UN DÍA QUE QUERÍAN MATAR A JOSÉ ANTONIO

 

Marqués de Valdeiglesias

Desde la caída de la monarquía, y especialmente desde la reunión de las primeras cortes de la República, en las que se pudo advertir claramente el rumbo que el nuevo régimen iba a tomar, se establecieron las reglas de inteligencia entre los representantes de los partidos de derechas y otras personas que con ellas simpatizaban. Todos tenían el propósito de salvar a España.

El relato de aquellas inteligencias, de aquellas conversaciones, de aquellos trabajos, constituirá en su día, cuando pueda publicarse, un libro lleno de interés que demostrará y será prueba del patriotismo y la alteza de miras que animaba a todos. Desde luego, hay quien por haber tomado parte en los mismos, los recuerda y podría contribuir a su historia.

Los salones de Madrid en que solían reunirse algunas de aquellas personas, se habían cerrado. A mi hijo, José Ignacio entonces director de La Época, que tan valiente campaña hacía contra la República en este periódico, se le ocurrió entreabrir un poco nuestra casa, para que en ella pudieran, algún día, reunirse y saludarse varias de aquellas personas, ya que eran otros más reservados los sitios en que se trazaban los planes y efectuaban los trabajos.

Perico Chicote fue el encargado de organizar los cocktails que servían de pretexto para nuestras reuniones. Otras veces se invitaba a dichas personas a un jardín que poseíamos entre Tetuán y Chamartín.

Los nombres de los asistentes a los susodichos cocktails, asesinados unos después; vivos, por fortuna otros, y de los que tanto puede esperarse, recuerda la cordialidad de relaciones que entre todos hubo entonces. Asistían Calvo Sotelo, Goicoechea, José Antonio Primo de Rivera, Pedro Sainz Rodríguez, Ramiro de Maeztu, Honorio Maura, Lequerica, Eugenio Montes, Zunzunegui, el marqués de la Eliseda, Vegas Latapié, Jorge Vigón, Fuentes Pila, Rafael Sánchez Mazas, Ansaldo, Ledesma Ramos, Luca de Tena, alguna vez el conde de Rodezno y José María Pemán, y tantos más de que no hago memoria en el rápido correr de la pluma.

Una tarde de verano de 1935, siendo Lerroux presidente, y ministro de la Guerra Gil Robles, época en que los ánimos parecían más aquietados, aunque los hombres de La Época no lo creían así, decidió mi hijo reunir en nuestro jardín, con algunas de las personas antes nombradas, a otras de la sociedad con las que nos unían lazos amistosos.

Como dichas reuniones solían terminar después de anochecido, avisamos, según costumbre, a la fábrica de Electricidad de Tetuán para que no faltase el fluido. En dicha fábrica había operarios comunistas, según me participó después la Guardia Civil del Cuartelillo de Tetuán, con la que yo estaba siempre en buena inteligencia. Avisé a los guardias que se iba a celebrar la pequeña reunión, a fin de que vigilasen los alrededores, que estaban siempre bastante solitarios, sobre todo al anochecer.

Uno de los primeros en abandonar el jardín aquella noche fue el doctor Luque. Le seguía don Carlos Prast. Al llegar el coche del doctor al poblado de Mahudes, un grupo de maleantes le hizo una nutrida descarga a distancia. Por fortuna, si le agujerearon el coche, sólo sufrió él una ligera contusión en un pie. Carlos Prast dio la vuelta y vino a avisarnos de lo que ocurría. La presencia de algunos números de la Guarda Civil en aquellos alrededores hizo correr a los asaltantes, si bien siguieron disparando desde lejos sobre la carretera de un modo intenso. Fue preciso organizar la salida del jardín con alguna precaución. El camino más seguro para el regreso era el de Cuatro Caminos, ya que por allí no se oían disparos. No todos hicieron caso de la advertencia, y unos se fueron por un lado de la carretera, y los demás por el otro, entre los disparos, que, por fortuna, no produjeron bajas entre nuestros amigos.

A todo esto, previo aviso a la Dirección de Seguridad, había llegado una camioneta de guardias de Asalto, los cuales, en unión de los guardias civiles, dieron una batida por los alrededores, en los que se seguía oyendo frecuente tiroteo.

Como la noche estaba muy oscura, no se podía registrar. No se hizo ninguna detención. Quedaron en el jardín, entre los existentes, José Antonio Primo de Rivera, que no se había preocupado grandemente de lo ocurrido, y otros amigos que esperaban a que cesase el tiroteo para salir. Un Guardia Civil vino a advertirme que, habiendo visto los comunistas de Tetuán el coche de Primo de Rivera, los disparos creía él que podrían ir principalmente dirigidos contra José Antonio. Luego supimos que el número de la matrícula del coche de éste podía confundirse fácilmente con el del "auto" del doctor Luque, y acaso debido a eso fue el doctor quien recibió los primeros disparos. Rogamos a José Antonio, al que acompañaban dos amigos, que dejara pasar algún tiempo, a fin de que una vez apagadas las luces del jardín vieran los asaltantes que la reunión se había terminado, y, asimismo, que en lugar de regresar a Madrid por Mahudes, lo hiciera por Cuatro Caminos.

José Antonio, tranquilo, impávido, se negó terminantemente al ruego. Se iría enseguida y por donde sonaban los disparos. El no acostumbraba a volver la cara nunca.

Perico Chicote, que tenía en el jardín la camioneta en que había transportado las botellas para el cocktail, empleó toda su elocuencia en demostrar a José Antonio que si se metía en su camioneta no correría el menor peligro a la salida del jardín, ya que el atentado parecía dispuesto contra él. José Antonio se echó a reír. La única transacción consistió en que en lugar de tomar su coche la dirección de Mahudes, en que todavía sonaban bastantes tiros, se fuese por Cuatro Caminos. Y aún ésa la adoptó el amigo suyo que iba en el volante.

Serían las diez de la noche. Vimos, los que quedábamos, salir a José Antonio del jardín con cierta inquietud. La noche estaba oscurísima. Utilizando una linterna eléctrica salí con el guarda a la carretera y vi perderse a lo lejos la luz roja del coche del valiente creador de la Falange...

Media hora después supimos por teléfono que había llegado sano y salvo a Madrid. Quedábamos en el jardín, casi a oscuras, la familia y algunos amigos íntimos. Perico Chicote, como hombre previsor, había llevado para el cocktail sandwiches y golosinas en demasía. Nos sirvió un tentempié a modo de cena, que nos vino perfectamente, además de otro cocktail que nos dio ánimo para el regreso.

Después, su camioneta emprendió camino hacia la Gran Vía, y nosotros pudimos regresar a nuestra casa, hacia las doce de la noche. Todavía se oían disparos, a lo lejos, pero más espaciados.

 

(Diario Vasco,  22 de noviembre de 1938.)

 

 

De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 249 a 251.