CON
JOSÉ ANTONIO SOBRE CESAR
Francisco
Bravo
Una
tarde nublada de agosto de 1935, nos llevó José Antonio al pobre José Manuel
Murúa y a mí, a Fuenterrabía. Llegaba de Madrid y de la caja hueca del
Parlamento, donde el asunto de estraperlo
había demostrado toda la hediondez de un sistema y unas costumbres políticas
que, desaparecidas, acaso, nos legaron su pestilencia. Y después de almorzar en
un rincón grato del puerto y de saborear las viandas bien condimentadas por una
fuerte matrona duranguesa, José Antonio nos dijo:
-Vamos
a pasar la tarde junto al mar. Necesito limpiar los pulmones y desintoxicar la
sangre, respirando hondo y fuerte el aire salino.
Charlando
de todas aquellas incidencias deplorables, más humorísta que sarcástico, José
Antonio nos llevó a Fuenterrabía. Propuso subir al viejo castillo, hecho para
resistir al francés. Bien pronto nos olvidamos de aquella trampa tendida por el
ingenio de los hombres del bienio trágico a los del bienio estúpido. Aquellas
piedras caídas por el muérdago nos hablaban de historia.
José
Antonio, accesible siempre a toda evocación -poeta sobre todo, al fin y al
cabo-, recordó que uno de sus antepasados había defendido Fuenterrabía contra
el invasor, logrando honores a costa de heroísmos y de sangre. Su temperamento
y su casta de guerrero sumergían a lo poco que había en él de parlamentario y
de político de couloir. Si su
oratoria elegante y fina no iba bien con la mugre de los escaños, peor
resultaba a su temperamento de cruzado el aire mefítico de la política
partidista.
Fuimos
después, por un mal camino, entre pinos, a la orilla del mar, junto a un viejo
camposanto, que nos hizo recordar a Valéry y a su famoso poema, que José
Antonio sabía de memoria y en francés:
"Techo
tranquilo y ruta de palomas,
que
palpita entre pinos y entre tumbas..."
Pronto
el aire del mar espantó alusiones a "aquello" con lo que teníamos
que combatir y aún estar en contacto. Yo miraba a José Antonio, erguido en una
peña, cara al mar, y recordaba una observación de Georges Roux sobre César,
recordando otra de Bainville sobre Napoleón, los dos titanes que nunca dejaron
de ser "hombres de letras". Y como en presencia de José Antonio sólo
podía pensarse en las cimas de la más alta humanidad y en los problemas
decisivos de la Historia y de los tiempos -ningún signo mejor de su grandeza-,
la charla se nos fue sobre temas de Literatura y de Historia.
-¿Conoces
-le pregunté yo- La Lección de César, de
Roux?
-La
leí en París hace unos meses -replicó-. Me ha parecido un libro excelente, de
lo mejor que se ha hecho sobre aquella figura genial.
Y
como por entonces se había puesto de moda el negar condiciones de Caudillo al
jefe de la Falange -es un ensayista, un literato, pero no jefe político, solían
decir los más benévolos; mientras que otros, ante los casos contemporáneos de
Hitler y de Mussolini, lamentaban que no fuera albañil,- con aquella confianza
que nos consentía su cordialidad a los que le queríamos y obedecíamos desde
la hora primera, yo le dije:
-En
ese libro, tan actual, hay un pasaje que puede serte aplicado. Recuerda esta
frase, referida a César: "Los aristócratas han sido siempre los
revolucionarios más seguros. Es la selección la que hace las revoluciones: el
pueblo no pasa de los motines." Los que te reprochan el venir de casta
aristocrática, el ser hostil a toda zafiedad e inaccesible a lo vulgar, no caen
en la cuenta de que hacen tú mejor elogio como jefe de un gran movimiento de
renovación espiritual, que está destinado a influir decisivamente en la vida
de nuestra España.
José
Antonio poseía, como pocos, el pudor de las almas grandes, cuando se alude a su
psicología. Sólo quien como yo, insobornable, incapaz de soborno, limitaba la
verdad sobre los riesgos que la adulación puede causar a los poderosos, podía
permitirme tal audacia. José Antonio sonreía irónico, cara al mar, rechazando
mis palabras, y recuerdo que dijo:
-Julio
César es, posiblemente, la figura más grande de la Historia de Occidente. A lo
largo del tiempo viene a ser nuestro maestro. Lo que realiza Mussolini es lo
mismo que él ensayó. Fue un gran revolucionario; el profeta de una nueva edad
clásica e imperial. Ya veremos si nosotros somos capaces de mostrar un alma tan
magnánima y un temple tan firme como el suyo.
José
Antonio decía aquel modesto "nosotros" captando en el aire de la
tarde los presagios de la gran lucha. Acaso recordase a su antepasado el
defensor de Fuenterrabía, a la vez que sus lecturas plutarquianas. De lo que
indudablemente no se acordaba, era del straperlo
y de la España ruin y minúscula, en cuyo clima podía producirse aquel
incidente de picaresca.
(La
Gaceta Regional, 20 de noviembre de 1938)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 236 a 238.