JOSÉ ANTONIO EN " LA BALLENA ALEGRE "

 

Samuel Ros

 

He oído decir a mucha gente, aún con dos mares por medio: "los que tomábamos café con José Antonio..." y sin embargo, con José Antonio tomamos café muy pocos allá en el sótano de un café de Madrid que se llamaba "La ballena Alegre" y que hoy se llama, por gracia de Eugenio Montes, la catacumba de la Falange.

A mí jamás me ha chocado la inexacta amplitud de la frase, porque sé que la Ballena, como la Historia, tiene vientre profundo y porque quien haya tomado alguna vez café, como Dios manda, puede hoy decir con rigor que lo tomó con José Antonio, si así cumple el sentido metafísico que al tomar café da el español.

La vida como la Ópera se va muchas veces a los sótanos y a las buhardillas en busca de categoría y por esto la Falange, que es su vida y ópera, se enterró en busca de la suya. Desde lo profundo del surco la semilla de la flor, como la torre ve dentro del día la estrella y como José Antonio veía a España desde "La Ballena".

Era "La Ballena" un cuadrado irregular no muy amplio, con un diván corrido por toda la pared; y con pinturas murales buenas hasta donde lo decorativo puede llegar; con un reloj de pie de agradable metal; con un espejo brumoso y con un barco velero en miniatura suspendido del techo. Tenía algo de museo porque con elegancia de juego iba hacia lo definitivo y tenía el aire y el color de lo romántico, sólo en el punto y en el momento de lo que aspira con fuerza a ser clásico.

En la breve escalera de madera sonaban los pasos de José Antonio de una forma singular. Yo que siempre fié en la buena estrella de nuestro jefe, al oír sus pasos en aquella caja de resonancia sentí más de una vez el calofrío de lo fatal, porque todas las escaleras tienen algo de dentadura de la tierra mordiendo al hombre, y aquélla... aquella escalera mordía a José Antonio como enamorada de su naturaleza nacida para fronda.

Se sentaba ante nosotros como cerrando el abanico de sus muchas direcciones en la única y sabia dirección de hombre y amigo, pero el diálogo volvía a abrir el abanico de su temperamento como una rosa de todos los vientos con nortes y contra nortes.

La voz de José Antonio era la voz que enamoraba a una juventud destinada a enamorar a una Patria, y era la voz que iba a equilibrar el desequilibrio en la magia de este difícil milagro: realidad lo mismo que poesía y trabajo lo mismo que honor y amor lo mismo que sacrificio.

En los diálogos de "La Ballena Alegre" se incubaba el sueño de lo que hoy es casi realidad... y digo casi para dejar abierto a la superación el horizonte huidizo del perfecto anhelo.

Y como todos los temas tenían un propósito, sin hablar de política se hablaba y se hacía política. Más cerca de ella cuando más lejana nos parecía estar; de tal forma que el soneto presagiaba y presentía las escuadras del combate militar y la anécdota histórica levantaba brazos en apartadas provincias y bordaba flechas rojas en camisas azules -con finas cosquillas del corazón- allá donde España fue imperio y allá donde yo con ojos de despertar iba a ver el sueño en carne de realidad.

Arriba y afuera la vida en sucia y mezquina como son las vidas que pactan en cada hora; por eso en el vientre de "La Ballena" se forjaba el gran estilo de la intransigencia que hoy encontramos convertida en la espada de Franco. 

Figuras en marcha de aquel museo son Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena, Luis Bolarque, Luis Peláez, Agustín Foxá, Dionisio Ridruejo, Victor y Luis de la Serna, Javier de Salas, Antonio de Obregón, Juan Cabanas y Juan Antonio de Zunzunegui

Figuras quietas de aquel museo, animadas por el pensamiento son Julio Ruiz de Alda, Fernando de la Cuadra Salcedo, Alfonso Ponce de León y Vicente Sarrión.

De intento quedan en el olvido y esperanza queridas figuras de aquel museo, en el incierto mismo de la ausencia. Además... sólo nombro a algunos porque la puerta de "La Ballena" era tan ancha que queda abierta a la verdad de todos los que dicen que tomaban café con José Antonio, el café metafísico del deseo, que es hoy el que sirve y es el que salva.

Había en "La Ballena Alegre" un reloj, un navío y un espejo. Tiempo, singladura e imagen: la propia eternidad de José Antonio.

 

 

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 209 y 210.