VOZ
Y DIÁLOGOS DE JOSÉ ANTONIO CON SUS AMIGOS
Víctor
de la Serna
Uno
de los deportes espirituales de José Antonio consistía en el casi deífico
deporte de conversar. Aquella voz suya, que de pronto tenía unas reflexiones de
"corno" dulcísimo, nos deleitaba con las charlas llenas de gracia, de
pura gracia fina de señor andaluz. Abominaba por lo tanto el chiste y aborrecía
el humor a la británica. Tenía eso que en su tierra pairal llaman "ángel".
El don celeste de encantar con la voz y con la palabra modulada, llena de esa
fuerza plástica que hace de la conversación el arte más difícil y más bello
a que se pueden entregar los hombres.
José
Antonio hablaba con frecuencia de arte, de literatura y de filosofía. Pocas
veces de política, entre su círculo de amigos personales. Se reunían éstos
en un sotanillo que se llamaba "La Ballena que ríe", y que fue el
primer "pastiche" nórdico que se hizo en España y que luego fue
abundantemente imitado. Había una fina decoración de Hidalgo de Caviedes en
los muros; escenas de marineros y pescadores de bacalao de Groenlandia o
Islandia, personajes de Knut Hansum o de Andersen, tocando el acordeón,
enlazando blancas mozas rubias. Y una pequeña goleta en miniatura. Y un reloj
inglés con una leyenda que decía: Tempus
fugit.
Mucha
gente dice haber asistido a aquella tertulia. Los que lo dicen no cabrían en el La Coupole, y este deseo de haber escuchado allí la palabra de José
Antonio no quiere decir otra cosa, en el fondo, que una apasionada admiración.
Una devoción más bien como la que determinó aquel centenar de clavos de la
Santa Cruz que en una ocasión mandó recoger de los templos el Soberano Pontífice.
En
realidad, éramos pocos los que íbamos por allí. Pontificaba con más
frecuencia que nadie un magnífico escritor ausente a quien todos llamamos
"don Pedro" a secas. Ya saben aquellos amigos quién es y porque callo
su nombre completo. José Antonio gustaba mucho penetrar por entre la selva
barroca del talento de aquel amigo que acababa casi siempre vencido por la suave
dialéctica del Fundador. Porque José Antonio, que para el foro y el Parlamento
empleaba una dialéctica seca y rotunda, y para el discurso político una
concisa y arrogante poética, y para la calle lo que él llamó "la dialéctica
de los puños y de las pistolas", para la conversación amistosa empleaba
una dialéctica escolástica y medida, pura geometría de su mente excepcional.
Solamente
una vez vi a José Antonio despojarse, con una serena ira, con esa ira que no es
pecado capital, de su personalidad de "La Ballena que ríe": fue una
vez que entraron allí dos muchachos pálidos, con aquel aire de intemperie que
al Fundador le exaltaba hasta cimas arcangélicas. Le saludaron a la romana, le
dijeron algo y José Antonio partió subiendo de tres en tres los escalones.
A
los pocos minutos sabíamos que, como un San Miguel, despejaba a puñetazos a
una cuadrilla de granujas marxistas
que impedían vender F.E. en una calle céntrica. Volvió a nosotros sin pasar
mucho tiempo, un poco descompuesta su señorial indumentaria, tan sencilla y tan
correcta siempre. Contó el episodio deprisa y corriendo. Y su voz barítona,
sin un trémolo, sin una arista, continuó su discreteo filosófico con
"Don Pedro". Y mientras los dos amigos dialogaban como dos atenienses,
el reloj de péndulo, con su Tempus fugit,
contaba glosamente aquellos minutos inolvidables.
Nos
quedará a sus amigos, como uno de los recuerdos más amados del Fundador, el de
su dulce voz de "corno" suavísimo. Aquella voz que modelaba
morosamente las ideas bellas de una inteligencia casi celestial.
(Diario
Vasco, 22 de noviembre de 1938)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 238 y 239.