JOSÉ ANTONIO, ABOGADO

 

Antonio Goicoechea

 

Uno de los más notables afanes de la vida de José Antonio lo constituyó el ejercicio de su profesión de abogado. Es lógico que su clara mentalidad se manifestara de una manera poderosa en una actividad a la que rendía con  entusiasmo un constante e inteligente esfuerzo. Con una sólida preparación y con un cariño entrañable e ilusionado a la ciencia y al arte jurídicos, en plena juventud alcanzó una madurez excepcional y sus intervenciones ante los Tribunales de Justicia causaron al principio viva impresión y le consagraron rápidamente como uno de los eminentes abogados de España.

En los recuerdos de la vida José Antonio, nadie con más títulos que el ilustre ex ministro don Antonio Goicoechea, compañero suyo en algunos procesos resonantes, para trazarnos la silueta del Fundador de Falange en este interesante aspecto de su vida.

A continuación damos las impresiones que el señor Goicoechea ha tenido la deferencia de enviarnos como contestación a algunas preguntas formuladas por "Y".

¿RECUERDA USTED ALGO INTERESANTE DE JOSÉ ANTONIO EN EL EJERCICIO DE SU PROFESIÓN DE ABOGADO?

Creo que sabré complacerle. Los recuerdos se amontonan y son, a veces, difíciles de condensar. De José Antonio, como orador forense, apenas sabía yo nada antes de 1930, porque ni había tenido la suerte de contender con él en el foro, ni apenas había habido asunto en que los dos estuviéramos mezclados. Sin embargo, no tuve que esperar para conocer su valer, a tener noticias de su gran éxito como abogado de los Ministros de la Dictadura ante la Comisión de Responsabilidades en 1932. Sabía, por testimonios para mí irrecusables, lo acertado y original de su intervención afortunada en aquel discutido asunto. Pero mucho antes de esa fecha, en el otoño de 1930, próximo a su término la situación política presidida por Berenguer, tuvimos juntos un proceso, también muy discutido: el de la responsabilidad civil de los ex Ministros de la Dictadura. Defendía él a don Galo Ponte y yo a Calvo Sotelo, el uno en prisión y el otro expatriado. Ambos contendíamos con Ossorio y Gallardo, mantenedor de la acción pública acusatoria. Para mí, el informe de José Antonio, pieza magistral, reveladora de un espíritu jurídico elevado y de una cultura no despreciable ni vulgar, constituyó un grato hallazgo. Me demostró claramente cuanto podía José Antonio dar de sí como orador y singularmente como orador forense...

DESDE ENTONCES ¿TUVIERON MUCHOS CONTACTOS EN SU VIDA PROFESIONAL?

En efecto; menudearon desde entonces y sobre todo a partir del advenimiento de la República las ocasiones en que, acrecentada nuestra intimidad, y digo siempre un afecto y una consideración mutua no interrumpidas hasta su muerte, laboramos juntos política profesionalmente.

El momento en que esa labor conjunta fue más frecuente, fue el de los primeros meses de 1936, en que, desatada la persecución contra amigos y correligionarios comunes, tuvimos que ponernos de acuerdo para sostenerlos y defenderlos ante los Tribunales.

Siempre recordaré el proceso iniciado con motivo de la tentativa de asesinato de Jiménez Asúa, que fue ocasión para las entrevistas que casi a diario celebrábamos en la cárcel. Defendí yo a uno de los procesados y el interés de José Antonio, como el mío, era liberarlos a todos de pena y conseguir, sobre todo, salvar la vida de Alberto Ortega, falangista apasionado y entusiasta, uno de los ejemplares auténticos y más brillantes de la juventud que hoy se bate... Salvamos la vida de Ortega que, recluido en el Dueso, pareció cobardemente asesinado después del Movimiento. Facilitamos a otros la fuga al extranjero en avión y, en suma, defendimos juntos la vida y la libertad de amigos entrañables, que habrán de ser después para la causa común el sostén más valioso...

Hubo entre nosotros alguna vez disparidad en la apreciación de procedimiento a seguir; nunca el menor agravio que disminuyera el afecto que constantemente le guardé y respeto que siempre me dispensó. Todavía los últimos días de mayo de 1936, trasladado ya a Alicante, me daba desde la cárcel por carta confidencial un encargo reservado y de delicada y suprema confianza en materia esencialmente política, encargo que procuré cumplir lo mejor que supe y pude.

¿ERA, REALMENTE, UN ABOGADO DE VERDADERA VOCACIÓN?

Si: no se puede dudar de ello. Su amor a la profesión era tal que los elogios a su capacidad y competencia como orador forense eran los que más le impresionaban y los que más vivamente agradecía.

Un día, invitado por él galantemente a saborear en su hotel de Chamartín un sabroso "gazpacho", plato al que era como pocos aficionado, recayó entre nosotros la conversación sobre la cultura necesaria para ejercer la profesión de abogado. Incidentalmente, recordé a  José Antonio que esa discusión nuestra era la misma que en su casa de campo de Tusculum, había sostenido Cicerón con dos grandes abogados de su tiempo, Antonio y Hortensio. José Antonio desconocía el precedente, pero a los dos días me enviaba a mi casa un comentario en verso ingeniosísimo de la conversación de Hortensio y Cicerón, que me demostraba con que afición e interés la había leído...

 

De “ DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 188 y 189.