormecidas con el opio
populista le siguen en la ruta.
Nietzsche,
cuyo nombre hace estremecer a los ángeles, dijo en cierta ocasión que
"todo lo que es profundo ama la máscara", y nuestras juventudes
tuvieron, por profundas, necesidad de usar máscara bastante tiempo.
Sus rebeliones fueron siempre puras por cuanto no iban buscando más que
la Revolución "que España necesita", encarnando el ansia del pueblo
por su Revolución pendiente.
Todo
el coro filisteo invasor del alto templo de España empezó entonces a poner en
circulación un motín. Nos llamaron epilépticos.
Efectivamente,
hubo momentos en que, por la gracia de Dios, estuvimos al borde de la epilepsia:
rotos, destrozados ante una Patria miserable y deshecha, sólo nuestro mensaje y
el fuerte calor poético de José Antonio, impidió el suicidio moral de toda
una generación en aquella época de vergonzosas claudicaciones y nauseabundos
egoísmos.
Pero
la orden de marcha estaba dada y nada ni nadie podía detenerla. Aquellas
escuadras férreas, intransigentes y fanáticas de las antiguas J.O.N.S.
crecieron, y a través de los procesos internos que a todo crecimiento acompañan
clavaron su doctrina y modo en lo más hondo de las juventudes. Al encontrar el
sindicalismo nacional, se encuentra José Antonio asimismo, y ya en la ruta
clara y a través de todos los obstáculos sigue hasta su muerte. La semilla
jonsista había calado hondo, incluso los que como yo vimos con recelo la unión
de las J.O.N.S. con Falange por creer honradamente en una posible desviación de
doctrina, en un "conservadurismo de camisa azul" o, en otro aspecto,
una copia staliniana a la que no eran ajenos ciertos intelectuales que bullían
entonces por Falange, confesamos más tarde lo infundado de nuestros temores.
José Antonio, si algo era, y era mucho, era ya un ardiente y leal
nacionalsindicalista.
Hoy
que la muerte se nos ha llevado también la entrañable figura de José Antonio,
quiero dedicar lo más hondo de mi recuerdo a aquello que nos formó en la
escuela del dolor y de la esperanza. Al Sindicalismo Nacional de las queridas
antiguas J.O.N.S. que, en madurez genial, bebió José Antonio.
Fuerte
bebida que hizo apretar a toda una generación la línea de muerte y combate.
(El
Pueblo Gallego, 20 de noviembre de
1938.)
De
"DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA" Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 253 y
254.