JOSÉ ANTONIO, HOMBRE

 

J. Miquelarena

"La ballena Alegre" era la cripta del Café Lyón de Madrid; del Café Lyón que extendía su mobiliario de mimbre por la acera de la calle de Alcalá opuesta a la del edificio de Correos. Aquel subterráneo estaba decorado por Hidalgo de Caviedes, con escenas de Mar, con cetáceos que lanzaban sus palmeras de agua como los de las viñetas de la Geografía de Paluzie, y con pescadores de sudestes cónicos.

Se entraba en el Café a las once de la noche, por ejemplo. A la izquierda, la tertulia de José Bergamín -que se llamó, en los primeros tiempos de la República, la de los Directores Generales-, a la que acudían los Sánchez Román, los Sacristanes, los De Benito y algún otro redactor de El Heraldo. No se hacía caso. En último término, se pensaba en aquel transeúnte del barrio de Santa Cruz, de Sevilla, que, al detallar a otro transeúnte la trayectoria que debía seguir para dar con la placita que buscaba, decía:

"... A la izquierda encontrará usted un zapatero de portal. ¡Que le frían un huevo! Usted sigue adelante."

Se seguía hacia delante hasta llegar al fondo del Café. De allí arrancaba la escalera que descendía a "La Ballena Alegre".

Andrés, el camarero, daba las buenas noches. Hablaba un poco del tiempo y subía en busca del servicio. Yo, generalmente, llegaba el primero. Durante varios minutos, contemplaba "La cena de los balleneros", que era la pintura mural de enfrente; el reloj inglés de carrillón, cuyo segundero estaba encargado de hacer el único ruido que allí se hacía en aquellos momentos, y el pequeño modelo de fragata que aparecia colgado del techo sobre el mismo diván en que nos reuníamos...

Y empezaban a llegar los demás. Seis o siete todas las noches. Nunca más de catorce. En un último término, hacia las doce, aparecía José Antonio Primo de Rivera.

Era el Conservatorio de estilo de la Falange.

***

El abrigo de José Antonio en las noches de invierno, estaba siempre junto a él, sobre el diván. Otros abrigos también quedaban cerca de sus dueños, A veces, aparecían por allí gentes sospechosas que se sentaban enfrente, con una indiferencia excesiva para que fuera sincera; gentes que llevaban una mano en el bolsillo de la americana y tomaban café con la izquierda. Era entonces cuando José Antonio y los que le rodeaban perdían también la derecha en el fondo de sus gabanes próximos. La conversación, seguía, sin embargo, en el mismo tono y con el mismo tema, tranquilamente. Yo he oído todo lo que se puede oír de Garcilaso, en una hora justa de erudición, una noche en que seis o siete pistolas encañonaban a otras seis o siete, a través del cheviot, mientras Andrés, el camarero, circulaba por entre las dos líneas de fuego sin esterarse de nada.

A mí, particularmente, me divertía en aquellos momentos pensar en el espanto de los clientes de buena fe, llegada la ruptura de hostilidades, que solían descender a la cripta para beberse unos barros de buena cerveza rubia en aquel  “lugar apacible”.

***

José Antonio nos hablaba de una novela que escribía y que no terminó nunca; de sus lecturas, de Roma y de la vida.

Se sentaba de costado, con la pierna izquierda doblada y apoyada en el diván. Con frecuencia – el único tic nervioso de aquel hombre bañado en serenidad- trataba de acabar a diente con la rebeldía de una uña esquirlada.

Tenía en la mirada como un ansia de horizontes. Yo no sé de nadie más dotado, física y espiritualmente, para gozar del mundo. ¡Viajar! Le llamaban todos los paisajes y empezaba por saberse, entero, el Marco Polo. Cuando se hablaba ante él de tierras y de mares, era de los que sentían en el corazón la rosa de los vientos. Pero se callaba. Yo no sé de nadie tampoco que haya renunciado a tanto como él renunciaba; que se haya dado tan generosamente a una Patria. Porque José Antonio sabía que la vida es buena y alegre. Que hay platos milagrosos en la tierra. Que el primer cocktail se hizo, hace dos mil años, con Chipre y Falerno. Que las noches pueden ser felices e irremediables.

Nadie como él se ha domado a sí mismo:

“Ser español es una de las cosas más serias que se pueden ser en este mundo.”

“La muerte es un acto de servicio.”

“Nuestra actualidad es la única digna de vivirse. ¡Arriba España!”

***

Le mataron “los de arriba”; los de aquella tertulia de leptocéfalos de hombre, en los que nadie se explicará nunca el milagro de la vertical.

Le mató la caspa y la cochambre y las gafas de carey del Ateneo.

Le mató la España envidiosa y pseudointelectual, hecha de bestia y de Freud a partes iguales.

Nadie que haya conocido a José Antonio puede perdonar.

Lo que se martirizó en Madrid y se asesinó en Alicante, fue el milagro de España y el hombre -¡El Hombre!– de Rudyard Kipling.

 

(A B C, 20 de noviembre de 1938.)

 

 De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 239 a 241.