ALICANTE

 

Carmen Primo de Rivera

 

Yo estaba en Alicante. Eran los primeros días del mes de noviembre. Hasta entonces nada había perturbado nuestra personal tranquilidad y cuando ya casi confiábamos en que contra nosotros no iba la furia roja, José Antonio, Miguel y Margot (la mujer de éste) fueron procesados, pidiéndose para los tres la pena de muerte.

Pasamos días de angustia incomparable. En casi todos ellos teníamos alguno que prestar declaración hasta que quedó terminado el sumario. Se fijó la fecha para la vista y José Antonio pidió autorización para ser él su propio defensor y de sus hermanos ante el tribunal. Después de algunas dificultades, la autorización le fue concedida.

Le entregaron el sumario y en sólo unas horas construyó la más maravillosa defensa que acaso tribunal alguno haya escuchado.

Se formó la mesa y dio principio la vista.

Hasta entonces, todos los juicios se habían celebrado en el salón de sesiones del ayuntamiento, pero el nuestro se decidió que se celebrara en el Salón de Actos de la Cárcel Provincial para evitar el traslado de los procesados. La vista fue pública; Margot estaba con nosotros en el reformatorio y fue conducida a la Provincial durante los tres días que duró la causa.

No hay nada comparable al sufrimiento de saber que se está decidiendo la suerte de tres personas queridas, cuando esto va unido a estar uno a su vez en prisión. Pasan las horas lentas, sin una noticia, sin una impresión, sin un consuelo... sólo cuando a la noche llegaba Margot teníamos la información de todo.

El juicio continuaba y así pasamos tres días. Por fin llegó el día tercero. Aquella noche no llegaba Margot. Empezaron las primeras horas de la madrugada y seguía sin aparecer. El más leve ruido nos sobresaltaba, la celadora entraba y salía ocultándonos piadosamente las impresiones que recogía fuera. "Están deliberando"-nos decía. Se irían pasando horas y horas y ya a más de las tres de la mañana llegó Margot.

No nos atrevimos a preguntarle, y ella, sin decir una palabra, entró en la celda, nos abrazó y rompió a llorar. Lo comprendimos todo. Nos dijo como pudo lo que había pasado; después de seis horas de deliberación, al hacer el escrutinio las bolas que decidían la suerte de José Antonio estaban sobre la mesa: todas eran negras.

"José Antonio ha estado maravilloso, como nunca -nos dijo-; no podéis figuraros con la atención y el respeto que el público le escuchaba; se ha ganado todas las simpatías del pueblo. Cuando vio -seguía contándonos Margot- que sólo sobre él caería la pena de muerte, se volvió a nosotros y con una alegría infinita reflejada en el rostro nos dijo: Vosotros estáis salvados..."

Al día siguiente intentamos por todos los medios a nuestro alcance conseguir el indulto. Nos decían que querían salir manifestaciones pidiendo su perdón.

***

El Director de nuestra cárcel nos dijo que José Antonio había pedido tres cosas en caso que se llevara a cabo la sentencia: un confesor, que le permitieran despedirse de su familia, y un notario. Las tres cosas le fueron concedidas. Le pedimos al Director que sólo en último extremo fuera a sacarnos de nuestra cárcel para evitarnos lo que con razón considerábamos dolorosísimo. Serían las nueve de la noche del 19 de noviembre, hora avanzadísima en una prisión, cuando sentimos unos ligeros golpes en la puerta de nuestra celda. "Prepárense ustedes -se nos dijo- para ir a la Provincial." Comprendimos que la sentencia había sido confirmada.

"Entonces, ¿es que ya no hay esperanzas...? " -le dijimos.

"Todavía no se sabe... pero es preferible que vayan ustedes, ya que la autorización es para hoy."

No nos convenció, pero tratamos de engañarnos unas a otras. Yo, acaso la más cobarde, no pude contener mis lágrimas.

"No llores -me decían-, le harás pasar mucho peor rato a José Antonio", y haciéndome la fuerte salimos para la Provincial.

Siempre es una cárcel un sitio impresionante para cualquier persona que no esté acostumbrada a frecuentarla pero lo que fue para nosotros aquella noche no es fácil de explicar.

Entramos por la puerta medio cerrada y atravesamos las galerías y el patio central. Unas luces tristes alumbraban los sitios por donde pasábamos, reflejando sombras extrañas sobre las paredes. Íbamos acompañados de dos hombres.

"Esperen aquí -nos dijeron- y nos metimos en una habitación. Al cabo de poco tiempo vinieron a buscarnos y nos internaron aun más en la prisión. Llegamos a una celda donde había una cama, y no habían transcurrido dos minutos cuando vimos aparecer al fondo de la galería a José Antonio que venía en dirección a nosotros con un miliciano rojo a cada lado y varios más detrás.

Es imposible decir con palabras la impresión de estos momentos. No existe ninguna que lo pueda expresar. El hermano, a quien adorábamos, venía hacia nosotros por última vez, imposibilitado, a pesar de su talento y de cuánto valía, de salvar su propia vida.

Al vernos, sonriente, y sin perder ni un momento la serenidad, nos abrazó a las tres. Yo, entonces no pude dominarme más, y loca, entre el esfuerzo que venía haciendo y la emoción enorme, rompí a llorar. Él me besó con toda su alma, mientras me decía: "No llores, Carmen, todavía hay esperanzas..." "No es posible... José -le dije yo-, no es posible que puedan hacer eso contigo.

"Es natural; han sido tantos los de la Falange que han caído ya, que yo, que soy el jefe de ellos, es natural que caiga también. Pero aún hay esperanzas; tengo tres probabilidades contra siete... pero puede ser...", y vuelto al Director que nos acompañaba le preguntó:

"¿Es que me las trae usted  porque me han negado el indulto? Esto me hace pensar que es así."

"No -le dijo categóricamente el director-; aún no ha llegado la confirmación de la sentencia."

Cambió enseguida la conversación, y entonces nos preguntó por Fernando. Nosotros no sabíamos que Fernando había sido el primero en dar su vida y como nos habían dicho que estaba en Sevilla se lo dijimos a él así.

"Se ha salvado -repitió-; entonces soy yo sólo." Esto lo decía con la inmensa alegría de pensar que sólo era él quien debía morir.

Luego, volviéndose a tía María, le dijo:

"No te preocupes, tía Má, he confesado y estoy muy tranquilo. Ha bajado un sacerdote que está también preso y he confesado con él, además, desde que nos metieron en este proceso feroz me estaba preparando por si llegaba este momento y todos los días he hecho oración y rezado el rosario. Además me han dado muy bien de comer, no hay nada como estar condenado a muerte para que lo cuiden bien a uno. En vez del rancho que nos dan todos los días me han dado sopas de ajo con huevos y una carne estupenda..."

Estaba más delgado. Los rojos que presenciaban la entrevista no perdían una sola de sus palabras y tenían reflejada en sus caras la admiración hacia aquel hombre que, a las mismas puertas de la muerte, tenía un espíritu tan fuerte y no perdía un momento su valor.

Yo, que conservaba un crucifijo, se lo di y le dije: "Sólo con mirarlo tiene indulgencia plenaria a la hora de la muerte... te lo traigo por si acaso..."

Lo cogió inmediatamente con verdadero gusto y lo enseñó a los que estaban allí: "Es sólo un crucifijo lo que me ha dado", por si pudieran creer que le di otra cosa.

"Me alegro mucho porque no tenía" -dijo-, y se lo guardó. Habrían pasado veinte minutos y entonces el Director, que estaba presente, nos indicó que debíamos salir.

"¿Volverán otra vez si la sentencia no se cumple inmediatamente, verdad, Director? " -le dijo José Antonio. El Director prometió que sí, aunque estaba seguro de que no volveríamos. Nos volvió a abrazar, y mientras él tomaba el camino de su celda, a nosotras nos arrancaban de aquel lugar, y desde lejos, con la cara vuelta, nos despedíamos hasta muy pronto...

Al día siguiente, 20 de noviembre, a las 7 menos veinte de la mañana, nosotras mismas oímos la descarga que ponía fin a su vida. El fusilamiento fue en el patio de la Provincial.

Las últimas palabras, cuando momentos antes le fueron a buscar, y al despedirse del Director fueron éstas: "Director, si algo malo he hecho o le he molestado, perdóneme."

(Y, Madrid, noviembre de 1938. )

 

  De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA". Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 220 a 223.