JOSÉ ANTONIO, ESTUDIANTE, ENAMORADO Y PARLAMENTARIO

 CONVERSACIÓN CON EL MINISTRO DEL INTERIOR

 

En el despacho de Ramón Serrano Suñer, y sobre un mueble, vigilando la tarea, hay una estatua de José Antonio. La estatua es de Aladrén. Más que fidelidad a la materia hay en la estatua una fidelidad entera a aquella calidad de hombre-síntesis, de superhombre, de héroe que había en José Antonio. Aquella mezcla del poeta, más aún, del seductor, como un hombre violento y sano, y más aún, con el hombre hecho para mandar. Así es, en el relieve y símbolo del barro, un príncipe natural. Y allí está él -sobre el mueble-presidiendo nuestra conversación, dotándola con una presencia múltiple -porque también la inteligencia y el corazón le recrean en nosotros- de un necesario tinte de nostalgia. Gravándola con nuestro único e irreprimible pecado de tristeza.

José Antonio ha designado a Ramón con un título codiciable y altísimo: "Mi entrañable amigo de toda la vida". El tono de la conversación no desmiente este título. Nuestras palabras, movidas por un motor, no ya de fiel secuacidad, sino de amor entero y verdadero -porque con amor templado, firme y limpio, ganaba él a sus hombres- se encienden hacia una emoción progresiva y ajustada como una sucesión de engranajes perfectos. Desandado el camino hacia el recuerdo, alargándolo hacia la esperanza, el tiempo y el lugar se nos hacen escenario de mito y tacto de nube. La conversación hecha con voces de gargantas va ganando todas esas calidades intranscribibles de la pura vida interior.

Ramón Serrano Suñer y José Antonio se han encontrado en la Universidad, a las puertas mismas de su vocación y a las puertas mismas de su juventud: José Antonio tenía quince años, Serrano Suñer era un año mayor. El caserón de San Bernardo -del que renuncio a hacer la descripción nº 389- los acogía a ambos como el escenario-ciertamente algo polvoriento- de una aventura verdadera y grave. Eran dos buenos estudiantes, quizá los dos mejores estudiantes de la Universidad. Ramón Serrano tenía sobre sí el deber de correspondencia al desvelo de su padre cuya vida -enterrado el amor bajo el polvo, tierno aun en las cuentas del rosario- limitaba y se ceñía a la tarea de dotar a sus hijos de armas de inteligencia y profesión para los azares seguros de la vida. José Antonio se abrigaba con su propia voluntad, ya precozmente rigurosa y llena de exigencias: "Hay que prepararse para el trabajo"; y lograr una costumbre de disciplina y labor le obligaba tanto como su profunda curiosidad por saber.

Se conocieron y se hicieron amigos, con esa amistad entera que ya sirve para siempre, y nunca se logra tan sólidamente como en estas edades en que la alma está a la expectativa y la comunidad en la tarea es un vínculo sacro porque apenas distraen  al ejercicio otras solicitudes.

De San Bernardo a la Glorieta de Bilbao –lugar de encuentro y despedida diarios- va un tranvía amarillo, juvenil y popular. José Antonio y Ramón repasaban -en el seno de su traqueteo- las lecciones del curso, cambiando impresiones y formulando esperanzas. Alguna vez el regreso -tardío por la insistencia en el trabajo- no se ajustaba a la frecuencia del vehículo. Entonces José Antonio, desgarrado y popular al par que infinitamente elegante, sin perjuicio alguno por el estupor de las gentes, aconsejaba "tomar el caballo". Y el caballo eran sus propios pies, grandes y veloces de muchacho sano, que fingían el trote y tomaban camino urgente a través de las calles. Ramón -un poco avergonzado, quizá por menos decidido- le seguía como se sigue a una fuerza irresistible.

Con una voz de nostalgia buena, Ramón Serrano resucita aquellas jornadas iniciales ya prometedoras:

ESTUDIANTE

-Era un Madrid sin presagios aún; en la calle de la Magdalena, Alonso Misol educaba a las generaciones de ingenieros. En aquella academia estudiaba mi hermano y allí acudíamos alguna vez José Antonio yo. Cerca de ahí, en la misma calle, vivía José Antonio, en un viejo caserón lleno del prestgio militar de su padre, que aún no era Dictador de España. Allí también nos reuníamos con frecuencia. Estaban los hermanos, hacia quienes José Antonio se mostraba lleno de ternura y de admiración. José Antonio volcaba sobre ellos toda su enorme y generosa capacidad de estimación y un orgullo como de cosa propia. Miguel hacía escultura con un positivo talento; había modelado un San Francisco en éxtasis que José Antonio nos hacía admirar con unos comentarios llenos de sabor literario, a un tiempo riguroso y exaltado que hemos conocido plenamente después. Por Fernando -que era muy pequeño- tenía una solicitud tierna, protectora y arrebatada. Se sentía como obligado hacia él con una obligación paternal y tutelar. Andando el tiempo, este afecto y esta admiración irían en aumento. Recuerdo con qué efusión me contaba, muchos años después, en un viaje a Zaragoza, los progresos de Fernando como hombre de sociedad y los éxitos como alumno de la Academia de Caballería, con el número 1 "ganado a pulso y no por influencia del apellido".

Vivieron después los Primo de Rivera en la calle Mayor, y, siendo aun estudiante José Antonio, en Barcelona, donde don Miguel desempeñó la Capitanía General y desde donde ocupó -por golpe de Estado- El Poder español.

El primer cambio grande de José Antonio lo produjo este cambio de clima y concretamente el ambiente de Barcelona. Hasta entonces había sido un buen estudiante pendiente de sus libros, centrado en una vida familiar muy serena y ausente -ya que no en su tendencia, en su costumbre- de toda preocupación de sociedad, de toda solicitud pública, de todo interés por la política. Barcelona le dio todo esto como en sucesivos descubrimientos. Al regreso de sus primeras vacaciones barcelonesas, José Antonio hablaba ya del encanto de las muchachas de Barcelona, de la inteligencia de su sociedad, del gusto de su tradición artesana y burguesa -tiendas con sucesión y humanidad de la Plaza Real-, del que luego ha hablado muchas veces en sus textos políticos. Hablaba también de lo que no le era grato. De aquel mundo más abierto y ensanchado, de aquella ciudad viva, llena de cosas importantes, él empezaba a deducir y a formular sus gustos y sus exigencias ante lo público; empezaba a saber cómo quería las cosas. Barcelona fue para José Antonio, para el político José Antonio, el punto de partida, y para el hombre el punto de crisis.

Pero en la Universidad  hicisteis algo que tiene interés para contar...

-Vayamos por partes; en la Universidad no hicimos más que ser estudiantes. Y ya he dicho antes que buenos estudiantes. Y si tuvimos una fuerza, una influencia y una acción fue por eso: porque éramos estudiantes sanos, puntuales y serios, y no agitadores ni partidarios de la alegre huelga.

Y éramos buenos estudiantes, primero por el rigor de nuestra moral; segundo, por la pasión hacia nuestra carrera. En José Antonio es especialmente curiosa esta pasión por su carrera de abogado que no le abandonó nunca, que no le abandonó, tú lo sabes perfectamente, ni en el solemne instante de formular su última voluntad.

José Antonio tenía una cabeza prodigiosa, enormemente ordenada, en la que toda cosa quedaba convertida o   incluida en un sistema. Sólo con una cabeza así podía formular tan certeramente, como lo hizo, la síntesis de España. En aquella época ya se delataba plenamente esta capacidad de orden, este rigor y exactitud mental que impresiona aún más que su potencia imaginativa y lírica. Y entonces, como es natural, prefería, aún dentro de su carrera, las disciplinas más exactas: por ejemplo, el Derecho Civil. Tú sabes que las instituciones del Derecho Privado, en lo que tienen de Derecho Romano, constituyen un sistema que es casi una ciencia matemática. El Derecho Romano parte de unos supuestos filosóficos que, si en parte son ya inservibles, partiendo de ellos toda su construcción, es tan inevitable, tan rigurosamente arquitectónico, tan segura como el desarrollo un problema. José Antonio -esto podrá sorprender un poco- amaba las matemática sobre todas las ciencias, seguramente por esa pasión de exactitud y verdad absoluta que había en él -y que, añado yo, es propia de un genio poético- y, por ello, prefería aquella rama jurídica en la que llegó a ser un auténtico competente. Yo le animé -lo confieso con poca modestia- con mi ejemplo a una aplicación verdaderamente poco frecuente, aun entonces, entre los estudiantes; nuestro viejo y sabio profesor Clemente de Diego podría dar fe de ello.

¿...?

Colaborábamos estrechamente en nuestros estudios, compartíamos los apuntes y nos confiamos el secreto de esos libros de uso infrecuente de los que sacábamos, al par que el complemento de nuestra formación, la cita y el truco necesarios para responder en todos esos casos en que el profesor suele preguntar: "Ustedes no sabrán, seguramente..."

-¿Y otras colaboraciones...?

Ciertamente. La historia de nuestra lucha estudiantil, en la que tanta prisa tienes por entrar, es ésta:

Ramón Serrano se recluye un instante en el silencio, la mano sobre los párpados, para encontrar esos dos o tres datos exactos que fijan una narración en su ambiente preciso. Después se descubre y comienza con seguridad y animación:

-Nosotros teníamos un interés auténtico por la Universidad. Un interés de estudiantes que estudiaban y que tomaban en serio su oficio, y con su oficio su escuela. Nada desviaba nuestro interés de esta línea absolutamente limpia.

Por una parte, ni José Antonio ni yo estábamos mezclados en interés político alguno. Yo era socio del Ateneo, por decisión de mi padre, para utilizar la biblioteca, pero –cumpliendo su exigencia- jamás había pisado otro lugar de la casa ni compartido su clima. José Antonio no pertenecía entonces a sociedad alguna, a círculo alguno, donde ni el ambiente político ni el mundo intelectual tuviesen acceso. Si él tenía curiosidad viva por las cosas del arte y del saber, esa curiosidad no estaba matizada por ningún clima de tertulia. Éramos los estudiantes en la soledad apasionada de nuestros propios libros y de nuestras aulas profundamente respetadas.

Por otra parte, eran aún los tiempos felices -pronto dejarían de serlo- en que España- ante nuestros ojos- parecía aun una ciudad. Ni en el aspecto religioso observamos otras disidencias que las nacidas de un fervor mayor o menor o de una moral más pulcra o más desaliñada.

Creíamos seriamente que, bajo el supuesto de que éramos españoles sin que nadie discutiera de España, y de ser católicos sin que nadie discutiera nuestro Credo, podríamos ser pura y escuetamente estudiantes -sin adjetivo alguno dentro de esa profesión-, y que al serlo dignamente ejercíamos de la mejor manera nuestro deber de fieles y de patriotas. Quizá unos años después -José Antonio mismo se sintió forzado, con nostalgia, a variar su posición-, ya no sería bastante en España ser un buen labrador, un buen poeta o un buen estudiante. Entonces lo era y a ello nos ateníamos.

Era entonces exactamente el año 1919; estaba en el Poder el Gobierno Nacional de Maura y era Ministro de Instrucción Pública Silió.

Se publicó entonces el Decreto estableciendo la autonomía universitaria y regulando esa autonomía. Los estudiantes ganaban, con aquel régimen, acceso al gobierno de la Universidad por medio los representantes del curso en el Consejo Universitario.

Nosotros tomamos en serio las cosas. Nos apasiona el problema de los estudios para los que -con exclusión de todo interés- vivimos y luchamos durante tres años. Y en aquella ocasión tomamos también en serio lo de la intervención escolar en el gobierno de la Universidad, y nos propusimos actuar seriamente.

El Decreto creaba las Asociaciones Oficiales de Estudiantes, por facultades, como único organismo profesional del cual debían extraerse los representantes de la escolaridad.

Nos pusimos a la obra de crear estas Asociaciones, es decir, la de Derecho, con toda la buena fe, con toda la "ardorosa ingenuidad" de que éramos capaces y con el profundo orgullo -que no perdimos en toda nuestra vida- de estar cumpliendo un deber.

Y como nosotros éramos universitarios recientes, la presidencia de la primera Junta Directiva se le confirió a uno más maduro: creo recordar que se llamaba Felipe Areal. Yo era Vocal en aquella Junta, José Antonio lo era -a través de mi puesto-, ya que todos los trabajos se preparaban entre los dos. Debo añadir que nosotros también tomamos en serio el Estado y que habiendo determinado éste la existencia de una sola entidad escolar, no podíamos pensar que pudiese existir otra, y por el contrario -y por las razones de felicidad que te decía antes-, creímos convenientísima la existencia única de nuestra agrupación.

Claro es que no todos pensaban así. Un grupo de buena fe y de recto propósito -en alianza con gentes de quien no podemos opinar tan generosamente- sostuvieron la tesis de crear, al margen o dentro de la Asociación, otra con carácter y definición de Católica.

A nosotros nos pareció aquello peligroso. Repito que era el tiempo feliz en que todos éramos católicos -de José Antonio y de mi respondo que algo más ejemplares que muchos de los otros-, y por lo tanto era inútil puesto que esto se entendía, puesto que el Estado lo era también y puesto que la función para que se convocaba allí a los estudiantes era netamente profesional- plantear un problema que no existía.

José Antonio y yo acudimos a disuadir a las personas más calificadas de entre ellos, para agotar estos argumentos. José Antonio mostraba ya el lujo de su dialéctica impecable: "El estado llama y admite a todos los estudiantes en la Universidad. Nosotros no tenemos la culpa de que no se exija, por ejemplo, una confesión religiosa para gozar de la enseñanza. Por lo tanto, no planteen ustedes un problema que el Estado no plantea. Hagan ustedes asociaciones para fomentar la piedad entre los jóvenes, pero no las hagan para participar en la Universidad profesionalmente, que es para lo que el Estado nos convoca. No invadan ustedes la órbita del Estado. Y, en último término: ustedes crean una entidad estudiantil con carácter de católica, al margen de la del Estado, y siendo presumible que la del Estado conservaría algunos estudiantes, es indudable que estos estudiantes aparecerán como menos católicos por el solo hecho de interpretar mejor las leyes, y que si su asociación lucha con la de ellos, es posible que la de ellos empiece, por estar totalmente en contra de la suya, a definirse como contraria a su definición; es decir, a ser contra-católica. Esto es deplorable. Si hubiera una Asociación de estudiantes budistas, bien estaría defenderse de ella, pero ante una Asociación integrada por católicos, en la que los fuertes podrían influir a los débiles, ¿por qué abrir esa lucha inútil?"

Pero aquellas personas de dentro y de fuera de la Universidad no aceptaron las razones de nuestras insignificantes personas. Se creó la Asociación de Estudiantes Católicos, al margen de la Asociación oficial. Y comenzó la lucha.

Ramón Serrano ha dicho estas palabras y dice las siguientes con una torturada exactitud, lentamente, con tino y sin vacilación; pero también con una exaltación notable, es como si se tratara de un problema actual.

-Nosotros continuamos en la Asociación. Al año siguiente fui yo elegido presidente, José Antonio Vocal y Secretario. Trabajamos con ardor, con entereza y con una honradez inmensa. Ni por un momento abandonamos nuestros estudios, porque sabíamos que ellos constituían nuestro primer deber universitario. Pero empleábamos en la tarea todo el tiempo libre: las frecuentes horas disponibles por las ausencias de los profesores, los recreos, el tiempo de la noche, después de la jornada. Teníamos como oficina unas habitaciones algo menos que modestas, en las que se elaboraban ficheros y se preparaban listas y trabajos. La disciplina familiar era un límite serio a nuestros entusiasmos. A cierta hora de la noche –tras la necesaria lamentación- José Antonio levantaba el campo: "Mis tías me esperan." A veces le gastábamos bromas sobre aquella tutela femenina que acataba sin embarazo alguno. El solía replicar con humor: “Verdaderamente, mis tías tienen mucha personalidad universitaria.”

Nos esforzábamos por restablecer la normalidad escolar, pero también por contener el mal que veíamos como irremediable.

Ante nuestros ojos y ante nuestro dolor, por vez primera y en aquella pequeña España que era la Universidad, veíamos pulverizarse la unidad de la Patria: perderse, para España, la paz que sólo ahora va a ser recobrada.

Los "estudiantes católicos" insistían en su posición, y mientras tanto nosotros empezábamos a ver cumplida nuestra propia profecía: como detrás de aquella definición religiosa y de sus altas invocaciones se le veía el rostro como mal cubierto, a toda una política, como había un periódico que formaba tras de su causa, como fuera de la Universidad, dando lecciones a los futuros revolucionarios, se valoraba y se ejercía el movimiento de aquella masa tierna, muchos estudiantes comenzaban a reaccionar con excesiva amplitud; y al reaccionar políticamente, los que tenían débil su fe, aviesa su intención o cerrada su mollera, comenzaban ya a atacar aquellas mismas invocaciones que los otros tomaban como escudos; de estar contra la política de los católicos se pasaba a atacar a los católicos mismos, y de atacarlos a ellos a atacar su confesión. De la defensa del profesionalismo contra la intrusión política se veía ya adelantarse el foco de otra intrusión política, más peligrosa, que los que iban a ser sus víctimas habían ocasionado.

Teníamos luchas enormes aún dentro del seno de la Asociación. Fuera, claro es que las luchas habían pasado de palabras. Los estudiantes se pegaban con frecuencia, y no hay que decir que José Antonio formaba siempre en la primera línea. Especialmente cuando había oposiciones a Cátedras, que con bastante frecuencia se adjudicaban injustamente, José Antonio fijó más de una vez, en los tableros, una convocatoria para "que los estudiantes fueran a presenciar la injusticia de la votación del día".

En el seno de la Asociación, los extremistas apuntaban: "Hay que luchar contra los católicos", "hay que hacer una Asociación con afirmaciones contra los católicos".

José Antonio replicaba con violencia,  increpándoles: "Sois unos bestias; no comprendéis que al decir eso caéis en su mismo error, ¡pero de peor manera!". Nuestro prestigio, sostenido a golpe de conducta, se iba debilitando en medio de la pasión creciente.

Los católicos de fe robusta, sabedores de que la iglesia no impone una determinada profesión política, se irritaban contra aquélla incesante involucración de los " titulares de la fe ". A los más débiles -como te decía-les producía esto un tambaleo no justificable, porque esas cosas nunca puede justificarse, pero sí explicable. Nunca habremos agradecido bastante la intervención del inolvidable maestro Pérez Bueno, conocedor diario de nuestras angustias, quien un día -viendo nuestra situación- nos llevó con él a su acostumbrado paseo por el de Coches del Retiro. Compartían su paisaje y su diálogo gentes como Vázquez de Mella y otras personalidades eminentes, y el mismo Nuncio de S. S. Monseñor Ragonessi, uno de los hombres más virtuosos y finos que he conocido. Pérez Bueno nos ha dicho: "Es duro lo que a ustedes les sucede, pero son ustedes dignos de que no les salpique ni una gota de esa reacción excesiva que ya apunta." Y aquella tarde oímos, el propio Nuncio de Roma, la confirmación de nuestra actitud y la declaración de los temores que la táctica derechista comenzaba a infundirle. Salimos confortados y seguros de aquel paseo. Ya sabíamos de cierto que nuestra profesión de católicos estaba acorde con nuestra profesión de estudiantes. Y continuamos la lucha sin desmayo.

A lo largo de nuestros años de estudiantes pudimos conocer -con un asco que era una previsión- a muchos personajes de aquella fauna turbia que, al esgrimir el dogma como cartel político, estaba auxiliando a los enemigos de España y promoviendo escisiones y daños contra su integridad.

Por ejemplo: el día de Santo Tomás, los "Estudiantes Católicos" celebraron la fiesta con actos nada universitarios, pero muy pomposos. Entre otros hubo uno en la Academia de Jurisprudencia, de la que era presidente -así como Decano del Colegio de Abogados de Madrid- Don Francisco Bergamín. Conviene recordar que fue el aprovechado diplomático rojo Osorio y Gallardo otro de los impulsores del movimiento.

Nosotros -queriendo impedir la definitiva significación política que con el acto ganaba la Asociación-acudimos al promotor para evitarlo. José Antonio y yo usamos de nuestras mejores razones contra la existencia del pleito confesional en la Universidad: "Usted, le dijimos, es Decano de una Corporación -la de Abogados- que no ha sentido la necesidad de añadirse adjetivos. No sé por qué razón los estudiantes han de ser menos profesionales y tener otro valor en la vida española que ustedes mismos, y si usted cree esto no se cómo puede presidir aquella entidad." Don Francisco se salió por la habitual tangente llamándonos "neutros". Ante aquella inaudita zafiedad impropia de una cabeza inteligente, tuvimos que desistir.

Pero es curioso que mientras, andando el tiempo, José Antonio iba a escribir este testamento cristianísimo y fervoroso, y yo iba a conservarme con más seguridad que nunca, gracias a Dios, en mi fe, esos ilustres miserables iban a justificar la juridicidad republicana; iba a servir, uno de ellos, a los rojos, y engendrar otro uno de los más viles monstruos de cuantos tienen a su servicio. ¿Es que se cocía ya entonces la conjura que iba a entregar a España a la desesperación? 

Ramón cesa un momento y prosigue seguro y amargo:

Naturalmente, perdimos la partida. La lucha universitaria adquirió cada vez un signo más extremo y las fuerzas exteriores que aguardaban el momento, viendo producida la desunión y los ánimos tensos, se dispusieron a aprovecharla.

Alguna vez me han dicho, gentes viles de aquellas mismas que abrieron la puerta al cisma, que José Antonio fue el fundador de la F.U.E. Es una cosa que no oigo con paciencia. Soy poco belicoso, pero alguna vez, por esa acusación, me he pegado, literalmente. A José Antonio y a mí nos ha caído el orgullo y la satisfacción de haber impedido durante tres años que la asociación oficial se desviase y que la F.U.E. viniese a suplantarla. Durante tres años los estudiantes fueron -por nosotros- estudiantes, y sólo al año de salir nosotros entró la F.U.E. en la Universidad, con toda su virulencia y todo su encono. José Antonio no fundó la F.U.E.; por el contrario, a José Antonio le cabe la gloria, una de sus mejores glorias, de haber recuperado para España, con la Falange, a muchos de aquellos espíritus desviados por una reacción excesiva, frente a la acción política de los que luego seguirían atacándole a él.

Esta es la historia de José Antonio en la Universidad. Te podría contar anécdotas, detalles... todo sería menos vivo que presentar ante ti el problema que él tuvo que vivir. El temple, el valor, la serenidad, el talento y la elegancia con que vivió aquellas jornadas revelaban ya al hombre superior destinado para grandes empresas: el hombre que él ha sido.

-¿...?

-Seguimos la amistad a pesar de partir nuestros caminos al dejar los estudios acabados. Yo hice unas oposiciones, las primeras que se presentaron, y él se preparó, con modestia, con limpieza y con rigor, a ejercer su carrera, de la que estaba realmente enamorado.

Instaló su despacho en un pequeño entresuelo de la calle de Los Madrazo. Estábamos en plena Dictadura y lo mejor de su esfuerzo lo dedicó a conquistar su posición, con honestidad, con decoro y con una independencia verdaderamente feroz. A los primeros clientes que buscaron en él al hijo del Dictador los expulsó de su presencia con una cortesía terminante. Jamás toleró equívoco alguno. Se preparaba concienzudamente, elegía con pulcritud las causas y estaba lleno de ilusión. Su despacho en aquella época era ciertamente divertido. Cuidaba de la casa un matrimonio, él guardia de Seguridad, que tenía una gran devoción por la familia Primo de Rivera; era extremadamente prolífico: "Cada año Dios les obsequiaba con un descendiente", y todos recibían los nombres de José y sus hermanos.

José Antonio sufría todas las incomodidades habituales del abogado nuevo, y tenía ante ellas una paciencia y una honradez sin límites. Esta legión de gentes que viven de la esperanza de un pleito quimérico, de una acción fabulosa, desdeñados, a causa de la longitud de su asunto y de su propia pobreza, por los abogados famosos, acudía en plaga a consumir el tiempo del novel.

"Tengo una clientela de locos -describía- y gano poco dinero, pero estoy contento." A los portadores de asuntos imposibles los disuadía honradamente; a los que sólo eran pobres los atendía, y aún llevó a buen puerto alguno de sus pleitos menos fabulosos.

Su prurito de independencia ante su propio nombre disminuía sus posibilidades, pero aquella fue, profesionalmente, una etapa de gran provecho para él. Allí no hizo camino de fortuna, pero se formó tan sólidamente, que poco tiempo después -no me desmentirán los Magistrados ni sus colegas de Madrid- era una figura de primera clase entre los primeros abogados de España.

En aquella primera casa conocí a los que le acompañaron, primero en la profesión, luego en ella y en la Falange, hasta el final: Garcerán, que se presentó a él en una especie de acceso de fe después de oírle  informar un día; Sarrión, que frecuentemente era reprendido por su afición a poner siempre sobre la mesa los asuntos políticos- era el fascista de la casa y un bravo tipo-, y a Cuerda, discreto y fiel hasta la última hora.

De esta época de José Antonio tengo un largo epistolario que no pienso escamotear a la curiosidad de los que le quisieron; todo él esta lleno del tesón, del orgullo y de la alegría de aquel hombre tan entera y sencillamente entregado a las cosas.

Cuando cayó la Dictadura, muy poco después, José Antonio trasladó su despacho a Alcalá Galiano, 8, y comenzó a trabajar con amplitud. Desde entonces a la época de la Falange, José Antonio realiza la etapa más brillante de su vida profesional. No obstante, en el auge, se mezclan los disgustos y una amargura que empieza a reclamarles. Durante la Dictadura él se había conservado impecablemente al margen, aunque cumpliendo con sus deberes filiales ante cualquier ataque personal y con la rotundidad de la que hay abundantes demostraciones.

En el último tiempo nuestra correspondencia se hizo más intensa, y llegó a confiarme algún asunto propio; y le hice el informe sobre su pleito de derechos reales, en que sufrió el atropello del Estado. Él elaboraba para mí impecables informes de abogado que a veces podía confiarle.

Cuando la angustia de España le hizo asumir la tarea política de fundar y regir la Falange, su despacho de abogado -es decir, su ilusión privada- quedó desatendido casi por completo, y empezó para José Antonio otra vida: una vida de riesgos, de agitaciones, de la que, naturalmente, no hay ya ningún secreto que descubrir.

Vivía él por esta época en un chalet de Chamartín de la Rosa, y tenía que exponerse diariamente -en medio de aquel Madrid hostil- a recorrer una larga distancia por despoblado. Cuando José Antonio fue diputado a Cortes, Pepe Finat y yo le acompañábamos con frecuencia. También le acompañaban siempre los de la Falange. Recuerdo que un día, estando con él en su despacho, me dijo: "Si no te importa jugarte la vida, ven a comer a casa." En efecto, se jugaba la vida cada día, cuando en el coche atravesaba Madrid y los barrios extremos con dos o tres muchachos provistos de armas más o menos aterradoras.  

Por fin la exigencia de sus camaradas y el ruego de sus amigos y de su familia, le decidió a vivir en la ciudad. Entonces se instaló en la calle de Serrano, en una casa algo destartalada, que poco a poco fue cobrando un aire cómodo y que, poco a poco, también, fue convirtiéndose en cuartel, arsenal y puesto de mando. "Vamos -me dijo- a vivir todos juntos. Vamos a pasar en esta casa los malos tiempos."

-¿...?

-En esta época yo vivía más frecuentemente en Madrid y nos veíamos diariamente; antes jamás rompimos el contacto, porque o él venía a Zaragoza o yo acudía a la capital. Por cierto, no siempre sus viajes a la capital de Aragón estaban desprovistos de sentido, como te diré luego.

Nuestra conversación ha agotado -hasta algo más allá de la discreción- el tamaño previsto. Aún quedan pendientes algunos temas,  ricos en anécdotas, en impresiones y aún en valor político. En el fondo, ni él ni yo queremos orillar estos temas, pero los límites exigen y tenemos que pasar sobre ellos con verdadero vértigo, sin más consuelo que el de una promesa de futuras ampliaciones. Ramón, que hace una hora estaba fatigado bajo el peso de toda una jornada, ha recobrado, tras la conversación, una animada y alegre  ligereza que se sostiene, pecadoramente, en el "cualquier tiempo pasado..."

ENAMORADO

-Claro es que la vida de José Antonio no es una vida seca, de libros, golpes, discursos y prisiones. Bajo su coraza temperamental del héroe transcurría una vena de ternura capaz de detenerse en cada cosa: así era ante su familia -recuerdo su especial cariño por Pilar-, y así era para con los niños, con los que era capaz de mantener tardes enteras de diálogo. Yo recuerdo que siempre que yo estaba en Madrid él iba a mi casa a visitar a los niños y que los niños -que fácilmente se prendaban de él- contestaban a sus visitas diciéndome, tiempo después -ya José Antonio preso-, cuando paseábamos por la Moncloa, señalando la cárcel y con su brazo en alto: "Ahí está nuestro jefe."

Y, naturalmente, toda esa savia delicada y humana se le fue a José Antonio –como a cada hombre aunque con más delgadez, exigencia y tortura- tras el Amor. Recuerdo el día que me lo comunicó con un aire endiabladamente adolescente. Y sus frecuentes conversaciones sobre "ella" durante meses y años; y los elogios sobre el color, sobre el tamaño, sobre el acento y sobre todo sobre las cartas, "que estaban llenas de rigor literario". Recuerda también sus estratagemas de malhechor furtivo para llegar hasta ella o hacerle llegar la carta o el regalo en la misma capilla del Pilar. Sus lances a lo Romeo y Julieta y sus torturas, vacilaciones, decisiones y nostalgias últimas. Pocas veces se da un hombre portador de tantas cualidades; pero la propia exigencia o la mala fortuna las frustraron para el encuentro definitivo.

PARLAMENTARIO

Nos entretenemos algún tiempo aún en un repaso de anécdotas, confidencias y rasgos de la vida sentimental. Hay un tránsito brusco tras el  azar de una pausa.

-Vamos a acabar con el Parlamento.

-¡En su doble sentido! Es demasiado reciente y, por lo tanto, demasiado abundante el anecdotario político de esta época de José Antonio. Yo pienso recordarlo, con detalle, en el prólogo de los textos parlamentarios que van a publicarse. Sólo te diré el asombro que produjo su irrupción -nada reverente- en él, y su imposición de nuevos estilos. Nada más llegar comenzó la tarea de higiene. Se produjo el incidente con Prieto. Ante un agravio hecho a su padre por el demagogo, José Antonio saltó elásticamente y la emprendió -con la más firme limpieza- a puñetazos. Los energúmenos se lanzaron cobardemente contra él. Algunos de entre nosotros acudimos a la defensa -recuerdo entre ellos a don Ramiro y a Honorio Maura-; el funcionaba en el tumulto como una máquina de golpear; nos golpeaba a todos: a los cobardes y a los defensores, porque no quería la defensa. Por primera vez en el Parlamento -desde Pavía- había alguien que se ponía en razón.

Poco después -en otro tumulto- requirió a la presencia "para que nos dejasen pegarnos un día en serio". Un diputado cretino replicó con ese desgarro zafio propio del régimen: "Tú no pegas ni con engrudo." José Antonio vocalizó a la maravilla un epíteto incontestable y rotundo ante el que no cabía quedar impasible. El diputado avanzó. José Antonio le dejó llegar, en pie tras la barrera de su escaño, y cuando estuvo a tiro le lanzó un puñetazo que le hizo ir rodando hasta el banco de los Ministros. Tras esto, sin inmutarse lo más mínimo, le dijo con elegancia: "Deme S. S. las gracias, porque por una vez, y aunque ha sido rodando, le he hecho llegar al banco azul ."

Yo me sentaba casi siempre junto a él, y tengo el descanso de conciencia de no haberle abandonado -aún contra mi propia disciplina- en ningún momento. El impuso allí una dialéctica nueva -aparte de la dicha-, que ni interesaba a aquellas gentes ni la merecían aquellos oídos. Pasó por aquella morada lamentablemente sin que le manchase una sola mota de su mugrienta suciedad.

- ¿...?

-Condenando violenta y absolutamente la táctica de nuestra minoría, trató siempre personalmente con cariño a casi todos los diputados de aquélla, proclamando su honradez y su patriotismo, pero acusando con dureza aquel error político que malograba un instrumento de Gobierno que podía haber sido interesante para España.

Especialmente en los últimos tiempos, Finat, Ruiz Valdepeñas, Avia, Bermúdez Cañete, Ibáñez y otros diputados jóvenes, convencidos de que ya nada había que hacer por vía democrática, nos pusimos prácticamente a su servicio y al de los generales Franco y Mola.

De haber tenido José Antonio libertad de movimientos, después del Alzamiento, yo estoy seguro de que él, inteligentemente, hubiera ganado rápidamente a las masas católicas de los extinguidos partidos de la derecha española, sin otras excepciones que las de quienes doctrinal y temperamentalmente fueran inasimilables por su gran tarea.

Presenté a José Antonio a algunos militares y le proporcioné algunas entrevistas, recuerdo una, con el General Yagüe, en casa de mis hermanos.

José Antonio había comenzado su relación con el actual Caudillo de España en Oviedo con ocasión de ser, los dos, testigos de mi boda. Desde entonces, singularmente en las horas de peligro, tuvieron frecuente comunicación.

En una ocasión, a uña de caballo, con mis hermanos José y Fernando (éste era Secretario de Falange en Palma y muy querido de José Antonio) llevé yo a Franco, que estaba lejos de Madrid, una carta angustiosa de éste.

Eran las vísperas del octubre trágico. Aquí está una copia:

"José Antonio Primo de Rivera. -Abogado.- Serrano, 86.- Madrid, 24 de septiembre de 1934. -Teléfono 61993. -Excmo. Sr. D. Francisco Franco -Mi General: Tal vez estos momentos que empleo en escribirle sean la última oportunidad de comunicación que nos quede; la última oportunidad que me queda de prestar a España el servicio de escribirle. Por eso no vacilo en aprovecharla con todo lo que, en apariencia, pudiera ello tener de osadía. Estoy seguro de que usted, en la gravedad del instante, mide desde los primeros renglones el verdadero sentido de mi intención y no tiene que esforzarse para disculpar la libertad que me tomo.

"Surgió en mí este propósito, más o menos vago, al hablar con el ministro de la Gobernación hace pocos días. Ya conoce usted lo que se prepara: no un alzamiento tumultuario, callejero, de esos que la Guardia Civil holgadamente reprimía, sino un golpe de técnica perfecta, con arreglo a la escuela de  Trotsky y quién sabe si dirigido por Trotsky mismo (hay no pocos motivos para suponerle en España). Los alijos de armas han proporcionado dos cosas: de un lado, la evidencia de que existen verdaderos arsenales; de otro, la realidad de una cosecha de armas risible. Es decir, que los arsenales siguen existiendo. Y compuestos de armas magníficas, muchas de ellas de tipo más perfecto que las del ejército regular. Y en manos expertas que, probablemente, van a obedecer a un mando peritísimo. Todo ello dibujado sobre un fondo de indisciplina social desbocada (ya conoce usted el desenfreno literario de los periódicos obreros), de propaganda comunista en los cuarteles y aún entre la Guardia Civil y de completa dimisión, por parte del Estado, de todo serio y profundo sentido de autoridad. (No puede confundirse con la autoridad esa frívola verborrea y del ministro de la Gobernación y sus tímidas medidas policíacas, nunca llevadas hasta el final.) Parece que el Gobierno tiene el propósito de no sacar el Ejército a la calle si surge la rebelión. Cuenta, pues sólo con la Guardia Civil y con la Guardia de Asalto. Pero, por excelentes que sean estas fuerzas, están distendidas hasta el límite de tener que cubrir toda el área de España, en la situación desventajosa del que, por haber renunciado a la iniciativa, tiene que aguardar a que el enemigo elija los puntos de ataque. ¿Es mucho pensar, que en un lugar determinado, el equipo atacante pueda superar en número y armamento a las fuerzas defensoras del orden? A mi modo de ver esto no era ningún disparate. Y, seguro de que cumplía con mi deber, fui a ofrecer al ministro de la Gobernación nuestros cuadros de muchachos por si, llegado el trance, quería dotarlos de fusiles (bajo palabra, naturalmente, de inmediata devolución) y emplearlos como fuerzas auxiliares. El ministro no sé si llegó siquiera a darse cuenta de lo que le dije. Estaba tan optimista como siempre; pero no con el optimismo del que compara conscientemente las fuerzas y sabe las suyas superiores a las contrarias sino con el de quien no se ha detenido en ningún cálculo. Puede usted creer que cuando le hice acerca del peligro las consideraciones que le he hecho a usted y algunas más, se aparentó en la cara la sorpresa de quien repara en esas cosas por primera vez.

"Al acabar la entrevista no se había entibiado mi resolución de salir a la calle con un fusil a defender a España, pero sí iba ya acompañada de la casi seguridad de que, los que saliéramos, íbamos a participar dignamente en una derrota. Frente a los asaltantes del Estado español y, probablemente calculadores y diestros, el Estado español, en manos de aficionados, no existe.

"Una victoria socialista ¿puede considerarse como mera peripecia de política interior? Sólo una mirada superficial apreciaría la cuestión así. Una victoria socialista tiene el valor de invasión extranjera; no sólo porque las esencias del socialismo, de arriba abajo, contradicen el espíritu permanente de España; no sólo porque la idea de Patria, en régimen socialista, se menosprecia, sino porque, de modo concreto, el socialismo recibe sus instrucciones de una Internacional. Toda nación ganada por el socialismo desciende a la calidad de colonia o de protectorado.

"Pero, además, en el peligro inminente hay un elemento decisivo que la equipara a una guerra exterior: este: el alzamiento socialista va a ir acompañado de la separación probablemente irremediable de Cataluña. El Estado español ha entregado a la Generalidad casi todos los instrumentos de defensa y le ha dejado manos libres para preparar los de ataque. Son conocidas las concomitancias de entre el socialismo y la Generalidad. Así, pues, en Cataluña la revolución no tendría que adueñarse del Poder: lo tiene ya. Y piensa usarlo, en primer término, para proclamar la independencia de Cataluña. Irremediablemente, por lo que voy a decir. Ya sé que, salvo una catástrofe completa, el Estado español podría recobrar por la fuerza el territorio catalán. Pero aquí viene lo grave: es seguro que la Generalidad, cauta, no se habrá embarcado en el proyecto de revolución sin previas exploraciones internacionales. Son conocidas sus concomitancias con cierta potencia próxima. Pues bien: si se proclama la República independiente de Cataluña no es nada inverosímil, sino al contrario, que la nueva República sea reconocida por alguna potencia. Después de eso ¿cómo recuperarla? El invadirla se presentaría ya ante Europa como agresión contra un pueblo que, por acto de autodeterminación, se había declarado libre. España tendría frente a sí, no a Cataluña, sino a toda la AntiEspaña de las potencias europeas.

"Todas estas sombrías probabilidades, descarga normal de un momento caótico, deprimente, absurdo, en el que España ha perdido toda noción de destino histórico y toda ilusión por cumplirlo, me ha llevado a romper el silencio hacia usted en esta larga carta. De seguro usted se ha planteado temas de meditación acerca de si los presentes peligros se mueven dentro del ámbito interior de España o si alcanzan ya la medida de las amenazas externas, en cuanto comprometen a la permanencia de España como unidad. Por si en esa mediación le fueron útiles mis datos, se los proporciono. Yo, que tengo mi propia idea de lo que España necesita y que tenía mis esperanzas en un proceso reposado de madurez, ahora, ante lo inaplazable, creo que cumplo con mi deber sometiéndole estos renglones. Dios quiera que todos acertemos en el servicio de España.

"Le saluda con todo afecto, José Antonio Primo de Rivera (Rubricado)."

Leemos, con un temblor especial, esta carta que es como el hilo de la continuidad en que hoy se mantiene nuestra fe: es una carta humana, ceñida y profética –si no cumplida entonces del todo, cumplida hoy con plenitud-. Es, sobre todo, una carta sencilla, emocionada y generosa en la que sólo se pide por España. Una carta de la que todos tenemos que aprender.

La lectura ha sido como un punto final.  Después de este gran plato, nuestras palabras apenas lograrían sabor ni interés. Ha entrado en el despacho José Antonio Giménez Arnau. Estamos recogidos en un calor de recuerdos. Hay un momento en que todos estamos a punto de comenzar: "Hubiera sido.. "

Arnau corta con entereza: "Matemos la nostalgia para ser felices. " La estatua está presente y mantiene su gesto de dulzura y poder, dando bulto a los mitos.

 

¡ARRIBA ESPAÑA!

 

 De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 193 a 207.