JOSÉ
ANTONIO EN SALAMANCA Y CON D. MIGUEL DE UNAMUNO
Pérez
de Cabo
Era
José Antonio, ante todo, un poeta, si bien su verbo poético arropaba profundos
conceptos filosóficos. Y un poeta de su alcurnia, que volaba de un extremo a
otro de España cantando afanes imperiales y sembrando de inquietudes patrióticas
en la conciencia de la juventud, forzosamente había de amar a Salamanca, clarín
y eje intelectual del Imperio español.
El
14 de febrero de 1935, José Antonio, acompañado por Manuel Mateo, Rafael Sánchez
Mazas y otros muchos camaradas, llega a la ciudad y va directamente al Centro de
Falange, establecido en la calle del Consuelos con todo el aparato de un
cuartelillo. La palabra del Jefe nacional, exacta y sobria, adquiere el vuelo de
nuestras flechas y vibra, trémula y truena, cuando evoca a nuestro primer caído,
Matías Montero. Aquel día es víspera del primer aniversario del asesinato.
Esta
fue una arenga militar ante el núcleo de patriotas que formaban la Falange de
Salamanca. Y, avivada la llama sagrada en aquel campamento, ya el día 15
apareció como conquistador de almas en el Teatro Bretón.
Quizá
la primera conquista fue la más fácil, pareciendo la más difícil. Miguel de
Unamuno, el paladín de la libertad y eterno rebelde, se sintió seducido por la
sinceridad de aquel profeta, que era austero sin afectación y soberanamente
elocuente sin ensayos narcisistas. José Antonio no convirtió al arbitrario demócrata
que bramaba en el alma de Unamuno; pero conquistó fulminantemente la atención,
el respeto (¡el respeto de Unamuno¡) y la simpatía de aquel corazón noble y
aquella inteligencia creadora.
Salamanca
vio estupefacta cómo Unamuno, entusiasmado por el verbo de José Antonio, quiso
sentir la honra de comer al lado del joven caudillo de Falange, sentado entre
los discípulos o, mejor, entre los soldados del tribuno antidemócrata. Y no
pocos fariseos rasgaron sus vestiduras.
¿Por
qué José Antonio elige precisamente Salamanca para iniciar la campaña de
propaganda con que había de incendiar el alma de España? No ya sólo las
piedras doradas, evocación del Imperio español, ni la sombra de Carlos I,
escuchando en el aula una reelección del P. Vitoria, fueron los motivos de
aquella preferencia. José Antonio estremecíase de emoción al evocar la
austeridad clave de los castellanos y el triunfal despertar de la vida en los
trigales, y el estallar de los pámpanos en los campos de Castilla. Y Salamanca
tierra genuinamente castellana y fronteriza de la Extremadura conquistadora, y
cerebro, además, de España (¡manes de fray Luis de Victoria!), era el corazón
de Castilla y el monumento dorado del espíritu de la raza.
Y
no engañó al Caudillo la imaginación del poeta. El encuentro de José Antonio
y de Unamuno, de gran español de fe ardiente y de gran español de alma
desesperada, fue de un simbolismo exacto para la Falange. El sabor agridulce de
nuestro quehacer (que amaba decir el caudillo poeta) empezaba el 15 de febrero
de 1935 a ganar para Falange, de un extremo otro de la península, el alma
aventurera y mística de los españoles.
Gran
acierto el de buscar en Salamanca, corazón de Castilla y cerebro de la auténtica
España, la fuente de nuestro sentido trágico de la Historia.
(Diario
Vasco, 22 de noviembre de 1938.)
De
"DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA" Ediciones Jerarquías, 1939. Págs. 247 y
248.