JOSÉ
ANTONIO Y SU HERMANO FERNANDO
Doctor
Pardo
Nos
conocíamos de antes; pero un asunto profesional para los dos nos puso en
contacto más íntimamente, y en aquellas charlas, en mi consulta de médico, en
esas tardes casi noches de invierno madrileño, se afianzó nuestra amistad.
José
Antonio mostraba gran interés por la medicina. Le atraía especialmente la
doctrina de las secreciones internas, leída con afán en distintas
publicaciones.
Un
día preguntaba: "¿Qué les pasa a los inyectados con adrenalina? ¿se
emocionan de verdad?, ¿qué dicen entonces? "
Y
conocidas nuestras respuestas, añadía:
"¡Quisiera
que un día Fernando me inyectarse adrenalina!"
En
otra ocasión, era el tema del desarrollo físico con todas sus sugestiones el
que le inquietaba:
"Es
curioso poder dirigir el crecimiento. ¡Qué interesante es todo ello!..."
Y
su imaginación de poeta se exaltaba ante los experimentos con los renacuajos
sumergidos en soluciones de tiroides para hacerlos crecer con mayor rapidez.
El
problema social lo atraía profundamente:
"Los
médicos sois –me decía- muy revolucionarios."
Y
así planteaba el tema médico-social con su acertada observación.
"Es
cierto lo que me dices -contestaba yo-, probablemente hay dos motivos para ello
los médicos suelen tener una fe muy viva o carecer absolutamente de ella, y de
aquí que al estar más cerca que nadie del dolor y de la muerte de pobres y
ricos, reaccionen de distinta manera; pero siempre con un fondo de subversión.
Si nuestro fin es noble, por encima de la injusticia social atendemos por igual
a unos y otros y consolamos a todos. Si por el contrario les mueve el
resentimiento de su fracaso profesional o social -he aquí el otro motivo- hacen
mercancía de ese dolor humano y lo aprovechan para los fines revolucionarios de
la más baja clase."
Entonces
José Antonio, adivinación e instinto, magnífico de acento y de tono, se
exasperaba y prodigiosamente exponía su concepción maravillosamente humana de
la justicia social.
A
veces, y aquí se me aparecía como todo un hombre, era el tema de su hermano
Fernando el tratado por él con profunda emoción.
En
una ocasión decía:
"Cualquiera
de estos días vendrá Fernando a verte. Es un chico magnífico, ha hecho rápidamente
la carrera de Medicina y creo que ha acertado. ¡Fernando será un gran médico!
Y para trabajar quiere ir con vosotros a la clínica de Marañón."
Pasados
unos meses repetía:
"Fernando
está encantado. Trabaja enormemente. ¡Es admirable! Me ha dicho que está
estudiando el crecimiento experimental de los niños y que pronto hará una
comunicación sobre esto"
Después,
tras de las rejas de la cárcel de Madrid, se iluminaba su mirada al ver llegar
a Fernando, que con su cartera bajo el brazo, llegaba al hospital a comunicarle
los resultados de las consignas graves que él recibiera, al mismo tiempo que le
enseñaba las últimas cuartillas traducidas del original alemán de un magnífico
libro de Medicina.
***
Cuando
la realidad ahora nos dice que a ninguno de los dos los tendremos, cuando la razón
me martillea trágicamente y que esto es así, quisiera creer que José Antonio
me seguirá hablando de todo; pero especialmente de su hermano Fernando: "¡él
que era el más valiente!", "¡el mejor de todos!", Y que a éste
lo volveré a ver entre nosotros con su mirada dulce, envuelto en su bata
blanca, dedicado a la Medicina, que, como insistía José Antonio, también
adivinación en este caso, era para lo que había nacido.
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 215 y 216.